Libros.

Ya he comentado alguna vez, aquí y en vuestros blogs, que si hay algo que nunca falla en mi bolso es un libro. Da igual que sean libros de bolsillo, novelas cortas o cuentos de ciento y pico de páginas o volúmenes extraordinarios de más de mil (Montaigne estuvo a punto de causarme una escoliosis): si sé que mientras esté fuera de casa voy a tener aunque sean dos minutos de espera (llámese autobús, un café a solas, el turno en el médico o la cola para comprar unas entradas), el libro está ahí, esperando a ser abierto y deleitarme aunque sea con dos líneas cada vez. Si preveo que la espera será más larga, puede que lleve hasta dos ejemplares, no sea que se me acabe uno y me quede sin palabras impresas y sin magia que llevarme a los ojos. Aunque realmente da igual que sepa si voy a poder disfrutar de esos ratos: no salgo de casa sin libro.

Todo esto que os cuento (u os repito) viene a por algo en lo que caí estas pasadas vacaciones. Un viaje a Barcelona, con trayecto en tren y avión incluido, pronosticaba más de medio día sin otra cosa que hacer que estar sentada y esperar llegar. A ello se le unió un retraso (¡cómo no!) en el vuelo, con lo que el libro que llevaba en el bolso llegó a su fin y, en medio de la sala de embarque del aeropuerto, tuve que abrir la maleta y sacar el que tenía guardado para la vuelta. Al entrar en el avión, arrastrando la maleta, con el bolso colgado, el abrigo en un brazo, la tarjeta de embarque y la identificación en la mano, luchando por no llevarme la rodilla de nadie con el trollei, sudando por alcanzárselo a Beaumont sin que la auxiliar lo cogiese para ayudarme y me diese una patada que me hiciese cruzar el finger sin poner el pie en el suelo, a mí y a mi superexcedida de peso maleta, me hice un barullo que conseguí desliar cuando me senté, saqué el nuevo libro de nuevo, guardé el deneí en la cartera y doblé la tarjeta de embarque para guardarla entre las páginas del libro. Pensé entonces en cuántas tarjetas de embarque, cuántos tickets de tren, de metro, había entre las páginas de los libros que duermen en mis estanterías. Cuántas direcciones o teléfonos, anotados en servilletas o post-it, reposaban entre sus hojas. Acudir a los libros que voy leyendo es como hacer un esquema de mis pasos: en éste una cita para el médico, en aquél, el resguardo de unas clases de inglés. En el que leí la semana pasada, la hora y la consulta a la que debía acompañar a mi madre, en el que me entretuvo y me enseñó en los primeros días de mayo, el recordatorio de una cita con el dentista. En uno de Vian, la hoja arrancada de un almanaque con una dirección web que me interesó, en el de McEwan, la receta de un bizcocho de chocolate. En todos ellos, un bonobús gastado (que utilizo como marcapáginas) con anotaciones de las páginas que más me han gustado de cada uno, o con las palabras que he de buscar en el diccionario.

Ese vuelo y los viajes en tren de los días posteriores consiguieron terminar también el nuevo libro. Gracias a que en Barcelona conseguí otro para que fuera testigo material de mi vuelta a casa.

4 comentarios sobre “Libros.

  1. Pensé que ibas a decir que lo que habías descubierto es que es más práctico llevar un ebook, je, je. Pero claro, en un ebook no hay donde dejar un marcapáginas improvisado. Mira tú por dónde, otro motivo para seguir con los libros de papel.

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  2. Tb llevo un libro siempre en el bolso y así me va la columna, y el bolso, que siempre los rompo. No me cambio el bolso por ir conjuntada con no sé qué, sino cuando ya no puede llevar mis trastos.
    Ahora bien, a mi no me da para escribir en los libros, les tengo un respeto, que siempre apunto chorradas en la libreta de aparte llevo, y luego claro llevo un lío.
    Lo del ebook parece toma fuerza, pero tampoco sé si me acostumbraré a no pasar hojas de papel o cortarme con el filo de la hoja.
    Besetes.

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  3. Vinti, mi madre me dice siempre que parezco un testigo de Jehová, siempre con el libro en la mano :mrgreen:
    Yo tampoco soy de escribir en los libros. Durante una época que me duró un par de ellos, me dió por subrayarlos, pero eso, me duró un par de libros. Me pareció un atentado. Y mira, leyéndote me he acordado que el otro día, viendo A single man, Colin Firth aparece en una escena leyendo un libro sentado en el váter… pensé que ese era otro atentado, y más gordo todavía, jjajajajajaj!!!

    Besines reguapa!!

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