Ampharou’s library: marzo

Continuamos con el año Mucha. Marzo corresponde a las flores (ya os dije que el editor del almanaque debía tener los meses cambiados, el hombre), y aunque aquí os dejo el panel completo, en mi calendario sólo aparecen las rosas y las azucenas. También había comentado que Mucha trabajaba bastante este tipo de composiciones, mostrando los todos de cuatro en cuatro partes (las estaciones, las fases de la luna, las flores, las horas del día…), siempre con decoración y colores naturales, y líneas sensuales y vaporosas.

Navegando por estos mundos virtuales en busca de la ilustración que correspondía, he encontrado el dossier de prensa de la exposición que tuve la enorme suerte de ver hace ya cuatro años, en el CaixaForum de Madrid: Mucha, seducción, modernidad y utopía. Si tenéis curiosidad (y paciencia) y le echáis un vistazo, comprobaréis que el título de la exposición no podía encajar mejor en este artista, y así podréis conocer también la faceta de patriota que espero que el almanaque nos dé la oportunidad de conocer a través de su obra.

Y ahora es cuando me entra la vergüenza: al confesar que me he quedado atorada con el libro que me estoy leyendo y que lo llevo fatal. Y no es por él, es por mí, que entre que tengo poco tiempo, que el poco que tengo lo pierdo miserablemente, que el libro tiene un formato “tocho inmundo” y que se me ha partido un bolso y en el que me ha quedado (negro) no me cabe, el caso es que, aunque estaba deseando leerlo (cuando lo termine contaré mis cuitas con él) y es sumamente divertido, al final me voy a ver la película antes de acabarlo.

Y hablando de película. Que corría el año 1982 cuando yo veía de estreno, en el Teatro Andalucía de Cádiz, Blade Runner. Y me impactó, claro, que yo entonces era muy joven, la historia, la estética, la oscuridad, el agua cayendo continuamente… y Rutger Hauer. Y hace un par de sábados solamente, y más que nada por escuchar una frase, volvimos a verla.  Me encantó más todavía, y Roy me terminó de enamorar. Delito tengo yo de no haberla vuelto a ver en ¡treinta años!

Y en cuanto a series, que Vinti me pedía novedades el otro día, seguimos con Breaking Bad, royéndonos las uñas, eso sí, porque el domingo pasado se estrenó la nueva temporada de Mad Men (no sé lo que hacer con los dos capítulos que ya tenemos, si verlos ya o esperar a que termine la temporada y verla de tirón) y el próximo se estrena la segunda de Juego de Tronos. Como le decía el otro día a mi querido Lovely, ¡se me acumula la faena!

Ampharou’s library: febrero

Bien, vamos con febrero, que ya casi está terminando, aunque este año nos regala un día más. Febrero es el mes que comparten los acuarios y los piscis. Esto viene no porque yo sea interpretadora de signos zodiacales, sino porque en mi particular calendario, febrero corresponde al Zodíaco de nuestro Alphonse Mucha. Seguimos pues con su cartelería, que comenzó este moravo nacido en 1860 con el encargo de realizar un cartel publicitario sobre la obra de Teatro Gismonda de la actriz Sarah Bernhardt, que quedó encantada con el resultado, tanto que firmó un contrato en exclusividad con Mucha para que le realizara, además de la cartelería, los decorados, vestuario y hasta el diseño de las joyas.

En el Zodíaco apreciamos las características que hicieron de Mucha un referente del art decó: mujeres románticas y expresivas, melenas al viento, líneas sinuosas y decoración natural y recargada, así como las aureolas que enmarcan a los personajes pareciendo insertos en medallones.

Por fin conseguí terminarme La montaña mágica. Un triunfo me ha costado, y no porque no me enganchase desde el principio, pero una obra de casi mil páginas apabulla cada vez que la tomas entre las manos, sobre todo si es de la profundidad y seriedad de ésta. Recomiendo leerla, eso sí, con tiempo y con calma para disfrutarla, para comprender que el Berghof no es sólo el Berghof. Una novela de tiempo y de un tiempo. Hans Castorp tiene mucho que decir, aún hoy.

