Conversaciones increíbles

2bf95419b4c5e8ddcb6224fa93db2576

Abre el paquete que le han dejado sobre la mesa. ¡Bien, los dos últimos libros que había pedido han llegado! Los mira, los abre… lee la contraportada ¡Qué ganas tenía de recibirlos! En la oficina, cuando llega un paquete con forma de libro, ya no tienen ni que mirar el destinatario, se lo suben directamente.

Vas a tener que salirte de tu casa para meter tanto libro. Esa es la voz de su compañera, que la mira atónita ante el ritual del libro nuevo que lleva a cabo.

Un día de éstos, contesta a la vez que sonríe.

O poner una estantería en cada hueco de pared que tengas.

Pues no pienses que me quedan muchos…

Además, os habéis juntado dos lectores empedernidos…

¡Uy, ya quisiéramos leer todo lo que nos gustaría!

Anda hija, no digas eso. ¡Con la de libros que lees! ¿Y no te compras uno de esos electrónicos?

Pues no, yo prefiero mis libros. Tocarlos, achucharlos, olerlos. Cerrarlos y saber cuánto he leído por dónde está el punto de lectura. Sobarlos, abrirlos. Anotar algo en ellos incluso. Y cuando ha pasado ya algún tiempo, volver a cogerlos y descubrir entre sus páginas cachitos de mi vida de cuando lo leí la vez anterior.

Ay, sí. A mí también me gustan más los libros de papel. ¡Quedan tan bonitos bien colocados en las estanterías!

 

Prejuicio/perjuicio

5-euros-comer-5-euros-billete-5-euros

Mañana de un viernes cualquiera. Esa hora en la que los chicos de los institutos han entrado ya en clase y los más pequeños todavía se están terminando de despegar el sueño, esperando para salir de casa y sumarse a un nuevo día de cole.  Esa hora afortunada, aunque oscura todavía, en las que los usuarios de los autobuses no vamos royéndonos los codos los unos a los otros. Es más, en esta mañana de un viernes cualquiera, el autobús va casi vacío, aunque el pronóstico del tiempo es de fuertes lluvias toda la mañana. Algunos asientos ocupados al fondo, otros al principio del bus, un par de personas más en la plataforma…

Próxima parada, Cuarteles. La señora que ocupaba la plataforma se acerca a la puerta justo cuando se abre. El chico que iba junto a ella hace un movimiento rápido y se agacha. Ella se baja y él se asoma a la puerta mientras sigue bajando gente: ¡¡¡Rubiaaaaaaaaaaaaaa!!! Es un tipo mal encarado, con voz de carajillo y tabaco negro. No viste de Armani, ni siquiera de Alcampo. Todos lo miramos, pero él sigue a lo suyo y suelta otro rubia que suena igual que los truenos de la noche anterior. Se vuelve la rubia, que reconoce al que ha sido hasta hace sólo un momento su compañero de viaje. Se vuelven casi todas las mujeres que se acaban de bajar del autobús. ¡Que se t’han caío cinco euroooooooooos!! A la rubia no le ha dado tiempo de escucharlo, ha seguido su camino ¡Aquí te lo dejo, que no me voy a bajá!! Y los tira fuera del autobús. La última chica en bajar los recoge y sale corriendo tras la rubia. El conductor del autobús, que ha aguardado con las puertas abiertas mientras se desarrollaba la escena, echa el telón y arranca. Nunca sabré el desenlace de la obra.

 

Magritte redivivo

Magritte_6715dig_H_small_large@2x

Me gustan las ventanas. Me gusta mirar por ellas. De dentro hacia fuera. Pero sobre todo, de fuera hacia dentro. No es afán de cotilleo, no. No quiero saber qué hace la gente en la intimidad de su hogar, cuando piensa que nadie les mira. Ni siquiera me interesa ver a los dueños de cada ventana. Yo lo que quiero es imaginar, y lo que se ve a través de una ventana puede llegar a ser el mejor de los escenarios: un trozo de pared, una moldura en el techo, una lámpara… una estantería, una cama deshecha, un cubo y una fregona apoyada en una esquina. Un trozo de sofá y la luz que emite la tele o el ordenador… un gato en un alfeizar, la jaula de un periquito, la cortina recogida de una cocina. Todo son historias, o retazos de historias que inventar.

