Historias de cafetería #17

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Todavía no es temporada de Erasmus en la calle A. O “todavía no han llegao los guiris”, como dice M., la dueña de la cafetería, ucraniana ella. Eso significa que no ha llegado la época en la que la escuela de idiomas de enfrente cuelga el cartel de sold out, que será más o menos para el mes que viene, cuando se nos llenará la calle de chicos y chicas jovencísimos con ganas de juerga y sol.

Pero esto ya lo sabéis, ya os lo he contado otras veces. Quizá también sepáis que no es necesario el desembarco de estas troupes para que la cafetería parezca el vestíbulo de la ONU: que la escuela funcione  todo el año y la cercanía de una oficina de extranjería mantiene alto el nivel de foráneos en cualquier época. Eso sí, siempre son caras nuevas, los cursos deben durar poco, y siempre vienen en grupitos ruidosos que se apostan en la barra. Por eso es que me resulte extraño mi nuevo compañero de desayunos, que llega solo, cargado de libros y libretas que consulta antes de prestarle toda su atención a uno, que lee página adelante, página atrás, agazapado el cuerpo escueto sobre su taburete, con su cara del color de la tierra quemada (color carmelita, según la traducción) y unos ojos que queman por sí mismos, como un Kip sin nadie a quién mostrar sus pinturas. Parece ser que le va la novela negra escandinava y se bebe los libros como bebe el café que toma. Cuando se va, deja taza, platos, cubertería y envases totalmente ordenados y a mano para que la camarera no tenga que esforzarse en llegar a ellos, como si pusiera la mesa para una visita. Paga, y recibe las vueltas uniendo las palmas de las manos delante de la cara, con una suave inclinación de cabeza, dando las gracias con una voz grave que no parece corresponderle y una sonrisa que debiera ser patrimonio de la humanidad.

La imagen, de aquí.

Desayuno #23

tostadas

El hombre del polo rojo se dejó caer en el taburete como si se hubiese caído desde un quinto piso. Clavó los codos en la barra y pidió un café con leche, media tostada y un vaso de agua. Mientras tanto, en la televisión de la cafetería, una que se hace llamar periodista y quiere ser la reina de las mañanas, destripaba por enésima vez y sin ningún pudor, algún suceso de la crónica negra más o menos reciente.

Llegó el vaso de agua, en copa de cerveza. Llegó el café con leche en vaso de agua, y llegó la media tostada acompañada de un generoso cuenco de la manteca más amarilla y más salada del mercado. El hombre del polo rojo untó el pan sin mirarlo casi, lo dobló sobre sí mismo a modo de bocadillo estrecho y lo mordió mientras tenía la mirada perdida en las botellas que descansaban en la repisa que tenía enfrente.

Después del primer bocado, mojó el pan relleno de manteca derretida en el café y se lo llevó de nuevo a la boca. Este solo gesto que puede parecer tan repulsivo, más que nada porque a la hora de beber el café se lo habría de encontrar salpicado de gotas de grasa, hizo que, como si fuese una madalena cualquiera, y sin percibir su olor realmente, viniese a mi mente el aroma de las meriendas en casa de mi abuela, cuando yo levantaba poco más de un palmo del suelo y el café con leche con tostadas sabían tan ricos.

Desayuno #16

Como casi cada mañana, la cafetería estaba atestada. Yo sólo quería un cachito de barra para apoyar mi libro y donde la camarera pudiese poner mi café y tuve suerte. Unos señores trajeados habían terminado de desayunar justo al fondo, en mi sitio favorito, y salían ya. Esperé a que despejaran el pasillo, y cuando tuve vía libre, oí un ¿Ampharou? a mi espalda. Me volví, y allí tenía a uno de los enchaquetados de los que acababa de dejar paso. ¿No te acuerdas de mí? Soy G.

