Photoshó.

Lorah me ha «photoshopeado» un ojo. En un plis plás. Decía que me iba a enseñar, pero lo ha hecho tan rápido que lo único que veía era la flechita correteando por la pantalla abriendo y cerrando pantallas. Y éste es el resultado. A mí me gusta. Mucho.

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Il Dottore II.

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Todos me lo dicen: «Eres muy joven», y no está mal, sobre todo porque en algunos círculos, por chincharme más que nada (¿o no?), me ponen continuamente de viejuna gañana. Pero estaría aún mejor si dejaran la frase ahí y el juramento ese que hacen no les obligara a continuarla con un «pero estás que das asquito, hija».

En fin, que ayer me tocaba revisión y por lo que me vino a decir el señor médico hay piltrafillas en mejor estado que yo. Que no estoy demasiado mal (y eso que ni le guiñé ni nada), y que si sigo así, soy buena y hago todo lo que él me dice (médicamente hablando) el futuro nefasto que me dibujó, y del cual era yo consciente, estará cada vez más lejos. Yo espero que esté tan lejos que no me dé siquiera tiempo a llegar a él. Así que tendré que hacerle caso, que para eso es médico y obedecer, además de a sus recetas, a sus consejos, sobre todo a estos dos: disfruta y mantente alejada de los médicos.

 La imagen, de José Pérez.

Zapatos.

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Los que me conocéis, lo sabéis. Algunos incluso lo habéis sufrido. Y es que yo, como Machín, tengo una debilidad, o más bien un vicio (confesable): me gustan los zapatos. Pero no un «me gustan» en plan «¡ay qué bonitos!», sino que más bien es un «los quiero, los quiero todos y los quiero ya» cada vez que entro en una zapatería. Tanto es así que la niña de mis ojos, cada vez que pasamos por delante de alguna, me agarra del brazo y tira de mí antes de que yo me tire de cabeza a su interior. Ya me tiene amenazada con llevarme al «proyecto Hombre» de los zapatos, como ella lo llama. Y yo me imagino entrando en una sala, descalza, amadrinada por Imelda Marcos y Carrie Bradshaw y diciendo aquello de «Hola, soy Ampharou y soy adicta a los zapatos».

Soy incapaz de entrar en una zapatería sin probarme algún par (pequeño consuelo cuando logro resistir) y la inauguración de alguna es motivo de fiesta grande.

Y es que me gustan de todo tipo: de tacón, planos, merceditas, botas de caña alta, sandalias, con hebillas, botines, de medio tacón, de tacón de aguja, de piel curtida, esclavas, playeras, con bordados, con strass, de ante, rojos, azules, atados a la pierna, botas de media caña, forrados de tela, negros, más negros, con adornos, lisos, de salón, zapatillas, topolinos, descubiertos, marrones, de cuña… a ninguno puedo resistirme y todos terminan en una estantería (qué envidia aquel zapatero de La guerra de los Rose. Odio a Michael Douglas desde esa película por razones obvias) que ya se va quedando pequeña.

Perfumes.

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Supongo que, como todo el mundo, en cuestión de olores, tengo unos gustos muy particulares. Normalmente no uso perfume, me basta con ir bien limpita y las fragancias que ya llevan el gel de baño y las cremas para el cabello y la piel que uso. Pero cuando llevo, y de unos años a esta parte, siempre es perfume masculino, ya que los de mujer me resultan demasiado empalagosos y cargantes. En particular algunos, me parecen atentados contra la pituitaria más que fragancias y algunas señoras son auténticas terroristas de los olores echándose medio frasco de cada vez.

El caso es que en mi último viaje a Barna me dieron a probar (bueno, suavemente me rociaron) un perfume que me pareció delicioso, convincente y respetuoso con el medio ambiente y las narices ajenas, un perfume que, compartido, podría ser el que me acompañara durante una temporada.

El error fue que, por mor de no parecer una terrorista en el aeropuerto de El Prat (bastante tengo con tener que descalzarme cada vez que vuelvo) determinada a acabar con la tripulación y el pasaje de mi avión a fuerza de perfume, no hice por traerme ningún frasco, decidida a buscarlo en este rinconcito del mapa.

Pero resulta que el rinconcito a veces es demasiado rincón y del perfume no tienen ni idea en ninguno de los sitios que he preguntado.

