La lavadora

A principio de los años setenta mi madre tenía una lavadora de turbina. No la recuerdo mucho, los menesteres de la colada no me interesaban demasiado, y pocas veces creo que la viera funcionando (mi madre, con buen criterio, creo que prefería mantenerme lejos de la lavadora mientras lavaba. Por no tenerme que sacar de ella con la boca llena de espuma, más que nada), pero sé que allí estaba, esmaltada en blanco y con el interior azul, con su tapa puesta y  su goma de desagüe gris estriada, justo delante del inodoro, supongo que precisamente por eso, porque en algún lado había que enchufar esa goma cuando había que vaciarla.

Por lo que ahora sé, esa lavadora hacía poco más que mover la ropa dentro del agua jabonosa. No sé si habría que enjuagarla después, pero desde luego sí que había que escurrirla a base de biceps y juego de muñeca, porque de centrifugado nada de nada.

Mi madre también tenía, en la terracita pegada a la cocina, en lo que viene a ser el lavadero, vamos, un pilón de granito con una tabla de madera. Allí es donde lavaba la ropa blanca sobre todo, porque claro, la lavadora no podía competir con unos buenos restregones y su jabón lagarto.

Mi padre le propuso comprar una lavadora automática. Mi madre se negó. Ella tenía suficiente con la suya, el pilón y sus brazos. Ninguna lavadora iba a dejar la ropa tan limpia, eso es seguro. Por lo que me han contado, él insistía, sobre todo cuando la veía doblada sobre la tabla de madera peleando con kilos de tela mojada. Ella, hija de gallego, seguía negándose. Hasta que supongo que mi padre, gallego de nacimiento, la dejó por imposible, se fue a la tienda, y compró de todas formas la lavadora automática.

Mi madre al principio la miraba con recelo. No se fiaba un pelo de ella. ¿Y si no se tragaba el detergente? ¿Y si no entraba a tiempo el suavizante? La vigilaba en cada una de sus vueltas. Hasta que la lavadora, a fuerza de sacar la ropa limpísima, suavísima y, sobre todo, escurridísima, la convenció. Desde entonces ambas (mi madre como única y la lavadora como genérica, englobando a la primera y a las que llegaron después), han vivido una eterna luna de miel.

Hace unos días me llegó (por fin) el libro del que os había hablado. Mil diecisiete páginas de tamaño poco mayor que media cuartilla con un tamaño de letra igualito que el de las etiquetas de los champús. Que lo he abierto y se me han juntado al menos diez líneas en una. Me lo advirtió Beaumont cuando me dijo que había llegado a casa: te vas a quedar ciega. Y ciega no sé, pero que voy a criar dioptrías como si fueran calabazas, seguro. Es mismo día, Beaumont se descargó el libro, en la misma traducción, en su ebook. ‘Pruébalo, léelo y ya me cuentas’. En realidad, está intentando que lo pruebe desde que se lo trajeron los reyes. Yo me resisto. No quiero que me guste, no quiero dejar de leer mis libros, en libros, llenos de páginas, de letras impresas. No quiero dejar el olor de los libros nuevos, el de los más sobados. No quiero dejar de volver a mis viejos libros, y descubrir, por casualidad, una anotación olvidada, o algún trozo de papel que me recuerde el tiempo en el que lo leí por primera o por última vez.

Yo, hija de gallego, cada vez me parezco más a mi madre.

 

Ampharou’s library: octubre.

Seguimos con Mucha. El editor del almanaque insiste con los carteles (en este caso, es el realizado en 1897 para la compañía de ferrocarriles Chemins de fer P.L.M., titulado Mónaco-Montecarlo, como se lee en el cartel original, aunque la reproducción en el calendario haya omitido la grafía), lo cual es una lástima, no porque no sean preciosísimos y preciosistas todos, sino porque nos impide disfrutar de su ‘otra’ obra, sus cuadros no dedicados a la publicidad, sus esculturas, sus vidrieras, sus joyas… Entre los primeros, por supuesto, la gran Epopeya eslava, veinte lienzos de (muy) gran formato donde se cuenta la historia de ese pueblo (aquí está magníficamente explicado, y aquí os podéis hacer una idea del tamaño de los cuadros), y los retratos, como el de su hija Jaroslava, del que me enamoré perdidamente en aquella exposición que tuve la inmensa suerte de ver en Madrid.