De pronto volví al año ochenta y cuatro, a aquel instituto prefabricado que se caía, literalmente, a trozos. Volví a mi clase de segundo de BUP, a esa segunda fila desde la que tenía una vista privilegiada del aula, porque, al tener un pilar  justo a la derecha, debía estar continuamente girada hacia la clase a fin de que mi codo tuviese espacio a la hora de escribir (o al menos esa era la excusa perfecta que ponía  a los profesores que me increpaban para que  me sentase mirando al frente y no con la espalda apoyada en el pilar, vuelta hacia toda la clase). A mi lado, la chica que había sido mi compañera también en primero. Delante, la empollona y su rémora, detrás, los dos chicos más guapos del curso, J., tan guapo como simpático, y G., el nuevo, el serio, aquél que parecía vestido y peinado cada mañana por su mamá.

Segundo fue el mejor curso de aquel bachillerato. Yo había dejado atrás a la niña ñoña recién salida de un cole de monjas que permaneció asustada todo primero y derrochaba energía a golpe de melena. Luego, ya en tercero y COU, me lancé a los brazos de los existencialistas, me volví intensa y mis constantes indumentarias negras hicieron que un ‘simpático’ profesor me augurara una exitosa carrera como enterradora.

G. seguía contándome lo bien que le iba la vida y cuánto se alegraba de verme, atildado con su chaqueta de terciopelo negro mate, mientras yo estaba en segundo B, poniendo medio empeño en aprender aquel galimatías de la formulación de los ácidos y el otro medio en que G. me hiciera caso de una vez, aunque fuese para explicarme a qué tenía que llamar oso y a qué ico. Pero G., por aquel entonces, era una pequeña ostra huraña que no quería saber nada de niñas con melena por muchos ojitos que le pusieran.

Al siguiente curso yo opté por las letras y él, como era de suponer, por las ciencias, así que perdimos casi todo el contacto. Y menos mal que, ante su actitud, yo ya hacía tiempo que había decidido que no merecía mis atenciones. Cuando terminamos COU, dejé de verle definitivamente, hasta este día que escuché ese ¿Ampharou? a mi espalda. Y me da que, aunque ha dejado de ser una ostra, no ha cambiado demasiado desde aquel año ochenta y cuatro.

Historias de cafetería

Como una Medusa hipnótica, lo tenía acorralado con la mirada. Con la mirada y con las piernas, que para eso anclaba el taburete en el que estaba sentado con el puente de los altísimos tacones. Así se aseguraba que no pudiera huirle. Así lo tenía a su merced y podía susurrarle al oído a su antojo, a pesar de que el inexistente público de la cafetería a aquella hora no impedía la charla a un tono normal.

Las veces que se alejaba más de cinco centímetros de su cara, era para mirarlo directamente a los ojos, o a la boca, con avidez de hambriento. A él no parecía molestarle, pero su papel era el de cachorro indefenso y lo interpretaba a la perfección mientras dejaba que ella le marcara en el brazo una línea blanca con la uña del dedo índice.

Se lo comía con los ojos, con el canto de sirena que era su voz. Ella, que nunca se había sabido bonita y que, ahora que ya no volvería a cumplir los cincuenta, había dejado de pretender serlo. Pero sabía resplandecer como ninguna. Él era un hombre de mediana edad, ni feo ni guapo sino todo lo contrario, un hombre gris al que, sin embargo, le brillaban los ojos como a un adolescente enamorado, y que se sorprendía a cada instante de lo mucho que llegaba a amar a esa mujer. Al fin y al cabo, llevar casi treinta años juntos no es cualquier cosa.

La ilustración, de Geroca.

Historias de cafetería

Como una Medusa hipnótica, lo tenía acorralado con la mirada. Con la mirada y con las piernas, que para eso anclaba el taburete en el que estaba sentado con el puente de los altísimos tacones. Así se aseguraba que no pudiera huirle. Así lo tenía a su merced y podía susurrarle al oído a su antojo, a pesar de que el inexistente público de la cafetería a aquella hora no impedía la charla a un tono normal.

