Ampharou’s library: julio

naturaleza muerta con flores y frutos

Ya se acaba este julio inmensamente largo. Largo me lo parece a mí, claro, que a los que habéis estado de vacaciones, o los que todavía apuráis estos últimos días os parecerá ínfimo.

Seguimos con Cezanne. Lo que estoy aprendiendo gracias al calendario de este año y a estos posts con los que os atormento. Por ejemplo, buscando la ilustración que acompaña a estas letras, la Naturaleza muerta con flores y frutos,  he encontrado también ésta otra, La Montaña Sainte Victoire  de 1904. Fijaos bien en la montaña y en el árbol de la izquierda. Ahora fijaos en la disposición del mantel (un tanto rebuscado) del bodegón  y en el ramo de flores a la derecha: Cezanne llegó a reproducir la montaña en 44 óleos y 43 acuarelas, pero parece que, además, la camufló en otras obras, tal era el poder que sobre él ejercía ‘su musa’.

Vayamos con los libros. Bueno, ‘el libro’. Terminé El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (como los tenía en un solo tomo, para mí son un único libro), de Patrick Leigh Fermor. Lloré al terminarlo. Pocas, muy pocas veces (y eso lo sabe mi adorado Chatwin) me he encontrado con un libro tan hermoso. Por eso será mejor que le dedique un post aparte: primero, porque apenas hace dos días que lo he acabado y todavía lo estoy paladeando. Segundo, porque se lo merece. Y tercero, quedaría un post demasiado largo y no quiero ahuyentar a mi extenso público (a vosotros dos, quiero decir). Así que un día de estos me pongo y os cuento de don Paddy.

A ver, series… Os dejé en que estábamos con las últimas temporadas (emitidas) de Juego de Tronos y Mad Men. Como podéis suponer, a estas alturas, ya las tenemos más que vistas. Además, nos ha dado tiempo a ver también la segunda temporada de Endeavour (no tiene mucho mérito, a cuatro capítulos por temporada) y la primera de Penny Dreadful (¡ah, tenéis que verla! Ambiente victoriano y mezcla de monstruos clásicos que se citan a sí mismos. Un poquito de Shakespeare, mucha aventura, una mijita de gore, el vozarrón de Timothy Dalton y los ojos y la magistral interpretación de la bella Eva Green, que da muuuucho susto). Y ahora estamos metidos de lleno en Ray Donovan. Nos hemos encontrado (Ray, Beaumont y yo) justo cuando comenzaba a emitirse la segunda temporada, así que nos estamos dando un pequeño atracón de la primera para ponernos al día. Muy recomendable, sobre los entresijos de Hollywood, las mentiras y las apariencias. Además, Jon Voight hace un papelín muy simpático (es mentira. Su personaje es de los que te dan ganas de inflarlo a hostias y él ocupa toda la pantalla hasta cuando no sale).

Ahora llega el turno de las películas. O de la película, para ser más exactos, porque sólo recuerdo (tengo que ir anotándolas) haber visto Viva la libertad, la última que ha estrenado Toni Servillo, el Jep Gambardella de La gran belleza. Que sí, que somos muy pesaditos, pero es que desde la película de Sorrentino nos hemos enamorado de este hombre, y con razón. Porque también tenéis que ver Viva la libertad. Ya luego, si eso, me decís si os recuerda a algo…

El mes de julio ha dado para más. Primero, para la presentación de un libro. No le voy a hacer publicidad, porque Óscar Lobato no la necesita, pero por fin ha publicado su tercer libro, La fuerza y el viento, y el pasado día dieciocho lo presentó en Cádiz. Y allá que nos fuimos, arrastrada por el cariño que le tengo: coincidimos poco más de un año en el cafetal, pero aprendí de él lo que no hay en los escritos. Literalmente. Así que, desde aquí, le deseo la mejor fortuna a este nuevo libro (ni que decir tiene que ya tengo mi ejemplar, con una cariñosísima dedicatoria, esperando a ser leído).

Segundo, y sobre todo, para un reencuentro largamente deseado con la persona más dulce y más achuchable en dos mil cuatrocientos kilómetros a la redonda por lo menos, mi querida India. Aunque al llamarla querida no os podréis hacer una idea de cuánto lo es. Para empezar a sospecharlo, tendríais que haber visto el abrazo de cuando nos encontramos.

