No me recuerdo llorando de niña, con lo cual debí tener una infancia feliz. Cabezota sí era, arrebatos de cabezazos contra el suelo sí que guardo en la memoria. Sobre todo el último, claro, que fue el que dolió y el que me movió a dejar de manifestar mis malestares de esa forma. Pero no recuerdo ninguna llantina, como sí recuerdo el de otras niñas, cercanas a mí, con pataletas abominables tiradas en el suelo provocando vergüenza ajena y pintas rosadas en las propias caras de puro berrinche. Ni siquiera recuerdo una llantina incontrolada el primer día de cole, tan típica, sino más bien un estado de estupefacción por no entender por qué lloraban las demás.
De mayor sí he llorado. Mucho. Unas veces de pena negra, otras de rabia, muchas de impotencia. Esos son llantos de cosas importantes, y no son los que os vengo a contar hoy, porque esos llantos son hacia dentro, acurrucada contra la almohada o sobre un hombro (y solo uno) sabio y tierno. O en la ducha: la rabia se cura mejor si las lágrimas desfilan por el desagüe disimuladas.
Lo que quiero contaros son mis lloreras: llantos sin importancia, por las cosas más nimias. Todavía recuerdo, no sin cierto sonrojo, la media hora después de salir del cine de ver Cinema Paradiso, cuando yo todavía seguía con un llanto sin consuelo adornado de hipidos varios. Ahí es donde creo que empezó mi carrera de sensiblera de tomo y lomo, de la que, últimamente, me estoy graduando cum laudem. Porque siempre han habido situaciones en las que, cuando se producían, todos los ojos se volvían a los míos esperando verlos como los de Candy Candy: cuando sonaban los primeros compases del anuncio del gordo de navidad, aquél que hacía el calvo (¿gordo? ¿calvo?) con la versión del «Interior Student Cafe» de Doctor Zivago, o cuando suena la que para mí es la pieza de música más hermosa, la Suite para cello nº 1 de Bach (¡pero si hasta vi Master and Commander, con mi odiado Russell Crowe, sólo porque me dijeron que sonaba en una parte de la película!): aquí las lágrimas ya ruedan sin contención posible. He llorado al ver muchas películas, anuncios, reportajes… he llorado leyendo, unas veces de tristeza, otras de puro Stendhal, derrotada por la hermosura, que fue de lo que lloré al entrar en la Mezquita cuando estuve hace tres años…
Pero lo de este verano ya está empezando a ser preocupante. Lloré cuando fui al cine a ver Batman, pero no por esa película, claro está, que una es llorona, pero con criterio: fue con el trailer de Lo imposible, algo que está por estrenar y que debe ser lo más parecido a lo que ponen en Antena3 los domingos después de comer, pero con Ewan McGregor (por lo menos tiene vistas privilegiadas): si lloré como lloré con el trailer, no quiero ni pensar los ríos que puedo provocar con la película.
Lloré con las olimpiadas, a mí que ya sólo la palabra deporte me da sarpullido. Pero claro, pasarse diecisiete días con los juegos en la tele a tiempo completo es lo que tiene, que terminas empatizando. Y ver a ese hombre como un trinquete que es Tyson Gay llorando cuando quedó cuarto en la final de cien metros, a Félix Sánchez cómo le dedicaba la medalla a su abuela o a Mohamed Farah con un nudo en la garganta mientras el estadio cantaba el God save the Queen, despertaron mis lloreras guión moqueras tanto como Kenneth Branagh con su Caliban de La Tempestad en la ceremonia de inauguración.
Pero el momento estelar tuvo lugar la semana pasada: fui al cine con Lorah y Beaumont a ver Brave. Varios trailers antes de la película, con los que nos morimos de risa (¡que estrenen Monstruos S.A.-2 ya!) y, como en cada película Pixar que se precie, un corto. La luna, se llama éste. No os voy a decir nada para que lo veáis con ojos nuevos, pero allí estaba yo, mirando a la pantalla, sin un pañuelo que llevarme a la nariz, dejando que las lágrimas corrieran por mi cara aún sabiendo que el maquillaje se me estaba yendo al garete y un nudo de pura bonitura apretándome la garganta. Que ya había empezado la película propiamente dicha, y yo todavía estaba intentando despejarme de la cara el agua que me sobraba (después vendría más, claro, pero con un poco más de mesura).
