Veraneando (II)

mariposas

La bombilla tuvo a mal fundirse justo el último día de trabajo del señor de mantenimiento antes de sus vacaciones. A última hora. El señor de mantenimiento (el tipo con más arte de todo el cafetal y parte de la provincia) hizo un apaño con lo que le quedaba en el almacén y en el reloj. Hasta ahora habían aguantado con sólo dos bombillas de las cuatro que hay en el baño, pero al menos estaban bien repartidas: un lastimero halógeno de bajísima potencia encima de uno de los retretes, que al estar separados con muros que no llegan al techo hacía que en el otro, al menos, pudieras distinguir la taza; y una lámpara de bajo consumo, pero resplandeciente, sobre los espejos. Esta fue la que falleció. Y la que no tenía repuesto aquel día a aquella última hora. Sí había otro halógeno triste, que fue a parar encima del otro retrete. El señor de mantenimiento se fue de vacaciones y allí nos quedamos, las féminas de la primera planta del cafetal, literalmente a dos velas. Para entrar en el baño hay que pasar una especie de vestíbulo y una sala donde las señoras de la limpieza tienen sus avíos y sus taquillas. Allí al fondo se vislumbraba una suerte de penumbra: las luces que habían quedado en el baño en todo su (poco) esplendor. Una entraba mirando a sus espaldas, como sospechando. A mí me recordaba a los noviembres de mi infancia, cuando mi madre ponía un altarcillo para honrar a los difuntos de la familia: las fotos de todos ellos, y una mariposa de aceite por el alma de cada uno. A mí me daba miedo atravesar ese pasillo oscuro con esas lucecillas al fondo, pero cuando llegaba a ellas, me quedaba como hipnotizada mirándolas: esas tenues llamas, reflejadas en los cristales de los retratos, en esos ojos inmóviles que nos miraban desde el papel amarillento, abuelos que no conocí, tíos que murieron hace tanto. Respiraba fuerte frente a ellos, con la esperanza de que algún suspiro apagase alguna de las mariposas y me dejaran encenderla de nuevo. La fascinación del fuego, el miedo a la vez.

Las féminas del cafetal protestábamos porque no nos veíamos en el espejo. No había forma de comprobar si la raya del ojo seguía en su sitio a media mañana y nos peinábamos a tientas.

El señor de mantenimiento volvió, y lo primero que hizo, como había prometido, y por aclamación popular, fue reponer las bombillas sobre los espejos.

5 comentarios sobre “Veraneando (II)

  1. 🙂
    Qué entrada tan linda! Para venir a decir que se ha fundido una bombilla, me he quedado encandilada, nunca mejor dicho, de estas líneas… y me ha recordado algo que ya no recordaba, mi abuela poniendo velillas a los santos…
    Nunca me ha importado hacerme mayor, pero cuando me asaltan recuerdos así, mágicos, de cuando era peque, de cosas que ya no volverán a pasar, me da una punzadita…
    Muchos besos, bonita.

    Me gusta

    1. Muchos besos a ti también, guapa! Qué tiempos aquéllos, con las velillas en las casas, verdad? Esos recuerdos es que saben a abuela y a invierno 😉

      Me gusta

  2. 🙂
    Qué entrada tan linda! Para venir a decir que se ha fundido una bombilla, me he quedado encandilada, nunca mejor dicho, de estas líneas… y me ha recordado algo que ya no recordaba, mi abuela poniendo velillas a los santos…
    Nunca me ha importado hacerme mayor, pero cuando me asaltan recuerdos así, mágicos, de cuando era peque, de cosas que ya no volverán a pasar, me da una punzadita…
    Muchos besos, bonita.

    Me gusta

  3. Qué casualidad. Ahora yo también soy el señor de mantenimiento de mi cafetal. Y por supuesto soy el que tiene más arte del edificio y parte de la provincia, ja, ja, ja.
    Otro gran texto, Ana.

    Me gusta

Deja un comentario