Ampharou’s library: julio

naturaleza muerta con flores y frutos

Ya se acaba este julio inmensamente largo. Largo me lo parece a mí, claro, que a los que habéis estado de vacaciones, o los que todavía apuráis estos últimos días os parecerá ínfimo.

Seguimos con Cezanne. Lo que estoy aprendiendo gracias al calendario de este año y a estos posts con los que os atormento. Por ejemplo, buscando la ilustración que acompaña a estas letras, la Naturaleza muerta con flores y frutos,  he encontrado también ésta otra, La Montaña Sainte Victoire  de 1904. Fijaos bien en la montaña y en el árbol de la izquierda. Ahora fijaos en la disposición del mantel (un tanto rebuscado) del bodegón  y en el ramo de flores a la derecha: Cezanne llegó a reproducir la montaña en 44 óleos y 43 acuarelas, pero parece que, además, la camufló en otras obras, tal era el poder que sobre él ejercía ‘su musa’.

Vayamos con los libros. Bueno, ‘el libro’. Terminé El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (como los tenía en un solo tomo, para mí son un único libro), de Patrick Leigh Fermor. Lloré al terminarlo. Pocas, muy pocas veces (y eso lo sabe mi adorado Chatwin) me he encontrado con un libro tan hermoso. Por eso será mejor que le dedique un post aparte: primero, porque apenas hace dos días que lo he acabado y todavía lo estoy paladeando. Segundo, porque se lo merece. Y tercero, quedaría un post demasiado largo y no quiero ahuyentar a mi extenso público (a vosotros dos, quiero decir). Así que un día de estos me pongo y os cuento de don Paddy.

A ver, series… Os dejé en que estábamos con las últimas temporadas (emitidas) de Juego de Tronos y Mad Men. Como podéis suponer, a estas alturas, ya las tenemos más que vistas. Además, nos ha dado tiempo a ver también la segunda temporada de Endeavour (no tiene mucho mérito, a cuatro capítulos por temporada) y la primera de Penny Dreadful (¡ah, tenéis que verla! Ambiente victoriano y mezcla de monstruos clásicos que se citan a sí mismos. Un poquito de Shakespeare, mucha aventura, una mijita de gore, el vozarrón de Timothy Dalton y los ojos y la magistral interpretación de la bella Eva Green, que da muuuucho susto). Y ahora estamos metidos de lleno en Ray Donovan. Nos hemos encontrado (Ray, Beaumont y yo) justo cuando comenzaba a emitirse la segunda temporada, así que nos estamos dando un pequeño atracón de la primera para ponernos al día. Muy recomendable, sobre los entresijos de Hollywood, las mentiras y las apariencias. Además, Jon Voight hace un papelín muy simpático (es mentira. Su personaje es de los que te dan ganas de inflarlo a hostias y él ocupa toda la pantalla hasta cuando no sale).

Ahora llega el turno de las películas. O de la película, para ser más exactos, porque sólo recuerdo (tengo que ir anotándolas) haber visto Viva la libertad, la última que ha estrenado Toni Servillo, el Jep Gambardella de La gran belleza. Que sí, que somos muy pesaditos, pero es que desde la película de Sorrentino nos hemos enamorado de este hombre, y con razón. Porque también tenéis que ver Viva la libertad. Ya luego, si eso, me decís si os recuerda a algo…

El mes de julio ha dado para más. Primero, para la presentación de un libro. No le voy a hacer publicidad, porque Óscar Lobato no la necesita, pero por fin ha publicado su tercer libro, La fuerza y el viento, y el pasado día dieciocho lo presentó en Cádiz. Y allá que nos fuimos, arrastrada por el cariño que le tengo: coincidimos poco más de un año en el cafetal, pero aprendí de él lo que no hay en los escritos. Literalmente. Así que, desde aquí, le deseo la mejor fortuna a este nuevo libro (ni que decir tiene que ya tengo mi ejemplar, con una cariñosísima dedicatoria, esperando a ser leído).

Segundo, y sobre todo, para un reencuentro largamente deseado con la persona más dulce y más achuchable en dos mil cuatrocientos kilómetros a la redonda por lo menos, mi querida India. Aunque al llamarla querida no os podréis hacer una idea de cuánto lo es. Para empezar a sospecharlo, tendríais que haber visto el abrazo de cuando nos encontramos.

