Entre las tres y las cuatro y media de la tarde, no es horario comercial. Ni para ti ni para mí. A partir de las nueve de la noche, tampoco. Para los únicos días que no cuenta este horario es para los domingos y festivos: ellos no tienen hora límite. Son límite enteros.
Si te llamo un día para darme de baja en tu servicio, NO me discutas las razones que te doy, aunque éstas no te parezcan lógicas, aunque te hayan entrenado para vender la mejor cara de la compañía, repito, no las discutas, porque te puedo asegurar que plantear cinco mil prejubilaciones a la vez que aumentas más del treinta por ciento tu beneficio en un año, sí es una razón de peso para que yo no quiera volver a saber nada de ti. Además, guapa, es más probable que tú cates de las prejubilaciones antes que de los beneficios.
Si quieres venderme una moto que tanto tú como yo sabemos que no llega ni a triciclo, NO me llames “cielo” para hacerte la simpática. Es más, no me lo llames aunque me estés vendiendo un triciclo que tú y yo sabemos que es una Harley Davidson.
Si ya le he dicho a tu compañera que no, es más, si ya le he repetido NO durante un cuarto de hora antes de colgarle amablemente, no vuelvas a llamarme tú al cabo de los cinco minutos para la misma historia. Esta premisa también vale si te he cortado cuatro veces la llamada en un lapso de diez minutos: posiblemente, a la quinta vez también cortaré, y a la sexta, y a la séptima… posiblemente también, te canses tú antes que yo.