En cuanto a series, nos terminamos la segunda temporada de Boardwalk Empire (memorable) y empezamos y terminamos la primera de Breaking Bad. Los que ya la habéis visto, sabéis de lo que hablo, y los que no, ya estáis tardando en buscarla: muy grande, enorme, agradecida de que todavía me quedan, al menos, tres temporadas por delante para disfrutarla.

Películas: abofeteadme si queréis, pero este mismo viernes vi, por primera vez entera, Doctor Zhivago. Que ya me vale, sobre todo para una fan acérrima y enamorada absoluta de Omar Sharif (atención, descubrí que en esta peli le taparon ese huequito que tiene entre las paletas que.. en fin, que sale con una dentadura perfecta pero… pues eso). Son tantérrimas las películas que me quedan por ver… y tan poco el tiempo!

También vimos Midnight in Paris. Divertida, mucho, muy original, muy sorprendente. Y la primera sorpresa, por supuesto, Owen Wilson. Acostumbrada a verlo en comedietas tipo Zoolander poniendo morritos, la verdad es que verlo en la de Allen es una gozada. Igual que ver a Adrien Brody en el papelín que tiene encomendado… y los rinocerontes!

Para el mes que viene, más.

Ampharou’s library

Hace algunas semanas os hablé (y recomendé) de una serie de la BBC que había visto, The crimson petal and the white, una serie de sólo cuatro capítulos y cuyos protagonistas os sonarán a aquéllos que hayáis visto la película Expiación y la serie The IT Crowd. Bien, ya dije en aquella ocasión que la serie me había gustado muchísimo, y al saber que se trataba de una adaptación de un libro de Michel Faber, ni corta ni perezosa decidí hacerme con él y comprobar si me gustaba tanto como su adaptación a la pantalla.

Lo pedí (librería de segunda mano. Algún día tenemos que hablar seriamente de esto), me lo enviaron a casa, me entró un sudor frío que me recorrió la espalda cuando lo vi (formato ladrillo gafa, mil y pico de páginas), y me puse con él en cuanto terminé el que llevaba entre manos. Nada y menos me duró. Me hizo hasta prescindir de las siestas en plenas vacaciones. Tan rudo y duro como la serie. Y aunque no hay que comparar los libros con sus adaptaciones, tengo que deciros que ésta es fiel casi frase por frase. No voy a decir que es una maravilla de libro, ni mi favorito, ni nada por el estilo, pero sí que está muy bien escrito y que consigue mantener el interés de principio a final (y ya os digo el volumen del que se trata). Ya me he enterado que hay una segunda parte, The Apple, pero que no está traducido al castellano… penita…

También, desde la última vez que os hablé de mis lecturas, he terminado El Jardín de cemento, de Ian McEwan. Era el único libro de este autor que me quedaba por leer, curiosamente el primero que escribió, y, bueno, hace un par de días que lo acabé y todavía lo estoy digiriendo… Si decía que The Crimson… es rudo, éste es directamente descarnado, pero no porque los cuatro huérfanos sobre los que trata lo sean en el sentido dickensiano, sino más bien por todo lo contrario, aunque estén tan perdidos como aquéllos.

En cuanto a series, seguimos con Carnivàle, estirándola a más no poder. Mientras tanto, también vimos Rubicón (no, no es de romanos), serie de la AMC que fue cancelada tras su primera temporada. Y la verdad es que viendo algunos capítulos, todavía nos preguntamos cómo es que no fue cancelada antes. Si leéis algo por ahí, veréis que la definen como thriller político. Lo es, como también es absolutamente densa. Eso sí, tiene unos personajes maravillosos. Atentos a Kale Ingram si os decidís a verla.

Y respecto al cine, seguimos haciendo las sesiones en casa. Y sí, ya sé que no tengo perdón de dior, pero la última (digna de mención) que he visto ha sido Ran, de Akira Kurosawa. Por primera vez en mi vida, que ya es delito. Pero tengo que deciros que tengo un nuevo personaje favorito: lady Kaede.

