Brainstorming.


La D.O de la Chirimoya de la Costa Tropical de Granada y Málaga da a conocer las virtudes de este fruto.

La chirimoya cuenta con un componente natural hipotenso que activa la encima nitrososintasa, un vasodilatador, y responsable por tanto de favorecer la excitación, de forma natural, similar a los efectos provocados por la conocida viagra.

Se aceptan ideas para un eslogan.

Café amargo.

En alguna ocasión ya os he contado que todas las mañanas, antes de entrar a trabajar, suelo tomar café en una cafetería que hay justo al lado de la oficina. Creo haberos dicho también que la costumbre de tomarlo allí no obedece, precisamente, a la calidad del café, que parece que, en vez de Alejandro, lo hace José Coronado echándole todos los bifidus activos y las L. cassei inmunitas que pilla.

Pero resulta que hay veces en las que el café es todavía muchísimo peor, y no precisamente por culpa de Alejandro, de Juan Valdés ni de las vacas del valle de los Pedroches. Veces en las que el sorbo se te queda en la boca y no eres capaz de tragarlo y lo único que harías a gusto sería espurrearlo sobre una corbata de seda y una camisa tan impoluta que de ser lienzo sería ofensiva, tan ofensiva casi como la boca inmunda que acaba de hacer gala de un clasismo disfrazado de xenofobia, tan ofensiva como la mezquina mente que concibe esas ideas y que no se compunge precisamente al expresarlas, seguros de que sentarán cátedra, gustosos de oírse a sí mismos y pendientes del efecto que causan sus palabras en lo que ellos piensan público devoto.

Entonces tú tragas el café, dispuesta a que sea lo único que tragues, das un golpecito en la base del obelisco en el que se ha encaramado el sujeto, construido con su propio ego mezclado con engreído convencimiento y abominable juicio. Entonces la máquina se desmorona, y ves que está hecha simplemente de barro. De sucio y vil barro.

Café amargo.

En alguna ocasión ya os he contado que todas las mañanas, antes de entrar a trabajar, suelo tomar café en una cafetería que hay justo al lado de la oficina. Creo haberos dicho también que la costumbre de tomarlo allí no obedece, precisamente, a la calidad del café, que parece que, en vez de Alejandro, lo hace José Coronado echándole todos los bifidus activos y las L. cassei inmunitas que pilla.

Pero resulta que hay veces en las que el café es todavía muchísimo peor, y no precisamente por culpa de Alejandro, de Juan Valdés ni de las vacas del valle de los Pedroches. Veces en las que el sorbo se te queda en la boca y no eres capaz de tragarlo y lo único que harías a gusto sería espurrearlo sobre una corbata de seda y una camisa tan impoluta que de ser lienzo sería ofensiva, tan ofensiva casi como la boca inmunda que acaba de hacer gala de un clasismo disfrazado de xenofobia, tan ofensiva como la mezquina mente que concibe esas ideas y que no se compunge precisamente al expresarlas, seguros de que sentarán cátedra, gustosos de oírse a sí mismos y pendientes del efecto que causan sus palabras en lo que ellos piensan público devoto.

Entonces tú tragas el café, dispuesta a que sea lo único que tragues, das un golpecito en la base del obelisco en el que se ha encaramado el sujeto, construido con su propio ego mezclado con engreído convencimiento y abominable juicio. Entonces la máquina se desmorona, y ves que está hecha simplemente de barro. De sucio y vil barro.

Vuelta al cole.

