Debía ser el verano de mis cuatro o cinco años. Mi padre estaba en casa, de vacaciones, lo cual era todo un acontecimiento, ya que las campañas del barco en el que trabajaba, en lugares que parecían tan lejanos y exóticos como Angola o el Congo, duraban seis, ocho o hasta doce meses. Sus permisos, su tiempo de vacaciones, eran nuestro tiempo de fiesta.
Como digo, era verano, después de comer. Se suponía que yo tenía que dormir la siesta, así que mi padre me entretenía en la cama con la perspectiva de que me quedara dormida y poder dormirla él también. Mientras tanto, me enseñaba que el pequeño portamonedas que me habían regalado, amarillo y con un trozo de piel de conejo imitando una carita peluda era un monedero, porque servía para guardar monedas, y no un modenero como yo me empeñaba en llamarlo.
También me explicó por qué el joyero de mi madre, aquél de porcelana con rosas pintadas y que adornaba la cómoda de aquella habitación, no era un ‘mete-orito’ como yo creía.
Entonces pedí que me contara un cuento. Él se sabía dos, el de los siete cabritillos y el de Isabel, que iba alternando y que ya me había contado (y me contaría después) cientos de veces. Aquella tarde de verano le tocó a Isabel.
Había una vez un pescador muy pobre que estaba casado con una mujer muy pobre llamada Isabel.
Una vez que fue a pescar, cogió un pescado muy grande. El pescador se puso muy contento, pero cuando ya le había quitado el anzuelo, el pescado le dijo que si lo soltaba, podría darle lo que él quisiera.El pescador, asustado porque le hablara el pez, lo soltó, diciéndole que no hacía falta que le diera nada.
Cuando volvió a su casa y le contó a Isabel lo que le había pasado, ésta lo llamó tonto, y lo mandó de nuevo a buscar al pescado para que les diera una casa grande y joyas y dinero.
El pescador hizo caso a Isabel, buscó al pescado y le pidió lo que Isabel le había dicho. Cuando volvió a su casa, ésta ya no era la choza pobre y vieja de antes, sino una mansión, y su mujer estaba vestida elegantemente y muy enjoyada.
Al día siguiente, Isabel, protestando, le dijo al pescador que habían sido muy tontos, que al pescado no le había costado nada lo que les había dado y que ellos podían haber pedido mucho más. Mandó al marido de nuevo junto al pescado para que esta vez le pidiera un castillo.
El pescador obedeció, buscó al pescado y le pidió lo que Isabel le había dicho. Cuando volvió a su casa, ésta ya no era una mansión, sino un castillo de altas murallas.
Al día siguiente, Isabel de nuevo estaba enfadada. Quería ser reina, y el pescado era el único que podía conseguirlo. Total, a él no le costaba nada. Envió al pescador a buscar de nuevo al pescado para que la hiciera reina de todo el territorio.
El pescador hizo caso a Isabel, buscó al pescado y le pidió lo que Isabel le había dicho. Cuando volvió al castillo, vio a su mujer ricamente vestida y con una corona llena de piedras preciosas.
Al día siguiente, Isabel estaba de nuevo enfadada. Ser reina le parecía muy poco, ella quería ser emperatriz. Total, el pescado podía conseguirlo todo y no le costaba nada. Ordenó al pescador que buscase al pescado para que la hiciera emperatriz.
El pescador hizo caso a Isabel, buscó al pescado y le pidió lo que Isabel le había dicho. Cuando volvió a su casa, vio a su mujer tan pobre como siempre había sido, a la puerta de la vieja y ruinosa choza.
Era mi cuento preferido. Lo sigue siendo. A mi padre le encantaba contárnoslo y a nosotras nos encantaba que nos lo contara. Hoy mi padre cumple ochenta años. Hoy quiero ser yo la que se lo cuente a él. No quiero olvidarlo. No quiero que lo olvide.

Tienes suerte de recordad esas cosas, porque yo o no tuve infancia o me robaron mis recuerdos!
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Yop… no te puedo decir nada esta vez… ni por escrito ni podría con palabras, casi me quedo calladiña y te doy un achuchón sin mirar reloj…
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Uy, qué preciosidad, nena…
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Muy bonito, Ana. El cariño traspasa la pantalla.
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Muchas gracias guapos míos!
Besines!!
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Yo no recuerdo que me contaran cuentos (si repasar matemáticas y aprender a sumar y restar antes que nadie), pero ahora te lo tomaré prestado para mi sobrina, que me pide cuentos distintos cada fin de semana. Un besazo a ambos.
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Vinti, cuentos sólo me contaban esos dos que digo, el de Isabel y el de los cabritillos… lo que molaba de verdad es que contaran historias de cuando ellos eran pequeños. Curiosamente, también era lo que más me molaba a mi hija cuando era chiquitilla.
Si lo quieres, te lo presto. Espero que a tu sobrina le guste tanto como me gustaba a mí 🙂
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