Zapatero

test2_bcCtv6H.b11a6dab.fill-720x720

Un jueves que tuve la tarde libre en marzo  cogí un par de pares de botas y las llevé al zapatero. Tenían las tapas de los tacones nuevas, esas tapas de plasticucho que en cuanto se desgastan un poco te da igual llevar esos zapatos o unos patines para el hielo. Y una, aficionada a las caídas en la calle, desde la última que tuve en mi casa, le ha cogido un miedo horroroso a perder la verticalidad abruptamente. Mis botas altas de serraje y tacón cubano y los botines camel preciosos, ambos regalos de mi él.

El señor zapatero es un señor amabilísimo que me reconoce en cuanto llego aunque no soy muy asidua. Tengo el honor de llevar el mismo nombre (nombre y apellido)  que su madre, así que es un tema más sentimental que de fisonomía. Me dijo que no sabía si podría tenérmelos para el sábado por la mañana y yo le dije que no se preocupara, que ya me pasaría el lunes. El plan era salir de trabajar por la tarde y alargar el paseo hasta allí para recogerlos. Ese domingo, claro, ya estábamos confinados. Así es que allí tienen que estar los cuatro, entre olores a betún y pegamento. No se me ocurriría mejor sitio para estar si yo fuese zapato.

Tampoco es que me hagan mucha falta ahora. El otro día le leí a una chica que decía que sus zapatos debían pensar que había muerto. Mis zapatos también, y mis sujetadores ni os cuento.

En fin, que me parece que el día que vaya a recogerlos, llevaré unas sandalias monísimas que tengo con tiras de strass para que les haga lo mismo. Y cuando vuelva a casa, guardaré, con mucho cariño, mis botas hasta la próxima temporada.

La imagen es de una exhibición de Manolo Blanik que hubo el año pasado en la Wallace Gallery de Londres y que nos encontramos totalmente por sorpresa en nuestro viaje.

Conversaciones con mi padre #3: Futuro

800px-Queen_Olga_of_Greece

M.A comparte mesa con mi padre durante las comidas en Balmoral*. M.A. tiene noventa y dos años, una cara de puro melocotón, el porte de una duquesa rusa y, normalmente, los modos de una princesa Disney. Al menos, hasta la hora en la que los visitantes debemos marcharnos, que coincide, por las tardes, con la hora de la cena: entonces M.A. se enfada un poco porque su hijo no quiere quedarse a cenar con ella. Él unos días utiliza la táctica de decirle que no le dejan, otras, que no hay sitio en la mesa para él (error, M.A. termina echando a alguno de los residentes) y, últimamente la más socorrida, por ser también la más efectiva, es decirle que lleva toda la tarde sin fumar y que va a aprovechar que ella está cenando para echar un cigarro y enseguida vuelve. Yo, algunas tardes en las que lo veo más apurado, le ayudo reafirmando lo del cigarro y apuntándome al supuesto volver enseguida.

Hace algunas tardes, M.A. se convenció rápidamente y dejó ir al hijo al supuesto pitillo. Yo estaba despidiéndome de mi padre y ella, risueña y habladora como estaba, se disculpó con mi padre en nombre del hijo porque éste no le había invitado a que lo acompañara a fumar. Yo le dije que no se preocupara, que mi padre no fumaba ni había fumado nunca.

¿Pero nunca, nunca?

No, M.A. Nunca.

¡Ay, qué suerte tiene! ¡Si no ha fumado nunca, qué vejez más buena va a tener!

Noventa y dos años que tiene M.A. Ochenta y siete que tiene mi padre.  ¡Qué vejez más buena van a tener!

_________________

*Lo de Balmoral es una pequeña broma familiar. Mi madre se parece tanto a la reina Isabel de Inglaterra que me extraña que todavía no la hayan llamado de la productora de The Crown para protagonizar la sexta o séptima temporada. Cuando vamos a su casa decimos que vamos a Buckingham, así que por ende, la residencia de mi padre es Balmoral.

Conversaciones increíbles

2bf95419b4c5e8ddcb6224fa93db2576

Abre el paquete que le han dejado sobre la mesa. ¡Bien, los dos últimos libros que había pedido han llegado! Los mira, los abre… lee la contraportada ¡Qué ganas tenía de recibirlos! En la oficina, cuando llega un paquete con forma de libro, ya no tienen ni que mirar el destinatario, se lo suben directamente.

Vas a tener que salirte de tu casa para meter tanto libro. Esa es la voz de su compañera, que la mira atónita ante el ritual del libro nuevo que lleva a cabo.

Un día de éstos, contesta a la vez que sonríe.

