La sanidad ya no es lo que era…

1855392

Y Lorah?

Bien, en casa. Este fin de semana se va a Marbella…

Ah, se va a Marbella con el padre?

Mamá, se ha cruzado medio mundo sola, no creo que nos necesite ni al padre ni a mí para ir a Marbella.

Ya, claro. Y a qué va?

Es que este fin de semana se celebra el 50º aniversario de una serie que le gusta a ella, y por todo el mundo hacen cosas para celebrarlo. Aquí lo hacen en Sevilla y en Marbella, y como ella allí tiene amigos, va a ver una peli de celebración.

Y qué serie es?

No creo que la hayas visto, ella la ve en internet… Doctor Who se llama…

Ah, sí sé la que es… la del médico del bastón, no?

No, mamá… ese es House… Ésta es de ciencia ficción, de un tipo que hace viajes en el tiempo y en el espacio.

Ah, entonces es ese que tiene las orejas de punta!

No, mami… ese es el doctor Spock…

 

It’s a wonderful town

New-York-City-Manhattan-Central-Park-Gentry

La niña de mis ojos se ha ido a hacer las Américas. Pero como ese sitio es muy grande, ella es muy pequeña y tampoco va a estar allí tanto tiempo (aunque a mí dos meses sin ella me parezcan demasiados), sólo va a hacer un cachito, la esquinita de arriba a la derecha, concretamente.

Está feliz como una perdiz. Sobre todo estos últimos diez días, que ha paseado palmito por a wonderful town. Yo le voy siguiendo los pasos gracias a los interneses y ella me va enviando fotos que me mezclan guedejas de envidia con mucha felicidad. Creo que cuando vuelva, va a tener los ojos más grandes y más bonitos todavía.

Felicidades, princesa.

Hace diecinueve años, en un día como hoy (un poco mejor que el de hoy: era viernes y puente) sólo que un poco más lluvioso y más fresco, a esta hora más o menos, una comadrona me ponía un cuerpecillo sucio y pegajoso sobre la tripa, una tripa que había descendido considerablemente en cuestión de minutos. Aquel cuerpecillo saludó al mundo con un sonoro llanto y haciéndose pis encima (de su madre, claro. ¡Puñetera!), demostrando así, desde el primer aliento, que venía pisando fuerte.

Diecinueve años como diecinueve soles. ¡Y cómo me gusta la mujer que ya está siendo!

Cinco tonterías por minuto

Esta mañana me han reñido por tener abandonado el blog. Sí, sí, Malatesta, no mires a otro lado que has sido tú. El caso es que me ha dado penita. No es que nunca haya escrito mucho (menos de seiscientas entradas en casi siete años no es un record del que sentirse orgullosa), pero pocas épocas ha habido (viruses, males y cosas por el estilo aparte) en que esto haya estado tan solito. Y la verdad es que me apetece escribir, pero pocas veces encuentro el momento y la calma para hacerlo. Así que esta tarde, que a priori no debería ser complicada, me lío y hasta donde llegue (por que esa es otra, soy así de pejiguera: si no acabo un texto del tirón, sé que posiblemente sea desterrado al olvido en este bendito google docs). Por lo de pronto, ya tengo el primer párrafo escrito, tal que si me lo hubiese mandado hacer Violante.

Os he hablado muchas veces del sitio donde tomo café cuando estoy trabajando. Lo dirige una pareja de hermanos ucranianos, rubios como las candelas. Llevan mucho tiempo en España, de hecho, la chica, antes de dirigir la cafetería, estuvo trabajando como empleada del anterior dueño. Lo que me llama la atención (y ya sé que es una tontería), es que entre ellos hablen en castellano. Quizá es por verse más integrados, aunque os puedo asegurar que lo están. Tanto que, cuando hablan de los chicos extranjeros que estudian español en la academia de al lado, porque se tengan que indicar a quién va un café o quién ha pedido el bocadillo, se  refieren a ellos como ‘los guiris’.