Y aquí es donde viene el motivo de este post: buscándolo, me he metido hoy en una perfumería de esas en las que te cobran por mirar de refilón cuando pasas por el escaparate. El señor, dueño, dolido por no poder acceder a mi deseo, me ha ofrecido un par de muestras de otros perfumes para que «él» los probara (he desistido de sacarle del error diciéndole que era para mí) y, en un sublime esfuerzo de ser amable, ni corto ni perezoso, ha agarrado el frasco de perfume de mujer que tenía detrás y me lo ha vaciado en el escote mientras argumentaba que era de los mejores que existían en el mercado.

De pronto me he sentido como un mosquito en una noche de verano. El señor, orgullosísimo, me ha desvelado la receta de tan magnífica fragancia recitando no sé cuántos nombres de flores. A mí, la verdad, me huele a talco, de ese del que nos cubrían de arriba abajo cuando éramos pequeños.

Ya hace un buen rato del «baño perfumado» y me duele un poco la cabeza. Se me vienen imágenes de ancianitas en misa de ocho o de tías solteras en el baile del pueblo con un prendido de violetas en la solapa. Menos mal que ya queda poco para llegar a casa.

La imagen, de CharlElie.

Contacto visual.

 

¡Ya vuelvo a poder utilizar mis lentillas! Se acabó eso de pintarme la raya del ojo a tientas, de llenar los cristales de rimel. Se acabó lo de hacer juegos malabares con las gafas ‘de ver’ y las de sol graduadas cada vez que entraba en algún sitio. Se acabó lo de tener que elegir entre ver y oler cuando me acercaba a comprobar el «chup-chup»de uno de mis suculentos guisos. Se acabó ver a puntos cuando me pille la lluvia sin paraguas.

Ahora ya veo el mundo en toda su plenitud, con todos sus colores. Ahora vuelvo a mis gafas de sol 3-D. Ahora ya podría ir a la playa sin temor a perderme cuando salgo del agua. Ahora lo veo todo, alto y claro.

 

Eyes Wide Shut.

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Tomemos un día desapacible de marzo, de esos que son la mitad de la condición para obtener un mayo florido y hermoso, en Cádiz además, donde el viento, por esa condición de esquina que tenemos, se nos ha resabiao y ya es capaz de soplar en todas las direcciones. A la vez. Bueno, en todas no, que de arriba abajo y viceversa todavía no ha aprendido. Pero está en ello, no creáis.

Tomemos también (como ejemplo, sólo como ejemplo) a un sujeto del género femenino lo suficientemente perra vieja en los menesteres del viento como para no llevar falda, pero no tanto -perra. Lo de vieja sí lo sigue siendo- como para tener el sentido común necesario para cambiar las lentillas por sus gafas de diseño al disponerse a efectuar un recorrido mucho menor que el que le hizo falta a Lawrence de Arabia para llegar a Aqaba, pero con los mismísimos metros cúbicos de arena que el Yunque del Sol.

Y ahí tenemos el resultado: una tarde perdida en urgencias (sí, perdida, que no estaba el Clooney ni nada), muchas lágrimas derramadas, algunas de ellas fluorescentes, un ojo más precioso que el de Malcolm McDowell, una pupila que sobrepasa límites y que absorbe toda la luz habida y por haber, un mundo totalmente desenfocado. Cuatro días sin leer, cuatro días sin ordenador. Cuatro días con poco más que hacer que mirar (sin ver) a las musarañas.

En fin, que ya he vuelto. Seguiremos ojo avizor.

Pequeños placeres.

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Suena el despertador. Te levantas. Madrugas por absoluta obligación, ya que la devoción te la dejas enganchada a ese pico doblado de la funda nórdica que, coqueto y tentador, te permite entrever el hueco todavía caliente de la cama que acabas de dejar. Te diriges a la cocina sin tropezar sólo gracias a que a esta hora el piloto automático te funciona mejor que tú misma, y con una increíble destreza logras poner en marcha la cafetera, aunque quizá sería mejor si le pusieras café dentro. Entras en el cuarto de baño y pisar al gato te recuerda que has de ponerle de comer antes de que te salte al cuello.

