Hojas.

Aquella mañana de noviembre,  Sebastián G. P., operario municipal de sesenta y cuatro años, once meses y veintinueve días de edad se dispuso a empezar su jornada laboral, casi aún de madrugada, como si fuese un día corriente. Ataviado con las botas de agua y la ropa reflectante que le hacían parecer una luciérnaga hasta que salía el sol, y empujando su carrito con la misma diligencia con la que lo había empujado los últimos treinta y cinco años (bueno, no tantos, que todavía recordaba los tiempos en los que tenía que cargar con un capazo), se dirigió al sector que tenía asignado. Le gustaba su zona, aunque en esta época del año el viento que nunca faltaba y las ocasionales lluvias le dieran bastante trabajo en ese trozo de avenida con su plazoleta llena de árboles. Desde luego, no tenía nada que ver con algunas zonas del centro, en las que, sobre todo en febrero, los compañeros trabajaban durante una semana más que todo el resto del año junto.

De pronto, Sebastián G.P. cayó en la cuenta de que aquella mañana sería la última que barrería todas aquellas hojas amarillas, la última que recogería aquella alfombra , la última vez que haría el vano esfuerzo de dejar la calle limpia. Se dio cuenta de que aquél sería el último día en que tendría que calzarse aquellas botas y ponerse ese chaleco reflectante que le hacían parecer una luciérnaga hasta que salía el sol. Y entonces barrió y barrió, pero en lugar de recoger las hojas cada vez, fue amontonándolas en medio de la placita. Se afanó en recoger cada hoja y volvió a pasar el cepillo otra vez para reunir también las que seguían cayendo de los árboles al son del aire frío de aquella mañana de noviembre. Sólo paró de barrer cuando el montón de hojas le pareció lo suficientemente alto y mullido.

Aquella mañana de noviembre, Pilar D. M. llegó al trabajo, antes de que saliera el sol, con una sonrisa pintada en la boca y la alegría que no había sentido en mucho tiempo. En el trayecto en autobús hacia la oficina le había parecido ver, a través de una de las ventanillas, en la plazoleta que había justo en medio de la avenida, a un hombre vestido de luciérnaga saltando dichoso sobre una montaña de hojas amarillas.

La imagen, de Adriana Quirós.

10 comentarios sobre “Hojas.

  1. Por partes:
    -la apreciación de valiada es brillante 🙂
    -como me ha molado el salto final sobre las hojas. Debió hacerlo mucho antes al menos una vez por semana, por su salud.
    Es una de las estaciones más bonitas…
    besos.

    Me gusta

  2. Si escribo lo que me viene a la boca estropeo la preciosidad de tu lenguaje narrativo…haciendo un sobreesfuerzo lingüístico para no soltar piropos burros,te diré,Ampharouito,que la sonrisa de Pilar D.M. consiguió traspasar la pantalla para contagiarse como el mejor de los virus y llegar a mi rostro…y que el sentimiento de orgullo por tener el honor de conocer y apreciar a la autora de tan bellas líneas y hermosa imaginación,hacen que dude de si debo desayunar,almorzar y cenar algo en el día de hoy…

    Pdt.-Valiada…se te añora.

    Achuchones!!! emocionados,agradecidos,felices,sonrientes…

    Me gusta

  3. Capitán, el señor se jubila del dignísimo oficio de barrendero, sí, contento de la vida que ha pasado y más contento de la que le espera, haciéndose un homenaje y saltando sobre las hojas de su otoño. Lo de la luciérnaga es una pequeña licencia literaria 🙂

    Menda, no, no continúa. Lo mío son los relatos cortos. Ya quisiera yo tener tu capacidad para ensamblar esos relatos que nos regalas a veces 😉

    Jabe, sí, como las motos. Le quería poner Julito Simón en vez de Sebastián, pero al final me decanté por un Chano de los de toda la vida…

    Vinti, ya conocerás a Valiada, el dardo en la palabra 😛 Me alegra que te haya gustado. Lo de saltar sobre las hojas era algo que se merecía. Y sí, quizá debiera haberlo hecho antes…
    Muchas gracias por la chapa al mérito descubridor :mrgreen: jjajajjajaj, eres la caña!!
    Ah, y lo de suscribirse, me parece que el botoncito naranja que hay ahí abajo, junto al ‘submit comment’ sirve para eso… aunque no me hagas mucho caso que no tengo ni idea 😳

    Nadia, el siguiente capítulo tenéis que imaginarlo vosotros. Por qué te ha descolocado??

    India, mi Indiecita… ahora es cuando a mí se me cae el culo! Que no me puedes decir esas cosas, mujer, que termino creyéndomelas y me pongo insoportable (más todavía). Juer, que me has puesto tontona y tó…

    Besines grandes para todos.

    Me gusta

Deja un comentario