Ampharou’s library: diciembre

Pues nada, a dos meses de haber retomado los Ampharou’s library y ya me he saltado el tercero… y es que noviembre se ha pasado en un suspiro, que todavía estábamos recogiendo las telarañas y monstruos varios de Halloween y ya nos estaban bombardeando con el black Friday, como si un Friday pudiera ser black, cuando todo el mundo sabe que son felices y luminosas antesalas del fin de semana. En fin, que me lo he saltado y no tengo perdón de Dior. Por no hacerle un feo, os diré que mi almanaque en noviembre pertenecía a Camille Pissarro, con su preciosa Vista del  Boulevard de Montmartre de noche. Importante matizar, ya que Pissarro pintó hasta catorce vistas del bulevar, a distintas horas y con distintos climas, a modo de ensayo de luz. Siempre os lo digo, si queréis saber más de esta pintura, visitad la página de la National Gallery.

Como tendréis que visitarla para conocer más de The Thames belows Westminster, el cuadro de diciembre y último del calendario (no os preocupéis, ya tenemos preparado el del año que viene), de Claude Monet, que es el que ilustra este post. Yo podría quedarme a vivir perfectamente en este cuadro, en esa luz de amanecer, en la niebla que le da al Parlamento un aire casi fantasmal, en ese paseo junto al embarcadero y el puente de fondo.

Y vamos con lo que ha dado de sí el mes: películas pocas, ya os dije que me entrego más a las series, aunque ha caído el Frankenstein de Guillermo del Toro. Dos veces. Óscar Isaak también es bien en todo lo que haga, sobre todo si va de la mano de Totoro-san, y Jacob Elordi compone un monstruo más que digno (aunque yo, por pura nostalgia, me sigo quedando con Boris Karloff). Quizá caiga una tercera vez antes de que termine el año, porque, te puede gustar más o menos, pero hay que reconocer que visualmente es una delicia.

También vi La Ballena, de Darren Aronofsky. Vi que la daban un día en TVE, y luego la dejaban colgada en TVEPlay, así que aproveché una de estas tardes tontas de domingo para verla, que le tenía ganas. Ahora comprendo todos los elogios a Brendan Fraser en todos los festivales por los que iba pasando, aunque al amigo Darren no termino yo de pillarle el punto…

Y este fin de semana ha caído la tercera entrega de Puñales por la espalda. Ya habíamos visto las dos anteriores y, bueno, son entretenidas. Me recuerdan a esas antiguas películas de Poirot llena de estrellas. En ésta, el habitual Daniel Craig (¡qué bien le sientan los trajes a este señor!), Josh O’Connor, Andrew Scott, Mila Kunis, Josh Brolin, Kerry Washington y la magnífica Glenn Close

Series. Tanto presumir y creo que he empezado unas cuantas y no he terminado ni una temporada de ninguna. Y no siempre la culpa es mía, sino de esta moda que ha vuelto de ir colgando los capítulos a uno por semana y en que yo no tengo la paciencia suficiente como para esperar a que estén todos para empezarlas. Bueno, culpa a medias.

Empecé (y ésta sí que terminé, al menos la primera temporada, que el final es una pequeña bandeja de plata para una segunda) El misterio de Cementery Road, basada también en los libros de Mick Herron, como Slow Horses. Sale Emma Thompson, así que no hay nada más que decir, se ve sí o sí.

También empecé Pluribus. De ésta decir que es de Vince Gillian, el señor detrás de Breaking Bad o Better Call Saul. Así que también se ve sí o sí. Es un poco extraña, pero engancha desde el principio. Cuando la termine os contaré más de ella.

Otra que también terminé fue Bookish: una delicia de la mano de Mark Gattis. El hombre debió quedarse con una espinita clavada después de interpretar a Mycroft en la serie Sherlock de que no le dejaron investigar ni un caso pequeñito y se ha montado una serie de detective aficionado para él solito. Promete más temporadas, así que ya estamos a la espera

Vi también Muerte por un rayo. Entera, aunque no tiene mucho mérito, son solo cuatro capítulos, pero más que recomendable. Michael Shannon interpreta al efímero presidente de los Estados Unidos James Garfield (que no solo de Lincoln o Kennedy vive el hombre). Una historia curiosa. Y Matthew Macfadyen.