Seguiremos informando.

Ampharou’s library

No pensaba actualizar la biblioteca durante las vacaciones, porque no soy mucho de leer durante ellas. Leo, bastante, aunque no todo lo que quisiera, durante el resto del año, pero al contrario de mucha gente, que es justo durante sus vacaciones cuando aprovecha para leer algún libro, yo suelo hacer justo lo contrario. Además, tenía entre manos un libro que no me estaba enganchando demasiado, pero, oyes, estas cosas que no planeas, que lo coges en un ratillo tonto y te lías y te lías… que al final me lo he tragado entre dos tardes, tardes-noche-madrugada más bien, porque de ese no-enganche inicial pasé al “un capítulo más y lo dejo” que me ha tenido dos días hasta las tres de la madrugada (qué gusto da poder hacer eso sin mirar de reojo al despertador encima de la mesilla).

En fin, que el libro en cuestión, que me recomendó Beaumont fervientemente y que me ha producido un agravamiento de la escoliosis a base de paseos infructuosos antes de las vacaciones, es Cualquier otro día, de Dennis Lehane. No, a mí tampoco me sonaba ese nombre, pero que sea el escritor de otro libro llamado Mystic River y guionista de algunos capítulos de The Wire, para mí ya tiene suficiente peso. Después de terminar Cualquier otro día, tiene mucho más.

Y ya que me he acercado al blog para recomendaros este libro, sigo con las recomendaciones habituales. Nos terminamos la cuarta temporada de Mad Men (¡maldición!), y ahora tendremos que esperar pacientemente a que se emita la quinta (¡más maldición!) para despejar todas las dudas que nos acumularon los últimos capítulos vistos. Se van a hacer larguísimas tantas esperas, así que conseguí convencer a Beaumont (¡por fin, después de nosecuántos años!) de que Carnivàle también es una serie que merece mucho la pena ver. ¡Que es de HBO, homme! ¡Que sólo son dos temporadas! ¡Que de verdad no da miedo, sólo un poco de sustico! En fin, que en medio de la primera temporada nos hayamos, yo, disfrutándola de nuevo y envidiosa de él que la mira con ojos nuevos.

En cuanto a cine, cine en casa quiero decir, no estamos precisamente en la semana de la comedia romántica de Elcortinglé, no. En la última semana nos hemos visto Reservoir dogs de Tarantino, y Promesas del este y Una historia de violencia de David Cronenberg (sí, a la espera de que se estrene A dangerous method. Sí, también con Viggo Mortensen. Sí, juro que es casualidad). En fin, que ahora ya sabemos cómo podríamos matar a un hombre usando sólo el meñique y sin tener que levantar la vista del periódico. Son grandes películas, pero desde luego no son para estómagos sensibles.

Seguiremos informando.

Ampharou’s library

Ea, pues vamos al lío que para mañana es tarde. Me ha coincidido que he terminado de ver una serie a la par que un libro (bueno, no en el mismo momento, claro. Aunque cuando veo una serie también leo) y me ha parecido buen momento para colgar nueva entrega de la Library, antes de que llegue el parón de las vacaciones y me entregue a una vida de sufrimiento y dolor.

Desde la última entrada de biblioteca han caído tres libros, dos que esperaba como agua de mayo y otro de propina.

Uno de los esperados era Solar, de Ian McEwan. Desde hace más de un año que supe que iba a publicar de nuevo, me he estado comiendo las uñas. Todo el tiempo que ha tardado en salir la edición en castellano, porque a mí, de la lengua de Shakespeare, me da a lo justo para entender el “on-off” de la lavadora… y aún así es más por intuición que por conocimiento. En fin, que volvamos a lo que nos atañe: Solar. McEwan. Y yo de nuevo con la boca abierta. Que sí, que lo sé, que soy muy pesadita, pero yo de mayor quiero escribir como este señor. Y dibujar un personaje con palabras tal como lo hace él, y encima hacerlo tan sumamente hostiable. E imaginármelo en situaciones tales, y que al final te dé lo mismo que estén hablando de energías renovables o de las cruzadas (Ned, Lolo, ya sé lo que es un MacGuffin), lo que quieres es que te cuenten una historia y que te la cuenten así.

