Ampharou’s library: marzo

Cada año lo terminamos con un ritual: el de encontrar el calendario que compartirá con nosotros, mes a mes, el año que todavía tenemos por estrenar. Esta vez, sin embargo, la decisión se demoró hasta casi mi cumpleaños. Años anteriores, era difícil saber con cuál quedarse, pero éste es que no había ninguno que nos gustara: todos eran de gatitos con mirada tierna, flores con áura o justines biebers o dorasexploradoras varias..

Al fin, cuando ya tenía uno de Van Gogh en la mano, Beaumont dio con el que, desde ese día, adorna el trocito de pared destinado a ello: uno de L. S. Lowry.

He de confesar que no conocía a este pintor, ni siquiera me sonaba. Así que dejé a mi amado Vincent donde estaba y, quedé dispuesta a aprender, durante todo un año, todo lo que pudiera sobre él.

Para empezar, os diré que, ojeando el calendario, no pude hacerme una idea de todo lo que es. Ya veréis por qué si me animo a seguir con la saga. Beaumont, cooperador en todo momento, buscó información sobre él, y descubrió un documental que conseguimos ver hace unos cuantos días. Ha sido flechazo a segunda vista, aunque a ello ha contribuido el tener a Sir Ian McKellen de Cupido (cuando yo tenga su edad, quiero tener los ojos como los suyos, llenos de toda la vida).

Así, ya sé que es un pintor de multitudes, aunque la obra que hoy nos acompaña, correspondiente al mes de marzo en mi calendario, no lo demuestre. Es por lo que decía que el almanaque no era demasiado representativo (éste fue enero y éste febrero).

En fin, que habemus almanaque y este año iremos desgranando al señor Lowry, si os apetece.

Sobre mis lecturas, poco tengo que contaros. Tengo atorado a Sherlock Holmes. Me lo he dejado encima de la mesilla de noche, para evitar que la espalda sufriese más de la cuenta y a fin de leerlo de a  poco cuando me acuesto. El problema es que llego a la cama a lo justo para quedarme dormida y con la condena de las seis de la mañana mirándome desde el despertador, y al pobre libro lo tengo bastante abandonado. A cambio, cargo cada día con Moby Dick (mucho más liviano, dónde va a parar, a pesar de ser una ballena), asignatura que tenía pendiente, y que estoy disfrutando en los desayunos cada día. Poquito a poco, tampoco le doy todo el tiempo que debería. La lectora compulsiva se ha convertido, sin remedio, en una lectora vaga.

En el apartado de series, poco que contar también (¡qué aburrida me estoy volviendo!). Estamos viendo otra vez The Wire, mientras hacemos tiempo para todas las nuevas temporadas de las series que seguimos y que están al caer. También hemos descubierto hace poco The Americans: sólo llevamos tres capítulos y tiene buena pinta. Sólo espero que no se tuerza y tire por el camino fácil (aunque no las tengo todas conmigo).

El tema películas sí ha sido un poco más fructífero. Hace dos días vimos Django desencadenado, de Tarantino. Me encanta Christoph Waltz y he descubierto a Jamie Foxx. La película, tan excesiva como todas las de Tarantino. ¿Habéis visto Malditos bastardos? Pues ésta me parece aquélla disfrazada de spaghetti western.

También vimos Lo imposible, de Juan Antonio Bayona. Llorera al canto. Poco más. Ni fu ni fa ni todo lo contrario. Ya me contaréis los que la hayáis visto, que no quiero ser metepata ni quitarle las ganas a los que tengáis intención de verla.

Otro día enganchamos en televisión La caja 507, de Urbizu (no, no la había visto. Sí, ya sé que tiene unos cuantos años).

Y para años, ayer vimos Blow Up, de Antonioni. Y tampoco la había visto. Y cabezazos que me doy ahora contra la pared, por haberla dejado pasar tantas veces. India, que sepas que estuve toda la película acordándome de ti, Las Armas Secretas, de Cortázar cogen ahora polvo en el cafetal.