Perrísimas que somos las dos, hacía mil que no nos veíamos, cuando apenas vivimos a quince kilómetros la una de la otra. La excusa perfecta nos la dio José Alberto López y su exposición (junto a Mª  Ángeles Robles) Paisaje interior: Arte y sueño en kimono, que a su vez se integra en la exposición Made in Japan que se encuentra en el Castillo San Sebastián de Cádiz hasta el 12 de octubre y que no debéis dejar de ver si pasáis por este trocito de orilla atlántica. De la exposición os diré que es preciosa, aunque lo explican mejor José Alberto y también India. Del día que pasamos… bueno, eso lo saben la piel y las pajarillas del sentío.

 

Ampharou’s library: abril y mayo

cezanneredroof

Mujer de azul y tejado rojo. Ya me he vuelto a columpiar y a saltarme un mes. Y casi son tres, que mira a qué fecha estamos. Pero os traigo los dos cuadros, preciosos, un paisaje y un retrato, de d. Paul. No sé por qué, pero los dos me evocan tristeza, un atisbo de soledad. A pesar de los colores intensos, brillantes incluso en el caso del paisaje.

Terminé de leer La sonrisa etrusca. Ni que decir tiene que cuando cerré el libro por última vez me acometió un llanto inconsolable: por lo hermoso del libro, por lo bellamente que está escrito, por la historia en sí y por todo a lo que me lleva. Y tras un par de días de reposo, empecé El tiempo de los regalos, de Patrick Leigh Fermor, libro de título precioso y más precioso contenido. Sólo la sinopsis basta para atraer a cualquiera, que esté prologado por Jacinto Antón son muchos puntos a favor, y leer la cita que lo comienza, es dejarte enganchada hasta su final:

Abandona tu hogar, y busca costas extranjeras, oh joven: para ti nacerá un estado más grande de las cosas. No cedas al infortunio: el lejano Danubio te conocerá, el frío viento boreal y los tranquilos reinos de Canopo y quien contempla el renacer de Febo y su ocaso haga que, más grande, descienda en arenas extrañas.

Tito Petronio

Mientras tanto, hemos seguido con las series: terminamos (anteayer mismo) la segunda temporada de House of cards. Enormísima. Todo un estudio de cuánto más malo y más ambicioso se puede ser. Kevin Spacey se sale de la pantalla, pero es que Robin Wright es la Lady Macbeth perfecta (¡ay, la pequeña Buttercup!)

También terminé (ayer) la segunda de Hannibal. ¡Qué temporada, madredelamorhermoso! Éste también es malo malísimo, y listo listísimo, pero además da muchísimo susto. Y supongo que ya sabréis por qué…

Y llevamos al día Juego de tronos, que cada vez da más nervios, y seguimos con Mad Men, con la que será la primera parte de su última temporada (no mola nada esto de dividir las temporadas, encima que perdemos las uñas a base de esperarlas, hay que multiplicar esa espera por dos para una menor dosis de capítulos).

Y hasta aquí llegamos. El mes que viene, más. Y si no, para el siguiente.

womaninblue

Ampharou’s library: febrero y marzo

vue-de-l-estaque-et-du-chateau-d-if-paul-cezanne

Este año me propuse no saltarme ningún mes. Y al segundo, ¡ea!, llega febrero, pasa febrero, y yo sólo me doy cuanta cuanto toca voltear la página del calendario. ¿Y quién se resiste a poner esta ilustración? Yo no, claro. Pero ya casi estamos a mitad de marzo, no va a colar… O a lo mejor sí, si fundimos el mes pasado y el presente y lo presentamos como uno solo. Así que aquí está, febrerarzo, con sus dos ilustraciones correspondientes, una al principio y otra al final, que don Pablo no se nos enfade, paisaje y bodegón, o bodegón y paisaje, Vista de L’Estaque y al Chateaux d’If, y Naturaleza muerta con pote verde y jarra de peltre. Hasta los nombres son hermosos.