Ahora estoy también con The Great, la historia (ocasionalmente cierta, como reza el subtítulo) de Catalina de Rusia. Es divertida, exagerada a veces, poco seria y tremendamente imprecisa, en fin, estupenda y entretenida.

Y hasta aquí diciembre. Al menos en el blog, que en la vida real todavía nos queda la lotería de Navidad, ponernos cucos a base del pavo asado que nos durará hasta Reyes, que salga en el telediario el señor que pone a punto el reloj de la Puerta del Sol con su chaqueta de mezclilla y las vacaciones, sobre todo las vacaciones. Así que sed felices, porque sí, no porque toque, disfrutad mucho, gastad lo necesario, que tampoco hace falta tanto y os espero por aquí el año que viene.

Ampharou’s library: octubre

Seguimos con octubre, que ya casi acaba, coronado en el almanaque por Las bailarinas de ballet, de Hilaire-Germain-Edgar Degas. Degas y sus famosas bailarinas, aquí casi se puede oír el frufrú de los tules y el rasgado de las zapatillas en el suelo de madera. La más cercana parece estar aún estirando mientras las demás ya empiezan a realizar los ejercicios y ensayar las posiciones, una y otra vez, una y otra vez hasta alcanzar la perfección, quizá como el mismo Degas con sus pinceles.

Siempre os lo digo: si queréis saber más de la pintura, o de otras de Degas que están en la National Gallery, daos una vueltecita por su página web. O mejor aún, una vuelta por sus salones, auténtica delicia que ya voy echando de menos.

No ha sido en la National, pero este mes pasado sí que he estado en el Prado y en el Thyssen de Madrid. En el primero, para revisitar la exposición sobre Veronés que han tenido todo el verano, una preciosura de exposición que no terminé de disfrutar las dos veces que la he visto por culpa del serio problema que tiene el Prado en cuanto al concepto de “aforo”, tanto para las exposiciones temporales como para las permanentes, que lo hace competir en buena lid con cualquier estación de metro del centro en hora punta.

En el Thyssen, al que sí es un gustazo ir, además de la colección permanente vimos la exposición de Anna Weyant, una jovencísima pintora canadiense. Pinchad el enlace y echadle un vistazo, seguro que no os deja indiferentes.

Sigo sin poder hablaros de libros, no tengo vergüenza ninguna, y apenas leí unas páginas de Cien años de soledad el día que fuimos a Madrid, excursión de ida y vuelta en el día. Como os decía el mes pasado, tengo un montón de libros empezados y nada, que no encuentro la forma de ponerme con ellos. Y también tengo otro montón de libros por empezar, que a pesar de mi estado de sequía, no han dejado de regalarme ni yo he dejado de comprar libros en todo este tiempo. A ver si para el mes que viene os puedo dar mejores noticias en cuanto a mis rutinas lectoras.

Películas, bueno, me doy más a las series últimamente, pero este fin de semana vi El sacrificio de un ciervo sagrado, de Yorgos Lánthimos. Le tenía ganas a esta película después de haber visto The Lobster y descubrí que estaba en el catálogo de Filmin (bendita sea esta plataforma). La verdad es que no me decepcionó nada, Colin Farrell cada día me cae mejor y Barry Keoghan me tiene convencida de que es un actorazo como la copa de un pino.

En cuanto a series sí que han caído unas cuantas: por fin me vi Fleabag. Había visto el primer capítulo dos veces y no me enganchaba nada. Es más, la actriz se me hacía un poco insoportable. Pero tanto me insistió mi hija que le di una tercera oportunidad. Al final, me la vi en un pispás y terminé llorando a moco tendido. Y es que Andrew Scott siempre es bien, salga donde salga y haga lo que haga.

Con mi hija también me enganché a You. Nos hemos visto las cinco temporadas en tres o cuatro fines de semana. No seáis memos y no hagáis lo que nosotras. Si empezáis a verla, la podéis dejar perfectamente en la tercera. Ya estáis advertidos.

También empecé a ver Animal, con Luis Zahera. Divertida. No la he terminado, pero lo haré. Y no la he terminado porque me puse con La historia de Ed Gein: después de haber visto Hannibal y The Knick, ya soy como el Selu en Los lacios, pero reconozco que no es una serie para ver cenando.

