Klaus.

Nadie sabe cómo se llama en realidad, pero, sin lugar a dudas, Klaus debería ser su nombre, por esa pinta de Papá Noel de paisano que luce. Enorme, rubísimo, con unos ojos insultantemente azules y unas mejillas que, de puro coloradas, pareciera que están a punto de estallar, en la cara todo es de un color vivo menos esas barbas que de tan rubias casi son blancas y esos dientes, más blancos aún, que se obstina en enseñar en una eterna sonrisa.

Klaus (digamos que sí, que se llama así) vive en la zona de más boato de la ciudad, aunque no precisamente en un loft de gran lujo y primerísimas calidades, sino más bien en el hueco que dejan las escaleras cubiertas de un edificio oficial. Allí pasa las tardes y sus noches, con todas sus pertenencias -que no son pocas- metidas, en un orden extremo, en un carrito de supermercado. Por las mañanas, antes de que las oficinas abran y empiecen a llegar los empleados, Klaus recoge todas su cosas y, dejando el rincón donde ha dormido impecable, empuja su carrito hasta un par de manzanas más allá, donde el retranqueo de los edificios de la gran avenida han dejado un pequeño espacio acotado por unos bancos de cemento. Ahí se aposta, viendo pasar a la gente con sus prisas y sus caras largas, hasta que los funcionarios dejan la oficina. Entonces él vuelve a su rincón, acomoda las mantas perfectamente dobladas encima del murete que, adosado a la escalera, le sirve de trono, saca sus auriculares y su pequeña radio maltrecha y, sin perder la sonrisa que ha lucido toda la mañana, sestea beatífico hasta que llega la hora de volver a mudar su residencia.

Deja un comentario