Acabé el último libro de Ian McEwan, Operación Dulce. No es su mejor libro, y tampoco es el peor, o mejor dicho, no es el que más me gusta y tampoco el que menos, pero me ha divertido mucho el inesperado final, del que no voy a hablar, claro, no está en mí destriparle a nadie la historia.

Después de Operación, me he entregado a los brazos de José Luis Sampedro y a La sonrisa etrusca. Llevo apenas cien páginas leídas, y al menos noventa y cinco lo he hecho con un nudo en la garganta. Lo leo en la cafetería, y no me gusta que me vean llorar en público, pero ayer, lo siento, una lágrima contra la que luché a vida o muerte a base de intentar tragar el nudo, terminó rodándome por la cara. Ya os seguiré contando.

Seguimos con las películas. Ya os conté que vimos La gran belleza. Cuando ganó el Oscar, para celebrarlo, volví a verla. Claro que entre la primera vez y ésta, la he visto unas cuantas veces más: algunas, entera; otras, los trozos que más nos gustan. Me sigue pareciendo prodigiosa, triste y hermosa a la vez. Me temo que seguiré viéndola muchas veces más.

Y gracias a La gran belleza, descubrimos a Sorrentino y a Servillo, así que hemos visto también todas las películas que han hecho juntos: Il divo (no, gracias a dior nada que ver con esa cosa que la Wikipedia llama grupo internacional de ópera-pop), La consecuencia del amor (que me gustó extrañamente) y L’uomo in piu, agradeciéndoles a los dos que se embarquen en historias, al menos, tan sorprendentes.

Como homenaje a Philip Seymour Hoffman vimos Capote, que nos convenció (¡como si no lo estuviéramos ya!) de que hemos perdido a un actor como la copa de un pino.

Ahora las series. Las dos primeras temporadas de American Horror Story me duraron un par de semanas. En vena, que se dice. Definitivamente, Jessica Lange es el alma de esa serie.

Terminamos de ver (ésta está todavía calentita. El último capítulo lo devoramos este mismo lunes) True detective. Mucho es lo que se ha dicho de Matthew McConaughey (yo incluso diría más si tuviera forma de pronunciar su apellido), pero en esta serie es más todavía. Nos toca hacerle homenaje por su Oscar viendo la peli que se lo ha dado. La serie es, desde luego, redonda.

Y empezamos a ver la segunda temporada de House of Cards, que si Matthew se sale, lo de Kevin Spacey es ya de antología. Su personaje de Francis Underwood merece subir a los altares de los malos malísimos pero ya.

Y hasta aquí hemos llegado. El mes que viene, más. Lo prometo.

still-life-with-green-pot-and-pewter-jug.jpg!Blog

Historias de cafetería #17

ace0fredspades_last-cup-of-coffee

Todavía no es temporada de Erasmus en la calle A. O “todavía no han llegao los guiris”, como dice M., la dueña de la cafetería, ucraniana ella. Eso significa que no ha llegado la época en la que la escuela de idiomas de enfrente cuelga el cartel de sold out, que será más o menos para el mes que viene, cuando se nos llenará la calle de chicos y chicas jovencísimos con ganas de juerga y sol.

Pero esto ya lo sabéis, ya os lo he contado otras veces. Quizá también sepáis que no es necesario el desembarco de estas troupes para que la cafetería parezca el vestíbulo de la ONU: que la escuela funcione  todo el año y la cercanía de una oficina de extranjería mantiene alto el nivel de foráneos en cualquier época. Eso sí, siempre son caras nuevas, los cursos deben durar poco, y siempre vienen en grupitos ruidosos que se apostan en la barra. Por eso es que me resulte extraño mi nuevo compañero de desayunos, que llega solo, cargado de libros y libretas que consulta antes de prestarle toda su atención a uno, que lee página adelante, página atrás, agazapado el cuerpo escueto sobre su taburete, con su cara del color de la tierra quemada (color carmelita, según la traducción) y unos ojos que queman por sí mismos, como un Kip sin nadie a quién mostrar sus pinturas. Parece ser que le va la novela negra escandinava y se bebe los libros como bebe el café que toma. Cuando se va, deja taza, platos, cubertería y envases totalmente ordenados y a mano para que la camarera no tenga que esforzarse en llegar a ellos, como si pusiera la mesa para una visita. Paga, y recibe las vueltas uniendo las palmas de las manos delante de la cara, con una suave inclinación de cabeza, dando las gracias con una voz grave que no parece corresponderle y una sonrisa que debiera ser patrimonio de la humanidad.