También vi La casa Guinness. La han planteado como la sucesora de Peaky Blinders, pero, aún siendo correcta, no llega a lo buena que es la historia de los Shelby. Para pasar el rato.

Ayer también me terminé La novia, que está en Amazon. Totalmente prescindible, a pesar de que es obra de mi queridísima Robin Wright, que actúa, produce y dirige algunos capítulos. Entretenida, pero no esperéis mucho de ella.

Y a la que nos hemos entregado en cuerpo y alma, desde hace cinco temporadas, es a Slow Horses. Basada en las novelas de Mick Herron, cuenta la historia de los desechos del MI5, los agentes caídos en desgracia por meter la pata en algún momento. Con un Gary Oldman en estado de gracia (¿cuándo no lo está?), no deberíais dejar de verla.

Y hasta aquí ha llegado octubre. Sed felices, nos seguimos viendo.

Clementina

O cómo recibes una llamada un miércoles a las ocho y media de la tarde y a las doce del medio día siguiente tienes una gata viviendo en tu cuarto de baño.

Porque esa es la historia de Clementina, la historia conocida al menos. Unas chicas la encontraron debajo de un coche y acudieron a mi él por si se podía hacer cargo de ella. Una llamada, la condición de que se quedaran con ella hasta el día siguiente para que pudiéramos llevarla al veterinario antes de que entrara en casa (no sabíamos en qué condiciones estaba y tampoco había necesidad de poner en peligro la salud de Aris y Loki).

El veterinario (Germán, de Canymar, el dios de los michis le pague con creces la maravillosa persona que es) nos dice que, aparte de las pulgas que le corrían por el cuerpecillo, está estupenda. Que es una chica, que no tiene ni la cuarentena y que la mantengamos aislada para evitar contagio de parásitos si los tuviera (y que tiene todas las papeletas de tener). Y en esas estamos, con una gatera improvisada en el baño hasta dentro de diez días y una chiquitilla que ya ha sufrido varios cambios de nombre: de Maricruz a Catalina y de ahí al definitivo, Clementina, en cuanto pudimos bañarla y salió ese maravilloso naranja encendido de debajo de toda la roña que la cubría.

Como veis es preciosa. Tranquila, solo dio un concierto que ni la Callas la mañana que la trajimos. Ahora pasa los días entre juegos y siestas, con el vigilante Loki al otro lado de la puerta. Es juguetona y es un amorcillo de escaso medio kilo.

Estamos deseando que termine esta medio cuarentena y podamos hacer las debidas presentaciones con los que serán sus hermanos de vida. Rezamos a todos los michis santos para que la acojan bien y la adopten como a alguien a quien proteger y no la vean como una amenaza.

En ca’Ampharou se ha equilibrado la balanza humanos-felinos y creo que esto nos va a hacer más felices todavía.

Ampharou’s library: septiembre

Como algunos ya sabréis, hace casi un año, y tras unos meses con su “mijita” de mobbing, me “invitaron” amablemente a salir del cafetal molón, que por aquel entonces ya se había convertido en el cafetal mojón, pero mojón con mayúsculas. Desde entonces paso mis mañanas en otro cafetal que, sin llegar a ser molón, se le acerca bastante y en el que, al menos, no tengo que pasar las tardes  y noches ni los fines de semana y vacaciones pendiente del correo y estupideces varias al móvil.

En fin, que dispongo ahora de muuuuuuucho tiempo (bueno, no tanto, que he aprovechado y me he metido en algún satisfactorio berenjenal) y he decidido volver a escribir y, después de cuatro años con el blog abandonado, volver a publicar. No sé cuánto durará este arrebato, pero para empezar, qué mejor que hacerlo con los Ampharou’s library.

Y aquí tenéis el primero. Del almanaque que compramos en nuestra visita a Londres del enero pasado. Septiembre corresponde al Valle de Kien con el macizo Bluemlisalp, del pintor suizo Ferdinand Hodler. Es una obra relativamente nueva en la National Gallery de Londres, puesto que la adquirieron en 2022. Reconozco que no conocía a este pintor hasta que la vi allí expuesta y me quedé enganchada a ese verde lima del valle. En mi almanaque sólo aparece el macizo del fondo, pero la obra, como podéis ver en la foto, es una maravilla. He buscado información sobre ella para poder transcribirla aquí, pero creo que es mejor que, si os interesa, acudáis directamente a la página de la National y, sobre todo, le deis al play a vídeo de Christopher Riopelle, conservador de obras a partir de 1800 de la National Gallery, que os lo va a explicar infinitamente mejor que yo.

