De las cosas que más me gusta recordar de cuando era pequeña y vivía como un cachorrillo en casa de mis padres sin haber ido siquiera todavía al colegio, en los días en que mi mayor preocupación era que mi Nancy tuviera el pelo bien brillante y volver a ser la ‘madre’ en los juegos de cocinitas con Mariló, mi vecina, es cuando me levantaba las mañanas de verano con mi camisón de topos azules y, tras seguir con el dedo las flechitas de taracea del cabecero de mi cama, poniendo cuidado de que no se hubiera caído ninguna durante la noche, salía a un pasillo inundado de luz y me entretenía, hasta que me llamaban a desayunar mis migotes con colacao, enredándome en los visillos de la ventana, que siempre olía a cristasol y jugando al escondite con las motitas de polvo que se deslizaban por los rayos de sol. Me gustaba comprobar, descalza y de puntillas como vivía, lo caliente que estaba el suelo de barro en las losas en las que el sol pegaba, y sentir la diferencia de temperatura con las que permanecían a la sombra. Mi madre, agorera, me pedía una y otra vez que no jugara con las cortinas, que terminaría echándome el riel encima y haciéndome daño. Y más vueltas daba yo dentro de ellas, sólo por el gusto del mareíllo y de que a cada vuelta, la capa que me iba cubriendo se iba haciendo cada vez más tupida.
En esas mañanas de verano feliz, de vez en cuando, para completar la magia, se oía un sonido de la calle. «El afilaó», decía entonces mi madre. Desde las ventanas de casa no podía verlo, pero las veces que estaba en la calle cuando él pasaba, me quedaba maravillada de aquel prodigio, el señor que iba haciendo sonar aquella pequeña zampoña y que empujaba la motillo tuneada con sus aperos de trabajo, hasta que algún vecino reclamaba sus servicios y él la ponía en marcha con una verbena de destellos y chispas y aquél olor tan especial.
Años, muchos, han pasado. Las veces que he vuelto a escuchar aquél sonido característico, reclamo de cuchillos y tijeras bien afilados, no he podido por menos que dibujarme una sonrisa, pues con esa tonadilla venían todos estos recuerdos. Ese sonido que sabe a días de sol, a juegos de niña, a olores de casa.
La semana pasada, estando en la oficina, lo volví a oír. Me asomé a la ventana, y lo que vi pasar bien despacito, fue un coche con el maletero abierto, con unos altavoces enormes a modo de pandillero de botellón y de los cuales iba saliendo aquella melodía. La sonrisa se me quebró, me volví a sentar y de pronto sentí que me habían quitado algo.