Y nos atrevimos con El árbol de la vida, de Malick. Entiendo que en algunos cines pusieran avisos sobre esta película, y permitieran a la gente cambiarse de película. No es fácil, eso está claro, pero es que hablar de la Vida, así, con mayúsculas, de lo que somos, de por qué lo somos, de lo que dejamos cuando no estamos, y de las consecuencias de nuestro estar, es, cuanto menos, algo complicado. Eso sí, visualmente es maravillosa.

Actualizamos: perdonad, pero no había enlazado los cuadros de enero y febrero donde correspondían. Ya podéis pinchar para verlos.

Ampharou’s library: diciembre

Terminamos el ‘año Mucha’ (¿qué nos deparará el que viene?) con el tablero titulado ‘Las horas del día, nueva serie de cuatro paneles en los que las ‘mujeres Mucha’ representan, en el ambiente bucólico al que nos tiene acostumbrados, el despertar, la mañana, la tarde y la noche, con gran profusión de elementos florales y enmarcados en una grecas que no son más que continuación del fondo de cada motivo.

Es una lástima, como decía el mes pasado, que el editor del calendario se haya centrado en el Mucha publicista (que ya es mucho y muy grande). Ahora que acaba el año, y con él las ilustraciones de este autor moravo, buscad, si no lo habéis hecho ya, más muestras de su obra, grande toda ella, y que contempla muchas más disciplinas aparte de la pintura.

Este mes me voy a saltar la parte de los libros, porque sigo atascada con el bueno de Sherlock. Bueno, atascada no es la palabra, porque lo sigo leyendo y disfrutando, pero a un ritmo tan lento (apenas unas pocas páginas cada día), que parece que no avanzo lo más mínimo. Mientras tanto, se me siguen acumulando cosas que leer, libros y autores que descubrir.

Terminamos la tercera temporada de Boardwalk empire. Grande. Mucho. Y si con la segunda la serie quedaba totalmente cerrada (podía haber terminado con ella), ésta queda abierta para una próxima. Esperemos que no quieran alargarla inútilmente, sería una lástima para una tan buena serie. Por cierto, que ahora comienzan a ponerla los domingos en la Sexta. Eso sí, si es, como me temo, en versión doblada, huid de ella como la peste: ¡no os podéis perder la particular voz de Steve Buscemi así como así!

También terminamos, gracias a dior, la temporada de Elementary. Podéis prescindir de ella totalmente, dedicar vuestro tiempo a teñiros el pelo de azul o meter los dedos en un enchufe: cualquier cosa será más productiva que verla.

Y como el demonio, que para pasar el tiempo mata moscas con el rabo, nosotros, mientras esperamos a que se estrenen las nuevas temporadas de las series que nos gustan, hemos empezado de nuevo con The Wire. ¡Qué placer reencontrarse con Jimmy McNulty, Lester Freamon, Bubbles… y claro, con Stringer Bell!!

Termino con las películas vistas: la primera, Take Shelter. Tenía curiosidad por ella, desde que leí una reseña en Esquire, aunque debo confesar que más que por el tema, era por el protagonista, Michael Shannon, el Nelson Van Alden de Boardwalk Empire, personajaco donde los haya, sobre todo en la primera temporada. Una película sobre visiones apocalípticas que, si sois muy aprensivos, no os aconsejo ver… por lo menos hasta el día veintitrés.

También vimos Shame, de Steve McQueen (éste, no éste). Además de tener que agradecerle el ponernos en la pantalla a Michael Fassbender como su madre lo trajo al mundo (bueno, un poco más grande. Algunas partes más que otras. Que George Clooney no habla por hablar), tenemos que alabarle su buen hacer y la tremenda visión estética, aunque sea con una historia tan tristísima como ésta, y el que le haya puesto una banda sonora tan increíblemente hermosa.

Y hasta aquí ha dado el año. Ya veremos si continuamos la serie a partir del que viene. Mientras tanto, sed tan felices como podáis.

