Santiago

Santiago

Ochenta y ocho años como ochenta y ocho soles, y él sigue diciendo que está feito un rapaz. Claro que cuando le peguntas cuántos cumple, te dice que cuarenta y cinco. Entonces yo le digo que tenemos un problema, porque yo ya tengo cincuenta y uno. Él me mira, abriendo esos ojos como dos esmeraldas, y me suelta un ¿Tan mayor ya? Me río y él sigue: Estás viejiña entonces.

Ochenta y ocho años como ochenta y ocho soles. Felicidades, papá.

Cumpleaños

party

Ayer fue mi cumpleaños. Un montón de años, tantos, que nunca he sido tan mayor como hoy. Los últimos han pasado como un suspiro. Vamos, que la última vez que los conté, tenía treinta y siete. Luego recuerdo una frase de Beaumont sobre mis cuarenta y en un pispás, ya estoy a dos pasos del medio siglo. Y a estas alturas, empiezo a recoger los intereses de mis herencias: los malos huesos de la tía Juana me rentan una artrosis incipiente que se empeña en recordarme que tengo dedos en las manos, como si no lo supiera. Y la miopía de la tía Ana se incrementa en una presbicia de abuela prematura que ya corrijo con lentes progresivas.

Y sin embargo, ha sido un buen cumpleaños: lo he pasado con mi chico y mi chica favoritos, que me han mimado en sobremanera. Ha corrido el champaña (supongo que para que no lo pilláramos) y hemos comido cosas ricas ricas. Me han regalado cosas preciosas, canciones maravillosas, fotografías impresionantes, reseñas fantásticas e ilustraciones adorables. Hasta un vídeo descacharrante. Y lo mejor de todo: todas vuestras felicitaciones, vuestros buenos deseos, todas vuestras palabras. Así da gusto hasta cumplir años.

Mares

Fue el viernes. Ya tuve una primera visión, en el cafetal, desde uno de esos ventanales que tuvieron a bien regalarnos los arquitectos de la cosa nuestra. Hacía fuera un día precioso, que agradecíamos después de días y días en los que el cielo sólo iba de un gris ceniza al gris plomo. Desde el ventanal que os digo se veía un mar bravo pero lento, como si en lugar de agua estuviese hecho de aceite. La suciedad de los cristales, culpa del viento del sur, por una vez ayudaron al efecto, en vez de taparlo: era como estar viendo una vieja película, llena de esa arenilla de las imágenes antiguas, un viejo documental mudo y lento en pantalla apaisada.

Ya por la tarde, glorioso fin de semana, íbamos al teatro (no os preocupéis, esto va en otro capítulo). Para llegar, tomamos la mejor ruta posible, no sólo por ser la más corta, sino también por ser la más bonita: el autobús que recorre esta ciudad con vocación de isla siguiendo la línea de la costa. Ya en la parada, la playa era una hermosura: el atardecer, unas cuantas nubes de postal como hechas a pinceladas, metros de arena dorada, y el mar, que seguía con sus olas de lámpara de lava, incesantes, incansables, inmediatas. Perfectamente ordenadas paralelas a la orilla desde el horizonte irregular.

Durante el trayecto, ya por donde acaba la playa y el mar es simplemente -¡simplemente!- mar, veíamos esas olas más cerca, con sus crestas de encaje dorado por el sol de poniente, tranquilas en la superficie, pero con toda su fuerza y enojo adivinándose desde el fondo. Y ese sonido de resaca, como una nana que infla los pechos de una tranquilidad que quizá no se encuentra en ningún otro sitio…

Íbamos al teatro, pero el espectáculo había comenzado mucho antes.

 

La preciosa imagen, de Pedro Meliá.

Felicidades, princesa.

Hace diecinueve años, en un día como hoy (un poco mejor que el de hoy: era viernes y puente) sólo que un poco más lluvioso y más fresco, a esta hora más o menos, una comadrona me ponía un cuerpecillo sucio y pegajoso sobre la tripa, una tripa que había descendido considerablemente en cuestión de minutos. Aquel cuerpecillo saludó al mundo con un sonoro llanto y haciéndose pis encima (de su madre, claro. ¡Puñetera!), demostrando así, desde el primer aliento, que venía pisando fuerte.

Diecinueve años como diecinueve soles. ¡Y cómo me gusta la mujer que ya está siendo!

Cinco minutos más…

Eso es lo que dije esta mañana apagando el despertador y antes de caer desmayada. Porque tuvo que ser eso, no tiene más remedio, porque si no, no puedo explicarme que ni siquiera toda la luz de la enorme luna llena desparramándoseme por la habitación me despertara, y tuviera que hacerlo, más de una hora después, el teléfono (bendito servicio de despertador personalizado, que me manda besitos y todo).

Ya no tenía remedio, así que en vez de salir corriendo con los brazos en alto a la vez que gritaba e intentaba hacer en media hora lo que todos los días hago en dos, me lo tomé con calma, pensé que si me había levantado una hora tarde, irremediablemente entraría una hora más tarde y que ese sueñecito de más para mí se quedaría.

Lo que es hacerse mayor. Cuando me he quedado dormida antes de ahora siempre he intentado por todos los medios no llegar tarde, al menos no demasiado tarde, a cambio, claro, de meter el turbo e ir dándome patadas en el culo toda la mañana. La consecuencia era ir girada ya para todo el día, porque la aceleración no pasa a des- así como así y una termina acusando haber sacrificado el café y el lavado de pelo que tan bien viene para despejarse, le va dando patadas a todo lo que se atreva a reflejarla porque se ha arreglado como el culo y es que eso de pintarse la raya del ojo mientras se lava los dientes todavía no le sale nada bien.