En los últimos días utilizo bastante el autobús. Antes iba más veces caminando a la oficina, pero, entre que por la mañana me acompaña Lorah y a esas horas se niega a ir andando y el frío que hace, tiro más de bonobús esperando a la primavera. Y todas esas veces que lo tomo, sobre todo por las mañanas temprano, cuando coincidimos con la mitad de los adolescentes de cuatro colegios a la redonda más cantidad ingente de trabajadores apretujados unos a otros me han hecho llegar a una conclusión: en verano porque se suda más, y en invierno porque hace frío y la gente se ducha menos, la gente parece no tener pudor en oler mal convirtiendo el transporte público en el horror.

Muchas veces, cuando me acuesto, al apagar la luz y cerrar los ojos, veo colores. No un fondo de color, sino escenas borrosas (normal, soy miope como un topo y duermo sin gafas) como vistas con un visor nocturno. Unas veces en rojo, otras en verde. Un efecto curioso que dura lo que tardo en quedarme dormida, es decir, menos que nada. Pero el otro día, al cerrar los ojos (sin apagar la luz, que estaba Beaumont liado con su Kindler), lo que veía era un remanso de agua quieta, que lamía con calma lo que parecía ser el casco de un pequeño barco. No estaba dormida, porque oía la tele que estaba viendo Lorah en la habitación de al lado, al abuelo del piso de abajo toser y sentía a B. leyendo a mi lado, pero cada golpe del agua me iba meciendo, y cada vez se hacía más oscura, más densa, y ya no distinguía los reflejos del sol sobre ella, sino que era como si me hubiese sumergido completamente… Entonces sonó el despertador.

Ahora la tontería más tonta: el lunes pasado, a la salida del cafetal, cuando fiché en el pecé que nos lleva el control horario, la pantalla me dio como resultado siete horas, siete minutos y siete segundos. Soy la nueva agente cerosiete, con licencia para no llegar tarde. Lo advertí, es la tontería más tonta, pero a mí me hizo sonreír.

Y por cierto, esto sí que no es una tontería, y por eso no va incluido en el título: hoy es el cumple de mi santa madre y de mi santo varón, así que, en terminando y en publicando, me voy a celebrarlo, que la ocasión lo merece!

Cinco tonterías por minuto

Esta mañana me han reñido por tener abandonado el blog. Sí, sí, Malatesta, no mires a otro lado que has sido tú. El caso es que me ha dado penita. No es que nunca haya escrito mucho (menos de seiscientas entradas en casi siete años no es un record del que sentirse orgullosa), pero pocas épocas ha habido (viruses, males y cosas por el estilo aparte) en que esto haya estado tan solito. Y la verdad es que me apetece escribir, pero pocas veces encuentro el momento y la calma para hacerlo. Así que esta tarde, que a priori no debería ser complicada, me lío y hasta donde llegue (por que esa es otra, soy así de pejiguera: si no acabo un texto del tirón, sé que posiblemente sea desterrado al olvido en este bendito google docs). Por lo de pronto, ya tengo el primer párrafo escrito, tal que si me lo hubiese mandado hacer Violante.

Os he hablado muchas veces del sitio donde tomo café cuando estoy trabajando. Lo dirige una pareja de hermanos ucranianos, rubios como las candelas. Llevan mucho tiempo en España, de hecho, la chica, antes de dirigir la cafetería, estuvo trabajando como empleada del anterior dueño. Lo que me llama la atención (y ya sé que es una tontería), es que entre ellos hablen en castellano. Quizá es por verse más integrados, aunque os puedo asegurar que lo están. Tanto que, cuando hablan de los chicos extranjeros que estudian español en la academia de al lado, porque se tengan que indicar a quién va un café o quién ha pedido el bocadillo, se  refieren a ellos como ‘los guiris’.