Habitualmente, cuando las escribía, estas Ampharou’s library seguían con los libros que había leído durante el mes. Ahora podía poneros los que he leído en estos cuatro años de abandono, porque han sido poquísimos. A decir verdad, he empezado un montón, pero pocos han sido los que he terminado. Debo tener un trombo importante en la vena lectora y debo encontrar urgentemente la heparina que la haga desaparecer, pero mientras tanto, os contaré los dos últimos a los que le he hincado el diente: uno ha sido Cien años de soledad. Lo he leído mil veces, pero la última fue hace demasiado tiempo y quería ver, con mucho reparo, eso sí, la serie que el señor Netflix había hecho sobre ella. He hecho trampa y solo me he leído hasta donde llega la primera temporada, pero me he prometido que antes de que acabe el mes acabo también con la familia Buendía. El otro ha sido Un caballero en Moscú, de Amor Towles. También por culpa de una serie, del mismo nombre y protagonizada por Ewan McGregor. Ewan siempre es bien, pero es que la serie es además deliciosa. Casi tanto como el libro, así que haceos un favor y dadles una oportunidad a los dos.

De series sí que he estado bien surtida. No os voy a torturar poniéndolas aquí todas, que tampoco es plan de aburrir al personal y que salgáis huyendo en el primer post desde hace tanto. Os hablaré de Cien años de soledad ya que la he nombrado antes: si estáis totalmente enamorados del libro, huid de ella. Está bien hecha, los actores están bien y hacen lo que pueden, pero le falta la magia y la fuerza que tiene la obra de Gabo. Y para desilusiones, ya tenéis la vida real.

Quizá algún día de estos os recomiende alguna, pero por ahora ya está. Ha quedado un post un poco largo y tampoco os quiero cansar. No prometo nada, pero mi intención es volver aquí cada poco a contaros las cosas que se me van pasando por la cabeza, si es que todavía queda alguien por ahí.

Besines a todos.

Ampharou’s library: agosto 2021

A lo justo y por los pelos, que se nos acaba agosto y todavía no os he enseñado el precioso cuadro que lo corona en mi almanaque, así que vamos a ello.

Se trata de la Santa Catalina de Alejandría, de Rafael Sanzio. La ilustración de mi almanaque solo recoge un fragmento, el busto, y es una lástima porque es una obra para admirarla entera. En ella aparece Santa Catalina, mártir cristiana, quizá la más representada durante el barroco, con la rueda, símbolo de su martirio (aunque al final fuera decapitada), en éxtasis, con la mirada al cielo y una mano en el pecho y sobre un paisaje árido.

La figura, monumental, destaca por su postura: apoyada en la pierna derecha, hace un tirabuzón con el cuerpo, dirigiendo las caderas hacia la izquierda, el pecho hacia la derecha y la cabeza de nuevo hacia la izquierda del cuadro. Esto, unido al diseñó retorcido del peinado y de la tela amarilla que la envuelve por la cadera, confiere dinamismo a la imagen de la santa, que recuerda en la pose a la Leda de Leonardo, que Rafael había copiado poco antes de pintar a esta santa Catalina.

Como siempre, os dejo el enlace a la página de la National Gallery donde podéis encontrarla.

Sigo ahora con las lecturas. Bueno, con la lectura, que lo único que he hecho es terminar el que os comenté el mes pasado, El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead. Magnífico libro, sí señor, más duro que la serie, que suaviza la historia (sin dejar de ser tremenda) con el toque onírico que le da Barry Jenkins. Vuelvo a recomendaros encarecidamente tanto el libro como la serie.

Y sigo con las series: el visionado anual de Yo, Claudio, que no puede faltar cada verano en Ca’Ampharou, y en ella estamos, aunque Claudio ya está viejito y no le queda demasiado. Retomamos también Gangs of London, que habíamos empezado hace unos meses. Error. Teníamos que haberla dejado ahí. El último capítulo es un despropósito detrás de otro y se carga por completo el buen comienzo que tuvo. Os la podéis ahorrar sin ningún remordimiento.

