Carta desde Delphi.

Estimado amigo,

Desde el pasado jueves muy probablemente habrás tenido noticias acerca del cierre de la factoría Delphi en Puerto Real. Yo soy uno de los más de 1500 trabajadores afectados por el mismo.

Tan sólo quería que supieras que desde ese día vivimos una situación de indefensión ante el anuncio de la empresa de un cierre fulminante, inmediato e innegociable sin más opciones que dejar en la calle a los más de 1500 trabajadores directos y afectando a otros 2.000 de empresas auxiliares.

Desde ese día hacemos todo lo posible por mantener la normalidad, tratando de cumplir con nuestro trabajo con todas las dificultades que se no están planteando, incluso con fallos en el suministro y sin ver más horizonte que el día a día. Todos los fines de semana y días festivos mantenemos concentraciones en la puerta de las instalaciones para intentar evitar que las mismas se puedan cerrar.

Quería que supieras que sólo estamos exigiendo que se respete nuestro trabajo, trabajo que estaba garantizado por un convenio laboral suscrito y donde la empresa se comprometía con un plan industrial a mantener el empleo al menos hasta el 2010, con diversas ayudas e incluso un expediente de regulación de empleo en marcha. En estos términos se han expresado los organismos oficiales dejando constancia ante notario de la ilegalidad de la situación planteada por la empresa.

No se trata de que los productos que fabricamos se dejen de fabricar, sino de que estos se fabriquen en otras plantas de la compañía en Polonia, India o México, dentro de un plan estratégico que se viene ejecutando desde hace unos años.

El próximo jueves día 1 tenemos prevista una manifestación en Cadiz, a partir de las 11:00, para reivindicar nuestros puestos de trabajo y seguiremos realizando actividades reivindicativas siempre desde el orden y tratando de buscar soluciones.

Sólo quería hacerte saber cual es nuestro problema y por qué estamos luchando. Tan sólo puedo pedirte que pases este mensaje al mayor número de personas posibles parar que conozcan la situación en qué vivimos.

Gracias por tu comprensión,

Varietés.

Apoyada en la barra del bar se balanceaba al son de una tonada que ya solo ella podía oír. Los restos de un café negro y una copa de coñac eran su única compañía, ausente como estaba entre la multitud que a esa hora desayunaba.

Encendió un cigarrillo. Nunca le gustó fumar, pero había conservado la malsana costumbre de otros años y otras barras, cuando encender un cigarro suponía romper reglas y parecer más libre, aunque para algunos, también, ser un poco más mala. Quizá por eso fumaba así, sin aprehender siquiera el humo, manchando apenas de carmín rojo pasión la boquilla en unos besos a algo demasiado volátil, demasiado efímero, entornando unos ojos de mirada velada que lo único que conservaban de su pasado era un maquillaje que ahora se desmoronaba por entre las arrugas que los surcaban.

Apagó la colilla con la rabia distraída, se acomodó el abrigo subiéndose el cuello de una piel tan de mentira como ella y pagó dejando el dinero en la barra. Con su voz de antigua vicetiple aniquilada por los excesos, se despidió del único público que le quedaba.

Y salió con paso cansado, arrastrando tras de sí a la niña que un día quiso ser artista.

Varietés.

Apoyada en la barra del bar se balanceaba al son de una tonada que ya solo ella podía oír. Los restos de un café negro y una copa de coñac eran su única compañía, ausente como estaba entre la multitud que a esa hora desayunaba.

Encendió un cigarrillo. Nunca le gustó fumar, pero había conservado la malsana costumbre de otros años y otras barras, cuando encender un cigarro suponía romper reglas y parecer más libre, aunque para algunos, también, ser un poco más mala. Quizá por eso fumaba así, sin aprehender siquiera el humo, manchando apenas de carmín rojo pasión la boquilla en unos besos a algo demasiado volátil, demasiado efímero, entornando unos ojos de mirada velada que lo único que conservaban de su pasado era un maquillaje que ahora se desmoronaba por entre las arrugas que los surcaban.