Las veces que se alejaba más de cinco centímetros de su cara, era para mirarlo directamente a los ojos, o a la boca, con avidez de hambriento. A él no parecía molestarle, pero su papel era el de cachorro indefenso y lo interpretaba a la perfección mientras dejaba que ella le marcara en el brazo una línea blanca con la uña del dedo índice.

Se lo comía con los ojos, con el canto de sirena que era su voz. Ella, que nunca se había sabido bonita y que, ahora que ya no volvería a cumplir los cincuenta, había dejado de pretender serlo. Pero sabía resplandecer como ninguna. Él era un hombre de mediana edad, ni feo ni guapo sino todo lo contrario, un hombre gris al que, sin embargo, le brillaban los ojos como a un adolescente enamorado, y que se sorprendía a cada instante de lo mucho que llegaba a amar a esa mujer. Al fin y al cabo, llevar casi treinta años juntos no es cualquier cosa.

La ilustración, de Geroca.

Como te digo una cosa, te digo la otra.

Ya que me habéis aguantado los cambios y recambios de curro, las pataletas que me daban en el cafetal chungo y los cantos de las bondades del cafetal molón, es de ley que os cuente la buena nueva que tuvo lugar el viernes pasado.

Fue hace casi dos años cuando un día que llegaba arrastrándome al cafetal chungo, después de haberle asegurado mil veces a Beaumont que me dolía la tripa y que no quería ir, me encontré allí a J., esperándome. J. es un compañero con el que había trabajado hacía mil años, el mejor sin duda de todos los que he tenido hasta ahora. Venía a hacerme una proposición (decente). Él llevaba algún tiempo trabajando en el cafetal molón y la compañera que tenía por aquél entonces, se iba. Como es un lugar donde hace falta dos personas sí o sí (cuando no tres), él había propuesto mi nombre como sustituta de esa chica. Antes de que me contara las condiciones, yo ya me veía con las maletas hechas. Ya había trabajado antes repartiendo cápsulas de café, y eso me encantaba. Además, podría perder de vista a la panda de oligofrénicos que tenía por compañeros.

En fin, por supuesto que tuve que entrevistarme con los dueños del cafetal molón, que parecieron muy contentos con que me mudara allí. Los que no lo parecieron tanto fueron los dueños del cafetal chungo, que pusieron todas las trabas que pudieron y alguna más que se inventaron. Sólo tenía una salida, y como una Scarlett O’Hara cualquiera, poniendo a Visnú por testigo, renuncié a mi plaza allí para poder marcharme. Cogí mi orquídea, y sin mirar atrás, me encajé en mi nuevo destino.

Y digo bien, me encajé. Porque allí tenía mi mesa, mi silla, mi ordenador, mi balcón a la calle, a mi querido J. enseñándome y haciéndome el trabajo más fácil y agradable… pero no tenía plaza. Estaba en el limbo de los funcionarios, que es un lugar que, además, parece ser que ahora no existe. Y allí estaba yo, contenta como una perdiz, pero de prestado. J. se fue, o lo fueron (y todavía lo echo de menos. Mil.), llegó T. y consiguió su silla en propiedad mientras que yo seguía con la mía prestada… hasta este viernes, que he salido en unos papeles que dicen, por fin, que yo soy yo y mi circunstancia. Que al fin y al cabo es lo mismo, porque voy a cobrar igual, voy a seguir repartiendo las mismas cápsulillas de café, haciendo más horas que un cuco y teniendo los mismos compañeros. Y que el día que dé mal las vueltas, me van a echar igual, porque aquí firmas el nombramiento y la patada en el culo el mismo día, pero qué queréis que os diga: a mí es que me mola ser yo.

