En realidad llevan aquí algo más de una semana, asombradas como nosotros de este buen tiempo repentino. Han vuelto para alegrarnos las mañanas y los atardeceres con esos gritos y esas cabriolas en el aire. También han vuelto para desespero de mis gatos, que no se pierden ni uno de sus caracoleos delante de mi ventana y les maúllan atribulados no sé si envidiando su libertad o por simple ansia de cazadores. Y ellas, juguetonas, cada vez se atreven más cerca, casi tocan con las alas los cristales antes de hacer un quiebro aéreo que los deja con la boca abierta y el alma felina en el suelo.






