
Ya hace más de una semana que empezó el curso escolar en Andalucía y que nuestros niños volvieron a clase. Los más mayores, ya como perros viejos, sabiendo a lo que se enfrentan, unos con la alegría del reencuentro con los compañeros, quizá con la ilusión de comenzar un nuevo ciclo, de poder bucear por nuevas asignaturas. Otros, con la pesadumbre de dejar atrás un verano lleno de aventuras o, al menos, lleno de horas de ocio y libertad, con el penar de que las próximas vacaciones todavía quedan muy lejos a pesar de los puentes, navidades, fiestas mil que pueblan el calendario escolar.
Los más pequeños, algunos alegres con la inocencia de enfrentarse a algo nuevo, de ser ya chicos grandes que van al cole; los más, sintiéndose abandonados, llorando cual si los condujeran al cadalso. De una forma u otra, lo cierto es que la vuelta al colegio supone un cambio grande para toda la familia después de la pausa de las vacaciones: vuelven los hábitos de todos los años, clases, horas de estudio, comedores escolares, padres o abuelos recogiendo a los pequeños de la escuela, sueño a primera hora, toda la casa se pone patas arribas en septiembre.
Y todo esto viene a que, en la semana de curso que llevamos, en la que todavía no nos hemos terminado de acostumbrar de nuevo a la rutina, coincido cada mañana con un autobús escolar recogiendo en una parada a los críos a los que ha de llevar al colegio. Todas las mañanas las mismas caras de sueño, todas las mañanas las mismas pataletas –todavía- de los más pequeños, las mismas chanzas, bromas, risas de los mayores. Todas las mañanas los mismos padres con prisa dejando a sus hijos… y todas, todas las mañanas el mismo West Highland White Terrier alborotando como oveja en el matadero al ver que sus pequeños amos entran en ese autobús del que él desconoce el destino, ladrándole con toda la rabia de la que sus apenas treinta centímetros de alto es capaz e intentando prevenir a los chiquillos de vaya usted a saber qué peligro imaginado.
Y es que la vuelta al cole es dura para todos.