La imagen, de aquí.

Ampharou’s library: enero

cezanne

Ya está aquí, ya llegó, el calendario del 2014. Ya lleva un mes, de hecho. Porque aunque parezca que hace cinco minutos que nos estábamos comiendo las uvas, ya nos hemos pelado el mes de enero. Ea! Pero todavía llego a tiempo para presentaros a Cézanne, aunque creo que ya lo conocéis todos. Enero termina con un bodegón suyo, pero tenemos todo un año por delante para ir descubriéndolo y para disfrutar de él. Espero darle mejor vida que la que le di el año pasado al pobre señor Lowry.

Tengo que daros una buenísima noticia: por fin me terminé El final del desfile, de Fox Madox Ford. He disfrutado muchísimo de ella, pero se me ha hecho eterna, al no tener todo el tiempo que me hubiese gustado para leerla. Leer un ejemplar de mil páginas a ratines diarios de veinte minutos puede hacerte perder todo el furor lector (no tanto si es una magnífica novela como ésta, claro), pero lo acabé, como una campeona, y deseando pasar al siguiente.

Mes de series: empezamos y terminamos Sherlock. Es lo malo que tiene una serie de tres capítulos. Y lo peor, es que tendremos que esperar al menos un año para la siguiente temporada. Esta tercera temporada ha provocado reacciones encontradas en casa: Beaumont la odia, Lorah la adora y yo me encuentro entre los dos, tirando más a la esquina de ella que a la de él.

También me terminé (ayer mismo) la tercera temporada de American Horror Story ¡Bien! ¡Ya estoy lista para empezar con las dos primeras! Me ha gustado mucho, me parece tan excesiva que no da ni miedo. Otra cosa es que quiero empezar a ver Hannibal… y ésta ya me da un poco más de respeto.

Hemos empezado (tres capítulos llevamos) True detective, y tengo que deciros que tiene una pinta fantástica. Matthew MacConaughey nunca ha sido santo de mi devoción, sólo lo soporté en Lone Star, pero en lo que llevamos de serie me ha encandilado, igual que todas las muecas de Woody Harrelson. Apuntaos la serie. Aunque sólo sea por la entradilla, merece la pena. Luego ya me contáis si conseguís desengancharos de ella.

Llega el turno de las películas: In the mood for love sigue siendo maravillosa. ¡Y pensar que la descubrí por un anuncio de coches! La mejor oferta, de Tornatore, con un Geoffrey Rush magnífico.

También vimos La gran belleza, de Sorrentino. Soy muy pesada con esta película, pero es lo que tenemos los obsesivos. La primera vez que vi (probando) la primera escena, se me hizo un nudo enorme entre la garganta y los ojos, tanto que no creí que fuese capaz de verla entera. Y sí que fui, gracias a dior. Rendida a sus fotogramas me hallo ahora, a la belleza de sus imágenes y a la simpleza de lo que cuenta. A su protagonista, que con su primera frase, ya sienta la base de lo que será el resto de la película. En fin, que vosotros veréis. Si os la perdéis, luego no vengáis quejándoos.

 

Ampharou’s library: diciembre

1936-2-A-Street-Scene-St-Simons-oil

No, no me he vuelto loca con el 2014. Todavía no me ha dado tiempo. Es que en los últimos días del año anterior tuve la intención de colgar esta entrada, pero Ampharou, el blog, no ésta que os escribe, decidió fenecer para despedir el año. Primero él agonizaba, luego llegué yo y terminé de rematarlo. Menos mal que 3nity siempre acude al rescate, como la mejor Chica Maravilla, y en un pispás me lo ha dejado niquelao, precioso por dentro y por fuera, y totalmente operativo. Para entonces ya han pasado el año, las uvas y hasta las repeticiones de los programas de fin de año de todas las cadenas, pero me da penilla el pobre Lowry, que no tiene culpa el hombre de lo vaguísima que he sido yo este año, así que, echad una semanita para atrás y leed, muchachos, leed:

Como os he escatimado los dos últimos meses los cuadros de Lowry, y como éste será el último (pobrecillo, cuánto lo he maltratado saltándome meses), vamos al lío, que se me acaba el tiempo y ya no hay para mucho más.