Ampharou’s library: noviembre

..ya se fue, con todas sus castas, que podría ser el subtítulo del post. Porque después de que se acabara la ‘cima’, me las prometía yo muy felices respecto a la tranquilidad, hasta que me di de bruces con la realidad. Ha sido un mes de asco, de cabo a rabo, en el que todo era para la semana pasada y en el que no he tenido ni un ratito pa’ná. Os he tenido abandonados, he tenido abandonada ca’Ampharou y hasta a mí misma, y es que salir a las tantas de currar día sí y día no, y el que no, hacerlo con la cabeza tan saturada que sólo te apetecía golpearla con una esquina, no es bueno para mi vida social… ni para mi salud mental.

Pero vayamos a lo importante: un post para celebrar que ya está, que se acabó, que cumplió con sus treinta días que parecieron trescientos, aunque sea a tres días después.

Para ello, el cartel con el que conocí y me enamoré perdidamente de Mucha, hace unos cuantos años, en el Museo de Arte de Cataluña, en una exposición sobre carteles de principios del siglo XX. Allí estaba él, y me quedé prendada del humo que salía de esa boca. Me recuerdo anotando todos los nombres en servilletas de papel, nombres que no conocía y de los que quería aprender. El que más se repetía, Mucha, y por méritos propios, se convirtió en parte de mi obsesivo particular.

Aquí, la publicidad del papel de fumar Job. Una maravilla, sin duda. El rostro de la modelo, haciendo émulo de Saritísima en aquello de que fumar es un placer. El cabello, el fondo, el marco que se hacen humo para envolverla.

En cuanto a lo demás que suelo contaros en estas librarys, poca cosa. Poco he avanzado con el libro de Sherlock, y eso que me tiene enganchada. No me queda demasiado y espero acabarlo en estos días. Hilando con el libro, una de las películas que he visto: El signo de los cuatro, basada en una de las historias largas de Conan Doyle, con Peter Cushing. Tremendamente entrañable, como un Estudio 1 con pocos recursos, y bastante prescindible, nos hizo pasar, sin embargo, un buen rato.

La otra película mencionable fue Olvídate de mí, de Michel Gondry, o Eternal Sunshine of the Spotless Mind (recordadme que le envíe una cajita del polvorones al traductor), que ya había visto hace unos años. Me volvió a parecer encantadora. Y absurda, pero sobre todo encantadora.

Seguimos hilando y seguimos viendo Elementary. Y ésta sí que es totalmente prescindible. Y denunciable, por mancillar el nombre de Sherlock en vano, que lo sepáis.

También sigo viendo la séptima temporada de Dexter, paciente y semanalmente. Y que es una temporada normalita tirando a cortita da buena muestra de que puedo esperar perfectamente a que pase la semana para ver el nuevo capítulo sin roerme las uñas hasta la muñeca.

Y seguimos también con Boardwalk empire. Al terminar la segunda temporada nos pareció que había acabado de una forma redonda, que no hacía falta llevar más allá las aventuras de Enoch Thompson, que la spoiler de spoiler había puesto el the end definitivo a la serie. Pues nos habíamos equivocado: ha seguido, y de una forma magistral. La aparición de nuevos personajes le ha dado nueva vida que, a falta de un capítulo para terminarla, parece magnífica.

El mes que viene, o mejor, dentro de unos días, más.

La lavadora

A principio de los años setenta mi madre tenía una lavadora de turbina. No la recuerdo mucho, los menesteres de la colada no me interesaban demasiado, y pocas veces creo que la viera funcionando (mi madre, con buen criterio, creo que prefería mantenerme lejos de la lavadora mientras lavaba. Por no tenerme que sacar de ella con la boca llena de espuma, más que nada), pero sé que allí estaba, esmaltada en blanco y con el interior azul, con su tapa puesta y  su goma de desagüe gris estriada, justo delante del inodoro, supongo que precisamente por eso, porque en algún lado había que enchufar esa goma cuando había que vaciarla.

