Relatos.

Pero esas extrañas palabras me causaron una enorme impresión. No dejaba de pensar en ellas; sólo después de muchas y variadas relaciones con los hombres comprendí por fin el significado que les atribuían. Esto es lo que quieren decir: en la vida los hombres no se guían por los hechos, sino por las palabras. Aprecian no tanto la posibilidad de hacer o no hacer algo como la posibilidad de referirse a diversos objetos con palabras convencionales. Esas palabras, que entre ellos se consideran muy importantes, son «mío» y «mía», y las aplican a toda clase de cosas, animadas e inanimadas; incluso a la tierra, a los hombres y a los caballos. Han convenido que de un objeto determinado una sola persona pueda decir: «es mío». Según ese juego que se estila entre ellos, quien está en condiciones de decir «mío» a un mayor número de cosas, se considera la persona más feliz. Desconozco la razón de todo eso. Durante mucho tiempo he tratado de explicarme esa situación suponiendo que de ella se derivaba alguna ventaja directa, pero esa interpretación se ha revelado equivocada.

Por ejemplo, muchas personas que me consideraban de su propiedad ni siquiera me montaban; lo hacían otros. No eran ellos quienes me daban de comer, sino otros. Tampoco eran ellos quienes me cuidaban, sino los cocheros, los albéitares y, en general, personas ajenas. Más tarde, cuando ensanché el círculo de mis observaciones, me convencí de que ese concepto de propiedad no tenía ningún otro fundamento que un bajo instinto animal que ellos llaman sentido o derecho de propiedad, y no sólo con respecto a nosotros, los caballos. El hombre dice «mi casa», pero nunca vive en ella; tan sólo se preocupa de su construcción y de su mantenimiento. El comerciante dice «mi tienda» o «mi pañería», por ejemplo, y el paño de sus prendas es peor que el que vende en la tienda. Hay gente que considera suya una parcela de tierra que nunca ha visto ni pisado. Hay gente que llama suyos a hombres que jamás ha visto; y toda su relación con ellos consiste en hacerles daño. Hay hombres que llaman suyas a algunas mujeres, pero esas mujeres viven con otros hombres. En la vida los hombres no se preocupan de hacer el bien, sino de poder llamar suyas al mayor número de cosas.

Jolstomer (historia de un caballo), de Lev N. Tolstói.

Constipado.

¿biquini o chubasquero?

¿botas o sandalias?

¿paraguas o sombrilla?

¿chimenea o abanico?

¿playa o montaña?

¿frío o calor?

Y mientras me decido, aquí estoy, con un martillo neumático interpretando la cabalgata de las valkirias directamente en mis sienes, la nariz como las fuentes del Nilo y la mismísima puerta del infierno alojada en mi garganta.

Luzhin.

Muchos años después, en un inesperado período de lucidez y de encantamiento, recordó con pasmoso deleite aquellas horas de lectura en la terraza, amenizadas por los sonidos del jardín. Aquel recuerdo estaba impregnado de sol y del dulce sabor a tinta de los palitos de regaliz, que la institutriz solía cortar a trocitos con su cortaplumas para persuadirlo después de que se los pusiera bajo la lengua. Y las tachuelas que una vez colocó en el asiento de mimbre destinado a recibir con vigorosos y destemplados crujidos el obeso trasero de aquélla resultaban, al mirar hacia atrás, equivalentes al sol y a los murmullos del jardín y al mosquito aferrado a su rodilla pelada que levantaba feliz su abdomen cada vez más sonrosado. Un chico de diez años conoce bien sus rodillas, las conoce con todo lujo de detalles… el picor de la roncha que se ha rascado hasta sangrar, los trazos blancos dejados por sus uñas en la piel tostada por el sol y todos esos arañazos que llevan la firma de los granos de arena, los guijarros y las ramas punzantes. El mosquito podía escapar, esquivando su palmada; la institutriz le pediría que no la interrumpiera; en un frenesí de concentración, descubriendo su dentadura irregular, que un dentista de San Petersburgo había circundado con un alambre de platino, y agachando la cabeza con su coronilla en espiral, se dedicó a rascar y a arañar la picadura con los cinco dedos. Lentamente, con creciente horror, la institutriz se inclinaba hacia el abierto cuaderno de dibujo, hacia aquella increíble caricatura.

La Defensa, Vladimir Nabokov.
La imagen, Nicholas Hurt, de Stuart Pearson Wright.Y yo… yo quiero escribir así.

Comunicado.

En atención al inusitado interés provocado, manifestado en la profusión de correos, llamadas y mensajes interesándose por el devenir de mi muy querida toalla amarilla, me place comunicar a los asiduos visitantes de esta mi humilde morada que en días pasados, más concretamente el día primero del mes corriente, festividad de san José obrero, el mencionado y afelpado paño fue pescado por la vecina del tercero. Y digo pescado porque, efectivamente, como arma de rescate la citada vecina tuvo la felicísima idea de utilizar un anzuelo, el cual, convenientemente atado a un cabo y trabada su punta con un corcho para no provocar daño alguno en la gualda prenda, fue descolgado hasta el segundo piso y, con inefable pulso, deslizado hasta la posición correcta, lo que permitió que fuera izada la toalla sana y salva y devuelta al hogar, donde, desde entonces, ha recibido terapia intensiva de suavizante a fin de paliar los efectos negativos que tantas jornadas a la intemperie han causado al tejido.