Apagó la colilla con la rabia distraída, se acomodó el abrigo subiéndose el cuello de una piel tan de mentira como ella y pagó dejando el dinero en la barra. Con su voz de antigua vicetiple aniquilada por los excesos, se despidió del único público que le quedaba.

Y salió con paso cansado, arrastrando tras de sí a la niña que un día quiso ser artista.

Permítame.

Permítame, señor, que me acerque a usted de puntas de pies descalzos, sin más atuendo que un halo de perfume a mi alrededor.

Permítame, señor, que no dé un solo paso en falso.

Permítame, señor, que me acurruque en su regazo, interrumpiendo su lectura o su fingida atención al televisor.

Permítame de nuevo, señor, que le cuente mil secretos al oído, que le pinte de cosquillas los labios, que dibuje su mirada del color de la mía.

Permítame, señor, que me apriete contra su pecho, que haga de su calor el mío, que respire todo el aire en su cuello. Permítame, señor, que sus manos busquen, que mis manos encuentren.

Permítame, señor, que hoy lo lleve a la gloria. Una gloria para dos.

La imagen, de Christian Vogt. 

Permítame.

Permítame, señor, que me acerque a usted de puntas de pies descalzos, sin más atuendo que un halo de perfume a mi alrededor.

Permítame, señor, que no dé un solo paso en falso.

Permítame, señor, que me acurruque en su regazo, interrumpiendo su lectura o su fingida atención al televisor.

Permítame de nuevo, señor, que le cuente mil secretos al oído, que le pinte de cosquillas los labios, que dibuje su mirada del color de la mía.

Permítame, señor, que me apriete contra su pecho, que haga de su calor el mío, que respire todo el aire en su cuello. Permítame, señor, que sus manos busquen, que mis manos encuentren.

Permítame, señor, que hoy lo lleve a la gloria. Una gloria para dos.

La imagen, de Christian Vogt. 

Autorretrato.

Evidentemente, no es mío, sino de la niña de mis ojos en plena instrucción fotográfica en la que utiliza como modelo lo que tiene más a mano: ella misma (bueno, los gatos son también a veces elementos de prueba improvisados y no siempre voluntarios).

Una promesa es una promesa y la condición para hacerme con esta foto era colgarla aquí.

Y aquí la tenéis.

El habla de Cádiz.

«Antié me fui al piojito, que tenía que comprá botones para el yersi que le estoy haciendo a mi nieta Soraya. Y ya sabe usted que allí están más baratos, así que aproveché y me llevé el dinerito que me echó mi Juani por Reyes, a ver si veía algo mono, que si no ya sabe usted lo que pasa, termino metiéndolo pa la comida, me lo gasto y al finá, pa mí, ná de ná.

Pos como le decía, que me fui al piojito, que lo han puesto ahora grandísimo, que llega del cortinglé hasta cerca de puntales. Me fui tempranito, ¿usted me entiende?, que después se llena de gente y no hay quien vea ná. Pero mire, todavía no había dao ni la primera vuelta, y empezó a ponerse el cielo negro que daba miedo, así que me salí por Trille, y en ná y menos ya estaba yo encajá en mi casa. Y mire que había cosas monas. Al final terminé comprando dos bolsos, uno pa mi Juani y otro pa mí, que mira que soy tonta, me da el dinero pa que me compre yo algo, y termino comprándoselo a ella. Pero dígame usted quién lo dejaba allí, que son bolsos buenos buenos de piel, por veinte euros ná más, que a mí no es que me haga falta, que tengo éste que es mu feillo pero que me hace el avío pa to los días. Así que después vi unos zapatos granate monísimos, con un taconcito así terciaíto, usted sabe, pa ir y venir, pero ya no me daba pa comprármelo, tó por comprarle el bolso a la niña, que verá que al final sale diciendo que no le gusta. Me fijé también en el puesto del gitano ese que trae las cosas de Portugal, que me gusta a mí mirarlo, y tenía también unos ternos de cama preciosos. Yo, porque todavía tengo un par de ellos de cuando me casé que están nuevos, que los bordé yo y ahí están todavía, que las cosas de antes sí que duraban, y nosotras que no somos como la juventud de ahora, que na más que hacen comprar y comprar y tiran las cosas nuevas. ¿Sabe usted lo que le digo? Que yo no tiro ná. Cuando veo algo que ya está un poquito más viejecillo, lo pongo debajo de mi casa que alguien lo aprovechará.