Por lo que ahora sé, esa lavadora hacía poco más que mover la ropa dentro del agua jabonosa. No sé si habría que enjuagarla después, pero desde luego sí que había que escurrirla a base de biceps y juego de muñeca, porque de centrifugado nada de nada.

Mi madre también tenía, en la terracita pegada a la cocina, en lo que viene a ser el lavadero, vamos, un pilón de granito con una tabla de madera. Allí es donde lavaba la ropa blanca sobre todo, porque claro, la lavadora no podía competir con unos buenos restregones y su jabón lagarto.

Mi padre le propuso comprar una lavadora automática. Mi madre se negó. Ella tenía suficiente con la suya, el pilón y sus brazos. Ninguna lavadora iba a dejar la ropa tan limpia, eso es seguro. Por lo que me han contado, él insistía, sobre todo cuando la veía doblada sobre la tabla de madera peleando con kilos de tela mojada. Ella, hija de gallego, seguía negándose. Hasta que supongo que mi padre, gallego de nacimiento, la dejó por imposible, se fue a la tienda, y compró de todas formas la lavadora automática.

Mi madre al principio la miraba con recelo. No se fiaba un pelo de ella. ¿Y si no se tragaba el detergente? ¿Y si no entraba a tiempo el suavizante? La vigilaba en cada una de sus vueltas. Hasta que la lavadora, a fuerza de sacar la ropa limpísima, suavísima y, sobre todo, escurridísima, la convenció. Desde entonces ambas (mi madre como única y la lavadora como genérica, englobando a la primera y a las que llegaron después), han vivido una eterna luna de miel.

Hace unos días me llegó (por fin) el libro del que os había hablado. Mil diecisiete páginas de tamaño poco mayor que media cuartilla con un tamaño de letra igualito que el de las etiquetas de los champús. Que lo he abierto y se me han juntado al menos diez líneas en una. Me lo advirtió Beaumont cuando me dijo que había llegado a casa: te vas a quedar ciega. Y ciega no sé, pero que voy a criar dioptrías como si fueran calabazas, seguro. Es mismo día, Beaumont se descargó el libro, en la misma traducción, en su ebook. ‘Pruébalo, léelo y ya me cuentas’. En realidad, está intentando que lo pruebe desde que se lo trajeron los reyes. Yo me resisto. No quiero que me guste, no quiero dejar de leer mis libros, en libros, llenos de páginas, de letras impresas. No quiero dejar el olor de los libros nuevos, el de los más sobados. No quiero dejar de volver a mis viejos libros, y descubrir, por casualidad, una anotación olvidada, o algún trozo de papel que me recuerde el tiempo en el que lo leí por primera o por última vez.

Yo, hija de gallego, cada vez me parezco más a mi madre.

 

Ampharou’s library: octubre.

Seguimos con Mucha. El editor del almanaque insiste con los carteles (en este caso, es el realizado en 1897 para la compañía de ferrocarriles Chemins de fer P.L.M., titulado Mónaco-Montecarlo, como se lee en el cartel original, aunque la reproducción en el calendario haya omitido la grafía), lo cual es una lástima, no porque no sean preciosísimos y preciosistas todos, sino porque nos impide disfrutar de su ‘otra’ obra, sus cuadros no dedicados a la publicidad, sus esculturas, sus vidrieras, sus joyas… Entre los primeros, por supuesto, la gran Epopeya eslava, veinte lienzos de (muy) gran formato donde se cuenta la historia de ese pueblo (aquí está magníficamente explicado, y aquí os podéis hacer una idea del tamaño de los cuadros), y los retratos, como el de su hija Jaroslava, del que me enamoré perdidamente en aquella exposición que tuve la inmensa suerte de ver en Madrid.