En fin, que por lo visto me estoy haciendo mayor y me estoy ablandando más todavía. Que lloro con cualquier powerpoint de perritos que se me ponga delante, para júbilo y carcajeo general de los que me rodean, eso sí. Lo malo es que me parece que esto va a más y sin remedio, así que tendré que ir cargada de kleenex allá a donde vaya.

Jaaaaaaaajajajajaja, jo, nena, lo tuyo es extremo!!! 🙂
Por cierto… a mí también me daban ganas de llorar con el anuncio de la lotería y hasta hoy no he sabido qué nombre tenía esa pieza… es que es preciosa… y el anuncio también… ay! qué nostalgia!
Besos, bonita!
Me gustaMe gusta
A mí de pequeño, me decían: «si lloras, menos meas!» tu puedes probar a hacer lo contrario por si surge efecto! 😛
Me gustaMe gusta
Rune, y lo peor es que va a más!! Jo!!
La verdad es que es una vergüenza ir al cine. El otro día, sin ir más lejos, rodeada de enanos por todos lados, y yo venga llorar a moco tendido, rezando para que no enciendan las luces y, cuando acaba, corriendo al baño a recomponerme un poco… que no tengo remedio, vamos!
La música de Maurice Jarre es preciosísima… vaya panzás de llorar me daba todas las navidades por su culpa!
Fran, eso también se lo decía mi madre a mi hermana pequeña, que era una de las de pataletas exageradas… tendré que probar con algún diurético antes de ir la próxima vez al cine!!!
Besines guapos!
Me gustaMe gusta
No te diré que sólo lloro a escondidas porque si lo hago, traiciono precisamente, el hecho en sí por el que sólo lloro a escondidas 😆
El corto LaLuna es tremendo…el de LoImposible no lo he visto en cine… pero si sale Ewan, lo veré tantas veces como sea necesario para que llegue el verlo sin llorar y poder disfrutar la vista jijijiji
Aaachuchones!!!
Me gustaMe gusta
Coño, que acabo de llamar a Correos y, al poner mi llamada en espera, me han puesto la música de El cartero y Pablo Neruda… y casi ni puedo hablar cuando me ha recogido la llamada la señorita de los telegramas!!!
Me gustaMe gusta
India, algunas veces hay que llorar dejando que te vean… si no se ríen de ti, como hacen los dos inhumanos que tengo en casa, que se parten el pecho cada vez que me ven buscando desesperá la caja de kleenex!!
El corto de La Luna es lo más bonito que he visto en mucho tiempo! Y McEwan también!!!!
Beeesines!!!
Me gustaMe gusta
Hace años tiré por la borda la entrada al concierto de Dulce Pontes: su segunda canción fue la banda sonora de Cinema Paradiso, momento en el que empecé a llorar. Terminé cuando acabó el concierto, no sé que me dió, así que me lo perdí entero, aún así lo recomiendo con fervor y entrega absoluta, casi nadie me ha hecho llorar así y aún menos sin motivo. Me pasó también Chavela, pero eso es normal, ¿quién no llora con la llorona?
Me gustaMe gusta
Ay, Adela, yo con Dulce Pontes también habría llorado, y mucho: demasiados recuerdos y demasiado tristes!
Al final, lloronas somos todas!
Besines preciosísima!
Me gustaMe gusta
Estaba preparando una ensalada con cebolla y acabo de pegar un lloriqueo que ccasi puedo preparar una salsa de aliño. Las risotadas de después empujan a las lágrimas. Si es que tienen que sacar una curso de aprender a llorar en público (30h). Besos guapa.
Me gustaMe gusta
Para llorar en público lo principal es una buena máscara waterproof y aprender a moquear delicadamente, lo justo para que baste con unos breves toquecitos de pañuelo (de tela, of course) en la nariz y no tener que sonarte como un camionero.
Me gustaMe gusta