![cuckoo-clock-636[1]](https://i0.wp.com/www.ampharou.com/wp-content/uploads/2012/02/cuckoo-clock-6361.jpg)
Esta mañana me han reñido por tener abandonado el blog. SÃ, sÃ, Malatesta, no mires a otro lado que has sido tú. El caso es que me ha dado penita. No es que nunca haya escrito mucho (menos de seiscientas entradas en casi siete años no es un record del que sentirse orgullosa), pero pocas épocas ha habido (viruses, males y cosas por el estilo aparte) en que esto haya estado tan solito. Y la verdad es que me apetece escribir, pero pocas veces encuentro el momento y la calma para hacerlo. Asà que esta tarde, que a priori no deberÃa ser complicada, me lÃo y hasta donde llegue (por que esa es otra, soy asà de pejiguera: si no acabo un texto del tirón, sé que posiblemente sea desterrado al olvido en este bendito google docs). Por lo de pronto, ya tengo el primer párrafo escrito, tal que si me lo hubiese mandado hacer Violante.
Os he hablado muchas veces del sitio donde tomo café cuando estoy trabajando. Lo dirige una pareja de hermanos ucranianos, rubios como las candelas. Llevan mucho tiempo en España, de hecho, la chica, antes de dirigir la cafeterÃa, estuvo trabajando como empleada del anterior dueño. Lo que me llama la atención (y ya sé que es una tonterÃa), es que entre ellos hablen en castellano. Quizá es por verse más integrados, aunque os puedo asegurar que lo están. Tanto que, cuando hablan de los chicos extranjeros que estudian español en la academia de al lado, porque se tengan que indicar a quién va un café o quién ha pedido el bocadillo, se  refieren a ellos como ‘los guiris’.
En los últimos dÃas utilizo bastante el autobús. Antes iba más veces caminando a la oficina, pero, entre que por la mañana me acompaña Lorah y a esas horas se niega a ir andando y el frÃo que hace, tiro más de bonobús esperando a la primavera. Y todas esas veces que lo tomo, sobre todo por las mañanas temprano, cuando coincidimos con la mitad de los adolescentes de cuatro colegios a la redonda más cantidad ingente de trabajadores apretujados unos a otros me han hecho llegar a una conclusión: en verano porque se suda más, y en invierno porque hace frÃo y la gente se ducha menos, la gente parece no tener pudor en oler mal convirtiendo el transporte público en el horror.
Muchas veces, cuando me acuesto, al apagar la luz y cerrar los ojos, veo colores. No un fondo de color, sino escenas borrosas (normal, soy miope como un topo y duermo sin gafas) como vistas con un visor nocturno. Unas veces en rojo, otras en verde. Un efecto curioso que dura lo que tardo en quedarme dormida, es decir, menos que nada. Pero el otro dÃa, al cerrar los ojos (sin apagar la luz, que estaba Beaumont liado con su Kindler), lo que veÃa era un remanso de agua quieta, que lamÃa con calma lo que parecÃa ser el casco de un pequeño barco. No estaba dormida, porque oÃa la tele que estaba viendo Lorah en la habitación de al lado, al abuelo del piso de abajo toser y sentÃa a B. leyendo a mi lado, pero cada golpe del agua me iba meciendo, y cada vez se hacÃa más oscura, más densa, y ya no distinguÃa los reflejos del sol sobre ella, sino que era como si me hubiese sumergido completamente… Entonces sonó el despertador.
Ahora la tonterÃa más tonta: el lunes pasado, a la salida del cafetal, cuando fiché en el pecé que nos lleva el control horario, la pantalla me dio como resultado siete horas, siete minutos y siete segundos. Soy la nueva agente cerosiete, con licencia para no llegar tarde. Lo advertÃ, es la tonterÃa más tonta, pero a mà me hizo sonreÃr.
Y por cierto, esto sà que no es una tonterÃa, y por eso no va incluido en el tÃtulo: hoy es el cumple de mi santa madre y de mi santo varón, asà que, en terminando y en publicando, me voy a celebrarlo, que la ocasión lo merece!