Sobre la lectura, me ha invadido una flojera enorme: no flojera por leer, sino por cargar con el tomo del cual tenéis la portada ahí, a la derecha, un poco más abajo. Llevo un mes leyéndolo y sólo hace tres días que cargo con él a todos lados, con gran regocijo por parte de mi escoliosis. He estado llevándome un pequeñito libro con relatos de Oscar Wilde, que me ha encantado y divertido a partes iguales, pero me resistía a cargar con Sherlock Holmes, prometiéndome leerlo en casa. Lo que pasa es que están siendo unos tiempos un poco frenéticos desde que volví de las vacaciones: los actos y fastos que se celebran este año en este cachito del mundo me llevan fané y escangallá toda la semana, así que ahí lo tengo, pobrecillo, atascaíto perdido, porque todo es querer ponerme a leer y, sin pasar la primera página, caer como una bendita.

De pelis, nada de nada. Y de series, terminamos con Parade’s End (me ha gustado, pero creo que está un poco deslavazada. Estoy deseando que me llegue el libro para comprobarlo), empezamos con la tercera temporada de Boardwalk Empire (magnífica. Otra vez) y yo, por mi cuenta y riesgo, me empapé la sexta temporada de Dexter en tres días y ya han caído también los cuatro emitidos hasta la fecha de la séptima. Ah, sí. También he visto un par de capítulos de Elementary, la nueva versión de Sherlock Holmes (y van…?), también ambientada en la actualidad y con la particularidad de que John Watson es clavadito a Lucy Liu. Entretenida sin pretensiones, se deja ver sin más.

Seguiremos informando.

Ampharou’s library: septiembre

Septiembre siempre me ha parecido un mes dulce. Vosotros me diréis: claro, cabrona, como que estás de vacaciones… pero no, no es ahora, es desde que tengo uso de razón (o razón a secas, que uso le doy poco), o desde que septiembre dejó de tener los colmillos de la vuelta al cole. Me parece un mes amable, como os digo, al menos en este rinconcito del mundo donde no hay que irse demasiado lejos para tener sensación de vacaciones. Me gusta este mes porque todavía hace una temperatura agradable sin los agobios de meses atrás, porque los días todavía son largos y porque… que sí, hombre, que sí, ¡porque todavía estoy de vacaciones!

Pero en fin, que aunque lo esté no descuido mis obligaciones y aquí vengo con el post mensual de libros y cine/series. Aunque no tengo mucho que contar, ya veréis.

La ilustración que veis arriba es una de las versiones que Alphonse Mucha hizo de Las cuatro estaciones. Si buscáis por ahí (san google, of course), comprobaréis que son varias las que tiene. Ésta, concretamente, es de mil novecientos. Ya os he hablado otras veces del gusto de Mucha por realizar series de un mismo tema, y éste es un buen ejemplo, que continúa con las características de la cartelería del autor: elementos femeninos, mujeres altivas y etéreas, profusión de adornos, sobre todo vegetales (hasta las joyas recuerdan flores y plantas), todo muy al gusto art noveau.

Aquí veis el panel completo, aunque en mi calendario sólo aparecen la Primavera y el Invierno (señor editor, vamos a tener que hablar seriamente de su medicación) en pose de diosas, de glorias, de triunfos. Que me va a faltar pared en el salón para tanto panel, creo…

Vamos a los libros. Al libro, mejor dicho, porque sólo ha sido uno: el de Harold Bloom de el que os hablé el mes pasado, La anatomía de la influencia. Y menos mal que lo he terminado: me harían falta un par de vidas más para leer todo lo que él nombra y otras cien para  llegar a tener la comprensión que este hombre tiene de cada obra de la que habla. Una lástima, porque, aunque es un verdadero placer reencontrarse con don Harold, siempre que lo leo tengo la sensación de que dejo de aprender mucho de lo que debiera con él (aunque también está el consuelo de que algo queda).

De cine andamos cortitos, ni aún en casa hemos visto apenas nada. Destacable, A sangre fría, la peli del libro de Truman Capote, que como  película está bien… y ahí lo dejo para no entrar en el estéril discurso de si es mejor la película o la novela.

