Expiación.

Al observarle durante los primeros minutos de su parlamento, Cecilia experimentó una grata sensación de que se le encogía el estómago mientras contemplaba lo deliciosamente autodestructivo, casi erótico, que sería estar casada con un hombre tan cercano a la belleza, tan sumamente rico, tan insondablemente estúpido. Le daría muchos hijos con la cara grande, todos ellos varones ruidosos y lerdos, apasionados por las pistolas, el fútbol y los aeroplanos. Le observó de perfil cuando él volvía la cabeza hacia Leon. Al hablar se le movía un músculo largo por encima de la línea de la mandíbula. De la ceja le salían unos cuantos pelos negros, espesos y rizados, y de los orificios de las orejas le brotaba idéntica vegetación negra, cómicamente ensortijada como vello púbico. Debería dar instrucciones a su barbero.


No soy yo muy del «Día del libro». Soy más bien de libros todos los días, y así, de vez en cuando, me gusta colgar algún que otro pasaje del libro que me traigo entre manos en ese momento, únicamente por el gusto de compartirlo con vosotros, por dar a conocer o quizá sólo recordaros entre qué páginas podéis deleitaros tal como me recreo yo.

Hoy aprovecho además la fecha para otro libro. A él llegué a través de una tarde planeada de cine, planeada a medias, porque mi maestro de ceremonias tuvo a bien pensar que quizá disfrutaría más viendo otra película que la que previamente habíamos acordado. Como siempre, acertó (no porque me gustara más, que la otra todavía no la he visto, pero seguramente no la habría saboreado tanto). La película casi nos hizo olvidarnos de la tortura de las butacas que más bien parecían palos de gallinero.

En las siguientes semanas, Yo, yomismo se hizo con el libro, y lo fue devorando mientras me ponía los dientes largos. Lo terminó justo a tiempo para que yo pudiera bajármelo en mi última visita a Barna y desde el día de mi vuelta me lo he, prácticamente, bebido.

Así que hoy, además, os dejo un trozo de la película. Quizá no sea su mejor escena, pero la he elegido porque recuerdo pocas imágenes que sean más sensuales que ésta.

El libro, Expiación, de Ian McEwan.
La película, Expiación, de Joe Wright.

Expiación.

Al observarle durante los primeros minutos de su parlamento, Cecilia experimentó una grata sensación de que se le encogía el estómago mientras contemplaba lo deliciosamente autodestructivo, casi erótico, que sería estar casada con un hombre tan cercano a la belleza, tan sumamente rico, tan insondablemente estúpido. Le daría muchos hijos con la cara grande, todos ellos varones ruidosos y lerdos, apasionados por las pistolas, el fútbol y los aeroplanos. Le observó de perfil cuando él volvía la cabeza hacia Leon. Al hablar se le movía un músculo largo por encima de la línea de la mandíbula. De la ceja le salían unos cuantos pelos negros, espesos y rizados, y de los orificios de las orejas le brotaba idéntica vegetación negra, cómicamente ensortijada como vello púbico. Debería dar instrucciones a su barbero.


No soy yo muy del «Día del libro». Soy más bien de libros todos los días, y así, de vez en cuando, me gusta colgar algún que otro pasaje del libro que me traigo entre manos en ese momento, únicamente por el gusto de compartirlo con vosotros, por dar a conocer o quizá sólo recordaros entre qué páginas podéis deleitaros tal como me recreo yo.

Hoy aprovecho además la fecha para otro libro. A él llegué a través de una tarde planeada de cine, planeada a medias, porque mi maestro de ceremonias tuvo a bien pensar que quizá disfrutaría más viendo otra película que la que previamente habíamos acordado. Como siempre, acertó (no porque me gustara más, que la otra todavía no la he visto, pero seguramente no la habría saboreado tanto). La película casi nos hizo olvidarnos de la tortura de las butacas que más bien parecían palos de gallinero.

En las siguientes semanas, Yo, yomismo se hizo con el libro, y lo fue devorando mientras me ponía los dientes largos. Lo terminó justo a tiempo para que yo pudiera bajármelo en mi última visita a Barna y desde el día de mi vuelta me lo he, prácticamente, bebido.

Así que hoy, además, os dejo un trozo de la película. Quizá no sea su mejor escena, pero la he elegido porque recuerdo pocas imágenes que sean más sensuales que ésta.

El libro, Expiación, de Ian McEwan.
La película, Expiación, de Joe Wright.

La reina de Saba.

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Si pusieras tu dedo en mi hombro, sería como un reguero de fuego en tus venas. La posesión del mínimo espacio de mi cuerpo te llenará de una alegría más vehemente que la conquista de un imperio. ¡Acerca tus labios! ¡Mis besos tienen el gusto de una fruta que se derretiría en tu corazón! ¡Ah, cómo vas a perderte bajo mis cabellos, aspirar mi pecho, pasmarte de mis miembros y quemarte con mis pupilas, entre mis brazos, en un torbellino!

Gustave Flaubert, La tentación de San Antonio
La ilustración, de Charlie Wen.

Los dedos no tienen mucho que ver con el hecho de tocar el piano.

El director de grabaciones de la serie Masterworks de Columbia y los ingenieros de sonido que lo acompañan son veteranos comprensivos que aceptan con total naturalidad el conjunto de rituales, flaquezas y manías de todos los artistas. Sin embargo, hasta estos espíritus curtidos en mil batallas se sorprendieron con la llegada del joven pianista canadiense Glenn Gould y su «equipo de grabación» para llevar a cabo su primera sesión con Columbia. El señor Gould debía pasar una semana grabando una de sus principales especialidades, las Variaciones Goldberg de Bach.