Así que nada, hice todo lo que hago todas las mañanas con la misma tranquilidad. Salí de casa una hora más tarde y como premio me permití el lujazo de venir dando un paseo hasta la oficina, aprovechando el solecito tibio que ya va pegando estos días, pensando que a ver quién es el guapo que se atreve a quitarme lo bailao.

Eso sí, son más de las cuatro y todavía estoy en la oficina   

 

Cinco minutos más…

Eso es lo que dije esta mañana apagando el despertador y antes de caer desmayada. Porque tuvo que ser eso, no tiene más remedio, porque si no, no puedo explicarme que ni siquiera toda la luz de la enorme luna llena desparramándoseme por la habitación me despertara, y tuviera que hacerlo, más de una hora después, el teléfono (bendito servicio de despertador personalizado, que me manda besitos y todo).

Ya no tenía remedio, así que en vez de salir corriendo con los brazos en alto a la vez que gritaba e intentaba hacer en media hora lo que todos los días hago en dos, me lo tomé con calma, pensé que si me había levantado una hora tarde, irremediablemente entraría una hora más tarde y que ese sueñecito de más para mí se quedaría.

Lo que es hacerse mayor. Cuando me he quedado dormida antes de ahora siempre he intentado por todos los medios no llegar tarde, al menos no demasiado tarde, a cambio, claro, de meter el turbo e ir dándome patadas en el culo toda la mañana. La consecuencia era ir girada ya para todo el día, porque la aceleración no pasa a des- así como así y una termina acusando haber sacrificado el café y el lavado de pelo que tan bien viene para despejarse, le va dando patadas a todo lo que se atreva a reflejarla porque se ha arreglado como el culo y es que eso de pintarse la raya del ojo mientras se lava los dientes todavía no le sale nada bien.

Así que nada, hice todo lo que hago todas las mañanas con la misma tranquilidad. Salí de casa una hora más tarde y como premio me permití el lujazo de venir dando un paseo hasta la oficina, aprovechando el solecito tibio que ya va pegando estos días, pensando que a ver quién es el guapo que se atreve a quitarme lo bailao.

Eso sí, son más de las cuatro y todavía estoy en la oficina   

 

Estreno.

Aprovechando la crisis sufrida la última semana en Villa Ampharou, con mobbing inmobiliario y las siete plagas de Egipto campando a sus anchas por todos los rincones incluidos, hemos decidido echarlo todo abajo y empezar el curso, no desde cero, pero sí resanando los cimientos y dándole sus buenas manos de pintura. Todo es nuevo, el mobiliario, el menaje, las cortinas… Lo único que no ha cambiado, y que por mucho cambio que suceda no cambiará, es el deseo de que todos los que aquí entréis os encontréis como en casa. Poneos cómodos. Seguimos.

P.D.1: Por el gato no os preocupéis, está descansando un rato.

P.D.2: La arquitecta, promotora, decoradora y todos los –ora buenos que se os puedan ocurrir y que puedan hacer que os encontréis esto tan bonito, como siempre, 3nity (qué sería de mí sin ella).

Y yo con estos pelos..

washing-hair.jpg

Esta mañana entré en la perfumería que hay justo debajo de casa. Necesitaba champú y la crema del pelo que me permite lucir esta maravillosa y lustrosa melena. Como es mi perfumería habitual, de estas de grandes cadenas, me la conozco al dedillo, así que fui directamente al estante en el que están los productos para el cabello. La señorita dependienta estaba terminando de endosarle un champú carisísimo a una señora viejuna mayor con alopecia, y cuando la envió hacia la caja, se dirigió a mí:

Ella: ¿Puedo ayudarla en algo?

Yo (ya he cogido lo que necesito y sé dónde está cada cosa mejor que tú, pero intentaré ser amable): Gracias, ¿de esta crema no tenéis la del tarro verde?

Ella: Si no está ahí es que no hay.

Y se dio media vuelta y se fue a buscar a otra señora viejuna mayor.

Evidentemente, ella también sólo intentaba también ser amable.

Obviamente, a ella le salió como el culo.

Alea iacta est.

cartas2.jpg

Yo no he cruzado el Rubicón, sólo la avenida (justo enfrente de Hacienda, sin semáforo ni nada, sino tirándome a la carretera cuando los semáforos estaban en rojo, que también tiene su aquél) con las cartas de mi futuro en la mano. Seis cartas, para ser más exactos, una por cada uno de los futuros posibles. Ya están barajadas y la partida jugada, sólo queda saber el resultado.

Al fin, después de casi un año de espera, y lo único que tengo seguro es que dejo mi actual oficina. Quince años en el mismo edificio, casi cinco en el mismo departamento, son demasiados años. Y supongo que es normal que ante la inminencia del cambio, se me planteen serias dudas, porque, a ver, ¿quién va a regar ahora todas las plantas? ¿Quién va a mimar al cóleo, todavía en terapia desde que una airada rabiosa lo quebró? ¿Tendré un lugar en la nueva oficina donde colocar los peluches de Winnie the Pooh que ahora viven sentados en mi PC? ¿Tendré también una pared donde colgar todas mis láminas de Klimt? ¿Podré oír música? Si es así, ¿podré usar los altavoces o tendré que tirar de auriculares? ¿Habrá una impresora para mí sola?

Realmente, no sé si podré dormir de aquí a que me adjudiquen la plaza.

Photoshó.

Lorah me ha «photoshopeado» un ojo. En un plis plás. Decía que me iba a enseñar, pero lo ha hecho tan rápido que lo único que veía era la flechita correteando por la pantalla abriendo y cerrando pantallas. Y éste es el resultado. A mí me gusta. Mucho.

ojo2.jpg