El segundo libro llegó de la mano de Belén Gopegui, Acceso no autorizado. A ella la esperaba desde que me terminé su último libro. Está bien que te tengan acostumbrado a cierta rutina, y ya sabes que cada dos años hay libro de Gopegui. Y yo también quiero escribir como ella cuando sea mayor, así que esa espera se hace un poco larga. Lo que pasa es que esta vez sí que me ha decepcionado un poco. Magníficamente escrita, eso sí, pero quizá el tema, que podéis medio adivinar por el título, y del que no tengo ni pajolera idea, me sobrepasaba un poquito y no llegué a cogerle el punto a la historia. Volveremos a esperar un par de años de nuevo.

El tercero, la propina, libro del que supe por un artículo de un periódico y que no tardé en encargar. Todos los casos de Sam Spade, de Dashiell Hammet, que empieza con El halcón maltés (que releí con sumo gusto) y algunos cuentos cortos. Me recordaron estos cuentos a aquellos “Hitchcock presenta…”, que conservaban la genialidad del maestro en dosis más cortas. Simplemente delicioso.

Cine poquito. Lorah, la niña de mis ojos me arrastró a ver la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte, en 3D, y la verdad es que disfruté como una enana, previo maratón de las anteriores para ponerme en antecedentes (ahora tengo rebujadas las seis anteriores, pero bueno).

Así que a lo que más nos dedicamos es a ver series. O a metérnoslas en vena, casi. Terminamos Juego de Tronos y The Killing, y ahora, junto con Sherlock, son tres las series que esperamos con anhelo. Mientras tanto, dimos buena cuenta de la segunda temporada de Luther (tan grande como la primera) y seguimos poniéndonos al día con Mad Men (ya estamos con la cuarta temporada. Me va a dar mucho coraje cuando acabemos). Me pegué una enorme paliza de Dexter, que había dejado en la segunda temporada y conseguí terminarme las tres que me quedaban en una semana más o menos. Eso sí, ésta tuve que verla sola, que el aprensivo Ned no estaba por la labor. Y bueno, todas estas más o menos ya os las tenía recomendadas. Ahora quiero hacerlo, fervientemente (me ha gustado tanto que ya tengo el libro encargado y deseándo ponerme con él) con The Crimson petal and the white. En castellano, al menos el libro, ha sido traducido como Pétalo carmesí, flor blanca, pero me gusta más el título original. Serie de la BBC (sigue siendo síntoma de calidad), de solo cuatro capítulos (eso sí, de horita cada uno), visualmente impactante, está ambientada en el Londres victoriano. Serie para darle su tiempo, ruda, cruda y ambiciosa.

Seguiremos informando.

BookCrossing

Siete de julio (san Fermín), diez (hora zulú) de la mañana. Cafetal molón. Despacho supermolón. Ampharou, rodeada de documentos, cualesquiera que sean los que hace, despacha la agenda con su compañero. En la puerta, aparece J., otro compañero que trabaja en el despacho contiguo:

– Sabéis qué es bookcrossing?

Ampharou sonríe y asiente. Su compañero sólo sonríe.

J. comienza a contar entonces una historia:

– Es que ayer por la tarde dejé el coche en la calle Talycual (calle muy conocida por Ampharou, ya que está muy cerca de su propio domicilio y mucho más del que lo fue en su tierna y muy reciente juventud), y encima de otro coche había un libro. Me acerqué y vi que era una biografía de san Cucufato (santo muy conocido por Ampharou por ser el patrón del cole donde pasó su tierna y muy cercana infancia), así que la dejé allí.

– Peeeeeero, después, cuando volví, resulta que había otro libro ENCIMA de mi coche…

Aquí J. hace una pausa, para crear el velo de misterio en una historia que, por otra parte, Ampharou no terminaba de encajar demasiado. A J. se le nota la profesión, y es bueno, el jodío, relatando.

