Ya sabéis que Lorah, la niña de mis ojos es motera y que su ídolo supremo es Pedrosa. Todos sus pensamientos están puestos en él (en aprobar el curso ya tiene los pensamientos puestos su mamá, ¿para qué vamos a gastar energías las dos en la misma cosa?).
Pues bien, en una óptica que hay cerca de casa habían puesto en el escaparate un pequeño stand de las gafas que anuncia el muchacho, que consistía en un expositor con su foto. Como la óptica nos queda de camino de casa al colegio (y viceversa), todas las mañanas y todos los medios días la frase al pasar por delante era la misma: «¡Ay, qué guapo!», seguida de un intenso suspiro, hasta que hace unos cuantos días el expositor y la foto desaparecieron para acongoje de la niña de mis ojos.
Resulta que la óptica es nuestra óptica, es decir, la que nos suministra todo lo que nos hace falta para nuestras respectivas miopías, por lo cual, nos conocen desde hace muchos años y algunos de sus dependientes ya son también amigos. Esto, y que cuando va allí recibe todos los mimos necesarios y muchos más, entre los que se encuentran que ya le han pasado en más de una ocasión anuncios en forma de postales, carpetas y cubiletes con la foto del niño de los ojos de la niña de mis ojos, fue lo que la animó a entrar a preguntar qué habían hecho con el que habían retirado del escaparate y saber si es que ya no lo querían se lo podían dar.
Nos atendió M. J., la óptica. Como ella no sabía dónde había ido a parar el expositor, fue a preguntar a sus compañeros.
La niña de mis ojos se mordía los labios porque ya se veía saliendo de allí con «su» foto. M. J. salió con la cara compungida y le dijo que la habían tirado. A la niña de mis ojos se le quedó la carita como a un dibujo japonés. Eso sí, le prometió que preguntaría por las demás ópticas de la compañía, a ver si se lo encontraba. La niña de mis ojos seguía repitiendo «¿por qué, por qué? Esto no puede estar pasando…» mientras volvíamos a casa.
Este sábado, a primera hora de la mañana, recibimos una llamada de la óptica: ¿Ampharou? Soy M. J. Dile a Niña de tus ojos que tengo aquí su foto.
No era la misma, pero una hora más tarde la foto ya estaba en el lugar de honor de la habitación de mi «pequeñina».
Ahora ya sólo le queda éste, que ha aparecido en cada parada de autobús de esta ciudad.