Perrísimas que somos las dos, hacía mil que no nos veíamos, cuando apenas vivimos a quince kilómetros la una de la otra. La excusa perfecta nos la dio José Alberto López y su exposición (junto a Mª  Ángeles Robles) Paisaje interior: Arte y sueño en kimono, que a su vez se integra en la exposición Made in Japan que se encuentra en el Castillo San Sebastián de Cádiz hasta el 12 de octubre y que no debéis dejar de ver si pasáis por este trocito de orilla atlántica. De la exposición os diré que es preciosa, aunque lo explican mejor José Alberto y también India. Del día que pasamos… bueno, eso lo saben la piel y las pajarillas del sentío.

 

Mares

Fue el viernes. Ya tuve una primera visión, en el cafetal, desde uno de esos ventanales que tuvieron a bien regalarnos los arquitectos de la cosa nuestra. Hacía fuera un día precioso, que agradecíamos después de días y días en los que el cielo sólo iba de un gris ceniza al gris plomo. Desde el ventanal que os digo se veía un mar bravo pero lento, como si en lugar de agua estuviese hecho de aceite. La suciedad de los cristales, culpa del viento del sur, por una vez ayudaron al efecto, en vez de taparlo: era como estar viendo una vieja película, llena de esa arenilla de las imágenes antiguas, un viejo documental mudo y lento en pantalla apaisada.

Ya por la tarde, glorioso fin de semana, íbamos al teatro (no os preocupéis, esto va en otro capítulo). Para llegar, tomamos la mejor ruta posible, no sólo por ser la más corta, sino también por ser la más bonita: el autobús que recorre esta ciudad con vocación de isla siguiendo la línea de la costa. Ya en la parada, la playa era una hermosura: el atardecer, unas cuantas nubes de postal como hechas a pinceladas, metros de arena dorada, y el mar, que seguía con sus olas de lámpara de lava, incesantes, incansables, inmediatas. Perfectamente ordenadas paralelas a la orilla desde el horizonte irregular.

Durante el trayecto, ya por donde acaba la playa y el mar es simplemente -¡simplemente!- mar, veíamos esas olas más cerca, con sus crestas de encaje dorado por el sol de poniente, tranquilas en la superficie, pero con toda su fuerza y enojo adivinándose desde el fondo. Y ese sonido de resaca, como una nana que infla los pechos de una tranquilidad que quizá no se encuentra en ningún otro sitio…

Íbamos al teatro, pero el espectáculo había comenzado mucho antes.

 

La preciosa imagen, de Pedro Meliá.

Carnaval

Nunca he sido muy de carnaval, aunque parezca una herejía que lo diga alguien de Cádiz y que, además, lleva toda su vida viviendo aquí. Como diría mi querido J., yo soy de las que en Carnaval se va de camping, aunque no salga de mi casa. Antes, juventud, divino tesoro, salía  a gamberrear, a aprovechar que eran las únicas noches que me dejaban hasta las tantas. Ya un poco más mayor, a escuchar algunas coplas, a acompañar a amigos que venían de fuera, mucho más carnavaleros que yo, que me arrastraban de tablao en tablao y de esquina en esquina. Hubo unos años que era yo la que me dejaba arrastrar por los que conocen los entresijos de la fiesta, y, no voy a negarlo, lo pasé realmente bien. Pero de un par de años a esta parte, en los que sales y las copas superan a las coplas y la fiesta es un botellón gigantesco fuera incluso de los días reservados para ello, ha dejado de tener el poco atractivo que para mí tenía. Llamadme derrotista (que os daré un meco en los morros por utilizar una palabra tan horrorosa), pero es lo que hay soy.

Los que sois de fuera supongo que conocéis más el carnaval por los vídeos colgados del concurso. Letras ácidas, ocurrentes, graciosas muchas veces, punzantes otras. También estoy dejando eso. Nunca he estado muy al tanto, pero es que últimamente parece una sucursal del Sálvame. Escucho alguna cosa, poca, lo que engancho en la tele, chirigotas básicamente. Los coros, salvo alguna honrosa excepción, me aburren. Y las comparsas directamente no las soporto, más desde que se impuso la moda de los contracontracontrarealtos, midiendo en cada falseta quién la tiene más larga.