Sobre la lectura, me ha invadido una flojera enorme: no flojera por leer, sino por cargar con el tomo del cual tenéis la portada ahí, a la derecha, un poco más abajo. Llevo un mes leyéndolo y sólo hace tres días que cargo con él a todos lados, con gran regocijo por parte de mi escoliosis. He estado llevándome un pequeñito libro con relatos de Oscar Wilde, que me ha encantado y divertido a partes iguales, pero me resistía a cargar con Sherlock Holmes, prometiéndome leerlo en casa. Lo que pasa es que están siendo unos tiempos un poco frenéticos desde que volví de las vacaciones: los actos y fastos que se celebran este año en este cachito del mundo me llevan fané y escangallá toda la semana, así que ahí lo tengo, pobrecillo, atascaíto perdido, porque todo es querer ponerme a leer y, sin pasar la primera página, caer como una bendita.

De pelis, nada de nada. Y de series, terminamos con Parade’s End (me ha gustado, pero creo que está un poco deslavazada. Estoy deseando que me llegue el libro para comprobarlo), empezamos con la tercera temporada de Boardwalk Empire (magnífica. Otra vez) y yo, por mi cuenta y riesgo, me empapé la sexta temporada de Dexter en tres días y ya han caído también los cuatro emitidos hasta la fecha de la séptima. Ah, sí. También he visto un par de capítulos de Elementary, la nueva versión de Sherlock Holmes (y van…?), también ambientada en la actualidad y con la particularidad de que John Watson es clavadito a Lucy Liu. Entretenida sin pretensiones, se deja ver sin más.

Seguiremos informando.

Au revoir!

Casi media vida juntos, y precisamente ahora, me tienes que dejar. En mitad de un puchero, además (aunque pensándolo bien, no hay mejor alegoría para tu marcha). Sin decir adiós, sólo con un ‘puff’ como despedida. De todas formas, era algo que esperaba desde hacía tiempo. Esperaba y temía. No es normal que los de tu clase duren tanto tiempo, pero claro, tú te pasaste tu obsolescencia programada por el forro de los circuítos.

Durante tu vida útil has calentado agua como para llenar seis pantanos, leche como para bañar durante dos vidas a todas las reinas de Egipto. Has calentado potitos y papillas. Has desinfectado biberones y chupetes. Juntos hemos hecho bizcochos para siete comas diabéticos… y qué ricos te salían, tan mulliditos, tan esponjosos que Lorah empezó a no querer llevárselos para el desayuno del cole porque todos le pedían y ella se quedaba sin desayunar (ese ‘dame algo menos rico’ llegó a mi alma de repostera frustrada). También madalenas, tartas, galletas y strúdeles varios. Hemos cocinado gran variedad de animales, terrestres y acuáticos; descongelado, asado y/o cocido media huerta murciana. Sobreviviste a algunos mucho mayores que tú, a otros más pequeños que habitaban en la cocina, donde tú tenías tu huequito hecho a medida, como todo un señor. ¡Cuántos desayunos y meriendas hemos compartido! ¡Cuántos almuerzos y cenas! Bien es cierto que de un tiempo a esta parte chocheabas un poco, que cuando llegaba el invierno y sus frías madrugadas te quejabas con un pitido lastimero y que sólo te callabas cuando te dábamos un poco de calor. Manías de viejo, supongo. Siempre estabas ahí, día a día, todos los minutos que marcaba tu display verde.

Te echaré de menos, querido Dimensión4.

 

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La caña.

Pijoperfumería de las de toda la vida, de esas que, al pasar por delante, tienes que aguantar la respiración por dos motivos. El primero: el aroma de coupage de perfumes con solera puede llevar a la muerte. El segundo: ellos cobran por respirarlo.

