Marzo.

A ver, que India tiene razón, que se va acabando al mes y todavía no he colgado el cuadro correspondiente. El mes de marzo se resume en una palabra: levante. Como se cumplan los refranes, veréis la que va a caer en abril y lo preciosísimo que se nos va a presentar mayo. En fin, ya veremos.

En marzo llega la primavera, empiezan a subir las temperaturas (gracias a Tutatis) y eso se refleja en el calendario. La acuarela que inicia el post es la ilustración para este mes, Dos muchachas (amantes), una de las tantísimas -fue bastante prolífico- obras de temática erótica que, según parece, vendía como rosquillas en la Viena de principios del siglo XX pero que le valieron una condena de cárcel por exponerlas en lugares donde accedían niños, su propia casa.

En cuanto a los libros que me han tenido entretenida durante este mes, pues han sido la noche y el día: por un lado Chatwin, mi Bruce Chatwin que me tiene apabullada ante tanta erudición y del cual terminé de leer la última de las obras que integraban Los viajes: ¿Qué hago yo aquí?, colección de relatos donde nos va desgajando viajes por el Volga o el Nepal –con la búsqueda del Yeti incluida-, el estudio de los geoglifos del desierto de Nazca o de la arquitectura rusa, entrevistas con Malraux o Ernst Jünger. Todo un prodigio del conocimiento, sin duda y, por supuesto, un placer inmenso demorarse por entre sus páginas.

Por otro lado, he terminado esta misma noche y he devuelto gustosísima a mi compañera E. Un milagro en equilibrio, de Lucía Etxebarría, que a pesar de que me lo he leído en un pis pas, ha sido más bien por quitármelo rápido de encima.  Me lo he leído como la que se lee la etiqueta de un champú en el baño (no, que yo en el baño me leo los Esquire que me pasa Beaumont, que por lo menos en ellos salen chicos guapos) y me ha parecido, más que un libro, un auto cunnilingus (de la autora, claro, que además no solo se repite más que el ajo, sino que según parece también ‘repite’ a los demás) de cuatrocientas veinticuatro páginas y tres de agradecimientos.

Lo bueno que tiene leer libros así es que, sea el que sea el que te leas después, siempre te parecerá una maravilla.

Enero.

Un año, a finales del mismo, Beaumont me preguntó si me gustaban los calendarios. Yo hasta entonces sólo tenía la referencia de los que venían en las cajas de polvorones con fotos horrorosas de rosas superdimensionadas o de los que nos daban en el colegio con la santa patrona y que mi madre colgaba detrás de la puerta de la cocina y utilizaba para colgar recibos del Ocaso o anotar las fechas de los médicos de toda la familia. Y le dije que no, claro. Pero el calendario del que él hablaba no tenía flores ni cachorros de perritos: era un calendario (luego resultaron ser dos) con obras de Klimt. Y claro, a mí me colocas a Klimt y soy capaz de que me gusten hasta las facturas del dentista, así que sus cuadros han estado presidiendo la habitación desde la que escribo y mi rinconcito en la oficina los últimos dos años.

Este año ha habido cambio y los dos calendarios de rigor (se está convirtiendo en toda una tradición) están ilustrados con el trabajo de Schiele. Los que pasáis habitualmente por aquí sabéis que me gusta tanto o casi como don Gustavo, así que desde principios de año preside mi despacho la señorita que tenéis arriba, la hermana del artista, Gerti Schiele en pose adorable. Ella es mi enero este año.

También hay otro cambio. Me he propuesto ir anotando en él los libros que me voy terminando. Ya he escrito Ámsterdam, de Ian McEwan, que fue, después de haber leído La ladrona de libros, como sacarse un grano de arena de un ojo: todo un bálsamo, así que recomendado queda para quien quiera disfrutar de una buena lectura y huir de los autores mercenarios.

Un año para llenar de libros. Hay tanto que leer y tan poco tiempo…

Los dedos no tienen mucho que ver con el hecho de tocar el piano.