Así que mi semana ha sido una semana casi normal. Lo único que ha tenido de especial, que el horario en el cafetal ha sido un poco más relajado, no he tenido que ir a recolectar por las tardes y en las mañanas, además de tener de regalo una hora más de sueño y precisamente por esto, he podido disfrutar de paseos diarios que hacían que afrontara el día con una sonrisa en la cara y los pulmones cargados de aire. Decidme, si no, si caminar con este escenario y con esto en las orejas (cuando no me quitaba directamente los auriculares, para poder escuchar el oleaje) es para menos:

La cima.

Ni estaba muerta, ni estaba de parranda, ni me había olvidado de vosotros (¡válgame dior!). Sólo he estado un poco atareada con los vastos y gloriosos fastos que hemos tenido por aquí el pasado fin de semana. Pero ya pasaron (ea, ea, ya pasó, mi niña, ya pasó).

¿Que no os habéis enterado? Hemos tenido la gran fiestuki de todos los cafetales del mundo mundial. Sí señores, han venido casi todos: Juan Valdés (sin borrico ¿o lo traía?), Clooney y Malkovich, el coffee master de Starbucks… entre los pocos que han faltado, Carmen Maura, que por lo visto no le salían las cuentas con las tacitas. Ha sido todo un éxito la fiestuki. Se ha hablado y mucho, principalmente de si al café solo hay que ponerle azúcar o no, o de si al torrefacto se le puede seguir llamando café. Algunos abogaban por volver a introducir la achicoria en el mercado mientras la mayoría se echaban las manos a la cabeza ante semejante idea. Al final, todos se han dado la mano, palmaditas en la espalda y se han ido por donde han venido (más o menos directamente) prometiendo verse el año que viene para volver a hablar de lo mismo o no. Se han hecho muchas fotos. La cafetalista (¿o es cafetera?) principal ya ha dicho que la fiestuki  nos ha quedado chupendi lerendi y que muchas gracias por venir a los que vinieron y por estar a los que ya estábamos, aunque menos.

En fin, que tras semanas de ajetreo en los que parecía que no salía del cafetal, ni levantaba la cabeza de los miles de capsulitas que amenazaban con ahogarme, tras episodios de pánico varios y estrés continuo, parece que llegan tiempos más calmados, en los que, al menos, recuperaré un poco de sosiego y dejaré de soñar con capuchinos y cafe au lait varios. Hasta los próximos fastos. Nos leemos.

Moreno absurdo

El fin de semana pasado, concretamente el sábado, me llevaron (llevaron del verbo arrastrar) a un paseo por el Guadalquivir. Como mi relación con los barcos es de odio-odio (ellos me marean y yo les poto encima), y ante la poca previsión existente de que se desencadenara la tormenta perfecta en el delta que hiciese que nos quedásemos felizmente en tierra, me apertreché de biodraminas en cantidades industriales. Como también se esperaba un sol de justicia para ese día, hice acopio de crema factor 50, que una ya está muy mayor para tener que lidiar con un melanoma y bichos similares.

El sábado, resignada ya como estaba a pasar calor y marearme sí o sí, me puse mi sailing look, a saber: unos pantalocitos cortos en tono coral, una camiseta blanca de tirantes y sisa nadadora (¿se llama así de verdad?) y unas sandalias romanas también en tono coral. Fantástica de la muerte.

Una vez en el puerto de Chipiona, mientras esperábamos para saltar al barco, decidimos tomar un café. Yo aproveché el momento para tomarme un doble de biodramina y, mi visita al baño de la cafetería, para embadurnarme la cara de FP.50. Las demás partes expuestas ya las embadurnaría una vez estuviéramos en el barco, pensé.

Así, una vez instalados en la cubierta nosotros y todas las viandas, y arrancados los motores, pensé que era la hora, antes de estar demasiado ocupada echando las tres últimas cenas descolgada en la popa del barco, de seguir con el proceso anti achicharramiento. Abrí el bolso dispuesta a sacar el protector, miré, rebusqué, removí, empecé a sacar tiestos y salió prácticamente de todo… menos el bote de crema, por supuesto. De pronto lo visualicé saliendo a vivir su vida, ahora libre, desde el lavabo de la cafetería del puerto deportivo de Chipiona.