Pos total, que estando ya pa salir por Trille, estaba chispeando, pero empezó la lluvia a engordá y engordá, que me encajé los bolsos debajo del sobaco pa que no se mojaran y no sé ni cómo llegué a mi casa con el paraguas en la cara y un dolor en las corvas de correr como si tuviera la carne despegá del hueso. Una lástima, las criaturas, un día que tienen pa vender y sacarse dos duros, y la malaje de ponerse a llover, que tienen que meter los puestos casi en volandas en los camiones.

Ea, Manuela, condió, que yo ya he llegao. Hasta otro ratito que nos veamos pa charlar de nuestras cosas»

El habla de Cádiz.

«Antié me fui al piojito, que tenía que comprá botones para el yersi que le estoy haciendo a mi nieta Soraya. Y ya sabe usted que allí están más baratos, así que aproveché y me llevé el dinerito que me echó mi Juani por Reyes, a ver si veía algo mono, que si no ya sabe usted lo que pasa, termino metiéndolo pa la comida, me lo gasto y al finá, pa mí, ná de ná.

Pos como le decía, que me fui al piojito, que lo han puesto ahora grandísimo, que llega del cortinglé hasta cerca de puntales. Me fui tempranito, ¿usted me entiende?, que después se llena de gente y no hay quien vea ná. Pero mire, todavía no había dao ni la primera vuelta, y empezó a ponerse el cielo negro que daba miedo, así que me salí por Trille, y en ná y menos ya estaba yo encajá en mi casa. Y mire que había cosas monas. Al final terminé comprando dos bolsos, uno pa mi Juani y otro pa mí, que mira que soy tonta, me da el dinero pa que me compre yo algo, y termino comprándoselo a ella. Pero dígame usted quién lo dejaba allí, que son bolsos buenos buenos de piel, por veinte euros ná más, que a mí no es que me haga falta, que tengo éste que es mu feillo pero que me hace el avío pa to los días. Así que después vi unos zapatos granate monísimos, con un taconcito así terciaíto, usted sabe, pa ir y venir, pero ya no me daba pa comprármelo, tó por comprarle el bolso a la niña, que verá que al final sale diciendo que no le gusta. Me fijé también en el puesto del gitano ese que trae las cosas de Portugal, que me gusta a mí mirarlo, y tenía también unos ternos de cama preciosos. Yo, porque todavía tengo un par de ellos de cuando me casé que están nuevos, que los bordé yo y ahí están todavía, que las cosas de antes sí que duraban, y nosotras que no somos como la juventud de ahora, que na más que hacen comprar y comprar y tiran las cosas nuevas. ¿Sabe usted lo que le digo? Que yo no tiro ná. Cuando veo algo que ya está un poquito más viejecillo, lo pongo debajo de mi casa que alguien lo aprovechará.

Pos total, que estando ya pa salir por Trille, estaba chispeando, pero empezó la lluvia a engordá y engordá, que me encajé los bolsos debajo del sobaco pa que no se mojaran y no sé ni cómo llegué a mi casa con el paraguas en la cara y un dolor en las corvas de correr como si tuviera la carne despegá del hueso. Una lástima, las criaturas, un día que tienen pa vender y sacarse dos duros, y la malaje de ponerse a llover, que tienen que meter los puestos casi en volandas en los camiones.

Ea, Manuela, condió, que yo ya he llegao. Hasta otro ratito que nos veamos pa charlar de nuestras cosas»