
Fue el viernes. Ya tuve una primera visión, en el cafetal, desde uno de esos ventanales que tuvieron a bien regalarnos los arquitectos de la cosa nuestra. Hacía fuera un día precioso, que agradecíamos después de días y días en los que el cielo sólo iba de un gris ceniza al gris plomo. Desde el ventanal que os digo se veía un mar bravo pero lento, como si en lugar de agua estuviese hecho de aceite. La suciedad de los cristales, culpa del viento del sur, por una vez ayudaron al efecto, en vez de taparlo: era como estar viendo una vieja película, llena de esa arenilla de las imágenes antiguas, un viejo documental mudo y lento en pantalla apaisada.
Ya por la tarde, glorioso fin de semana, íbamos al teatro (no os preocupéis, esto va en otro capítulo). Para llegar, tomamos la mejor ruta posible, no sólo por ser la más corta, sino también por ser la más bonita: el autobús que recorre esta ciudad con vocación de isla siguiendo la línea de la costa. Ya en la parada, la playa era una hermosura: el atardecer, unas cuantas nubes de postal como hechas a pinceladas, metros de arena dorada, y el mar, que seguía con sus olas de lámpara de lava, incesantes, incansables, inmediatas. Perfectamente ordenadas paralelas a la orilla desde el horizonte irregular.
Durante el trayecto, ya por donde acaba la playa y el mar es simplemente -¡simplemente!- mar, veíamos esas olas más cerca, con sus crestas de encaje dorado por el sol de poniente, tranquilas en la superficie, pero con toda su fuerza y enojo adivinándose desde el fondo. Y ese sonido de resaca, como una nana que infla los pechos de una tranquilidad que quizá no se encuentra en ningún otro sitio…
Íbamos al teatro, pero el espectáculo había comenzado mucho antes.
La preciosa imagen, de Pedro Meliá.