Dime, cariño…
(¿Cariño? Es la segunda vez que te veo en mi vida!) Venía buscando un regalo para una compañera…
Ah, bien, dime qué presupuesto tienes…
(Juer, ¿tanta pinta de pobre tengo? Normalmente, me preguntarían si tengo alguna idea..) Pues bueno, depende de lo que me guste. Estaba pensando en una pulsera o unos pendientes.
Claro, porque un anillo es algo muy personal si no tienes las medidas…
(Hombre, más que algo muy personal es que es una estupidez comprarlo sin saber si se lo tendrá que poner ridículamente en el dedo meñiq…. ah, espera, que tú llevas un sello en el dedo meñique!!) . . .
Mira, éstos que tengo aquí son la caña (una rosa de porcelana turquesa con una bola de discoteca debajo. En serio, brillaba tanto que perdí toda mi capacidad de visión espacial. O igual es que tengo las lentillas sucias. O presbicia)
Uff, es que es un poco… ¿demasiado brillante?
(Mirándome con cara de asco y cogiendo otro par de pendientes de una estantería que parece un retablo rococó) Estos son un poco más apagados, si te gustan más (eran iguales, pero la flor era blanca y la bola de discoteca un lagrimón negro brillante)
Ah, estos me encantan (no son feos. Yo no me los pondría ni aunque me arrancaran un brazo, pero conozco los gustos de la regalada)
Claro que te encantan, son la caña. Look Chanel total. Me los voy a probar, porque así en la mano, no puedes apreciar toda su belleza…
(Claro, y por eso te los vas a probar tú, que vas pintada como una puerta, para que yo me haga una idea de lo perfectos que son) ¡¡Te quedan divinos!! (o jugamos todos, o la puta al río) ¡Estás taaaaaaaaaan guapa con ellos!

En este momento, creo que piensa que no soy merecedora de los pendientes look Chanel total, y empieza a enseñarme medio escaparate (tan rococó como el retablo la estantería de antes), a sacarme anillos (¿no quedamos en que era algo muy personal?) del mostrador, de un metal maravilloso que cuanto más te lo pongas, más brilla, con unas resinas espectaculares y de los que, casualmente, cada vez que muestro interés por alguno, es el último que le queda, porque en la última semana/mes, ha tenido que reponer/vendido todo menos éste. Y todos, por supuesto, son la caña.

Cuando le digo que no, que me he decidido por los primeros pendientes que me enseñó, tiene todo el mostrador lleno de broches, pendientes y anillos de distintas formas, colores y materiales (ojito, yo no le he pedido nada. Ha sido totalmente iniciativa suya). Lo aparta todo y, para envolver los pendientes, busca una cajita que es la caña. Envuelve el paquete con la parsimonia (y la cantidad de maquillaje) de una geisha sirviendo el té. Cuando acaba, abre mucho los ojos, se me acerca y me dice que me va a dar una muestra de maquillaje para la piel tan sumamente graaaaaaasa (mohín de repelús) que tengo. Estoy a punto de decirle que me lavo la cara con Fairy, pero creo que no va a entender la broma. Saca millón y medio de paquetitos de muestras, uno son de crema de día, de mascarilla… va anotándomelo todo a boli en cada paquetito, hasta que le digo que no se moleste, que mi madre me llevó al colegio y todo y que sé hasta leer, nosotros los pobres somos así de sorprendentes a veces. Por lo que me va dando, debo tener la cara hecha un asco… Me enseña un bote que es… ¿adivináis?… ¡¡sí!! ¡¡es la caña!! y, ¿volvéis a adivinar? exacto, es el último que le queda, de un producto para flojillas, porque es limpiadora, tónico e hidratante a la vez.

Ahora es que me pilla fatal, pero de la semana que viene no pasa sin que venga a por la crema esta y por el anillo ese tan ideal, sí, el decimoquinto o decimosexto que me enseñaste…
(No se lo ha tragado) Muy bien, estaremos encantados de que vuelvas. (Haciendo el ticket) Entonces, los pendientes serían ksjoiaue eurillos nada más…

Ya les he hecho prometer a mis compañeras que el próximo día que tengamos que comprar un regalo, van ellas, que yo no vuelvo a pisar la caña…

La caña.

Pijoperfumería de las de toda la vida, de esas que, al pasar por delante, tienes que aguantar la respiración por dos motivos. El primero: el aroma de coupage de perfumes con solera puede llevar a la muerte. El segundo: ellos cobran por respirarlo.

