2020

2020

Me las prometía muy felices yo empezando de nuevo un blog: voy a escribir todos los días, bueno, al menos una vez a la semana, y aquí estoy, a finales de enero y con la última entrada del 25 de septiembre.

Han pasado muchas cosas desde entonces. Para empezar, hemos cambiado de año (yo también he cambiado las unidades de todas mis decenas). Antes de eso, a mediados de octubre, nos fuimos de vacaciones. Una semana a Londres. Así que ya sé dónde quiero vivir: descartada la primera opción, porque el vigilante al que le preguntamos nos dijo que en la National Gallery no podíamos quedarnos y que, además, era very creepy at night, le hemos echado el ojo a algunos sitios en los alrededores del Victoria&Albert Museum y de la Wallace Gallery. Para ello nos hemos encomendado a San Ildefonso, que es el patrón de los niños que reparten dineritos en cantidad.

Ya en diciembre, el primer día para ser exactos, decidí comprobar la dureza del suelo de mi cocina. Con la nariz. Y la frente. Que me parecía a mí que la baldosa del centro no estaba bien ajustada, mirusté. Y sí que lo estaba. Porque resulta que tengo dos manos, pero ¿para qué voy a ponerlas por delante si veo que me he resbalado y me estoy cayendo? Resultado: nariz maltrecha y brecha en la frente, postillas en ambas y una sombra de ojos que fue pasando del morado al amarillo en el lapso de dos semanas.  La opinión médica la reservo más que nada porque, salvo la sangre y el dolor, yo estaba bien y no fui. Así puedo agarrarme a la excusa de un puente desviado para operarme la nariz y que me la dejen como la de Amy Adams, como si fuera yo una reina cualquiera.

Después de un mes de diciembre hasta arriba de trabajo, empecé el año de vacaciones, que es la mejor forma de empezarlo: comer, beber, reír, dormir. Libros, cine, juegos, series. La falta de prisas. Lo mejor para recargar fuerzas. Lo malo es que en cuanto empiezas a trabajar, al par de horas más o menos, ya las has vuelto a perder todas.

Y hasta aquí más o menos el resumen.  No soy yo de hacer buenos propósitos para el año nuevo, ni de hacer promesas que no sé si voy a poder cumplir, pero procuraré pasarme por aquí más a menudo, aunque sea solo a saludar.

Ampharou’s library: julio

naturaleza muerta con flores y frutos

Ya se acaba este julio inmensamente largo. Largo me lo parece a mí, claro, que a los que habéis estado de vacaciones, o los que todavía apuráis estos últimos días os parecerá ínfimo.

Seguimos con Cezanne. Lo que estoy aprendiendo gracias al calendario de este año y a estos posts con los que os atormento. Por ejemplo, buscando la ilustración que acompaña a estas letras, la Naturaleza muerta con flores y frutos,  he encontrado también ésta otra, La Montaña Sainte Victoire  de 1904. Fijaos bien en la montaña y en el árbol de la izquierda. Ahora fijaos en la disposición del mantel (un tanto rebuscado) del bodegón  y en el ramo de flores a la derecha: Cezanne llegó a reproducir la montaña en 44 óleos y 43 acuarelas, pero parece que, además, la camufló en otras obras, tal era el poder que sobre él ejercía ‘su musa’.

Vayamos con los libros. Bueno, ‘el libro’. Terminé El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (como los tenía en un solo tomo, para mí son un único libro), de Patrick Leigh Fermor. Lloré al terminarlo. Pocas, muy pocas veces (y eso lo sabe mi adorado Chatwin) me he encontrado con un libro tan hermoso. Por eso será mejor que le dedique un post aparte: primero, porque apenas hace dos días que lo he acabado y todavía lo estoy paladeando. Segundo, porque se lo merece. Y tercero, quedaría un post demasiado largo y no quiero ahuyentar a mi extenso público (a vosotros dos, quiero decir). Así que un día de estos me pongo y os cuento de don Paddy.

A ver, series… Os dejé en que estábamos con las últimas temporadas (emitidas) de Juego de Tronos y Mad Men. Como podéis suponer, a estas alturas, ya las tenemos más que vistas. Además, nos ha dado tiempo a ver también la segunda temporada de Endeavour (no tiene mucho mérito, a cuatro capítulos por temporada) y la primera de Penny Dreadful (¡ah, tenéis que verla! Ambiente victoriano y mezcla de monstruos clásicos que se citan a sí mismos. Un poquito de Shakespeare, mucha aventura, una mijita de gore, el vozarrón de Timothy Dalton y los ojos y la magistral interpretación de la bella Eva Green, que da muuuucho susto). Y ahora estamos metidos de lleno en Ray Donovan. Nos hemos encontrado (Ray, Beaumont y yo) justo cuando comenzaba a emitirse la segunda temporada, así que nos estamos dando un pequeño atracón de la primera para ponernos al día. Muy recomendable, sobre los entresijos de Hollywood, las mentiras y las apariencias. Además, Jon Voight hace un papelín muy simpático (es mentira. Su personaje es de los que te dan ganas de inflarlo a hostias y él ocupa toda la pantalla hasta cuando no sale).

Ahora llega el turno de las películas. O de la película, para ser más exactos, porque sólo recuerdo (tengo que ir anotándolas) haber visto Viva la libertad, la última que ha estrenado Toni Servillo, el Jep Gambardella de La gran belleza. Que sí, que somos muy pesaditos, pero es que desde la película de Sorrentino nos hemos enamorado de este hombre, y con razón. Porque también tenéis que ver Viva la libertad. Ya luego, si eso, me decís si os recuerda a algo…

El mes de julio ha dado para más. Primero, para la presentación de un libro. No le voy a hacer publicidad, porque Óscar Lobato no la necesita, pero por fin ha publicado su tercer libro, La fuerza y el viento, y el pasado día dieciocho lo presentó en Cádiz. Y allá que nos fuimos, arrastrada por el cariño que le tengo: coincidimos poco más de un año en el cafetal, pero aprendí de él lo que no hay en los escritos. Literalmente. Así que, desde aquí, le deseo la mejor fortuna a este nuevo libro (ni que decir tiene que ya tengo mi ejemplar, con una cariñosísima dedicatoria, esperando a ser leído).

Segundo, y sobre todo, para un reencuentro largamente deseado con la persona más dulce y más achuchable en dos mil cuatrocientos kilómetros a la redonda por lo menos, mi querida India. Aunque al llamarla querida no os podréis hacer una idea de cuánto lo es. Para empezar a sospecharlo, tendríais que haber visto el abrazo de cuando nos encontramos.

Perrísimas que somos las dos, hacía mil que no nos veíamos, cuando apenas vivimos a quince kilómetros la una de la otra. La excusa perfecta nos la dio José Alberto López y su exposición (junto a Mª  Ángeles Robles) Paisaje interior: Arte y sueño en kimono, que a su vez se integra en la exposición Made in Japan que se encuentra en el Castillo San Sebastián de Cádiz hasta el 12 de octubre y que no debéis dejar de ver si pasáis por este trocito de orilla atlántica. De la exposición os diré que es preciosa, aunque lo explican mejor José Alberto y también India. Del día que pasamos… bueno, eso lo saben la piel y las pajarillas del sentío.