Lola

Lola paseaba alrededor de la urbanización con Truco, el viejo cocker spaniel que había muerto cuando ella tenía trece años. Más valía que se diese prisa si quería llegar a tiempo, pero es que así, de noche, todas las casas le parecían iguales. Bueno, no las casas, que no llegaba a verlas detrás de aquellas tapias tan altas y esa profusión de adelfas, jazmines y buganvillas. Acertó a pasar por una que tenía el portón abierto. Dentro, parecía que se celebraba una verbena: un chozo al fondo a modo de barra de bar, adornado con mil lamparillas de colores, y hasta él, un camino bordeado de velas. Al cruzarlo, tuvo que poner cuidado en no tropezarse con las mesas altas de aquella improvisada terraza veraniega, porque podría hacer caer las damajuanas que llenaban cada una de ellas y tendría que volver al principio del camino. Decidió entonces que sería mejor hacerlo por la acequia que pasaba por detrás de ellas, aunque estuviera llena de hojas secas.

Así, consiguió llegar hasta la casa. Cruzó el zaguán y subió las desvencijadas escaleras de la casa de su abuela, con su pasamanos de hierro pintado de verde. En uno de los rellanos, tuvo que dejar pasar a un bebé que bajaba bailando. Siguió hasta el último tramo y abrió la puerta. Por fin, la azotea, tan inundada de sol que tuvo que ponerse la mano sobre los ojos por un momento. Salió a ella, reconoció el lavadero, y siguió los tendederos hasta llegar al jardín de la vieja casona donde, a la sombra de las palmeras estaría más a gusto.

Allí, dentro, detrás de una pesada cortina encontró el vestido, rojo y largo, como de época, que habría de ponerse. Con él levantado hasta las rodillas, porque de otra forma no hubiese podido caminar, subió la calle empinada del centro de la ciudad por la que tantas veces había pasado. Lola se vió desde el escaparate de la tienda de enfrente y se gustó enfundada en aquellas telas de un verde esmeralda. Pero no podía entretenerse: quería llegar a la conferencia de su querido profesor de filosofía, y todo aquel gentío en la calle no hacía sino entorpecerla. Aún así, llegó de una punta a otra de la calle en un momento, y lo vio en medio de la plaza, detrás de su atril, con las gafas caladas y extrañamente parecido a Héctor Alterio. Aprobó la conferencia leyendo por encima de su hombro mientras el público aplaudía y el profesor se volvía hacia ella para recriminarle que no estuviera sentada en su pupitre. Alrededor la gente empezó a correr, y de detrás de una columna de aquel precioso atrio salió un enorme oso que caminaba olisqueando el suelo. Lola se le puso delante y el oso se alzó sobre las dos patas traseras abriendo la bocaza y…

.. fue tal el rugido que se despertó de un salto con el corazón queriéndosele salir del pecho. A su lado, Bruno dormía plácidamente, ajeno al susto que le acababa de dar, otra vez, boca arriba, justo en la postura en la que más fuertes eran. Lola ya no sabía que hacer. Lo había probado todo: desde las bandas nasales, a esconder una llave hueca debajo de la almohada. Desde el sonido típico con la lengua que su madre, sufridora como ella, le había enseñado, hasta empujarlo suavemente hasta que conseguía que cambiase de postura. Estaba considerando seriamente lo de mudarse a la habitación de Dani, ahora que se había ido a estudiar a otra ciudad. Tendría que hacerlo, aunque a Bruno le molestase, si no quería terminar comida por los osos.

2 comentarios sobre “Lola

  1. Menudo susto m’has pegao con bocadito del oso. No sé muchos remedios para estos casos…Pensaré en las damajuanas y en los desvencijados muebles para ver si me viene a la cabeza algo provechoso. Qué buena literatura, siempre aprendiendo, señorita. Besos. 🙂

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    1. Vinti, no sé si tiene solución posible… mi madre, pobriña, lleva cincuenta años buscándola, y ahí sigue, la pobre mujer. Pensemos en damajuanas, que me encanta la palabra y el significado 🙂

      Besines!!

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