A street view, St. Simon church es la obra que termina el calendario. Una escena que podría corresponder a cualquier domingo por la mañana de cualquier pueblo, con la gente paseando alrededor de la iglesia, con su cura y los trajes de domingo. Sólo nos falta el perrillo raquítico para que sea una escena típica de Lowry, porque tenemos hasta la chimenea escupiendo humo de su pintura industrial. Sigo insistiendo en que busquéis más obras de este autor: éstas de carácter cotidiano son las más famosas, pero podríais perder horas (yo lo he hecho) observando sus retratos y sus pinturas eróticas.

No sólo he estado perezosa estos meses para escribir, sino también para leer. Le sigo dando vueltas a El final del desfile y mirando de reojillo a un par de libros que tengo pendientes y me muero por leer… bueno, a uno lo miro, pero el otro lo tengo escondido, por propia voluntad, porque la tentación de abandonar las cuitas de los Tietjens era demasiado grande. Espero terminármelo en estos días, y poder empezar el año con lecturas nuevas (¡y sobre todo hincarle el diente por fin a McEwan!) (¡¡Por fin lo terminé!! ¡¡Albricias!!)

Seguimos con las series: llorando todavía que Breaking Bad acabara, seguimos (y acabamos) Boardwalk Empire y House of cards. Las dos altamente recomendables. De la primera ha sido la cuarta temporada la que hemos acabado, y sigue siendo tan buena serie como al principio. De House of cards qué os puedo decir… que tenéis que verla, sobre todo si os gusta Kevin Spacey, que está en estado de gracia en ella.

También he empezado a ver American Horror Story. En ésta, me he tirado de cabeza directamente a la tercera temporada, empujada por Lorah, que intentaba convencerme, pobriña, desde la primera… pero ya sabéis lo miedica que soy, por eso ha tardado tanto la muchacha en conseguir que me sentara con ella a verla, y ¡ahora estoy encantada!, esperando a terminar Coven (ahora están con el parón navideño, parece que está feo emitir una serie de brujas en estas entrañables fechas) para empezar con las dos anteriores.

Y mientras tanto, nos mordemos las uñas porque está a punto de empezar ¡¡Sherlock!! (Ni que decir tiene que a estas alturas, ya hemos visto el primer capítulo de la primera temporada…)

En cuanto a películas sí me ha cundido un poco más el tiempo, que he visto unas cuantas: Lost in traslation (otra vez), Lawrence de Arabia (otra vez y como pequeño homenaje que le quisimos hacer a sir Peter O’Toole, aunque el mejor fue una entrevista que emitieron en noséquécanal, que le hizo Robert Osborne y que es absolutamente deliciosa), Un pez llamado Wanda, Los increíbles, Anna Karenina (preciosa), El último concierto, Gru 2 (¡yo quiero un minion!), la maravillosa El golpe, El verano de Kikujiro (otra vez), la bonitísima My blueberry nights (otra vez), Sherlock Holmes, un juego de sombras (para seguir con el guapo Jude Law) (Expiación -otra vez- y El hombre tranquilo han caído este fin de semana), y alguna más que seguro que me dejo en el tintero.

Bueno, al año le quedan dos días. Literalmente. Así que sólo me queda desearos para el nuevo que venga cargado de cosas hermosas, de mucho arte, de buenos libros, mejores series, grandes películas y tiempo y ganas para disfrutar de todo ello.

 

Ampharou’s library: septiembre

cripples

No estaba muerta, estaba de parranda. O de vacaciones, que es lo mismo. Y ¡albricias!, todavía me queda una semana. Pero ya falté a la cita de agosto (que fue un poco complicado) y no quería faltar también a la de septiembre, así que aquí os traigo la ilustración correspondiente del almanaque de Lowry, The Cripples. Es de suponer que en un Londres con una guerra recién terminada (el cuadro es de 1949), encontrar mutilados de guerra o lisiados por enfermedades no debía ser nada extraño. Lowry los pinta a todos juntos en un espacio vacío y ajeno a la ciudad industrial que aparece detrás de las rejas. No faltan aquí tampoco los perros, más famélicos que nunca.