Ya hace más de una semana que empezó el curso escolar en Andalucía y que nuestros niños volvieron a clase. Los más mayores, ya como perros viejos, sabiendo a lo que se enfrentan, unos con la alegría del reencuentro con los compañeros, quizá con la ilusión de comenzar un nuevo ciclo, de poder bucear por nuevas asignaturas. Otros, con la pesadumbre de dejar atrás un verano lleno de aventuras o, al menos, lleno de horas de ocio y libertad, con el penar de que las próximas vacaciones todavía quedan muy lejos a pesar de los puentes, navidades, fiestas mil que pueblan el calendario escolar.
Los más pequeños, algunos alegres con la inocencia de enfrentarse a algo nuevo, de ser ya chicos grandes que van al cole; los más, sintiéndose abandonados, llorando cual si los condujeran al cadalso. De una forma u otra, lo cierto es que la vuelta al colegio supone un cambio grande para toda la familia después de la pausa de las vacaciones: vuelven los hábitos de todos los años, clases, horas de estudio, comedores escolares, padres o abuelos recogiendo a los pequeños de la escuela, sueño a primera hora, toda la casa se pone patas arribas en septiembre.
Y todo esto viene a que, en la semana de curso que llevamos, en la que todavía no nos hemos terminado de acostumbrar de nuevo a la rutina, coincido cada mañana con un autobús escolar recogiendo en una parada a los críos a los que ha de llevar al colegio. Todas las mañanas las mismas caras de sueño, todas las mañanas las mismas pataletas –todavía- de los más pequeños, las mismas chanzas, bromas, risas de los mayores. Todas las mañanas los mismos padres con prisa dejando a sus hijos… y todas, todas las mañanas el mismo West Highland White Terrier alborotando como oveja en el matadero al ver que sus pequeños amos entran en ese autobús del que él desconoce el destino, ladrándole con toda la rabia de la que sus apenas treinta centímetros de alto es capaz e intentando prevenir a los chiquillos de vaya usted a saber qué peligro imaginado.
Y es que la vuelta al cole es dura para todos.

Memoria de vacaciones: Final de verano.

O de cómo ya es otoño en El Corte Inglés.

Comienza de nuevo el curso, y, aunque la bonanza del tiempo (a pesar de las tormentas de la semana pasada) invite todavía a llevar chanclas y ropa ligera, parece que ya se acabó el verano, un verano del que os he dado un pequeño atisbo en las últimas entradas pero que ha sido mucho más. Un verano Barcelona-Cádiz, un verano de disfrutar de mi retoño (que ya es por sí misma casi un árbol), de la familia de aquí y de allá, de los amigos de allá y de aquí. Verano de risas, de buen cine, de viajes en autobús y hasta una pequeña travesía en barco. Verano de poca playa, de abandonarse al hedonismo de la buena mesa, los ricos caldos, las charlas gustosas y las interminables siestas. Verano de dolce far niente y, aún así, de no parar. Verano que todavía saboreo mientras voy poniendo la mirada en el calendario del año que viene, de puente en puente…

Memoria de vacaciones: Fotografías.

O de quién te ha visto y quién te ve.

 

Exposición de Pablo Pérez Míguez en el Palacio de la Diputación de Cádiz sobre los años de la movida. Ese era el otro ‘evento’ cultural que aclamaban Cerocoma y Kamenah. Curiosas, cuanto menos, esas fotografías que nos trasladan a la década de los ochenta, década en la que sólo me dio tiempo a llegar a los veinte años y en la que, por lejanía (concepto que aquí rebasa el espacio y el tiempo), me perdí todas aquellas cosas insólitas que sucedieron en la capital del reino. Casi toda la referencia que me llegó de esa mítica «movida» fue cada sábado por la mañana a través de «La bola de cristal», donde empezaron a hacérseme familiares los rostros que este verano he visto en esa exposición: Alaska, Santiago Auserón, Tino Casal, Pedro Marín (este ya era familiar, sólo había que echar un vistazo a las carpetas de las compañeras del cole), Alejandro Magno, luego convertido en Sanz…

La reina indiscutible de la exposición y el motivo de mi recelo a hablar de ella, sin duda, McNamara. Si a alguien le han recitado al oído al menos cinco veces al día los primeros versos de su canción «Ultraceñidas», entenderá la razón.

Memoria de vacaciones: Fotografías.

O de quién te ha visto y quién te ve.