O poner una estantería en cada hueco de pared que tengas.

Pues no pienses que me quedan muchos…

Además, os habéis juntado dos lectores empedernidos…

¡Uy, ya quisiéramos leer todo lo que nos gustaría!

Anda hija, no digas eso. ¡Con la de libros que lees! ¿Y no te compras uno de esos electrónicos?

Pues no, yo prefiero mis libros. Tocarlos, achucharlos, olerlos. Cerrarlos y saber cuánto he leído por dónde está el punto de lectura. Sobarlos, abrirlos. Anotar algo en ellos incluso. Y cuando ha pasado ya algún tiempo, volver a cogerlos y descubrir entre sus páginas cachitos de mi vida de cuando lo leí la vez anterior.

Ay, sí. A mí también me gustan más los libros de papel. ¡Quedan tan bonitos bien colocados en las estanterías!

 

Desayuno #16

Como casi cada mañana, la cafetería estaba atestada. Yo sólo quería un cachito de barra para apoyar mi libro y donde la camarera pudiese poner mi café y tuve suerte. Unos señores trajeados habían terminado de desayunar justo al fondo, en mi sitio favorito, y salían ya. Esperé a que despejaran el pasillo, y cuando tuve vía libre, oí un ¿Ampharou? a mi espalda. Me volví, y allí tenía a uno de los enchaquetados de los que acababa de dejar paso. ¿No te acuerdas de mí? Soy G.

De pronto volví al año ochenta y cuatro, a aquel instituto prefabricado que se caía, literalmente, a trozos. Volví a mi clase de segundo de BUP, a esa segunda fila desde la que tenía una vista privilegiada del aula, porque, al tener un pilar  justo a la derecha, debía estar continuamente girada hacia la clase a fin de que mi codo tuviese espacio a la hora de escribir (o al menos esa era la excusa perfecta que ponía  a los profesores que me increpaban para que  me sentase mirando al frente y no con la espalda apoyada en el pilar, vuelta hacia toda la clase). A mi lado, la chica que había sido mi compañera también en primero. Delante, la empollona y su rémora, detrás, los dos chicos más guapos del curso, J., tan guapo como simpático, y G., el nuevo, el serio, aquél que parecía vestido y peinado cada mañana por su mamá.

Segundo fue el mejor curso de aquel bachillerato. Yo había dejado atrás a la niña ñoña recién salida de un cole de monjas que permaneció asustada todo primero y derrochaba energía a golpe de melena. Luego, ya en tercero y COU, me lancé a los brazos de los existencialistas, me volví intensa y mis constantes indumentarias negras hicieron que un ‘simpático’ profesor me augurara una exitosa carrera como enterradora.

G. seguía contándome lo bien que le iba la vida y cuánto se alegraba de verme, atildado con su chaqueta de terciopelo negro mate, mientras yo estaba en segundo B, poniendo medio empeño en aprender aquel galimatías de la formulación de los ácidos y el otro medio en que G. me hiciera caso de una vez, aunque fuese para explicarme a qué tenía que llamar oso y a qué ico. Pero G., por aquel entonces, era una pequeña ostra huraña que no quería saber nada de niñas con melena por muchos ojitos que le pusieran.

Al siguiente curso yo opté por las letras y él, como era de suponer, por las ciencias, así que perdimos casi todo el contacto. Y menos mal que, ante su actitud, yo ya hacía tiempo que había decidido que no merecía mis atenciones. Cuando terminamos COU, dejé de verle definitivamente, hasta este día que escuché ese ¿Ampharou? a mi espalda. Y me da que, aunque ha dejado de ser una ostra, no ha cambiado demasiado desde aquel año ochenta y cuatro.

Cinco tonterías por minuto

En el cafetal molón somos muchos los que trabajamos y cada uno tiene su pelaje y sus cosas. En los últimos días he descubierto que un compañero está estudiando inglés. No me lo ha dicho (directamente), ni le he visto cargando los libros, pero cuando cree que nadie le escucha, hace ejercicios de lectura tal que si fuera sir Laurence Olivier declamando Hamlet, al volumen que lo haría para la última butaca del Old Vic.

Como digo, cada uno tenemos nuestras cosas. Hay, por ejemplo, quien piensa que los triangulitos enfrentados que hay en la regleta de la parte superior de la pantalla de word están ahí porque quedan monos. Y que a pesar de tener por oficio principal el de escribir, te coloca un texto en la mitad derecha de la pantalla ¡¡llevándolo hasta allí a base de barra espaciadora!! Ni siquiera al tabulador, no, esas flechas están ahí también para hacer bonito. ¿Habéis visto el primer capítulo de The IT crowd, donde contratan a Jenn?  Pues sí, queridos amigos, la realidad supera la ficción.