En fin, que el resto lo podéis imaginar. Cuando bajamos del barco, a la hora de comer, ya lucía yo un hermoso color centollo gallego. Cuando llegamos a casa y me quité la ropa para darme una ducha, comprobé que, lógicamente, el color centollo no llegaba más allá de los bordes de la camiseta y el pantalón, así que ahora mismo luzco un moreno veinteañero. Pero no el de una joven de veinte años, de tanga y topless, sino el que lucían nuestros abuelos cuando iban a tomar las aguas a la playa en los años veinte.

Torre de Babel

Ya os he hablado del sitio al que voy a desayunar cada mañana de mi yo laboral. Lo que no sé si os he dicho es que cerca de allí hay una escuela de español para extranjeros. Normalmente salgo más temprano a tomar café, así que hasta ahora (desde que estoy en el cafetal molón) no había coincidido con la hora de recreo de esta escuela, pero ahora que estoy sola, y que salgo cuando buenamente puedo y me dejan, tengo que procurar, si quiero asegurarme un cachito de barra, hacerlo antes de que salga la marabunta y tomen, literalmente, la cafetería. Así que el día que tengo suerte, llego, me acodo en un rinconcito parapetada en mi libro, y ellos van llegando a volver loca a Mariya (que hace su agosto en pleno agosto) con sus comandas imposibles de tostadas con cocacola o bocadillos de chorizo con café solo…

Desde los renglones de mi libro los miro. Son rubios como el sol la mayoría, algunos tienen los ojos de un azul imposible, pero todos, absolutamente todos, tanto chicos como chicas, tienen en común ser insultantemente jóvenes y bellos (¿acaso no es lo mismo?). Montan una algarabía de media hora con sus risas y sus conversaciones pergeñadas en un castellano que ya manejan con una soltura que yo quisiera para sus respectivos idiomas. Ríen. Los parroquianos habituales los miran molestos por la invasión. Cuando se marchan, camino de las siguientes clases, Mariya suspira. Mañana más…

El pan nuestro de cada día.

Todas las mañanas lo mismo. Da igual que te levantes con el chip de Asafa Powell puesto y empieces a batir récords olímpicos desde las seis y media de la mañana por el pasillo de tu casa y te laves los dientes mientras te atas los zapatos y te cepillas el pelo; o que por el contrario decidas que todo da igual y te pongas a hacer tortitas para desayunar y pienses que es un buen momento para pintarte las uñas de rojo pasión: bajes a la hora que bajes a la calle dispuesta (bueno, dispuesta no si no fuera porque te obligan) a tomar el autobús para ir a trabajar, tendrás que esperar un buen rato en la parada, llueva o ventee, mientras ves que a la cola se van agregando más y más personas que miran igual de desesperados que tú su reloj, o que se aventuran unos cuantos centímetros dentro de la calzada para otear el horizonte de la avenida esperando ver las ansiadas lucecitas amarillas que indican la línea. Y cuando las ves, resulta que no es más que un espejismo, que has pasado tanto tiempo allí y se ha juntado tanta gente como en las paradas anteriores y claro, el autobús pasa de largo mientras los allí congregados alzamos los brazos al aire entre juramentos y maldiciones dirigidas al que se le ocurrió proclamar los beneficios de la utilización del transporte público y no se le ocurrió en prever refuerzos. Y sigue pasando el tiempo, y sigue lloviendo o venteando, y cuando creemos que se han extinguido los autobuses de la línea 1 de la capa de la tierra, aparecen de pronto tres en la parada, semivacíos, y uno más que pasa de largo. Y echas cuentas, y ves que si no fuera porque tú por la mañana temprano atinas a cruzar la calle sólo porque el hombrecito verde te anima, te habría dado tiempo a ir y volver de la oficina un par de veces.

El pan nuestro de cada día.