También revisionamos los Batmans de Chris Nolan. El primero y el segundo, que la última entrega la tenemos demasiado reciente y tampoco es para tirar cohetes. Y aparte de Brave, que la vimos en el cine, y de la que ya os hablé en este post, nada más que añadir.

Vamos ahora con las series: se nos terminaron las temporadas de las que nos quedaban por terminar, es decir, de Breaking Bad (¡¡bestial!!) y The Newsroom. Ahora nos toca esperar hasta el año que viene para ver las siguientes temporadas de todas las que seguimos, a saber, las dos que acabo de nombrar, Mad Men, Juego de Tronos, Luther, Sherlock, Boardwalk Empire (sí, nos acabamos de enterar que tendrá una tercera temporada). Mientras tanto, hemos empezado con Parade’s End, con la BBC haciendo lo mejor que sabe hacer: dramas de época. Aquí se trata de la adaptación de una tetralogía de Ford Madox Ford (que ya tengo encargadita a una librería de segunda mano) con Benedict Cumberbatch (nuestro Sherlock favorito) de protagonista. Y si digo BBC, poco más tengo que decir.

Seguiremos informando.

Ampharou’s library: agosto

Agosto. Ya queda menos para las vacaciones (¡septiembre, glorioso septiembre!). Mientras tanto, seguimos con don  Alphonse. Este mes toca el Mucha de los carteles publicitarios, con éste de 1898 para F. Champanois, imprimeur-editeur. Mucho ha llovido en publicidad desde entonces, pero viendo algunos anuncios de ahora, dan ganas de darle al publicista con el marco de este cartel en la boca y ponerle a escribir mil veces ‘caca no’.

Seguimos en este cartel con las señoras ‘Mucha’, señoras sobrenaturales, etéreas, enmarcadas en las joyas que lucen, en sus propios cabellos, en la voluptuosidad de sus vestidos que se enredan con el fondo de flores y figuras geométricas. Señoras que convencen porque miran fijamente y con franqueza. Además, ¿quién puede negarse a la dulzura de esos rostros?

Las lecturas, igual que durante el resto del año, han estado escasas. Pero tiene su motivo: empecé a leer la Anatomía de la influencia, de Harold Bloom. Para los que no lo sepáis, Bloom es un crítico literario que, además, es la persona que yo quisiera ser de mayor (ya soy mayor, así que yo quiero ser como él ¡ya!). Harold Bloom tiene ochenta y dos años, lleva siendo profesor de literatura en Yale desde los veinticinco y el libro que estoy leyendo ahora lo escribió el año pasado. Bloom es un señor que aprendió a hablar nosecuántos idiomas sólo por el placer de leer en su lengua original cada obra. Harold Bloom, en definitiva, contagia su amor por la literatura al que se acerca a su obra y te hace querer leer cuanto antes todos los títulos de los que habla y conocer a cada autor de su mano.

Bien, pues como os digo, leo su Anatomía de la influencia. En los primeros capítulos habla de Shakespeare, y nombra y renombra al Rey Lear. Y yo, que hace mil que lo leí, lo busco ufana en mi estantería, aparco la Anatomía y me pongo con Lear. Sigue hablando de Milton. Y yo, que no tengo ningún libro suyo, me pongo a buscar fragmentos de El paraíso perdido, para comprobar la maravilla de personaje que es Satán, del que Bloom se declara enamorado. Sigo con la Influencia, y ahora habla de Whitman… y estoy deseando llegar a casa, coger mis Hojas de hierba y buscar La última vez que florecieron las lilas en el huerto… Así que creo que el libro me durará hasta el año que viene por estas fechas, pero, desde luego, tengo el disfrute asegurado.

Seguimos con las series: The Newsroom, de la que ya os hablé en julio, progresa adecuadamente y cada capítulo es mucho mejor que el anterior. Una vez que te has acostumbrado al ritmo de metralleta de sus diálogos, sólo queda engancharte a los planteamientos de cada tema.

