Empujando a los que se afanaban en aquella porción de barra por conseguir un café se encaramó como pudo, con un grado más que aceptable de dificultad causado a partes iguales por la edad, la estatura, el peso y el abrigo de piel con olor a naftalina en el que iba embutida y que parecía al menos dos tallas mayor de lo que hubiera necesitado al único taburete que quedaba libre en esa cafetería en la que, por tan frecuentada, ya no tenía que abrir la boca siquiera para obtener el café que deseaba. Pintada de manera exagerada para ese carnaval que acababa de quedar atrás en lo que era su maquillaje diario, desplegó sobre la barra toda la parafernalia que necesitaba a aquella hora y ante un café: una cajetilla de tabaco por estrenar y un mechero de propaganda. Estiró el brazo fatigosamente a fin de acercarse un cenicero y le sacó la piel a aquel tesoro de cartón. Con el apuro al que le sometía la artrosis, consiguió sacar uno de los cigarrillos apretados, y tras llevárselo a la boca, lo encendió, mudando la ya máscara de su cara en una mueca imposible que esquivara la primera bocanada de humo. Entonces, como en una coreografía milimétrica, aquella mano comenzó una danza de movimientos repetidos, el minueto de cómo fumar un sólo cigarro en ciento una caladas: de la boca recorrer la mitad del camino hasta el cenicero para volver a subir, un beso sonoro que manche el filtro de carmín, descenso hasta medio camino hacia el cenicero, repetir tres veces y bajar del todo para depositar la ceniza. Repetir todo el proceso las veces que sea necesario.
Cuando el solícito camarero puso delante de ella el café, ya había consumido de esta forma el primer cigarrillo y estaba pronta a encender el segundo, cosa que hizo después de rasgar el sobrecito de sacarina y antes de echar ésta en el líquido caliente. Tras hacer tintinear la cucharilla contra el vidrio, intentando por igual endulzar el brebaje y llamar la atención del ruidoso auditorio como en un improvisado brindis, realizó una nueva versión del baile, consistente en intercalar a cada movimiento del cigarro un sorbo de aquel vaso todavía humeante. Tan ensayada tenía la función que consiguió apurarlo al mismo tiempo que apagaba la colilla contra el cenicero. Pagó antes de los bises y, sin esperar los aplausos, encendió otro cigarro, se descolgó de la cima de aquel taburete con torpeza inversa y se fue exactamente por donde había venido.