Cinco tonterías por minuto

Esta mañana me han reñido por tener abandonado el blog. Sí, sí, Malatesta, no mires a otro lado que has sido tú. El caso es que me ha dado penita. No es que nunca haya escrito mucho (menos de seiscientas entradas en casi siete años no es un record del que sentirse orgullosa), pero pocas épocas ha habido (viruses, males y cosas por el estilo aparte) en que esto haya estado tan solito. Y la verdad es que me apetece escribir, pero pocas veces encuentro el momento y la calma para hacerlo. Así que esta tarde, que a priori no debería ser complicada, me lío y hasta donde llegue (por que esa es otra, soy así de pejiguera: si no acabo un texto del tirón, sé que posiblemente sea desterrado al olvido en este bendito google docs). Por lo de pronto, ya tengo el primer párrafo escrito, tal que si me lo hubiese mandado hacer Violante.

Os he hablado muchas veces del sitio donde tomo café cuando estoy trabajando. Lo dirige una pareja de hermanos ucranianos, rubios como las candelas. Llevan mucho tiempo en España, de hecho, la chica, antes de dirigir la cafetería, estuvo trabajando como empleada del anterior dueño. Lo que me llama la atención (y ya sé que es una tontería), es que entre ellos hablen en castellano. Quizá es por verse más integrados, aunque os puedo asegurar que lo están. Tanto que, cuando hablan de los chicos extranjeros que estudian español en la academia de al lado, porque se tengan que indicar a quién va un café o quién ha pedido el bocadillo, se  refieren a ellos como ‘los guiris’.

En los últimos días utilizo bastante el autobús. Antes iba más veces caminando a la oficina, pero, entre que por la mañana me acompaña Lorah y a esas horas se niega a ir andando y el frío que hace, tiro más de bonobús esperando a la primavera. Y todas esas veces que lo tomo, sobre todo por las mañanas temprano, cuando coincidimos con la mitad de los adolescentes de cuatro colegios a la redonda más cantidad ingente de trabajadores apretujados unos a otros me han hecho llegar a una conclusión: en verano porque se suda más, y en invierno porque hace frío y la gente se ducha menos, la gente parece no tener pudor en oler mal convirtiendo el transporte público en el horror.

Muchas veces, cuando me acuesto, al apagar la luz y cerrar los ojos, veo colores. No un fondo de color, sino escenas borrosas (normal, soy miope como un topo y duermo sin gafas) como vistas con un visor nocturno. Unas veces en rojo, otras en verde. Un efecto curioso que dura lo que tardo en quedarme dormida, es decir, menos que nada. Pero el otro día, al cerrar los ojos (sin apagar la luz, que estaba Beaumont liado con su Kindler), lo que veía era un remanso de agua quieta, que lamía con calma lo que parecía ser el casco de un pequeño barco. No estaba dormida, porque oía la tele que estaba viendo Lorah en la habitación de al lado, al abuelo del piso de abajo toser y sentía a B. leyendo a mi lado, pero cada golpe del agua me iba meciendo, y cada vez se hacía más oscura, más densa, y ya no distinguía los reflejos del sol sobre ella, sino que era como si me hubiese sumergido completamente… Entonces sonó el despertador.

Ahora la tontería más tonta: el lunes pasado, a la salida del cafetal, cuando fiché en el pecé que nos lleva el control horario, la pantalla me dio como resultado siete horas, siete minutos y siete segundos. Soy la nueva agente cerosiete, con licencia para no llegar tarde. Lo advertí, es la tontería más tonta, pero a mí me hizo sonreír.

Y por cierto, esto sí que no es una tontería, y por eso no va incluido en el título: hoy es el cumple de mi santa madre y de mi santo varón, así que, en terminando y en publicando, me voy a celebrarlo, que la ocasión lo merece!