Mayo…

… o eso dicen estas dos señoritas que me observan desde mi calendario.
Otra cosa es mirar por la ventana y contemplar el paisaje de paraguas vueltos y hojas y ramas derramadas por los suelos.

De compras.

A pesar de la caminata. A pesar de la peregrinación. A pesar de todas las tiendas visitadas. A pesar de las colas. A pesar de los incómodos probadores.

A pesar de la gente maleducada. A pesar de que no he sido capaz de encontrar nada que me quede bien. A pesar de llegar a casa derrotada. A pesar de los pesares, me ha encantado pasar de esta tarde de tiendas

Al final, va a resultar que no es tan malo ir de compras con una adolescente.

Mi toalla amarilla.

Cerca de donde vivo han abierto una de esas franquicias de «todo para el hogar» donde puedes encontrar desde un salero hasta una librería de diseño, todo ello pensado para que, por un módico precio, puedas tener una casa como las que aparecen en las revistas.

Antes de navidad, además de otras fruslerías, me hice con dos enormes toallas de baño. Y eran tan suaves y confortables, como lavadas con Perlán, que en las rebajas de enero compré otras dos, a fin de ir jubilando, por pura decrepitud, las que me habían regalado y compusieron mi ajuar.

De éstas últimas, y tras su segundo lavado (el primero, como mandan los cánones, sin haberlas usado, por mor de quitarles la pelusilla y no parecer un muppet al secarme con ellas), tuve la fortuna –mala- de tenderlas un día que se desató un temporal sin que estuviese yo en casa presta para ir a rescatarlas.

Quiso el azar –y el viento- que mi toalla nuevecita y amarilla se soltase de las pinzas que la sujetaban a mi tendedero y fuese a dar con su felpa en el de la vecina del segundo. Durante dos días peregriné en varias ocasiones hasta su puerta, a distintas horas. Me asomaba de tanto en tanto, tanto para comprobar que la toalla seguía allí y no se había precipitado al patio como por ver si vislumbraba alguna luz que me diera noción de que mi vecina había vuelto a casa. Nada. Así que decidí ir a preguntar a la vecina del tercero, la más cotilla entre todas las cotillas que pueblan el edificio, a ver si me daba norte de la actual depositaria de mi toalla. Y vaya si me lo dio. Resulta que la chica, que trabaja en Sevilla, hace algún tiempo se trasladó a vivir allí y tan solo aparece por Cádiz algún que otro fin de semana.

Mi gozo en un pozo, y mi toalla, condenada a pasar el resto de sus días colgada de un tendedero. Porque allí sigue, desde hace más de dos meses. En ese tiempo, ha hecho sol, ha llovido, venteado, venteado mucho más, incluso granizado, pero nada ha hecho que se suelte de esas cuerdas que recorre en una dirección u otra, según el aire que sople y caiga al patio de donde podría rescatarla.

Cuando tiendo (afianzando bien las prendas con las pinzas, eso sí), la miro. Y parece que saluda, la muy okupa.

Si algún día la recupero, estará hecha unos zorros. Ella se lo ha buscado, que entre cuatro tendederos y un patio a los que caer, fue a elegir el único sitio donde no podía echarle el guante. Así que, seguramente, terminará su vida toallil como cama de dos gatos.

Calendario.

Veintisiete y dieciocho. Uno y veintidós.
Maderas en medio del temporal, islas contra la desidia, aire que hincha las velas en un mar calmo.
Días de sol en pleno invierno, abrazo en la fatiga, vacaciones.
Tú y yo.

Insomnio.

Una de las terapias que utilizo cuando el insomnio hace aparición y sé que el despertador, inexorable, aullará a las siete de la mañana es redecorar mi casa. Imaginar cómo redecorarla, claro, que a esas horas sólo es adecuado hacer ruido si pretendes que los vecinos te destierren del edificio.

Así, esta noche, me imaginé con ropa de faena adecuada para darle una mano de pintura al piso. Y en ello estaba, en medio del pasillo, haciendo pruebas de color para decidir si quedaría mejor el gris nube, el arena o el albero cuando, a fuerza de que no llegara el sueño, empezaron a acudir los recuerdos.

Y recordé un pasillo verde césped y a una niña rubia corriendo por él. Recordé la entrada de la casa, con su cama mueble siempre cerrada y su espejo, y la figura de escayola de una mujer negra con una vasija en la cabeza a la que le disimulábamos los sucesivos desconchones con betún.

Recordé la goleta española que hizo mi primo, el jarrón decorado con tiznones de humo y el camino de mesa de crochet y flores de terciopelo.

Recordé la capilla de la Macarena simulando un balcón, con sus dos macetitas verdes y sus rosas amarillas y rosas.

Recordé los visillos de las ventanas, con sus líneas de colores desvaídos. Y el olor a cristasol. Y la luz.

Y al final conseguí dormir. Sigo sin saber de qué color pintar mi casa.

La imagen, de Nicoletta.