Sigo con El final del desfile, de Ford Madox Ford. Sigo con él en la mesilla de noche, sin tocarlo, quiero decir. Un poco vaga en lecturas me han encontrado estas vacaciones, vaga y con remordimiento de conciencia, sobre todo cuando veo el montón de libros que tengo pendientes y a los que estoy deseando hincarle el diente.

Para lo que sí ha dado este tiempo es para las series. Vi la octava y última (¡por fin!) temporada de Dexter. La vi porque ya sentía curiosidad con lo que iba a pasar con él, pero es una serie a la que le han sobrado cuatro temporadas de largo. Y de ello me ha terminado de convencer el final, más propio de los Serrano que de una serie que prometía tanto en sus principios.

Con Breaking Bad ha sido intenso: empezamos a ver Beaumont y yo la última temporada (¡y qué última temporada!), pero cuando volvió Lorah, que había empezado a verla, me puse con ella desde la segunda temporada. Resumiendo: capítulo nuevo por semana y, entremedio, tres temporadas que ya había visto y que nos han durado poco más de quince días. El domingo próximo se emite en Estados Unidos el último capítulo de la serie, una serie memorable de principio a fin y que, habiendo visto (y sufrido, y disfrutado) los últimos siete capítulos, estamos con el corazón en un puño deseando ver éste último y con pena al mismo tiempo precisamente por eso, por ser el último.

También terminamos de ver Endeavour, serie inglesa de ITV sobre las andanzas del detective Morse. Lo mejor de esta serie, sin duda alguna, es la ambientación, dan ganas de trasladarse al Oxford de los años sesenta.

Y también empezamos con House of Cards. Sólo he visto dos o tres capítulos, lo suficiente para hacerme a la idea de que me va a gustar mucho muchísimo. Ya os iré contando.

Y ayer empezamos también con la cuarta temporada de Boardwalk Empire… parece que, al fin y al cabo, sí me ha cundido el verano!

Ampharou’s library: julio

1959-656-Group-of-People-1959-300dpi

Decía George Mikes: “Un inglés, incluso si está solo, hace una cola ordenada de un solo miembro”. Leí esta cita hace tiempo, y es lo primero que se me vino a la cabeza cuando vi este cuadro de Lowry, el que ilustra el mes de julio. Y eso que, técnicamente, lo que aparece en la imagen no es una cola bien formada, una cola genuinamente inglesa, sino un montón de gente que parece esperar algo. ¡Si hasta el perrete parece estar esperando!

Este mes me he resarcido del atraso de lectura que llevaba. Me entregué a los brazos de Bruce Chatwin, mi adorado Chatwin. Hasta ahora había leído sus libros de viajes, Los trazos de la canción, el libro más hermoso que he leído nunca, En la Patagonia, ¿Qué hago yo aquí?, pero ahora le tocó a sus novelas: primero fue su Colina negra, la historia de los gemelos Jones, que nacieron con el siglo XX, y después fue Utz, el coleccionista de porcelana, dos delicias que me bebí en menos que nada.

Y de un adorado a otro adorado: después de Chatwin, Enric González, que me hizo disfrutar con sus Historias líquidas.

Terminamos Mad Men, empezamos y terminamos la tercera temporada de Luther (¡oh!), estamos mediando la tercera de The killing (sin lugar a dudas, la mejor de las tres. Me tiene enganchadísima), empecé también la última (menos mal) de Dexter (flojita por ahora) y disfruté paseando por Oxford con el primer capítulo de Endeavour. Tiene buena pinta ésta última. Ya os iré contando.

Por fin pude ver también el Moby Dick de Huston. No quería verla hasta que no terminara el libro, y no defraudó nada. Grandísimo Orson Welles como el padre Mapple y grandísimo Gregory Peck como Ahab… tan grandísimo que vimos también Matar a un ruiseñor: maravilla del cine que ¡oh, pecado!, todavía no había visto. Boca abierta y días dándole vueltas, cómo algo tan sencillo puede ser a la vez tan grande. Y la última del mes fue En el nombre del padre. Y saqué dos conclusiones: que Daniel Day Lewis ya era tremendo hace veinte años y que me queda muchisísimo cine que ver.