Ya estás delante del espejo. Con el medio ojo que has conseguido abrir contemplas la imagen misma del deseo: del deseo de salir corriendo. Porque el pelo, ni cardándolo conseguirías ese volumen, las ojeras ya las quisiera para sí la vecina gótica del tercero. Te desnudas pensando que menos mal que te acordaste de encender el calefactor y ajustando la ducha a sólo dos grados por debajo de la temperatura de escaldamiento de tu piel, entras en ella.  Y entonces piensas que si dios existiera, se manifestaría a través de una alcachofa de ducha. Le pides perdón por todos tus pecados a la ministra de medio ambiente y juras peregrinar al contenedor de vidrio como penitencia a ese minuto que vas a dejar que el agua caliente simplemente caiga sobre tu cabeza y resbale por todo tu cuerpo. Te estiras, giras sobre ti misma, con los ojos cerrados, saboreando el momento. Sientes como el pelo se empapa y va chorreando a su vez el agua y agradeces esa caricia sobre tu espalda. Champú ultra nutriente, gel hiper tonificante y un guante de crin para terminar de despertarte. Y de nuevo el agua cayendo sobre ti y tú inventando un jironcillo de espuma sobre un hombro para demorar el cierre del grifo. Cuando sales, antes de envolverte en tu mullida toalla amarilla, tu piel todavía humea y tu cuarto de baño se ha convertido en la ribera del Támesis. Te sientes nueva, despierta. Y ya, un día más, estás dispuesta a comerte el mundo.

Pequeños placeres.

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Suena el despertador. Te levantas. Madrugas por absoluta obligación, ya que la devoción te la dejas enganchada a ese pico doblado de la funda nórdica que, coqueto y tentador, te permite entrever el hueco todavía caliente de la cama que acabas de dejar. Te diriges a la cocina sin tropezar sólo gracias a que a esta hora el piloto automático te funciona mejor que tú misma, y con una increíble destreza logras poner en marcha la cafetera, aunque quizá sería mejor si le pusieras café dentro. Entras en el cuarto de baño y pisar al gato te recuerda que has de ponerle de comer antes de que te salte al cuello.

Ya estás delante del espejo. Con el medio ojo que has conseguido abrir contemplas la imagen misma del deseo: del deseo de salir corriendo. Porque el pelo, ni cardándolo conseguirías ese volumen, las ojeras ya las quisiera para sí la vecina gótica del tercero. Te desnudas pensando que menos mal que te acordaste de encender el calefactor y ajustando la ducha a sólo dos grados por debajo de la temperatura de escaldamiento de tu piel, entras en ella.  Y entonces piensas que si dios existiera, se manifestaría a través de una alcachofa de ducha. Le pides perdón por todos tus pecados a la ministra de medio ambiente y juras peregrinar al contenedor de vidrio como penitencia a ese minuto que vas a dejar que el agua caliente simplemente caiga sobre tu cabeza y resbale por todo tu cuerpo. Te estiras, giras sobre ti misma, con los ojos cerrados, saboreando el momento. Sientes como el pelo se empapa y va chorreando a su vez el agua y agradeces esa caricia sobre tu espalda. Champú ultra nutriente, gel hiper tonificante y un guante de crin para terminar de despertarte. Y de nuevo el agua cayendo sobre ti y tú inventando un jironcillo de espuma sobre un hombro para demorar el cierre del grifo. Cuando sales, antes de envolverte en tu mullida toalla amarilla, tu piel todavía humea y tu cuarto de baño se ha convertido en la ribera del Támesis. Te sientes nueva, despierta. Y ya, un día más, estás dispuesta a comerte el mundo.

Más felicidades!

Mayo es el mes del amor, cuando empieza el buen tiempo, cuando todo florece. Eso, más que saberlo, todos lo sentimos. Por eso en febrero tenemos que celebrar tantos cumpleaños.

Si ayer felicitaba a Malatesta, que se encontró favorecido en la foto, hoy se me juntan dos cumpleaños muy importantes. El primero, el de la mujer que me inauguró en el papel de hija cuando ella ya tenía un máster en el de madre. La mujer que es el espejo en el que me quiero mirar. La más fuerte y la más tierna. La mejor sin duda alguna.

El segundo, el de mi otra mitad. El del hombre que me hace feliz todos los días, que es el lugar en el que quiero perderme, en el que quiero estar, el aire que quiero respirar y la piel que quiero sentir.

Felicidades a los dos. Que sean muchos más. Que siempre sean así de felices, como hoy.

 

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