Los que tenemos gatos notamos cuando llega el frío primero, y como el resto de los mortales, porque lo sentimos en nuestras carnes, y segundo, porque vemos que los gatos pasan muuuuucho más tiempo durmiendo (sí, es posible), que buscan el lugar más cálido de la casa y que se acurrucan como una ensaimada para pasar las horas. Los míos, que además están viejunillos ya, se pasan el día metidos en su caseta para salir un ratín por las tardes (casualidad, a la hora en la que les pongo comida fresca). A Wey, además, le ha dado ahora por seguirme allá donde me muevo, parárseme delante, mirarme con ojillos arrebatados y soltarme maullidos lastimeros para que lo coja. Como ejemplo, sirva decir que esto lo estoy escribiendo con él cortándome la circulación de las piernas. Eso sí, pasan el día durmiendo, juntos, a ser posible, para darse más calor. Pero todo es que llegue la hora de acostarnos, apagar las luces y cerrar la puerta del dormitorio, para que formen unos pitotes que solo pueden ser despejados a base de remojones.

Con mi vecina de arriba no tengo demasiada relación. Llamadme espabilá, pero creo que es porque no le sentó demasiado bien que le ganásemos una demanda por inundar nuestra terraza. Y creo que tampoco le agradó mucho que le mandásemos a la policía una noche en la que hicieron fiesta y en la que, ya a las cinco de la mañana, cantaban el ‘Vaporcito’ dando saltos encima de nuestro dormitorio. Hace tres días encontré un calcetín suyo caído en mi tendedero. Como buena vecina, lo dejé ahí, enganchado con una pinza, para que pueda ver que lo tengo yo y que venga a buscarlo. Se aceptan apuestas.

A este blog, aunque no lo veis (gracias a 3nity, master and commander de esta página), también llega spam. Y es curioso, porque va por tandas. Si hace un tiempo sólo llegaban mensajes de casinos virtuales, ahora sólo me llegan para que compre bolsos de Prada, de Louis Vuitton, Gucci, Burberry… Sin lugar a dudas, añadir a la guapísima Adela a los enlaces de recomendaciones encarecidas en la columnita de la derecha, le ha dado un plus de glamour a ca’Ampharou.

Cinco tonterías por minuto

En el cafetal molón somos muchos los que trabajamos y cada uno tiene su pelaje y sus cosas. En los últimos días he descubierto que un compañero está estudiando inglés. No me lo ha dicho (directamente), ni le he visto cargando los libros, pero cuando cree que nadie le escucha, hace ejercicios de lectura tal que si fuera sir Laurence Olivier declamando Hamlet, al volumen que lo haría para la última butaca del Old Vic.

Como digo, cada uno tenemos nuestras cosas. Hay, por ejemplo, quien piensa que los triangulitos enfrentados que hay en la regleta de la parte superior de la pantalla de word están ahí porque quedan monos. Y que a pesar de tener por oficio principal el de escribir, te coloca un texto en la mitad derecha de la pantalla ¡¡llevándolo hasta allí a base de barra espaciadora!! Ni siquiera al tabulador, no, esas flechas están ahí también para hacer bonito. ¿Habéis visto el primer capítulo de The IT crowd, donde contratan a Jenn?  Pues sí, queridos amigos, la realidad supera la ficción.

Los que tenemos gatos notamos cuando llega el frío primero, y como el resto de los mortales, porque lo sentimos en nuestras carnes, y segundo, porque vemos que los gatos pasan muuuuucho más tiempo durmiendo (sí, es posible), que buscan el lugar más cálido de la casa y que se acurrucan como una ensaimada para pasar las horas. Los míos, que además están viejunillos ya, se pasan el día metidos en su caseta para salir un ratín por las tardes (casualidad, a la hora en la que les pongo comida fresca). A Wey, además, le ha dado ahora por seguirme allá donde me muevo, parárseme delante, mirarme con ojillos arrebatados y soltarme maullidos lastimeros para que lo coja. Como ejemplo, sirva decir que esto lo estoy escribiendo con él cortándome la circulación de las piernas. Eso sí, pasan el día durmiendo, juntos, a ser posible, para darse más calor. Pero todo es que llegue la hora de acostarnos, apagar las luces y cerrar la puerta del dormitorio, para que formen unos pitotes que solo pueden ser despejados a base de remojones.