– … y este era el libro (y muestra lo que ha tenido escondido a la espalda durante toda la conversación. Un libro viejuno, con unas tapas brillantes que reflejan toda la luz de los fluorescentes. En la tapa, de un color turquesa insultante, un niño con sombrero de paja y camiseta de rayas, sostiene a su vez un libro. En una esquina, se puede leer el título del libro: Cucufatín).

Ampharou abre tanto los ojos que están a punto de caérsele las lentillas.

– ¡Yo tenía un libro como ese cuando era pequeña e inocente! ¡San Cucufato era el patrón de mi cole, y las señoras monjas regalaban el libro a las pequeñas!

Mientras Ampharou iba diciendo esto, J., que ya os he dicho que es el puto amo de mantener la tensión, decía a su vez:

– Pero lo mejor es.. ¡ESTO!

Y abrió el libro por su primera página, justo delante de los ojos de Ampharou, la cual, como ya no podía abrir más los ojos, abrió la boca en su máxima expresión, al ver escrito en esa hoja ya amarillenta su propio nombre, Ampharou Guapa Guapetísima, escrito con la letra de su propia madre.

Recordáis que mi madre tenía un mueble que era como Google y que lo estaba vaciando porque lo iba a cambiar? Pues eso.

Ampharou’s library

El virus y el tiempo que me mantuvo alejada del blog como excusa y mi proverbial pereza como único motivo han hecho que se pierda entre unos y ceros la costumbre de castigaros cada mes con un cuadro y algunos libros. Y empezar, a estas alturas, a escribir poniéndole a los cuadros de Hopper (que era el que nos tocaba este año, que para eso suyo es el calendario que me regaló Beaumont a principio de año) nombres de meses no me parece de recibo. Pero me queda el gusanillo de contaros los libros que me voy leyendo, y de daros pistas sobre las series o las películas que veo, así que comienza una nueva sección de la que nadie sabe cuánto durará ni cómo discurrirá.

En fin, vamos al lío. Desde el último libro que os comenté han caído unos cuantos. No tantos como hubiese querido, que la pereza también se ha dejado notar en esto. Eso, y que he estado una chispa más liada que de costumbre.

Empecemos por La maldición de los Dain, de Dashiell Hammett. Curioso libro que creí terminar al menos tres veces, porque cuando la trama parecía estar resuelta, Hammett daba una vueltecilla a su tuerca y el asunto volvía a enredarse. Novela negra de la grande, de la que, como ya he dicho en alguna otra ocasión, me gusta, de esa época en que hasta los buenos eran un poco canallas y los malos tenían honor.

Después de Hammett, don Enrique Jardiel Poncela: La tournée de Dios, una novela casi divina, una preciosísima edición de Blackie Books (precioso regalo de cumple). Más que ácida, cáustica, tenía que estar recordándome a cada momento que esta novela fue escrita en 1932 y no hace dos días. Poncela utiliza la excusa de una más que improbable visita de Dios a la tierra para poner de relieve, con gran humor, la condición humana. Todo lo peor de ella, quiero decir.

A Poncela le siguió Vargas Llosa y su última novela, El sueño del celta (esta vez, regalo de Reyes). Dura durísima novela, está inspirada en la vida de Roger Casement, diplomático británico al que sus vivencias y sus denuncias sobre las atrocidades cometidas por los colonos contra la población del Congo y Nigeria primero, y de la Amazonia después, lo convirtieron a él mismo en antiimperialista, involucrándose en la lucha para liberar a Irlanda de Gran Bretaña, por lo que fue condenado y ejecutado.

Luego llegó el turno de La Gaviota, de Sándor Márai. Una novela de Marái nunca es lo que parece, o lo que esperas de ella. Siempre es mucho más. Y eso que ésta no es de mis preferidas, pero como las que he leído antes de este autor, dejan un regusto acre en la boca, una sensación de tristeza y fatalidad inevitables.

