¡Atención, teleoperadores!

Entre las tres y las cuatro y media de la tarde, no es horario comercial. Ni para ti ni para mí. A partir de las nueve de la noche, tampoco. Para los únicos días que no cuenta este horario es para los domingos y festivos: ellos no tienen hora límite. Son límite enteros.

Si te llamo un día para darme de baja en tu servicio, NO me discutas las razones que te doy, aunque éstas no te parezcan lógicas, aunque te hayan entrenado para vender la mejor cara de la compañía, repito, no las discutas, porque te puedo asegurar que plantear cinco mil prejubilaciones a la vez que aumentas más del treinta por ciento tu beneficio en un año, sí es una razón de peso para que yo no quiera volver a saber nada de ti. Además, guapa, es más probable que tú cates de las prejubilaciones antes que de los beneficios.

Si quieres venderme una moto que tanto tú como yo sabemos que no llega ni a triciclo, NO me llames “cielo” para hacerte la simpática. Es más, no me lo llames aunque me estés vendiendo un triciclo que tú y yo sabemos que es una Harley Davidson.

Si ya le he dicho a tu compañera que no, es más, si ya le he repetido NO durante un cuarto de hora antes de colgarle amablemente, no vuelvas a llamarme tú  al cabo de los cinco minutos para la misma historia. Esta premisa también vale si te he cortado cuatro veces la llamada en un lapso de diez minutos: posiblemente, a la quinta vez también cortaré, y a la sexta, y a la séptima… posiblemente también, te canses tú antes que yo.

Klaus.

Nadie sabe cómo se llama en realidad, pero, sin lugar a dudas, Klaus debería ser su nombre, por esa pinta de Papá Noel de paisano que luce. Enorme, rubísimo, con unos ojos insultantemente azules y unas mejillas que, de puro coloradas, pareciera que están a punto de estallar, en la cara todo es de un color vivo menos esas barbas que de tan rubias casi son blancas y esos dientes, más blancos aún, que se obstina en enseñar en una eterna sonrisa.

Klaus (digamos que sí, que se llama así) vive en la zona de más boato de la ciudad, aunque no precisamente en un loft de gran lujo y primerísimas calidades, sino más bien en el hueco que dejan las escaleras cubiertas de un edificio oficial. Allí pasa las tardes y sus noches, con todas sus pertenencias -que no son pocas- metidas, en un orden extremo, en un carrito de supermercado. Por las mañanas, antes de que las oficinas abran y empiecen a llegar los empleados, Klaus recoge todas su cosas y, dejando el rincón donde ha dormido impecable, empuja su carrito hasta un par de manzanas más allá, donde el retranqueo de los edificios de la gran avenida han dejado un pequeño espacio acotado por unos bancos de cemento. Ahí se aposta, viendo pasar a la gente con sus prisas y sus caras largas, hasta que los funcionarios dejan la oficina. Entonces él vuelve a su rincón, acomoda las mantas perfectamente dobladas encima del murete que, adosado a la escalera, le sirve de trono, saca sus auriculares y su pequeña radio maltrecha y, sin perder la sonrisa que ha lucido toda la mañana, sestea beatífico hasta que llega la hora de volver a mudar su residencia.

Se te van las mejores.

Eso es lo que me decía mi madre no cuando Angelita Joly me tiraba los trastos y yo no le hacía caso, sino cuando no era rápida en la respuesta y la réplica contundente me venía horas después de que alguien hubiera hecho una aseveración de esas de partirle la boca directamente. Y fue la frase que se me vino a la mente durante toda la tarde de ayer, recordando el desayuno de la mañana, donde, por mor de un horario festivo y de entrar más tarde a la oficina, me volví a encontrar con los Tip y Coll sin gracia que antes sufría tan a menudo y que, afortunadamente, desde que cambié de destino y de horario, había dejado de ver.

Así es que ayer volvieron a darme el café esta pareja de humoristas más parecidos al que copa las mañanas de la COPE que a los que he mencionado antes (que me perdonen allá donde estén por la comparación). Estamos en Carnaval en Cádiz, y estos personajillos relataban sus vivencias en el fin de semana grande de estas fiestas. Personajillos de caseta privada en la feria, todo hay que decirlo, por lo que podréis suponer que su carnaval pasa por invitación de élite a los lugares donde los simples mortales no podemos entrar (ni queremos). Carnaval de canapés y letras estudiadas, no se vayan a molestar sus señorías; carnaval de carrusel de coros, pero ahora no, que ya no mola y no es chic, y no pasa por esos hemiciclos mal simulados a la altura del Merodio, allá donde se concentraba lo más granado de la sociedad gaditana. Pero claro, para llegar a los sitios en cuestión, hay que atravesar las hordas de degenerados que pueblan la ciudad estos días. Y ahí es donde el carnaval choca con sus excelsas narices: «que si están tos borrachos, que si están tos drogaos, que si esto ni es carnaval ni es ná», espetan estos «enteraos». Hasta que uno de ellos da con la solución: hay que prohibir beber en la calle durante los carnavales. ¡Claro, cómo no se nos habría ocurrido antes! Podría decretarse el estado de excepción a las cuatrocientas mil personas que visitaban el sábado la ciudad. Lástima que a este demócrata convencido no se le hubiese ocurrido la idea cuando lo sacaban con un conato de coma etílico de uno de esos carruseles de coros no hace tantos años. Pero claro, no es lo mismo vomitarse unos Farrutx que unas Converse. Lástima que tampoco se le ocurriese cuando tenía voz y voto en esa casa tan bonita con banderolas en la Plaza de San Juan de Dios. Lástima, más que lástima, que a mí no se me ocurrieran estas contestaciones cuando lo tenía delante (mal momento para ser ácida un martes de carnaval a las ocho y media de la mañana). Seguro que ayer hubiese tenido un mejor día.