Y ahora os voy a hablar del descubrimiento del mes. ¡Qué digo del mes, del año!! Estoy absolutamente enganchada y fascinada por Inside n. 9. Es una serie inclasificable. Humor británico, ahí lo dejo. La pareja de cómicos Reece Shearsmith y Steve Pemberton, creadores y que aparecen en todos los capítulos, dando vida a los más variados personajes. Capítulos de media hora, autoconclusivos y sin nada que ver entre ellos. De miedo, de risa, tiernos. Siempre sorprendentes, eso sí. Lo único que tienen en común es que todos se desarrollan dentro del número nueve. Y el nueve puede ser cualquier cosa: una planta de hotel, un coche patrulla, una cabina de karaoke, la casilla de un calendario de adviento… Todo es posible y nada es lo que parece. Me he visto casi sin pestañear las cinco temporadas que tenía disponibles Filmin… ¡¡Y hoy se estrena la sexta!! Así que me voy a dar prisa, que tengo faena…

Cuando terminé las cinco temporadas que os comentaba arriba, me quedé con ganas de más, y bicheando en internet me enteré que esta pareja tenía un par de series anteriores. Así que me dispuse a verlas y así di con Psychoville. Inside n. 9 repite algunos de los personajes de ésta y son absolutamente memorables. Divertida, desvengonzada, me queda solo un capítulo de la primera temporada (son dos)  y ya estoy deseando ver más.

Como os he dicho, tengo una serie que meterme en vena. Cuidaos, quereos y sed buenos.

Ampharou’s library: julio 2021

Lo siento, me he saltado muchos  Ampharou’s library. Los últimos meses del año pasado son lo peor que recuerdo y me dejaron bastantes pocas ganas de escribir y, sobre todo, de leer.

Y he venido a elegir un mes para retomar esta serie en el que la ilustración de mi almanaque repite la de hace un año justo: Los embajadores, de Hans Holbein el Joven. Os enlazo el post de entonces, por si queréis releerlo. Y os enlazo también el podcast de un programa de Radio Clásica que descubrí el otro día, Música Enmarcada. Escuchadlo: Clara Sanmartí os va a contar muchísimas más cosas sobre este cuadro.

¡Lo que os habéis perdido este año por mi culpa! Nuestro almanaque tenía a principio de año La Virgen de las rocas, de Leonardo. Otro de los meses, la Santa Catalina de Alejandría, de Artemisia Gentileschi, y al siguiente La cena de Emaús de Caravaggio. Los tres me causaron una profundísima emoción cuando los vimos en la National, sobre todo el Leonardo, que no me esperaba. Era nuestro primer día, y desde que entramos en el museo, mi él me iba apremiando para que fuese a ver lo que él estaba viendo. Yo, que me gusta ir a mi ritmo, a la tercera o cuarta vez ya no le hacía caso. Pero esta vez insistió e insistió y poniendo gesto de fastidio fui a ver qué era aquello que no podía esperar a que mis propios pasos me llevaran. Y allí estaba: en una pequeñísima sala, tal que si fuera una capilla, vacía cuando entré la primera vez, tan raro en aquellas salas llenas de gente. Me rodaban las lágrimas por la cara y solo salí de allí cuando entró un grupo de turistas japoneses. Ni que decir tiene que cada una de las tres veces que fuimos durante el viaje, me demoraba allí un ratito.

Como me demoraba delante de La cena de Emaús (y de la Santa Catalina, que están los dos juntos), pero aquí sí, con alevosía, que los señores de la National tienen repartidos sillones chester y divanes aquí y allá y uno de ellos cae justo delante de estos cuadros, cosa que las personas de edad provecta como yo agradecemos profundamente.

Ya os he contado los cuadros que me he saltado de temática religiosa. Otro día os contaré los que faltan.

Como os decía, apenas he leído nada. La estancia en el hospital con mi padre me pilló empezando Livia o enterrado en vida, de El quinteto de Avignon, de Lawrence Durrell. Lo tengo aparcado y no sé cuándo lo retomaré.