Y hasta aquí los libros que recomiendo. Después de ellos, leí uno y estoy ahora enredada con otro que quería leer por pura curiosidad. E igual la curiosidad mató al gato, a mí me ha alejado de otras lecturas mucho más apetecibles por la cabezonería de terminar algo que realmente no me está interesando nada. Como no os los voy a recomendar, no hace falta que os diga los nombres. Lo que sí diré es que su lectura haría sonrojar al mismísimo Góngora. Sólo espero terminármelo pronto para echarme en los brazos de mi queridísimo McEwan.

Vayamos ahora con las series. Tenemos descolorido a Luther y Sherlock habla muchísimo más lento de las veces que las hemos visto esperando desesperados las segundas temporadas de ambos. Para descanso de los dos, descubrimos Juego de Tronos. ¡¡Ah!!Lo único malo que tiene es que la temporada aún no está completa y las dosis de capítulo por semana son demasiado escasas. Menos mal que descubrimos también The Killing, otra grandísima serie. Lo que pasa es que tiene exactamente el mismo defecto, y en una semana me da lo justo para que me crezcan un poco las uñas para volvérmelas a morder. Peeeeeeeero… menos mal que también descubrimos Mad Men. Bueno, en realidad, de Mad men lo que descubrimos es un lugar donde la VOS existe. Don Drapper y Joan Holloway son lo único que nos ayudan a calmar nuestros respectivos síndromes de abstinencia. Así es, llevamos tres series a retortero, tres series bien distintas que están haciendo las delicias de estas semanas que llevamos viéndolas.

Cine poco. Nada más bien en salas. Vamos viendo en casa, y no sé cuántas han caído desde la última vez que os conté alguna, pero seguro que la más destacable es la que hemos disfrutado este mismo fin de semana: Valor de ley, de los hermanos Coen. ¿Habré visto alguna película de ellos que no me haya gustado? Creo que no. Ésta, desde luego, es una película enorme con un enormísimo Jeff Bridges. Tampoco dejéis de ver, si podéis, Black Swan. Pero la que no debéis perderos, bajo ningún concepto, si queréis entender algo de la tan cacareada crisis, si queréis saber en manos de quién estamos, si todavía no estáis lo suficientemente indignados, es Inside Job.

Esto es todo por ahora. Prometo que habrá más. Pronto.

Actualización:

¡No me lo puedo creer! ¡¡Oseas!! ¡Que me haya olvidado de él! Definitivamente, debo estar haciéndome mayor… porque me he dejado atrás A sangre fría, de Truman Capote,  novela de no ficción que me mantuvo en vilo los tres días que tardé en leérmela, simplemente porque no podía cerrar el libro y dejar de saber qué sucedería a continuación, a pesar de que todos los elementos de la trama están presentes desde el principio. Sabes de lo que hablo, verdad, India?

Marzo.

A ver, que India tiene razón, que se va acabando al mes y todavía no he colgado el cuadro correspondiente. El mes de marzo se resume en una palabra: levante. Como se cumplan los refranes, veréis la que va a caer en abril y lo preciosísimo que se nos va a presentar mayo. En fin, ya veremos.

En marzo llega la primavera, empiezan a subir las temperaturas (gracias a Tutatis) y eso se refleja en el calendario. La acuarela que inicia el post es la ilustración para este mes, Dos muchachas (amantes), una de las tantísimas -fue bastante prolífico- obras de temática erótica que, según parece, vendía como rosquillas en la Viena de principios del siglo XX pero que le valieron una condena de cárcel por exponerlas en lugares donde accedían niños, su propia casa.

En cuanto a los libros que me han tenido entretenida durante este mes, pues han sido la noche y el día: por un lado Chatwin, mi Bruce Chatwin que me tiene apabullada ante tanta erudición y del cual terminé de leer la última de las obras que integraban Los viajes: ¿Qué hago yo aquí?, colección de relatos donde nos va desgajando viajes por el Volga o el Nepal –con la búsqueda del Yeti incluida-, el estudio de los geoglifos del desierto de Nazca o de la arquitectura rusa, entrevistas con Malraux o Ernst Jünger. Todo un prodigio del conocimiento, sin duda y, por supuesto, un placer inmenso demorarse por entre sus páginas.