En los últimos días utilizo bastante el autobús. Antes iba más veces caminando a la oficina, pero, entre que por la mañana me acompaña Lorah y a esas horas se niega a ir andando y el frío que hace, tiro más de bonobús esperando a la primavera. Y todas esas veces que lo tomo, sobre todo por las mañanas temprano, cuando coincidimos con la mitad de los adolescentes de cuatro colegios a la redonda más cantidad ingente de trabajadores apretujados unos a otros me han hecho llegar a una conclusión: en verano porque se suda más, y en invierno porque hace frío y la gente se ducha menos, la gente parece no tener pudor en oler mal convirtiendo el transporte público en el horror.

Muchas veces, cuando me acuesto, al apagar la luz y cerrar los ojos, veo colores. No un fondo de color, sino escenas borrosas (normal, soy miope como un topo y duermo sin gafas) como vistas con un visor nocturno. Unas veces en rojo, otras en verde. Un efecto curioso que dura lo que tardo en quedarme dormida, es decir, menos que nada. Pero el otro día, al cerrar los ojos (sin apagar la luz, que estaba Beaumont liado con su Kindler), lo que veía era un remanso de agua quieta, que lamía con calma lo que parecía ser el casco de un pequeño barco. No estaba dormida, porque oía la tele que estaba viendo Lorah en la habitación de al lado, al abuelo del piso de abajo toser y sentía a B. leyendo a mi lado, pero cada golpe del agua me iba meciendo, y cada vez se hacía más oscura, más densa, y ya no distinguía los reflejos del sol sobre ella, sino que era como si me hubiese sumergido completamente… Entonces sonó el despertador.

Ahora la tontería más tonta: el lunes pasado, a la salida del cafetal, cuando fiché en el pecé que nos lleva el control horario, la pantalla me dio como resultado siete horas, siete minutos y siete segundos. Soy la nueva agente cerosiete, con licencia para no llegar tarde. Lo advertí, es la tontería más tonta, pero a mí me hizo sonreír.

Y por cierto, esto sí que no es una tontería, y por eso no va incluido en el título: hoy es el cumple de mi santa madre y de mi santo varón, así que, en terminando y en publicando, me voy a celebrarlo, que la ocasión lo merece!

Presumiendo.

No, aunque lo parezca, no voy a presumir de gato. Para eso tendría que poner tres fotos, no fuera que se pusieran celosos (más) unos de otros. Claro que Nano y Wey dirían ‘claro, como es el pequeño’, ‘claro, como es tan mono’, ‘claro, lo que quiere ésta es subir la audiencia del blog, que todo el mundo sabe que no hay nada más adorable que un cute kitten y a nosotros ya nos ve viejunos’. Pero no, no voy a presumir de Kato. Más que nada, porque a parte de lo mono que es, poco más tiene para presumir de él. Porque es un trasto y más malo que la quina (¿os he contado ya que le ha dado por llorar como si arrancaran una pata nada más que apagamos la luz por las noches? Que se aburre, dice el tío, cuando se ha pasado veinte horas durmiendo…)

De lo que vengo a presumir es de fotógrafa. Porque no me negaréis que es chula la foto. Pues bien, es Lorah, la niña de mis ojos, la que tiene la paciencia infinita de hacer posar a los gatos para hacer estas maravillas. Autodidacta que es además la niña. Y tela de artista. Que ya lo sé, que es pasión de madre, pero ¿a que tiene arte la joía?

Felicidades!

Porque no todos los días se cumplen dieciocho años. La niña de mis ojos lo hace hoy, y por muy mayor que se haga, por muchos años que cumpla, seguirá siendo eso, la niña de mis ojos.

Felicidades, preciosa!

Photoshó.

Lorah me ha «photoshopeado» un ojo. En un plis plás. Decía que me iba a enseñar, pero lo ha hecho tan rápido que lo único que veía era la flechita correteando por la pantalla abriendo y cerrando pantallas. Y éste es el resultado. A mí me gusta. Mucho.

ojo2.jpg

Photoshó.

Lorah me ha «photoshopeado» un ojo. En un plis plás. Decía que me iba a enseñar, pero lo ha hecho tan rápido que lo único que veía era la flechita correteando por la pantalla abriendo y cerrando pantallas. Y éste es el resultado. A mí me gusta. Mucho.

ojo2.jpg