Ampharou’s library: junio

(c) Ms Carol Ann Lowry/DACS; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Junio. Esta vez, lo siento, pero no tengo historia para el cuadro de Lowry. No he podido pergeñar ninguna. Lo que sí tengo, por más que miro y remiro la lámina colgada en mi despacho, son muchas preguntas. Porque se trata de un paisaje industrial (éste es precisamente el título), uno de los tantos que pintó el artista. Parece recoger una escena en algún polígono en crecimiento de una gran ciudad. En él aparecen multitud de personas, unas que caminan, otros que corren, unos chicos que parecen jugar en un triste y gris descampado. Están también los perros de Lowry, esas manchitas negras con patas y orejas enhiestas. Un paisaje gris con un cielo sucio. Pero en el centro, en una callecita que atraviesa el lienzo, un tumulto de personas se agolpan alrededor de lo que parece un coche… me parece, influida por multitud de películas que recrean la misma época del cuadro, un coche de policía, demasiado oscuro para ser una ambulancia. Va llegando más gente, y los que aparecen ya por la esquina de la calle, parecen decididos a correr hacia la aglomeración. ¿Qué ha pasado? Las casas más próximas están demasiado lejos, no hay salida desde ellas hasta ese punto de la calle. Las humeantes fábricas quedan más lejos aún. ¿Es ciertamente la policía o se trata sólo del camión de la leche?

En primer plano se nos presenta un otero, bastante apartado de toda la escena pero dominándola. Y sobre ese cerro, alguien que mira. Me muerdo las uñas y no consigo distinguir si mira, vigilándola, la escena, o si mira, vigilándonos, a nosotros. Se me ocurre que en realidad no sea nadie, sino la estatua de algún padre de la patria, o de algún tirano, puesta en lo alto para recordarles a todos quiénes son. Esto me lo lleva a pensar la figura que tiene a la derecha: una mujer de perfil, ajena a lo que sucede abajo, con la cabeza gacha en actitud de reverencia o ¿acaso no bajamos también la cara cuando tenemos miedo?

Por fin arrié las velas y me bajé del Pequod, coche fúnebre en el ecuador. Terminé el libro, pero incorporé a Ahab, Ismael, Queequeg y al pobre Pip a mi devocionario particular. A quien me hubiese dicho que disfrutaría tanto leyendo páginas y páginas sobre anatomía comparada de los cetáceos, lo habría tenido por loco, y luego me habría tenido que comer mis palabras una a una. Casi setecientas páginas con la boca abierta y los últimos capítulos con el corazón encogido. No es gratuito que mi adorado Harold Bloom la tenga por la más grande novela americana.

Seguimos avanzando con Mad Men (¡qué poquito nos queda ya!), terminamos con Juego de Tronos (¡oh, esas lluvias de Castamere!), me temo que también terminamos con Vicius (ésta así, sin avisar…). Seguimos también con The Hour, ahora con la segunda temporada, que parece tener tan buena pinta como la primera y empezamos con la tercera de The Killing, con los mismos personajes que, una vez resuelto el caso Larson, continúan con uno nuevo en la lluviosa Seattle (¿por qué en Frasier no llovía tanto?).

En cuanto a películas, a la espera de ver el Moby Dick de Huston, vimos El Club de la Lucha. No, no la había visto hasta ahora. Sí, ya sé que tengo delito. Y no os voy a decir nada más, que todos sabéis ya cuál es la primera regla del Club de la lucha…

También hemos tenido extra-bonus este mes. Faemino y Cansado, en la gira de Parecido no es lo mismo recalaron en Cádiz, y nosotros, que somos románticos y plantamos perejil, allá que nos fuimos a verlos. Ni que decir tiene que nos pasamos casi dos horas sin parar de reír.