Con mi vecina de arriba no tengo demasiada relación. Llamadme espabilá, pero creo que es porque no le sentó demasiado bien que le ganásemos una demanda por inundar nuestra terraza. Y creo que tampoco le agradó mucho que le mandásemos a la policía una noche en la que hicieron fiesta y en la que, ya a las cinco de la mañana, cantaban el ‘Vaporcito’ dando saltos encima de nuestro dormitorio. Hace tres días encontré un calcetín suyo caído en mi tendedero. Como buena vecina, lo dejé ahí, enganchado con una pinza, para que pueda ver que lo tengo yo y que venga a buscarlo. Se aceptan apuestas.

A este blog, aunque no lo veis (gracias a 3nity, master and commander de esta página), también llega spam. Y es curioso, porque va por tandas. Si hace un tiempo sólo llegaban mensajes de casinos virtuales, ahora sólo me llegan para que compre bolsos de Prada, de Louis Vuitton, Gucci, Burberry… Sin lugar a dudas, añadir a la guapísima Adela a los enlaces de recomendaciones encarecidas en la columnita de la derecha, le ha dado un plus de glamour a ca’Ampharou.

De vuelta

Sí, regresamos (en realidad, volvimos hace un par de días) de una semana maravillosa en Barcelona y alrededores. Una semana de reencontrar, de conocer y de dar la bienvenida a personas queridas, que nos esperaban y se alegraron de vernos y de poder pasar un rato con nosotros hasta la próxima vez, que vaya usted a saber cuándo será, igual que nos alegramos nosotros, que subíamos con ilusión y con ganas, muchas ganas.

Una semana de tremendo calor, de disfrutar de la hospitalidad de un amigo que nos ofreció su (preciosísima) casa, y de la de otros tantos que nos abrieron sus puertas. No paramos durante el tiempo que hemos estado allí: ni de movernos, trenes arriba, metro abajo; ni de reírnos, ni de comer, ni de beber… Incluso ha habido tiempo para un cambio de look, de los extremos de verdad, no de los de cambiar el color de la sombra de ojos…

Siguen las vacaciones, por supuesto, pero ahora ya por aquí, con ganas de descansar, un poco más conectada (sólo un poco), cargando pilas poco a poco, que el invierno promete ser largo y crudo.

Vacaciones de invierno

Mañana es mi último día de trabajo del año (y el último que voy al cafetal, de paso). Ya no volveré hasta pasados Reyes, como una colegiala cualquiera. Ventajas de guardarse unos cuantos días de vacaciones para tener libres un par de semanas al final del año. Vacaciones de invierno, para no hacer nada en especial, sólo cargar pilas y empezar el año con fuerza (o con depresión post vacacional invernal, lo que llegue primero).

Cuando vuelva no sé qué me encontraré. Bueno, no lo sé ahora, lo sabré en pocos días, porque a pesar de estar libre seguiré leyendo los papeles. Habrá cambios, de los gordos, propiciados por otros cambios más gordos todavía que todos conocéis. De hecho, estos cambios ya han empezado. Ayer se despidieron dos compañeros. Es lo que pasa cuando tu trabajo está ligado al de otros, pero claro, aunque sea algo anunciado, al final te pilla casi de sorpresa, como si los días previos no te hubieses parado a pensarlo. Además ahora, coincidiendo con estas fechas que nos ponen a casi todos tontorrones..

Cuando llegan estos momentos te das cuenta cómo son los afectos, de que hay personas que pasan por tu vida, con la que compartes muchos días, y no deja una mella más grande de la de decir ‘pues sí, trabajó una vez conmigo, pero tampoco lo traté demasiado’. Pero que también hay personas con las que también trabajas día a día, por las que, a lo mejor, la mayoría de esos días has jurado en arameo y al revés, a las que no les pedías tiempo muerto porque para ellas no existe ni el tiempo muerto ni el siquiera un poquito enfermo: le sigues la zaga, callas y aprendes. Y te das cuenta de que aprendes mucho, pero mucho muchérrimo. Y sigues jurando en arameo, pero ya menos y más bajito. Y hay días que te enfadas, y días que ves que no llegas, pero en los que llegas te sientes estupendamente, y ves los pasos que has dado y los reconoces.