Para mi cumpleaños mi hija me regaló Mitos nórdicos, de Neil Gaiman.  Me ha costado, pero he conseguido terminarlo, entre risas, eso sí, porque es un libro muy divertido. Contando las andanzas de Loki, no podría ser de otra forma. Eso sí, no esperéis que nombre a ningún dios más que a Odín, Thor y Loki, y mucho menos que los transcriba.

Ahora estoy con El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead, que me lo regaló mi él un día porque sí.  Y de aquí nos saltamos a las series que hemos visto, porque la que está basada en este libro es la que justo acabamos de terminar. Haceos un favor y vedla. Es dura, como ya podéis imaginar si os digo que trata sobre la época esclavista y la red que ayudaba a los esclavos a escapar al norte de los Estados Unidos. De Colson Whitehead también leí, a principios de año, Los chicos de la Nickel, otro relato durísimo que consiguió engancharme.

Y sigamos con las series, que sí he visto algunas: la tercera temporada de American Gods, por ejemplo, que cada vez me gusta más aunque cada vez se vaya separando más del libro de Neil Gaiman.

Vimos también las cuatro temporadas de The Black Adder, la serie británica de los ochenta de Rowan Atkinson cuando todavía no era Mr. Bean. Absolutamente desternillante. Tiene algunos capítulos que son memorables. Muy grandes los personajes de Edmun Blackadder, Baldrick y Percy. Una delicia ver a Hugh Laurie, Stephen Fry y Miranda Richardson muy jóvenes y desarrollando toda su vis cómica. La tenéis en Filmin, por si queréis disfrutarla.

La cuarta temporada de The Crown no decepcionó, esta vez contando las cuitas del matrimonio de Carlos y Diana y el gobierno de Margaret Thatcher. Vimos también, como no podía ser de otra forma, la sensación del momento, Gambito de Dama: desde mi más profundo desconocimiento del ajedrez, me gustó. Falcon y el Soldado de invierno se deja ver, para pasar el rato y poco más.

Éstas han sido las que he visto con mi él, rascando capitulillos los fines de semana (espero no haberme dejado ninguna). Luego están las que veo yo sola, algún capítulo antes de ir a dormir o en verdaderos maratones en vacaciones. Una de maratón fue This is us, el gran drama de la familia Pearson. Cuatro temporadas que me vi en un soplido. La quinta, la primera ficción que veo con el coronavirus de fondo: al igual que se hacía  raro al principio de la pandemia  ver a gente en la tele abrazándose y de fiesta, también se me hizo muy extraño ver una serie en la que van con mascarilla y diciendo que se han hecho PCRs todo el rato…

Vi dos temporadas menos dos capítulos de Citas, la versión catalana de la Dates británica. Me dejé esos dos capítulos por temor a un ataque hiperglucémico. Vi Emily in Paris y ya empiezan a darme un poco de grima estas miniseries en las que un famoso hace de perro del hortelano y se produce una serie para su mayor gloria y lucimiento.

Vi la versión americana de Utopía: la teoría de la conspiración sobre una pandemia mundial (mundial de Estados Unidos, claro). Ahora espero ver la británica.

Modern Love y Solos muy recomendables. Además son capítulos cortos, con lo que te las ves en un plis plas. La segunda de The Boys sigue siendo tan burra como la primera. Y tan refrescante:  en el mundo de los superhéroes ni los buenos son tan buenos ni los malos tampoco lo son tanto.

Y hasta aquí llego con julio. Espero no parar aquí, y volver a la rutina de publicar los Ampharou’s library cada mes. Mientras tanto, seguid cuidándoos y sed buenos.

Amores gatos

Un día de abril del 2002 me llamó uno de mis cuñados “Ya lo tengo. Te lo dejo en casa de tu madre”. Estaba yo comiendo en El Ventorrillo del Chato con un polaco que me había insistido hasta el aburrimiento para que comiera con él. Le dije que tenía una urgencia familiar y que si, por favor, me podía llevar a casa de mi madre.

Y allí estaba. Chiquitito y naranja. Lo habían rescatado de una fábrica donde había parido la madre y algunos obreros no estaban demasiado conformes en que aquello se les llenase de gatos. Si te acercabas al transportín, bufaba con tanta fuerza que hacía que se moviera. Le pusimos Mateo, aunque poco tiempo después ya empezamos a llamarlo Nano.