El verano es una época ideal para el avistamiento de historias de este tipo: ventanas abiertas con la esperanza de que entre un poco de aire, persianas levantadas con el mismo fin… hasta el más leve visillo es quitado de en medio. Y con ese aire inexistente van mezcladas las miradas: qué felicidad caminar por la calle (sobre todo por la noche. Las luces encendidas inspiran a la imaginación) y descubrir allí arriba, en el segundo o el tercer piso, una pared pintada de azul y una lámpara de lágrimas.

De vez en cuando, además, te llevas un regalo, os cuento: los que habéis visto alguna foto de las que he publicado de algún atardecer sabéis que, más acá de en un horizonte precioso, vivo en un patio gris rodeado de pisos grises. En uno de ellos, la otra mañana, tan temprano que apenas empezaba a clarear la noche, había un balcón abierto. Dentro, una luz encendida. No sé qué tipo de lámpara sería, ni dónde estaba colocada, pero, al menos desde donde yo estaba, daba la sensación de ser luz natural, luz del día que entrase en ese salón a través de una claraboya en el techo, lo cual es imposible, porque no existe tal claraboya (y sí un piso encima) y porque esa luz dulce de media mañana no se correspondía con la oscuridad que había fuera.

Como os digo, la luz era preciosa, pero más hermoso era el conjunto: me acordé enseguida de Magritte y su Imperio de la luz, solo que en esta ocasión era el día lo que permanecía en la casa mientras la oscuridad reinaba fuera.

Jubilación

bus-queue

Yo quiero jubilarme ya. Pero no os creáis que es por dejar de trabajar, ni por dejar de madrugar, ni por tener todo el tiempo del mundo, ni porque esté saturada, hastiada, cansada o cualquier cosa terminada en ada que signifique que estoy hasta el jopo del cafetal. Ni siquiera es por la promesa de sustanciosa pensión (jijí) que nos hacen los mandamases. No es por nada de eso. Es porque yo quiero apuntarme ya al master de ‘Cómo saltarse las colas mirando al tendido’ que hay que hacer obligatoriamente para que te den el carné de jubileta. Porque seguro que hay que hacerlo, aunque lo lleven en secreto y yo no me haya enterado ni de dónde hay que apuntarse, porque si no, no me explico que todos los señores y señoras viejunos mayores sean unos artistas en eso del coleteo. Y que conste que lo digo desde el cariño y entonando mantras diversos para tener la fortuna de llegar a edad provecta, pero es que estás tú en una cola y ves acercarse a algún viejuno persona mayor, y puedes darte por colado. Que como una Yelena Isinbayeva cualquiera te saltan por encima si hace falta, mireusted.

Los hay que se te acercan poniendo la carita del Gato con botas, a la vez que te enseñan que sólo llevan dos productos en sus temblorosas manos, y a los que dejas pasar, aunque luego recuerden que se les ha olvidado las galletas de fibra y, dejando ya lo que llevaba en la caja, delante de ti y paralizando la cola, va a buscarlas.

También están los de sólo voy a hacer una preguntita: les dejas que la haga, pero una vez tienen captada la atención del dependiente, pasan de la preguntita a pedir lo que sea sin despeinarse y sin mirarte a ti, que le has dejado preguntar y te has quedado con toda la cara desencajada.

Y después están los que sacan cum laudem en el master y son nombrados doctores honoris causa con birretes con flequitos en el arte del colamiento, como los dos que me encontré el otro día en el ambulatorio (sí, ya sé, es trampa: con el indice de población jubilada que habita los ambulatorios, es fácil que te toquen dos en la misma mañana. En realidad, es bien raro que solo  hayan sido dos): uno se me pone delante en la cola y ya está, hala, por todo el morrete. La otra tiene casi que empujarme porque el sitio es realmente estrecho y además hay que dejar espacio a los que salen, pero ahí está la señora, la primera. Los dos, cuando les toco el hombro para llamar su atención y les digo, educadamente, perdone, pero estaba yo antes, contestan, descaradamente, un ay, que no te había visto. A mí seguro que no, pero la posibilidad de colarse la habían visto desde lejos.