También continuamos con la quinta temporada de Breaking Bad. ¿Qué os puedo decir que no os haya dicho ya, y que no os la chafe, de esta serie? Sigue siendo maravillosa, y Walter White quedará elevado por siempre al cielo de los grandes personajes del mundo mundial.

Y en cuanto a cine, pues poca cosa. Fuimos a ver, porque queríamos comprobar si estaba a la altura de la anterior y para huir de los fastos pueblerinos de la más grande efeméride que ha vivido esta ciudad en toda su historia, la última de Batman. Entretenida, sin más, sin efusiones de ningún tipo, sin nada que sobresalga (a no ser que nos fijemos en los trapecios de Bane, que qué lástima, cómo se estropean los cuerpos). Para pasar un rato entre fuegos de artificio.

Y hoy no me despido sin dejaros esto que he encontrado mientras buscaba la ilustración de hoy: puzzles para formar de obras de arte (India, he pensado que a tus chikitajus quizá les guste. Yo me he pasado un buen rato entretenida!)

 

Ampharou’s library: julio

Me salto junio, ea. Primero porque sí, porque hoy no os voy a contar nada distinto a ayer. Segundo, porque la ilustración del mes pasado en mi calendario Mucha era el Otoño de sus Cuatro estaciones, y, además que ya había utilizado esa ilustración en el blog, no me parecía de recibo ponerla cuando tenemos este verano recién estrenado y casi todavía echan humo las ascuas de San Juan.

Así que pasamos directamente a julio y os traigo las Cabezas bizantinas (la rubia, la morena podéis verla aquí), de nuevo unos paneles gemelos que cualquiera querría en la cabecera de su salón. De nuevo el gusto oriental, estas magníficas cabezas adornadas con profusión de unas joyas que se prolonga hasta el fondo y el marco de los medallones.

Este mes por fin os puedo contar algo de mis lecturas: conseguí terminar La vida y opinones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, con traducción de Javier Marías, al que llegué gracias a la película de Michael Winterbottom y  no pocas tribulaciones: resulta que hace ya bastante tiempo enganché la película un día que zapeaba. La pesqué empezada, y lo que vi me pareció hilarante,así que no quise seguir viéndola para poder verla tranquilamente y entera. Pero empecé a buscar información del tal Tristram Shandy y me empeñé en leer el libro. El único problema es que el libro estaba descatalogado. Empecé a buscar en librerías de segunda mano, pero no encontraba ningún ejemplar en castellano (mi inglés no da ni para leer el título), y mucho menos la traducción de Marías, considerada de referencia. Compré la película, eso sí, pero la dejé aparcada y casi me olvidé. Hasta que un día, cotilleando en mi librería favorita, vi el lomo de un libro que me sonaba: allí estaba Tristram, guiñándome desde la estantería. Lo habían vuelto a editar, y se vino a casa conmigo. Habéis sido testigos de lo que me ha costado leerlo, pero aún así ha merecido la pena. Es un libro divertidísimo, que, desde luego, no se parece a nada que haya leído antes.

También me ha dado tiempo a leer El barón rampante, de Italo Calvino. Todavía sigo con la boca abierta con la poesía de esta fábula que me he bebido en cuatro días, y que no creo que tarde en releer, tal es como la he disfrutado. La historia de un niño que un día decide subirse a un árbol y no bajar nunca más. Ahí lo dejo, para los que no lo hayáis leído.

Y como terminé Tristram Shandy, vi la película: tan desternillante como el libro. Para adaptarlo, Winterbottom acude al recurso de hacer una película dentro de una película (y dentro de una película). Divertidísima.

Aprovechando que en verano no curro (presuntamente) por las tardes, además de tener más tiempo para leer, también lo tengo para ver películas; y a la de Shandy siguió El cielo protector, que también tengo yo delito de no haberla visto antes. Me gustó, pero por encima. Aparte de los paisajes, nada consiguió meterme en la película: diálogos fríos y como metidos a presión, personajes impostados. Eso sí, ha conseguido que ahora tenga unas ganas horrorosas de leerme el libro de Bowles.