Mayo: Ampharou’s library

El chico había pasado toda su vida en la granja de la familia, la que era de su padre, y antes que suya, de su abuelo, y antes que suya, de su bisabuelo… No había salido de allí en su vida, pero sabía que había algo mejor, que los chicos que iban a la ciudad volvían contando cosas maravillosas y con dinero en los bolsillos. Así que, no sin discutir con su padre y hacer llorar a su madre, hizo el petate y se marchó dispuesto a comerse la gran ciudad. Y allí estaba, delante de la pensión en la que tenía derecho a una media cama, una media jarra de agua para lavarse, un puré de guisantes con café para desayunar y todas las chanzas y las burlas de los que, como él, seguramente había llegado de otras granjas u otros pueblos dispuestos a comerse el mundo. Pero hoy se había hartado, y sí, era el último en llegar, y todavía llevaba puesto el traje de los domingos, y el sombrero que había heredado de su abuelo, pero si quería llegar a ser alguien, tendría que plantarle cara a ese pesado…

Todo el mes de abril, al que correspondía este cuadro en mi almanaque, he estado inventando historias para esa escena, para ese bofetón con espectadores, para La pelea que Lowry inventó con dos perros flacos y negros. Ésta que introduce el post es sólo una de ellas, o el resumen de todas. Es increíble cómo este Lowry consigue meterme en sus cuadros y hace que imagine para ellos no sólo lo que está pasando, sino lo que ha pasado hasta llegar aquí.

Mayo también tiene un cuadro maravilloso, pero todavía no me ha dado tiempo a inventar historias para él… sólo me quedo embobada mirando ese horizonte.

Abril (y lo que va de mayo) ha seguido siendo un mes triste para la lectura. Sigo con Moby Dick, estoy disfrutándolo hasta límites insospechados (no hubiese creído al que me dijera que iba a disfrutar con la fisiología comparada de ballenas y cachalotes), y sólo un día que olvidé a la ballena en otro bolso me entregué por completo a las Cartas de mamá de Cortázar.

Un poco menos triste está siendo el apartado series: empezaron las nuevas temporadas de Mad Men y Juego de Tronos, que estamos siguiendo con el mismo interés que dejamos las temporadas anteriores (¡ah, la Khaleesi!), vimos una estupendísima miniserie (cuatro capítulos) inglesa llamada Secret State con un magnífico Gabriel Byrne; para seguir con él, empezamos a ver de nuevo In Treatment, pero ésta es tan intensa que sólo conseguimos ver un par de capítulos de cada vez…

También vimos, catatónicos y de una sentada, la segunda temporada de Black Mirror. Sigue siendo tan devastadora como la primera. Y empezamos también con The Hour, y, aunque sólo hemos visto un capítulo, sospecho que nos va a tener enganchados un tiempecito.

Películas han caído unas cuantas: la más reciente (aunque creo que es la más antigua), Lord Jim, maravillosa, con Peter O’Toole interpretando el mismo papel desgarrado que en Lawrence de Arabia. Cambiando de tercio, Los caballeros de la tabla cuadrada (sí, no la había visto, ¿qué pasa?) fue la que nos arrancó las risas el mes pasado. También vimos The Master, la supuesta historia del fundador de la Iglesia de la Cienciología: Paul Thomas Anderson y yo no conectamos últimamente, qué le vamos a hacer.. No habrá paz para los malvados fue otra de las que vimos, con un Coronado en estado de gracia, con el mejor nombre de personaje de los últimos tiempos, pero, lo siento, tampoco conecto con Urbizu (a ver si la culpa va a ser mía…).

La última joya que recuerdo fue El coleccionista, de Wyler: los ojos y el gesto de Terence Stamp, la historia en general, me tuvieron dando vueltas varias semanas.

Como extra-bonus, también fuimos este mes al teatro: Mujeres de Shakespeare, de Rafael Álvarez El Brujo. He de reconocer que ya me tenía el corazón conquistado antes de hacerme con las entradas, que sólo entrar en el teatro siempre me subyuga, pero que, apenas abierta la boca me nombrara a mi Harold Bloom ya hizo que me entregara totalmente. Y quién no lo hace, oyéndolo declamar esos versos, o comentando con toda la gracia la actualidad, engarzándolo todo en un rato maravilloso que nos hizo pasar.