Cinco tonterías por minuto

Esta mañana me han reñido por tener abandonado el blog. Sí, sí, Malatesta, no mires a otro lado que has sido tú. El caso es que me ha dado penita. No es que nunca haya escrito mucho (menos de seiscientas entradas en casi siete años no es un record del que sentirse orgullosa), pero pocas épocas ha habido (viruses, males y cosas por el estilo aparte) en que esto haya estado tan solito. Y la verdad es que me apetece escribir, pero pocas veces encuentro el momento y la calma para hacerlo. Así que esta tarde, que a priori no debería ser complicada, me lío y hasta donde llegue (por que esa es otra, soy así de pejiguera: si no acabo un texto del tirón, sé que posiblemente sea desterrado al olvido en este bendito google docs). Por lo de pronto, ya tengo el primer párrafo escrito, tal que si me lo hubiese mandado hacer Violante.

Os he hablado muchas veces del sitio donde tomo café cuando estoy trabajando. Lo dirige una pareja de hermanos ucranianos, rubios como las candelas. Llevan mucho tiempo en España, de hecho, la chica, antes de dirigir la cafetería, estuvo trabajando como empleada del anterior dueño. Lo que me llama la atención (y ya sé que es una tontería), es que entre ellos hablen en castellano. Quizá es por verse más integrados, aunque os puedo asegurar que lo están. Tanto que, cuando hablan de los chicos extranjeros que estudian español en la academia de al lado, porque se tengan que indicar a quién va un café o quién ha pedido el bocadillo, se  refieren a ellos como ‘los guiris’.

En los últimos días utilizo bastante el autobús. Antes iba más veces caminando a la oficina, pero, entre que por la mañana me acompaña Lorah y a esas horas se niega a ir andando y el frío que hace, tiro más de bonobús esperando a la primavera. Y todas esas veces que lo tomo, sobre todo por las mañanas temprano, cuando coincidimos con la mitad de los adolescentes de cuatro colegios a la redonda más cantidad ingente de trabajadores apretujados unos a otros me han hecho llegar a una conclusión: en verano porque se suda más, y en invierno porque hace frío y la gente se ducha menos, la gente parece no tener pudor en oler mal convirtiendo el transporte público en el horror.

Muchas veces, cuando me acuesto, al apagar la luz y cerrar los ojos, veo colores. No un fondo de color, sino escenas borrosas (normal, soy miope como un topo y duermo sin gafas) como vistas con un visor nocturno. Unas veces en rojo, otras en verde. Un efecto curioso que dura lo que tardo en quedarme dormida, es decir, menos que nada. Pero el otro día, al cerrar los ojos (sin apagar la luz, que estaba Beaumont liado con su Kindler), lo que veía era un remanso de agua quieta, que lamía con calma lo que parecía ser el casco de un pequeño barco. No estaba dormida, porque oía la tele que estaba viendo Lorah en la habitación de al lado, al abuelo del piso de abajo toser y sentía a B. leyendo a mi lado, pero cada golpe del agua me iba meciendo, y cada vez se hacía más oscura, más densa, y ya no distinguía los reflejos del sol sobre ella, sino que era como si me hubiese sumergido completamente… Entonces sonó el despertador.

Ahora la tontería más tonta: el lunes pasado, a la salida del cafetal, cuando fiché en el pecé que nos lleva el control horario, la pantalla me dio como resultado siete horas, siete minutos y siete segundos. Soy la nueva agente cerosiete, con licencia para no llegar tarde. Lo advertí, es la tontería más tonta, pero a mí me hizo sonreír.

Y por cierto, esto sí que no es una tontería, y por eso no va incluido en el título: hoy es el cumple de mi santa madre y de mi santo varón, así que, en terminando y en publicando, me voy a celebrarlo, que la ocasión lo merece!