Un día de abril del 2003, una compañera de trabajo me dijo que la gata de su hija estaba preñada. Le dije que si tenía algún gato macho, me quedaba con él. A primeros de junio, al llegar a la oficina, lo tenía en su regazo, dormido. Al verle la M que se le dibujaba en la frente, estaba claro con qué letra tenía que empezar su nombre: Wey Cabrón había llegado a ca’Ampharou.

Desde ese momento se convirtieron en casi un matrimonio nunca del todo bien avenido. Muchos rifirrafes, muchísimos, unos porque al principio Nano dominaba, otros porque después Wey se cansó y se las quiso hacer pagar todas juntas; un par de ellos con visita incluida al veterinario, los más de broma, entrenamiento, aburrimiento o por llamar la atención. Eso sí, la mayoría de los días dormían juntos, acurrucados, sobre todo cuando hacía frío.

Nano más tranquilo, apacible. Pegado a mí como un corchete, siempre bromeaba diciendo que más que un gato tenía una bata de cola. Wey más independiente, listo como el hambre, desconfiado hasta decir basta, hacía honor al apellido que le puse nada más llegar a casa. Eso sí, sibarita para comer, siempre esperaba a Nano para empezar. En los últimos tiempos, cuando Nano empezó a quedarse ciego, incluso le hacía de lazarillo.

Dieciocho años dan para mucho. Han sido muchas horas que compartir y muchísimos, incontables buenos momentos que me han dado. En mi mala época, quizá, y sin saberlo, fueron ellos los que me salvaron. O quizá sí que lo supieron.

Nano nos acompañó y nos hizo felices hasta octubre del año pasado. Wey, hasta la semana pasada. Los que tenéis o habéis tenido mascotas sabéis lo que es perderlas, así que no os tengo que explicar nada.

Hemos adoptado otros dos gatillos, de los que os hablaré otro día. Éste es mi homenaje a mis queridísimos Nano y Wey.

Ámbar

Cuando era pequeña, una de las cosas que más me gustaban era ayudar a mi padre en las reparaciones que hacía en casa. Lo mismo una lámpara, que la lavadora o el grifo de la ducha, mi padre lo arreglaba todo (y si no podía arreglarlo, lo amarraba: los famosos amarrijos de Santiago, que quien marra, desmarra). Cuando pintaba el piso, yo insistía en pintar con él, con lo que, irremediablemente  terminaba más pintura encima de mí que en las paredes. Él, santa paciencia, trataba de enseñarme. Yo, cabra loca, molestaba más que otra cosa.

Lo que más me gustaba era cuando cogía la caja de herramientas: era como el cofre del tesoro para mí. Tenazas, alicates, cuerdas (¡cómo no!), destornilladores, brocas, limas, un cincel… Tenía un pegamento que tenía que mezclar dos componentes, y ahí sí que procuraba tenerme alejada. Yo no entendía nada, con lo bien que se me daba a mí el pegamento, sobre todo lo de simular mocos pintándome de verde el dedo y dejando que el Imedio se secara encima haciendo una pelotilla…

Pero lo que me tenía absolutamente fascinada era una piedra amarilla, translúcida y suave, que olía maravillosamente.  De hecho, toda la caja olía a esa piedra. Mi padre me decía que era ámbar y de él oí por primera vez esa palabra que suena a preciosura. Él la utilizaba para las pequeñas  soldaduras de estaño con las que arreglaba los transistores, y, cuando la calentaba, todavía olía mejor.

El otro día me desperté pensando en esa piedra y lloré. Mi padre falleció el octubre pasado. Al menos, cosa que agradecer en esta época, tuve tiempo de despedirme de él, de pedirle perdón por todas las veces que lo decepcioné y de darle las gracias por toda la vida.

Ampharou’s library: septiembre 2020

Terminamos septiembre con un cuadro que no pudimos ver cuando visitamos la National, ya que por aquellas fechas estaba cedido a la MK Gallery, que hacía una muestra sobre el autor que después cedería a su vez a la Mauritshuis de La Haya. ¡Qué fantástico es este préstamo de obras entre museos cuando te permite ver una exposición sobre un autor o un tema que son tus favoritos! ¡Qué decepción cuando llegas a un museo buscando una obra y resulta que está cedida temporalmente!