 

Exposición de Pablo Pérez Míguez en el Palacio de la Diputación de Cádiz sobre los años de la movida. Ese era el otro ‘evento’ cultural que aclamaban Cerocoma y Kamenah. Curiosas, cuanto menos, esas fotografías que nos trasladan a la década de los ochenta, década en la que sólo me dio tiempo a llegar a los veinte años y en la que, por lejanía (concepto que aquí rebasa el espacio y el tiempo), me perdí todas aquellas cosas insólitas que sucedieron en la capital del reino. Casi toda la referencia que me llegó de esa mítica «movida» fue cada sábado por la mañana a través de «La bola de cristal», donde empezaron a hacérseme familiares los rostros que este verano he visto en esa exposición: Alaska, Santiago Auserón, Tino Casal, Pedro Marín (este ya era familiar, sólo había que echar un vistazo a las carpetas de las compañeras del cole), Alejandro Magno, luego convertido en Sanz…

La reina indiscutible de la exposición y el motivo de mi recelo a hablar de ella, sin duda, McNamara. Si a alguien le han recitado al oído al menos cinco veces al día los primeros versos de su canción «Ultraceñidas», entenderá la razón.

Memoria de vacaciones: Concierto.

O mala sangre tiene el que no le pide a la vida satisfacción.

Conciertazo. De don Kiko Veneno. Y no hay nada como una buena compañía para disfrutar, aún más, de un momento así. Unos amigos disparatados y originales, como dice Totito, no es que sean buena compañía, es que es la mejor que podías esperar. Así que lo que prometía ser una gran noche, terminó siendo una noche grandísima, de música, de risas, de buenas letras y mejor ambiente. Satisfacción bajo la luna de agosto.

La imagen, de la web de Kiko Veneno.

Memoria de vacaciones: Exposición.

Alphonse Mucha.

O de cómo quedarse clavada al suelo y con la boca abierta ante un cartel publicitario.

Carteles publicitarios de finales del diecinueve y principios del veinte, claro, que no me veo yo parada y absorta ante un cartel de zumos pascual o uno de mutua madrileña.

Carteles modernistas, portadas de revistas, calendarios, los pertenecientes al Gabinete de Dibujos y Grabados del Museo Nacional de Arte de Cataluña desde que lo compraran a los coleccionistas Plandiura y Riquer.

Théophile A. Steinlen.

Una tarde en el precioso Palau Nacional (que por sí solo y por el entorno en el que se encuentra, ya es merecedor de una visita), bolígrafo en mano, anotando cada autor de esta muestra para que no se me escapara ninguno, para poder seguir ahondando en cada uno de ellos (bendito Google). Más de ochenta obras, algunas tan bellísimas como las de Alphonse Mucha, otras tan conocidas como las de Théophile A. Steinlen. Más de ochenta obras delante de las que no podía más que quedarme parada, intentando penetrar en cada sombra, cada color, cada trazo ondulante y cada composición.


Aleardo Villa.

La muestra permanecerá abierta hasta el próximo treinta de septiembre. Más información: http://www.mnac.es/doc/lan_003/Cartel_moderno.pdf

Memoria de vacaciones: Exposición.

Alphonse Mucha.

O de cómo quedarse clavada al suelo y con la boca abierta ante un cartel publicitario.

Carteles publicitarios de finales del diecinueve y principios del veinte, claro, que no me veo yo parada y absorta ante un cartel de zumos pascual o uno de mutua madrileña.

Carteles modernistas, portadas de revistas, calendarios, los pertenecientes al Gabinete de Dibujos y Grabados del Museo Nacional de Arte de Cataluña desde que lo compraran a los coleccionistas Plandiura y Riquer.

Théophile A. Steinlen.

Una tarde en el precioso Palau Nacional (que por sí solo y por el entorno en el que se encuentra, ya es merecedor de una visita), bolígrafo en mano, anotando cada autor de esta muestra para que no se me escapara ninguno, para poder seguir ahondando en cada uno de ellos (bendito Google). Más de ochenta obras, algunas tan bellísimas como las de Alphonse Mucha, otras tan conocidas como las de Théophile A. Steinlen. Más de ochenta obras delante de las que no podía más que quedarme parada, intentando penetrar en cada sombra, cada color, cada trazo ondulante y cada composición.


Aleardo Villa.

La muestra permanecerá abierta hasta el próximo treinta de septiembre. Más información: http://www.mnac.es/doc/lan_003/Cartel_moderno.pdf