Y entonces esa gente se despide. Y tú te das cuentas que las vas a echar de menos, pero mucho muchérrimo. Que vas a ser tan inocente de que los días negros, esos en los que sólo veas cuestas arriba, vas a querer subirlas siguiendo esos pasos que una vez diste, con lo que has aprendido hasta ahora, pero que en realidad te queda una vida por aprender, que el conocimiento enciclopédico es sólo cosa de unos cuantos y que ya no va a ser igual. Afortunadamente, también sabes que, aunque ya no compartáis sitio en el cafetal, vivimos en un mundo demasiado pequeño como para perder de vista a la gente que merece la pena mantener cerca

Nadav Kander

En el palacio de la Diputación Provincial de Cádiz se expone en estos días (y hasta el seis de noviembre) una muestra fotográfica de Nadav Kander. Una muestra que en realidad son tres: Obama’s people, Portraits e Inner condition. He de confesar que, totalmente desconocedora de este artista y, por ende, de su obra, lo que me convenció de acercarme a ver la exposición fue el cartel que, en la fachada del palacio, la anunciaba: una fotografía dos por dos de Brad Pitt, caracterizado como su Aldo Raine, Aldo “el Apache”, de Malditos Bastardos, con ese mentón prominente digno de un Vito Corleone cualquiera.

Como digo, la exposición recoge tres muestras de la obra de Kander, todas fotografías de gran formato. En el lado derecho del claustro del palacio, Obama’s people: los que dirigen el mundo (el subtítulo es mío). Está bien conocerlos, por si tuviéramos que acordarnos de sus familias. Curiosas fotografías, en las antípodas de las ‘fotos oficiales’. Un fondo blanco y desnudo y estos personajes tan importantes que se atreven a posar con un sombrero tejano, una gorra de béisbol o una pelota de baloncesto entre sus manos. Caras corrientes y comunes, sin una mijita de photoshop que les atenúe las arrugas o esas cejas de papanoel.

Al finalizar esta parte, ya en el ala izquierda del claustro, Portraits: el Brad Pitt que me enamoró desde la fachada (y no sólo a mí. Mientras la miraba y decidía qué día iría a ver la exposición, fueron varias las féminas que se quedaron prendadas y que debieron pensar, como yo, cómo de fácil sería descolgar ese cartel), Benicio del Toro (que también sé que por aquí pasan algunas de sus enamoradas), Robbie William… rostros conocidos, también desprovistos del benévolo photoshop (acercaos al de Christopher Lee: es simplemente maravilloso, y podréis contarle los pelos que tienen en la nariz). Algunos rostros también desnudos sobre un fondo blanco, otros, con efectos: probad a mirar los que están sobre fondo negro con los ojos entornados… pero no os perdáis, que todavía tenéis que llegar al final de esta parte y encontraros con el extraordinario retrato de sir Ian McKellen. Miradlo, miradlo bien y disfrutadlo: yo no puedo decir más.

Embelesados todavía que estaréis, preparaos para más. Entrad ahora en el salón central. Allí se expone Inner condition. La luz se atenúa y la música ambiente cambia. Desde las paredes, desnudos a camino entre Gustave Courbet y Lucian Freud. Una maravillosa Lilith oculta el rostro. Cuerpos en un blanco tan puro como el de los ratones albinos que los acompañan. Cuerpos envueltos en ceniza, en aceite, dorados y negros… inquietantes.

Recordad: sólo tenéis hasta el seis de noviembre. No dejéis tampoco de pinchar en los enlaces. No os hará falta nada más para convenceros.

 

La foto de la cabecera, de la página de la Diputación Provincial.

 

¡Atención, teleoperadores!

Entre las tres y las cuatro y media de la tarde, no es horario comercial. Ni para ti ni para mí. A partir de las nueve de la noche, tampoco. Para los únicos días que no cuenta este horario es para los domingos y festivos: ellos no tienen hora límite. Son límite enteros.

Si te llamo un día para darme de baja en tu servicio, NO me discutas las razones que te doy, aunque éstas no te parezcan lógicas, aunque te hayan entrenado para vender la mejor cara de la compañía, repito, no las discutas, porque te puedo asegurar que plantear cinco mil prejubilaciones a la vez que aumentas más del treinta por ciento tu beneficio en un año, sí es una razón de peso para que yo no quiera volver a saber nada de ti. Además, guapa, es más probable que tú cates de las prejubilaciones antes que de los beneficios.

Si quieres venderme una moto que tanto tú como yo sabemos que no llega ni a triciclo, NO me llames “cielo” para hacerte la simpática. Es más, no me lo llames aunque me estés vendiendo un triciclo que tú y yo sabemos que es una Harley Davidson.

Si ya le he dicho a tu compañera que no, es más, si ya le he repetido NO durante un cuarto de hora antes de colgarle amablemente, no vuelvas a llamarme tú  al cabo de los cinco minutos para la misma historia. Esta premisa también vale si te he cortado cuatro veces la llamada en un lapso de diez minutos: posiblemente, a la quinta vez también cortaré, y a la sexta, y a la séptima… posiblemente también, te canses tú antes que yo.