Torre de Babel

Ya os he hablado del sitio al que voy a desayunar cada mañana de mi yo laboral. Lo que no sé si os he dicho es que cerca de allí hay una escuela de español para extranjeros. Normalmente salgo más temprano a tomar café, así que hasta ahora (desde que estoy en el cafetal molón) no había coincidido con la hora de recreo de esta escuela, pero ahora que estoy sola, y que salgo cuando buenamente puedo y me dejan, tengo que procurar, si quiero asegurarme un cachito de barra, hacerlo antes de que salga la marabunta y tomen, literalmente, la cafetería. Así que el día que tengo suerte, llego, me acodo en un rinconcito parapetada en mi libro, y ellos van llegando a volver loca a Mariya (que hace su agosto en pleno agosto) con sus comandas imposibles de tostadas con cocacola o bocadillos de chorizo con café solo…

Desde los renglones de mi libro los miro. Son rubios como el sol la mayoría, algunos tienen los ojos de un azul imposible, pero todos, absolutamente todos, tanto chicos como chicas, tienen en común ser insultantemente jóvenes y bellos (¿acaso no es lo mismo?). Montan una algarabía de media hora con sus risas y sus conversaciones pergeñadas en un castellano que ya manejan con una soltura que yo quisiera para sus respectivos idiomas. Ríen. Los parroquianos habituales los miran molestos por la invasión. Cuando se marchan, camino de las siguientes clases, Mariya suspira. Mañana más…

Se te van las mejores.

Eso es lo que me decía mi madre no cuando Angelita Joly me tiraba los trastos y yo no le hacía caso, sino cuando no era rápida en la respuesta y la réplica contundente me venía horas después de que alguien hubiera hecho una aseveración de esas de partirle la boca directamente. Y fue la frase que se me vino a la mente durante toda la tarde de ayer, recordando el desayuno de la mañana, donde, por mor de un horario festivo y de entrar más tarde a la oficina, me volví a encontrar con los Tip y Coll sin gracia que antes sufría tan a menudo y que, afortunadamente, desde que cambié de destino y de horario, había dejado de ver.

Así es que ayer volvieron a darme el café esta pareja de humoristas más parecidos al que copa las mañanas de la COPE que a los que he mencionado antes (que me perdonen allá donde estén por la comparación). Estamos en Carnaval en Cádiz, y estos personajillos relataban sus vivencias en el fin de semana grande de estas fiestas. Personajillos de caseta privada en la feria, todo hay que decirlo, por lo que podréis suponer que su carnaval pasa por invitación de élite a los lugares donde los simples mortales no podemos entrar (ni queremos). Carnaval de canapés y letras estudiadas, no se vayan a molestar sus señorías; carnaval de carrusel de coros, pero ahora no, que ya no mola y no es chic, y no pasa por esos hemiciclos mal simulados a la altura del Merodio, allá donde se concentraba lo más granado de la sociedad gaditana. Pero claro, para llegar a los sitios en cuestión, hay que atravesar las hordas de degenerados que pueblan la ciudad estos días. Y ahí es donde el carnaval choca con sus excelsas narices: «que si están tos borrachos, que si están tos drogaos, que si esto ni es carnaval ni es ná», espetan estos «enteraos». Hasta que uno de ellos da con la solución: hay que prohibir beber en la calle durante los carnavales. ¡Claro, cómo no se nos habría ocurrido antes! Podría decretarse el estado de excepción a las cuatrocientas mil personas que visitaban el sábado la ciudad. Lástima que a este demócrata convencido no se le hubiese ocurrido la idea cuando lo sacaban con un conato de coma etílico de uno de esos carruseles de coros no hace tantos años. Pero claro, no es lo mismo vomitarse unos Farrutx que unas Converse. Lástima que tampoco se le ocurriese cuando tenía voz y voto en esa casa tan bonita con banderolas en la Plaza de San Juan de Dios. Lástima, más que lástima, que a mí no se me ocurrieran estas contestaciones cuando lo tenía delante (mal momento para ser ácida un martes de carnaval a las ocho y media de la mañana). Seguro que ayer hubiese tenido un mejor día.