Jubilación

bus-queue

Yo quiero jubilarme ya. Pero no os creáis que es por dejar de trabajar, ni por dejar de madrugar, ni por tener todo el tiempo del mundo, ni porque esté saturada, hastiada, cansada o cualquier cosa terminada en ada que signifique que estoy hasta el jopo del cafetal. Ni siquiera es por la promesa de sustanciosa pensión (jijí) que nos hacen los mandamases. No es por nada de eso. Es porque yo quiero apuntarme ya al master de ‘Cómo saltarse las colas mirando al tendido’ que hay que hacer obligatoriamente para que te den el carné de jubileta. Porque seguro que hay que hacerlo, aunque lo lleven en secreto y yo no me haya enterado ni de dónde hay que apuntarse, porque si no, no me explico que todos los señores y señoras viejunos mayores sean unos artistas en eso del coleteo. Y que conste que lo digo desde el cariño y entonando mantras diversos para tener la fortuna de llegar a edad provecta, pero es que estás tú en una cola y ves acercarse a algún viejuno persona mayor, y puedes darte por colado. Que como una Yelena Isinbayeva cualquiera te saltan por encima si hace falta, mireusted.

Los hay que se te acercan poniendo la carita del Gato con botas, a la vez que te enseñan que sólo llevan dos productos en sus temblorosas manos, y a los que dejas pasar, aunque luego recuerden que se les ha olvidado las galletas de fibra y, dejando ya lo que llevaba en la caja, delante de ti y paralizando la cola, va a buscarlas.

También están los de sólo voy a hacer una preguntita: les dejas que la haga, pero una vez tienen captada la atención del dependiente, pasan de la preguntita a pedir lo que sea sin despeinarse y sin mirarte a ti, que le has dejado preguntar y te has quedado con toda la cara desencajada.

Y después están los que sacan cum laudem en el master y son nombrados doctores honoris causa con birretes con flequitos en el arte del colamiento, como los dos que me encontré el otro día en el ambulatorio (sí, ya sé, es trampa: con el indice de población jubilada que habita los ambulatorios, es fácil que te toquen dos en la misma mañana. En realidad, es bien raro que solo  hayan sido dos): uno se me pone delante en la cola y ya está, hala, por todo el morrete. La otra tiene casi que empujarme porque el sitio es realmente estrecho y además hay que dejar espacio a los que salen, pero ahí está la señora, la primera. Los dos, cuando les toco el hombro para llamar su atención y les digo, educadamente, perdone, pero estaba yo antes, contestan, descaradamente, un ay, que no te había visto. A mí seguro que no, pero la posibilidad de colarse la habían visto desde lejos.

Detestaciones: paraguas 1

¿Sabes, so memo? No estás en la Edad Media ni te estás batiendo en duelo. No eres Don Quijote, ni Sir Lancelot du Lac, ni el Caballero de las Flores. Es más, si no sabes llevar un paraguas, ni siquiera eres un caballero.

A ver, so memo, que los rudimentos de su utilización requieren sólo media neurona más de la que necesitas para respirar. Si llueve, paraguas en vertical hacia arriba, abierto sobre tu cabeza. Si no llueve, paraguas en vertical hacia abajo, cerrado. No hay más. Y tampoco es tan complicado, verdad, so memo? Por mucho que lo lleves inhiesto, no vas a ser más hombre.

Además, los paraguas tienen una empuñadura, ¿no es cierto? Pues la empuñadura, so memo, suele ser la parte por donde se cogen las cosas. Puedes llevarlo colgado del antebrazo, de la muñeca, o utilizarlo como un bastón. Ello no te hará parecer más débil, pero sí te hará más sensato.

Porque coger, cuando vas caminando por la calle, un paraguas por el bastón y en sentido horizontal, es de memos. Si además eres de los que balancean los brazos al caminar, como un simio cualquiera, mereces una muerte lenta y dolorosa, de las que incluyen el paraguas y algún orificio de tu cuerpo.

Por si no lo sabes, so memo, muy pocas veces caminas solo por la calle. Y sí, puedes controlar (o al menos deberías, so memo) tu parte delantera, pero no tu espalda, Y no sé si te has fijado, pero cuando tomas el paraguas por el bastón, llevándolo más o menos paralelo al suelo, queda a la justa altura de las partes más nobles de la media de la población (las tuyas incluidas). Y tampoco sé si te has fijado, pero por la calle suelen ir niños. Y a los niños les gusta la lluvia, con locura además. Y suelen salir corriendo con sus manitas en alto, medio locos y gritando porque han descubierto un charco. Y no son precisamente sus partes nobles las que quedan expuestas a la punta de tu paraguas.

Así que si no quieres llegar a casa con un ojo ensartado en tu paraguas, so memo, utiliza un mínimo de cabeza. Porque, según a quién ataques con tu ‘lanza’, puede ser hasta que el ojo sea el tuyo, so memo.