Todas las mañanas lo mismo. Da igual que te levantes con el chip de Asafa Powell puesto y empieces a batir récords olímpicos desde las seis y media de la mañana por el pasillo de tu casa y te laves los dientes mientras te atas los zapatos y te cepillas el pelo; o que por el contrario decidas que todo da igual y te pongas a hacer tortitas para desayunar y pienses que es un buen momento para pintarte las uñas de rojo pasión: bajes a la hora que bajes a la calle dispuesta (bueno, dispuesta no si no fuera porque te obligan) a tomar el autobús para ir a trabajar, tendrás que esperar un buen rato en la parada, llueva o ventee, mientras ves que a la cola se van agregando más y más personas que miran igual de desesperados que tú su reloj, o que se aventuran unos cuantos centímetros dentro de la calzada para otear el horizonte de la avenida esperando ver las ansiadas lucecitas amarillas que indican la línea. Y cuando las ves, resulta que no es más que un espejismo, que has pasado tanto tiempo allí y se ha juntado tanta gente como en las paradas anteriores y claro, el autobús pasa de largo mientras los allí congregados alzamos los brazos al aire entre juramentos y maldiciones dirigidas al que se le ocurrió proclamar los beneficios de la utilización del transporte público y no se le ocurrió en prever refuerzos. Y sigue pasando el tiempo, y sigue lloviendo o venteando, y cuando creemos que se han extinguido los autobuses de la línea 1 de la capa de la tierra, aparecen de pronto tres en la parada, semivacíos, y uno más que pasa de largo. Y echas cuentas, y ves que si no fuera porque tú por la mañana temprano atinas a cruzar la calle sólo porque el hombrecito verde te anima, te habría dado tiempo a ir y volver de la oficina un par de veces.

Había una vez…

circo.jpg

Después de una primavera típica de rebequita, y unas cuantas semanas seguidas de poniente, cuando ya nos prometíamos un verano felicísimo y fresquito, ¡ea!, llega el circo a Cádiz a fastidiarlo, porque, como por todos es sabido, circo en Cádiz es sinónimo de levante fuerza siete. No es una leyenda urbana, no, ni siquiera es un bulo que yo quiera levantar debido a mi reconocido aborrecimiento por «el mayor espectáculo» del mundo (que no es ni más ni menos que un poni como un caballo, fruto sin duda alguna, de la primera función circense a la que me llevaron, allá por mis cinco o seis años, y donde asistí, aterrorizada y escondida detrás de los bancos que hacían el papel de gradas, al número de un fakir forzudo y barbudo que se atravesaba los mofletes con unas agujas larguísimas). No, es una verdad como un templo, un hecho empírico que quien quiera constatar no tiene más que irse a la barriada de la Paz con una faldita de vuelo a ver cómo levantan la carpa.

 

Y esto no ha hecho más que empezar, que por ahora sólo han puesto los carteles-anuncio por la avenida y hoy ya no hay quien pare en la playa sin parecer un filete empanado a los cuarenta y cinco segundos exactos.

 

Así que, previendo que esto va a más, el viernes, día de la sesión inaugural, yo pillo un AVE hacia Madriz.

Había una vez…

circo.jpg

Después de una primavera típica de rebequita, y unas cuantas semanas seguidas de poniente, cuando ya nos prometíamos un verano felicísimo y fresquito, ¡ea!, llega el circo a Cádiz a fastidiarlo, porque, como por todos es sabido, circo en Cádiz es sinónimo de levante fuerza siete. No es una leyenda urbana, no, ni siquiera es un bulo que yo quiera levantar debido a mi reconocido aborrecimiento por «el mayor espectáculo» del mundo (que no es ni más ni menos que un poni como un caballo, fruto sin duda alguna, de la primera función circense a la que me llevaron, allá por mis cinco o seis años, y donde asistí, aterrorizada y escondida detrás de los bancos que hacían el papel de gradas, al número de un fakir forzudo y barbudo que se atravesaba los mofletes con unas agujas larguísimas). No, es una verdad como un templo, un hecho empírico que quien quiera constatar no tiene más que irse a la barriada de la Paz con una faldita de vuelo a ver cómo levantan la carpa.

 

Y esto no ha hecho más que empezar, que por ahora sólo han puesto los carteles-anuncio por la avenida y hoy ya no hay quien pare en la playa sin parecer un filete empanado a los cuarenta y cinco segundos exactos.

 

Así que, previendo que esto va a más, el viernes, día de la sesión inaugural, yo pillo un AVE hacia Madriz.