En fin, vamos al lío. O al caballo. Os presento a Whistlejacket, caballo de carreras de éxito moderado y semental apreciado perteneciente al marqués de Rockingham allá por 1760 y pintado aquí exquisitamente por George Stubbs, considerado el mejor pintor de caballos inglés.

Es curiosa la presentación del tema. Normalmente en pintura los caballos sirven de apoyo a grandes hombres o mujeres o a tremendas escenas, pero aquí, Whistlejacket es el protagonista absoluto. Tanto es así que no cuenta ni con un escenario: tan solo un fondo neutro, casi suspendido en el aire si no fuera por esas sombras en las pezuñas traseras. Stubbs era un gran conocedor de la anatomía equina, para lo cual estudiaba diseccionando él mismo a los animales y tomando apuntes al natural de las diversas capas de los cadáveres, llegando a publicar The anatomy of the horses.

Es un cuadro de grandes proporciones: tres metros por casi dos y medio. Stubbs nos muestra al caballo en posición de levande, postura que en arte se ha utilizado para dar heroicidad a los protagonistas humanos de las obras, pero que aquí reviste de fuerza y libertad al hermosísimo animal, que no necesita de ningún adorno ni, como se especulaba en la época, de ninguna figura humana que lo dote de monumentalidad.

También os dejo el enlace a la página de la National Gallery, por si queréis saber más de ella.

Septiembre ha dado para bastante. Sigo con El Quinteto de Aviñón, aunque en cuanto a lecturas no haya avanzado demasiado.

En cuanto a series, terminé Dead to me, que bueno, se deja ver y ya está, sin alharacas de ningún tipo. Vi diez minutos (quizá quince) de Bojack Horseman y es todo lo que pienso decir sobre ella, y luego me metí de lleno con Peaky Blinders: cinco temporadas con seis capítulos cada una que me he visto en suspiro y medio. Y me ha gustado. Mucho. La historia del ascenso de una familia de delincuentes en el Birmingham de entre guerras, aliñada con una estética que roza en ocasiones el videoclip y la música de Nick Cave, Radiohead, PJ Harvey y Tom Waits entre otros. En ese sentido me recordaba un poco a The Knick, la nunca bien reconocida serie de Soderbergh que, ambientada en el Nueva York de 1900, tenía como banda sonora la música electrónica de Robert Rodríguez. Esperando la sexta temporada ya.

En familia (mi él y yo) comenzamos a ver Gangs of London (parece que ha ido el mes del mundo delictivo del United Kingdon en sus diferentes épocas). Solo hemos visto dos o tres capítulos, pero tiene buena pinta también. Y también empezamos a ver Lo que hacemos en las sombras: con tinte documental, nos va contando el día a día de la vida muerte de unos vampiros. Absolutamente desternillante. Muy fan ya de Nandor, Lazlo y Nadja, de Colin, el vampiro psíquico y Guillermo el mayordomo.

Normalmente vemos las series las noches de los viernes y sábados, pero este mes hemos decidido dedicar el sábado a una película que elegimos por turnos. Así hemos visto ya La gran belleza, Il Divo (esta no la elegimos, nos encontramos que la daban en la tele y, como ya la conocíamos, nos quedamos con ella), Inside Lewyn Davis (hermanos Coen con Óscar Isaac de protagonista, tristísima y preciosa) y Ex Machina (de nuevo Óscar Isaac). Ahora estamos con El paciente inglés: como veis, vamos sobre seguro…

Y hasta aquí llegó septiembre. Seguid cuidándoos, que se vuelve a poner la cosa un poquito fea. No bajéis la guardia con la distancia social, las mascarillas bien puestas, por favor y el lavado de manos. En octubre paso lista.

Santiago

Santiago

Ochenta y ocho años como ochenta y ocho soles, y él sigue diciendo que está feito un rapaz. Claro que cuando le peguntas cuántos cumple, te dice que cuarenta y cinco. Entonces yo le digo que tenemos un problema, porque yo ya tengo cincuenta y uno. Él me mira, abriendo esos ojos como dos esmeraldas, y me suelta un ¿Tan mayor ya? Me río y él sigue: Estás viejiña entonces.

Ochenta y ocho años como ochenta y ocho soles. Felicidades, papá.