Por otro lado, he terminado esta misma noche y he devuelto gustosísima a mi compañera E. Un milagro en equilibrio, de Lucía Etxebarría, que a pesar de que me lo he leído en un pis pas, ha sido más bien por quitármelo rápido de encima.  Me lo he leído como la que se lee la etiqueta de un champú en el baño (no, que yo en el baño me leo los Esquire que me pasa Beaumont, que por lo menos en ellos salen chicos guapos) y me ha parecido, más que un libro, un auto cunnilingus (de la autora, claro, que además no solo se repite más que el ajo, sino que según parece también ‘repite’ a los demás) de cuatrocientas veinticuatro páginas y tres de agradecimientos.

Lo bueno que tiene leer libros así es que, sea el que sea el que te leas después, siempre te parecerá una maravilla.

Enero.

Un año, a finales del mismo, Beaumont me preguntó si me gustaban los calendarios. Yo hasta entonces sólo tenía la referencia de los que venían en las cajas de polvorones con fotos horrorosas de rosas superdimensionadas o de los que nos daban en el colegio con la santa patrona y que mi madre colgaba detrás de la puerta de la cocina y utilizaba para colgar recibos del Ocaso o anotar las fechas de los médicos de toda la familia. Y le dije que no, claro. Pero el calendario del que él hablaba no tenía flores ni cachorros de perritos: era un calendario (luego resultaron ser dos) con obras de Klimt. Y claro, a mí me colocas a Klimt y soy capaz de que me gusten hasta las facturas del dentista, así que sus cuadros han estado presidiendo la habitación desde la que escribo y mi rinconcito en la oficina los últimos dos años.

Este año ha habido cambio y los dos calendarios de rigor (se está convirtiendo en toda una tradición) están ilustrados con el trabajo de Schiele. Los que pasáis habitualmente por aquí sabéis que me gusta tanto o casi como don Gustavo, así que desde principios de año preside mi despacho la señorita que tenéis arriba, la hermana del artista, Gerti Schiele en pose adorable. Ella es mi enero este año.

También hay otro cambio. Me he propuesto ir anotando en él los libros que me voy terminando. Ya he escrito Ámsterdam, de Ian McEwan, que fue, después de haber leído La ladrona de libros, como sacarse un grano de arena de un ojo: todo un bálsamo, así que recomendado queda para quien quiera disfrutar de una buena lectura y huir de los autores mercenarios.

Un año para llenar de libros. Hay tanto que leer y tan poco tiempo…

Armarios.

Ayer leía esta noticia en la versión digital de El País:

¿Pero qué hace usted en mi armario?

Un japonés descubre que una mujer llevaba varios meses viviendo escondida en su casa.


Inmediatamente, poética que es una, se me vino a la mente este pasaje de La escala de los mapas, de Belén Gopegui:


La noche se había filtrado por las persianas cerradas: negra sala de máquinas, quietos y mudos bultos de los ordenadores, papeleras vacías como pozos en las esquinas de las mesas. Superficie privada de sentido, cuántas oficinas sin nadie, cuántos edificios deshabitados, huecos, durante el fin de semana en la ciudad. Y pensé en nosotros, en todos nosotros, muchachas de terciopelo, hombres que tienen un soplo en el corazón: óiganme, haremos que se establezca un itinerario paralelo. Hombres y mujeres débiles ocupando durante la mañana las casas abandonadas por sus moradores para ir a trabajar, y de noche durmiendo en oficinas, en tiendas cerradas, en los grandes palacios de correos con sus naves de paquetes detenidos; hombres y mujeres débiles habitando en invierno las urbanizaciones huecas de ciertas playas; oyendo la radio en los coches vacíos de los aparcamientos. Hombres y mujeres con el horario cambiado: nunca nos lo consentirían.

Claro que al japonés, no por falta de poesía, sino por simple proximidad, en medio del estupor de encontrar a una desconocida viviendo en su armario, se le vendría a la mente esta película (advierto: si eres miedoso como yo, no le des al play):

 

 

Creo que hoy voy a dormir con todas las puertas de los armarios abiertas.