Desde que tengo uso de razón, en casa de mis padres el otoño siempre se ha inaugurado con un caldo gallego hipercalórico y supervitaminado. Ahora que los hijos ya somos mayores, además el caldo se ha convertido en la excusa perfecta para reunirnos abuelos, hijos y nietos, comer juntos, charlar, tener interminables sobremesas y digestiones tipo boa constrictor. Este año, con la abuela desplazada en labores humanitarias y puerperales y ante la bajada de las temperaturas y la llegada de las primeras lluvias en su ausencia, no ha habido más remedio que cambiar la costumbre y el menú: pucherito, con todos sus avíos, que ha salido blanquito y ha dejado la casa con un adorable olor a invierno. No es lo mismo, pero estaba delicioso.
Puchero.
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También era maravilloso cuando había reuniones en torno a la lumbre y compartir esos momentos de cocinar y comer… horas y horas hablando y viendo como se consumen las brasas… que delicia
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Casi que lo estoy oliendo.
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que buenas estas costumbres. Ojalá se puedan mantener mucho tiempo! 🙂
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El próximo lo hago en la perola cuartelera… y estáis todos invitados!
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El mejor pushero de to Cai.
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