Lorah y D.

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Ya sabéis que Lorah, la  niña de mis ojos es motera y que su ídolo supremo es Pedrosa. Todos sus pensamientos están puestos en él (en aprobar el curso ya tiene los pensamientos puestos su mamá, ¿para qué vamos a gastar energías las dos en la misma cosa?).

Pues bien, en una óptica que hay cerca de casa habían puesto en el escaparate un pequeño stand de las gafas que anuncia el muchacho, que consistía en un expositor con su foto. Como la óptica nos queda de camino de casa al colegio (y viceversa), todas las mañanas y todos los medios días la frase al pasar por delante era la misma: «¡Ay, qué guapo!», seguida de un intenso suspiro, hasta que hace unos cuantos días el expositor y la foto desaparecieron para acongoje de la niña de mis ojos.

Resulta que la óptica es nuestra óptica, es decir, la que nos suministra todo lo que nos hace falta para nuestras respectivas miopías, por lo cual, nos conocen desde hace muchos años y algunos de sus dependientes ya son también amigos. Esto, y que cuando va allí recibe todos los mimos necesarios y muchos más, entre los que se encuentran que ya le han pasado en más de una ocasión anuncios en forma de postales, carpetas y cubiletes con la foto del niño de los ojos de la niña de mis ojos, fue lo que la animó a entrar a preguntar qué habían hecho con el que habían retirado del escaparate y saber si es que ya no lo querían se lo podían dar.

Nos atendió M. J., la óptica. Como ella no sabía dónde había ido a parar el expositor, fue a preguntar a sus compañeros.

La niña de mis ojos se mordía los labios porque ya se veía saliendo de allí con «su» foto. M. J. salió con la cara compungida y le dijo que la habían tirado. A la niña de mis ojos se le quedó la carita como a un dibujo japonés. Eso sí, le prometió que preguntaría por las demás ópticas de la compañía, a ver si se lo encontraba. La niña de mis ojos seguía repitiendo «¿por qué, por qué? Esto no puede estar pasando…» mientras volvíamos a casa.

Este sábado, a primera hora de la mañana, recibimos una llamada de la óptica: ¿Ampharou? Soy M. J. Dile a Niña de tus ojos que tengo aquí su foto.

No era la misma, pero una hora más tarde la foto ya estaba en el lugar de honor de la habitación de mi «pequeñina».

Ahora ya sólo le queda éste, que ha aparecido en cada parada de autobús de esta ciudad.

 

La imagen es gentileza de Lorah.

No tiene precio.

La niña de mis ojos es motera. Lo lleva en la sangre. Su padre lo es, y sus genes han salido mejorados y ampliados. Durante toda la temporada no deja de ver ni una carrera, ni los entrenamientos, sean a la hora que sean. Compra cada semana las revistas que puede. Conoce a cada piloto, a cada equipo. Sabe quién ganó cada año en cada circuito. Se empapa de toda la información que tiene que ver con las motos como yo quisiera que se empapara en los libros. Tiene chaquetas, gorras, mochilas y la mitad del merchandising de las últimas tres temporadas. Su habitación es un museo lleno de posters, recortes de periódicos y banderas.

Pero la niña de mis ojos, además de ser motera, es adolescente. Y como adolescente, su deber es estar enamorada. Y como no podía ser menos, el «objeto» de su fervor es uno de esos pilotos. Así, la niña de mis ojos es una niña naranja y azul, que porta un veintiséis por donde va (este año me temo que vamos a tener que cortar el seis de todos sitios) y que suspira los domingos en los que hay carreras de moto GP y los que no las hay también.

Y sucede que desde el sábado hay entrenamientos en el circuito de Jerez, los últimos entrenamientos antes de que empiece la temporada. Y como no era cuestión de desaprovechar la ocasión, vestida para tal, cámara en ristre y con unas maravillosísimas entradas de paddock, la niña de mis ojos vio por fin su sueño cumplido. Y he aquí la prueba:

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Felicidad.

Hay quien es tan pobre que mide su felicidad en los metros cuadrados de una casa, de un jardín. Hay quien lo hace en los caballos de motor de un coche, en los metros de eslora de un barco o en los kilómetros que lo separan del país de donde procede la chica que cuida su casa.

Hay quien es tan pobre que su felicidad cabe en lo que cuesta una botella de un buen reserva, o la cena en un restaurante de moda, cena para uno, una sola copa.

Otros son tan pobres que para ellos la felicidad reside en el título de una renombrada universidad, en un número determinado de masters. En la totalidad de casos ganados, en la cantidad de clientes reclutados.

Mi felicidad también tiene medida: en los te quiero mascullados por mi hija, porque una chica de doce años ya no le dice a su mamá que la quiere. En sus abrazos espontáneos por la misma razón, en sus besos de buenas noches. Y en su risa, siempre su risa.

Mi felicidad también la calculo en la música que él me enseña a escuchar, en horas al teléfono, en mariposas en un aeropuerto y lágrimas en un tren. Es su roce y su caricia. Su voz.

Mi felicidad es el abrazo de mis padres, la sonrisa de mis hermanas, las bromas con mis sobrinos. Son las felicitaciones en mi cumpleaños, las llamadas de los amigos. Horas de charla sin sentir, de risas hasta la madrugada.

Es decir lo que siento, besar a los que quiero, ver mi mar, oír mi canción, poder tocar a mi amor. Mi felicidad es una tarta de queso, un baño caliente en invierno, una cerveza helada en verano.

Mi felicidad es la luna llena, el olor del jazmín. Ella. Y tú.

La imagen: La Venus azul y el pájaro Picón, de Álvaro Mejías.

Vacaciones.

Pero sigo trabajando. En realidad, sólo son vacaciones de madre. Durante todo un mes estaré sin hija. Todo el tiempo para mí. No tendré que discutir con nadie las horas de llegada, ni dejar a nadie sin tele hasta que no recoja su habitación. Durante un mes no repartiré salomónicamente las horas frente al ordenador, será mío y sólo mío, y tampoco habrá pressing catch por el mando del televisor. No tendré que salir corriendo del trabajo porque me esperan para comer (para preparar la comida, mejor dicho) ni rezaré la letanía del «mamá, compramé», «ora pro nobis». Mi gato pequeño no sufrirá el acoso y derribo de su inquisidora particular y no habrá un par de zapatos abandonado a su suerte en cada habitación.

A cambio, comeré de pie y aburrida en la cocina cualquier cosa que encuentre en el frigorífico, tamaña es la pereza de cocinar para uno solo, ni nadie me contará lo guapo que estaba hoy fulanito ni lo tonta que se está poniendo menganita. No habrá cenas con risa de cascabel y podré llegar a la hora que quiera a una casa en la que sólo me esperan dos gatos que la echan de menos casi tanto como yo.

No. Mis vacaciones no comienzan hasta agosto.