
Un día de abril del 2002 me llamó uno de mis cuñados “Ya lo tengo. Te lo dejo en casa de tu madre”. Estaba yo comiendo en El Ventorrillo del Chato con un polaco que me había insistido hasta el aburrimiento para que comiera con él. Le dije que tenía una urgencia familiar y que si, por favor, me podía llevar a casa de mi madre.
Y allí estaba. Chiquitito y naranja. Lo habían rescatado de una fábrica donde había parido la madre y algunos obreros no estaban demasiado conformes en que aquello se les llenase de gatos. Si te acercabas al transportín, bufaba con tanta fuerza que hacía que se moviera. Le pusimos Mateo, aunque poco tiempo después ya empezamos a llamarlo Nano.
Un día de abril del 2003, una compañera de trabajo me dijo que la gata de su hija estaba preñada. Le dije que si tenía algún gato macho, me quedaba con él. A primeros de junio, al llegar a la oficina, lo tenía en su regazo, dormido. Al verle la M que se le dibujaba en la frente, estaba claro con qué letra tenía que empezar su nombre: Wey Cabrón había llegado a ca’Ampharou.
Desde ese momento se convirtieron en casi un matrimonio nunca del todo bien avenido. Muchos rifirrafes, muchísimos, unos porque al principio Nano dominaba, otros porque después Wey se cansó y se las quiso hacer pagar todas juntas; un par de ellos con visita incluida al veterinario, los más de broma, entrenamiento, aburrimiento o por llamar la atención. Eso sí, la mayoría de los días dormían juntos, acurrucados, sobre todo cuando hacía frío.
Nano más tranquilo, apacible. Pegado a mí como un corchete, siempre bromeaba diciendo que más que un gato tenía una bata de cola. Wey más independiente, listo como el hambre, desconfiado hasta decir basta, hacía honor al apellido que le puse nada más llegar a casa. Eso sí, sibarita para comer, siempre esperaba a Nano para empezar. En los últimos tiempos, cuando Nano empezó a quedarse ciego, incluso le hacía de lazarillo.
Dieciocho años dan para mucho. Han sido muchas horas que compartir y muchísimos, incontables buenos momentos que me han dado. En mi mala época, quizá, y sin saberlo, fueron ellos los que me salvaron. O quizá sí que lo supieron.
Nano nos acompañó y nos hizo felices hasta octubre del año pasado. Wey, hasta la semana pasada. Los que tenéis o habéis tenido mascotas sabéis lo que es perderlas, así que no os tengo que explicar nada.
Hemos adoptado otros dos gatillos, de los que os hablaré otro día. Éste es mi homenaje a mis queridísimos Nano y Wey.