Y en el apartado series, terminamos todas las temporadas que teníamos empezadas (Mad Men, The Killing, Juego de Tronos, Breaking Bad). Seguimos con la cuarta de esta última, de la que nos quedan tres capítulos y que va mejorando (sí, es posible) por momentos.

También empezamos a ver The Newsroom (la nueva de Sorkin), que promete muchísimo, y tenemos en parrilla de salida a Inside men, de la que solo tengo buenas referencias.

Seguiremos informando.

 

Ampharou’s library: mayo

Me salté el mes de abril, lo siento. Y casi el de mayo, al que ya le quedan pocas horas, pero aquí estoy, para contaros las pocas novedades de mi library.

Seguimos con Mucha. Ésta que corona el post es la ilustración que correspondía al mes de abril en mi calendario. No la puse en su día y me gusta más que la que aparece en mayo. Con ella seguimos con los paneles de series que elaboraba el artista, ya que esta obra, ‘Hiedra‘ es pareja a una llamada ‘Laurel‘ . Seguimos con los cuadros joya, con las recreaciones de caracteres clásicos, con la voluptuosidad de las formas y los adornos. Mujeres impresionantes en medallones de gusto heleno. ¿Quién no quisiera una pareja de éstas adornando su salón?

Poco tengo que contaros sobre mis lecturas. Sigo con el Tristram Shandy de Sterne. Lo estoy disfrutando muchísimo, pero, aunque ya estoy casi terminándolo, se me está haciendo eterno. Tener apenas veinte minutos al día para dedicárselos, siendo un libro de casi novecientas páginas, está haciendo que me dure lo que me está durando: una eternidad y media. Y estoy deseando acabármelo para poder hablaros de él, de mis cuitas con él, para ver la película y comentárosla también.

En cuanto a películas, en estos dos meses, poca cosa también. Enganchamos un día, mientras hacíamos zapping, Watchmen. No soy muy amante de los comics (salvo los Mortadelo de mi infancia), pero Beaumont insiste en que debería leerme la obra de Alan Moore. La película (bajo mi escaso interés por este género) me pareció un divertimento con mensaje (o moralina). Curiosa cuanto menos.

También, en otro zappeo, nos quedamos viendo Syriana. Cada vez me gusta más George Clooney, aunque salga gordo  y con barba. Me gusta el tipo de la imagen que da. Me gusta que se atreva con críticas como ésta, o como la fantástica ‘Los idus de marzo’, que ya hace meses que vimos.

Otra de las que vi en televisión (ya veis que el cine lo pisamos poco) fue Me enamore de una bruja: encantadora (en todos los sentidos) Kim Novak y su Pyewacket.

Y bueno, el no tener tiempo para lecturas ni para cine será por algo: series. Que no se puede estar en todo, oigas, y nosotros estamos en casi todas. Seguimos con la tercera de Breaking Bad, aunque la pobre la vemos cuando ya hemos agotado todos los capítulos de las demás, y eso que es maravillosa (cuando la hayamos terminado y la vea con perspectiva, comentaré más de ella). Seguimos con la quinta de Mad Men, cada día mejor. Seguimos con la segunda de Juego de Tronos, que cada día me gusta más (Lovely: ¿Drogo o Tyrion?). Seguimos con la segunda de The Killing, que a pesar de que avanza y avanza, no consigo verle el final a la trama.  Y vimos Black Mirror, por recomendación encarecida de Endora, aunque esto merece un punto y aparte.

Black Mirror es una miniserie británica de tres capítulos, cada uno de ellos autoconclusivo. El black mirror del título hace referencia a las pantallas, y de eso va, de cómo incide, o incidirá, en nosotros la tecnología. El planteamiento es brutal, sólo hay que ver los primeros diez minutos del primer capítulo, y las conclusiones que se sacan de cada uno de ellos, demoledoras. Absolutamente recomendable. Eso sí, no me hago cargo del mal rollito que se os quede a cada uno después de verla.

Seguiremos informando.