El director de grabaciones de la serie Masterworks de Columbia y los ingenieros de sonido que lo acompañan son veteranos comprensivos que aceptan con total naturalidad el conjunto de rituales, flaquezas y manías de todos los artistas. Sin embargo, hasta estos espíritus curtidos en mil batallas se sorprendieron con la llegada del joven pianista canadiense Glenn Gould y su «equipo de grabación» para llevar a cabo su primera sesión con Columbia. El señor Gould debía pasar una semana grabando una de sus principales especialidades, las Variaciones Goldberg de Bach.

Era un cálido día de junio, peor Gould llegó embozado en su abrigo, provisto además de gorra, bufanda y guantes. El mencionado «equipo» consistía en el típico portafolios musical, al que se sumaba un copioso lote de toallas, dos botellas grandes de agua mineral, cinco frasquitos de pastillas (todas de distinto color y correspondientes a distintas prescripciones médicas) y su silla especial para tocar el piano.

Como se descubrió en su momento, se necesitaban toallas en abundancia porque Glenn pone en remojo las manos y los brazos, hasta la altura del codo, por espacio de veinte minutos, antes de sentarse al teclado, un procedimiento que muy pronto se convirtió en un ritual de camaradería de grupo; todo el mundo se sentaba a charlar, a hacer bromas, a intercambiar pareceres sobre música, literatura y cualquier otra cuestión mientras el «remojo» seguía su curso.

El agua embotellada era una necesidad indispensable, puesto que Glenn no soporta el agua del grifo de Nueva York. Las pastillas tenían todo tipo de justificación: jaqueca, alivio de la tensión, una buena circulación. El técnico que se ocupa del aire acondicionado trabajó cuanto fue humanamente posible en el panel de control del estudio de grabación. Glenn es extremadamente sensible al menor cambio de temperatura, de modo que se producían continuos ajustes del enorme sistema de aire acondicionado del estudio.

Sin embargo, la silla plegable supuso el mayor «desvarío» de todas las «variaciones» Goldberg. Se trata de una silla de jugar al bridge, en esencia, cuyas patas se ajustan individualmente a la altura deseada, de manera que Glenn puede inclinarse hacia delante, hacia atrás y a ambos lados. Los escépticos del estudio pensaban que era una mera extravagancia de primer orden hasta el momento en que se inició la grabación. Entonces vieron cómo Glenn ajustaba la inclinación de la silla antes de ejecutar los poco menos que increíbles pasajes de manos cruzadas de las Variaciones, inclinándose todo lo que la posición exigía. Se reconoció unánimemente que la silla era un aparato magnífico, avalado por una lógica aplastante.

Al piano, Gould se convertía en otro fenómeno: en ocasiones cantando mientras toca, otras cerniéndose sobre el teclado y encorvándose a más no poder, otras veces tocando con los ojos cerrados y echando atrás la cabeza. El público reunido en la sala de controles lo contemplaba embelesado, e incluso el técnico del aire acondicionado empezó a experimentar cierta querencia por Bach. Ni siquiera en los previos de la grabación interrumpía Glenn su incesante movimiento, ni dejaba de dirigir rapsódicamente, componiendo un verdadero ballet para la música. Para subsistir mascaba galletas de arrurruz y bebía leche desnatada, en tanto que fruncía el ceño ante los sustanciosos sándwiches.

Tras una semana de trabajo, Glenn anunció que, por lo que a él concernía, se sentía satisfecho con la grabación. Recogió sus toallas, sus pastillas y su silla plegable. Estrechó la mano a todo el mundo a modo de despedida: el director de grabación, los ingenieros de sonido, el representante del estudio, el técnico del aire acondicionado. Todos coincidieron en que echarían de menos las alegres sesiones de «remojo», el sentido del humor y el entusiasmo de Gould, las pastillas y el agua mineral.

«Bueno –dijo Glenn mientras se embutía en el abrigo, la gorra, la bufanda y los guantes para hacer frente a los aires de junio-, ya sabéis que en enero estaré de vuelta.»

Y así será. El técnico del aire acondicionado se está preparando ya para afrontar tamaña empresa.

Nota de prensa emitida por Columbia Records el 25 de junio de 1955, después de que Glenn Gould pasara cuatro días en el estudio -una antigua iglesia- que Columbia tenía en el centro de Manhattan grabando las Variaciones Goldberg de Bach. Extracto de Vida y Arte de Glenn Gould, de Kevin Bazzara.