Dime, cariño…
(¿Cariño? Es la segunda vez que te veo en mi vida!) Venía buscando un regalo para una compañera…
Ah, bien, dime qué presupuesto tienes…
(Juer, ¿tanta pinta de pobre tengo? Normalmente, me preguntarían si tengo alguna idea..) Pues bueno, depende de lo que me guste. Estaba pensando en una pulsera o unos pendientes.
Claro, porque un anillo es algo muy personal si no tienes las medidas…
(Hombre, más que algo muy personal es que es una estupidez comprarlo sin saber si se lo tendrá que poner ridículamente en el dedo meñiq…. ah, espera, que tú llevas un sello en el dedo meñique!!) . . .
Mira, éstos que tengo aquí son la caña (una rosa de porcelana turquesa con una bola de discoteca debajo. En serio, brillaba tanto que perdí toda mi capacidad de visión espacial. O igual es que tengo las lentillas sucias. O presbicia)
Uff, es que es un poco… ¿demasiado brillante?
(Mirándome con cara de asco y cogiendo otro par de pendientes de una estantería que parece un retablo rococó) Estos son un poco más apagados, si te gustan más (eran iguales, pero la flor era blanca y la bola de discoteca un lagrimón negro brillante)
Ah, estos me encantan (no son feos. Yo no me los pondría ni aunque me arrancaran un brazo, pero conozco los gustos de la regalada)
Claro que te encantan, son la caña. Look Chanel total. Me los voy a probar, porque así en la mano, no puedes apreciar toda su belleza…
(Claro, y por eso te los vas a probar tú, que vas pintada como una puerta, para que yo me haga una idea de lo perfectos que son) ¡¡Te quedan divinos!! (o jugamos todos, o la puta al río) ¡Estás taaaaaaaaaan guapa con ellos!

En este momento, creo que piensa que no soy merecedora de los pendientes look Chanel total, y empieza a enseñarme medio escaparate (tan rococó como el retablo la estantería de antes), a sacarme anillos (¿no quedamos en que era algo muy personal?) del mostrador, de un metal maravilloso que cuanto más te lo pongas, más brilla, con unas resinas espectaculares y de los que, casualmente, cada vez que muestro interés por alguno, es el último que le queda, porque en la última semana/mes, ha tenido que reponer/vendido todo menos éste. Y todos, por supuesto, son la caña.

Cuando le digo que no, que me he decidido por los primeros pendientes que me enseñó, tiene todo el mostrador lleno de broches, pendientes y anillos de distintas formas, colores y materiales (ojito, yo no le he pedido nada. Ha sido totalmente iniciativa suya). Lo aparta todo y, para envolver los pendientes, busca una cajita que es la caña. Envuelve el paquete con la parsimonia (y la cantidad de maquillaje) de una geisha sirviendo el té. Cuando acaba, abre mucho los ojos, se me acerca y me dice que me va a dar una muestra de maquillaje para la piel tan sumamente graaaaaaasa (mohín de repelús) que tengo. Estoy a punto de decirle que me lavo la cara con Fairy, pero creo que no va a entender la broma. Saca millón y medio de paquetitos de muestras, uno son de crema de día, de mascarilla… va anotándomelo todo a boli en cada paquetito, hasta que le digo que no se moleste, que mi madre me llevó al colegio y todo y que sé hasta leer, nosotros los pobres somos así de sorprendentes a veces. Por lo que me va dando, debo tener la cara hecha un asco… Me enseña un bote que es… ¿adivináis?… ¡¡sí!! ¡¡es la caña!! y, ¿volvéis a adivinar? exacto, es el último que le queda, de un producto para flojillas, porque es limpiadora, tónico e hidratante a la vez.

Ahora es que me pilla fatal, pero de la semana que viene no pasa sin que venga a por la crema esta y por el anillo ese tan ideal, sí, el decimoquinto o decimosexto que me enseñaste…
(No se lo ha tragado) Muy bien, estaremos encantados de que vuelvas. (Haciendo el ticket) Entonces, los pendientes serían ksjoiaue eurillos nada más…

Ya les he hecho prometer a mis compañeras que el próximo día que tengamos que comprar un regalo, van ellas, que yo no vuelvo a pisar la caña…

Felicidades, princesa.

Hace diecinueve años, en un día como hoy (un poco mejor que el de hoy: era viernes y puente) sólo que un poco más lluvioso y más fresco, a esta hora más o menos, una comadrona me ponía un cuerpecillo sucio y pegajoso sobre la tripa, una tripa que había descendido considerablemente en cuestión de minutos. Aquel cuerpecillo saludó al mundo con un sonoro llanto y haciéndose pis encima (de su madre, claro. ¡Puñetera!), demostrando así, desde el primer aliento, que venía pisando fuerte.

Diecinueve años como diecinueve soles. ¡Y cómo me gusta la mujer que ya está siendo!