Era un cálido día de junio, peor Gould llegó embozado en su abrigo, provisto además de gorra, bufanda y guantes. El mencionado «equipo» consistía en el típico portafolios musical, al que se sumaba un copioso lote de toallas, dos botellas grandes de agua mineral, cinco frasquitos de pastillas (todas de distinto color y correspondientes a distintas prescripciones médicas) y su silla especial para tocar el piano.

Como se descubrió en su momento, se necesitaban toallas en abundancia porque Glenn pone en remojo las manos y los brazos, hasta la altura del codo, por espacio de veinte minutos, antes de sentarse al teclado, un procedimiento que muy pronto se convirtió en un ritual de camaradería de grupo; todo el mundo se sentaba a charlar, a hacer bromas, a intercambiar pareceres sobre música, literatura y cualquier otra cuestión mientras el «remojo» seguía su curso.

El agua embotellada era una necesidad indispensable, puesto que Glenn no soporta el agua del grifo de Nueva York. Las pastillas tenían todo tipo de justificación: jaqueca, alivio de la tensión, una buena circulación. El técnico que se ocupa del aire acondicionado trabajó cuanto fue humanamente posible en el panel de control del estudio de grabación. Glenn es extremadamente sensible al menor cambio de temperatura, de modo que se producían continuos ajustes del enorme sistema de aire acondicionado del estudio.

Sin embargo, la silla plegable supuso el mayor «desvarío» de todas las «variaciones» Goldberg. Se trata de una silla de jugar al bridge, en esencia, cuyas patas se ajustan individualmente a la altura deseada, de manera que Glenn puede inclinarse hacia delante, hacia atrás y a ambos lados. Los escépticos del estudio pensaban que era una mera extravagancia de primer orden hasta el momento en que se inició la grabación. Entonces vieron cómo Glenn ajustaba la inclinación de la silla antes de ejecutar los poco menos que increíbles pasajes de manos cruzadas de las Variaciones, inclinándose todo lo que la posición exigía. Se reconoció unánimemente que la silla era un aparato magnífico, avalado por una lógica aplastante.

Al piano, Gould se convertía en otro fenómeno: en ocasiones cantando mientras toca, otras cerniéndose sobre el teclado y encorvándose a más no poder, otras veces tocando con los ojos cerrados y echando atrás la cabeza. El público reunido en la sala de controles lo contemplaba embelesado, e incluso el técnico del aire acondicionado empezó a experimentar cierta querencia por Bach. Ni siquiera en los previos de la grabación interrumpía Glenn su incesante movimiento, ni dejaba de dirigir rapsódicamente, componiendo un verdadero ballet para la música. Para subsistir mascaba galletas de arrurruz y bebía leche desnatada, en tanto que fruncía el ceño ante los sustanciosos sándwiches.

Tras una semana de trabajo, Glenn anunció que, por lo que a él concernía, se sentía satisfecho con la grabación. Recogió sus toallas, sus pastillas y su silla plegable. Estrechó la mano a todo el mundo a modo de despedida: el director de grabación, los ingenieros de sonido, el representante del estudio, el técnico del aire acondicionado. Todos coincidieron en que echarían de menos las alegres sesiones de «remojo», el sentido del humor y el entusiasmo de Gould, las pastillas y el agua mineral.

«Bueno –dijo Glenn mientras se embutía en el abrigo, la gorra, la bufanda y los guantes para hacer frente a los aires de junio-, ya sabéis que en enero estaré de vuelta.»

Y así será. El técnico del aire acondicionado se está preparando ya para afrontar tamaña empresa.

Nota de prensa emitida por Columbia Records el 25 de junio de 1955, después de que Glenn Gould pasara cuatro días en el estudio -una antigua iglesia- que Columbia tenía en el centro de Manhattan grabando las Variaciones Goldberg de Bach. Extracto de Vida y Arte de Glenn Gould, de Kevin Bazzara.

 

Tacones lejanos.

-Qué pocos tacones se ven en este ministerio –dijo el nuevo jefe de Marta-. Las mujeres no comprenden que los tacones son arquitectura ascética en el más puro estilo internacional, el juego de los volúmenes bajo los pies.

¡Ja!

La cita, de La conquista del aire, de Belén Gopegui.
El dibujo, diseño de Manolo Blahnik.

Sobre los acantilados de mármol.

Todos vosotros conocéis la profunda melancolía que nos sobrecoge al recordar los tiempos felices. Esos tiempos que se han alejado para no volver más y de los cuales estamos más implacablemente separados que por cualquier distancia. Y las imágenes de la vida son más seductoras todavía vistas en el reflejo que nos dejan, y pensamos en ellas como en el cuerpo de una amada difunta que reposara bajo tierra y que de pronto se nos apareciera, como un luminoso espejismo. Una y otra vez nos entregamos a nuestros sedientos ensueños y tratamos de revivir el pasado, deteniéndonos ante cada uno de sus pormenores y de sus detalles. y cuando tal hacemos nos parece que nunca hemos sabido apurar las posibilidades de la vida y del amor, pero nuestro arrepentimiento no puede hacer emerger lo que en definitiva se ha hundido para siempre en la nada. ¡Ojalá que este sentimiento fuera una lección que pudiéramos tener presente en cada momento de felicidad!

Y el recuerdo es todavía más dulce cuando se refiere a unos años de felicidad que terminaron de una manera súbita, inopinadamente. Únicamente entonces nos percatamos de que para nosotros, los humanos, ya es una suerte vivir en nuestras pequeñas comunidades, bajo un techo apacible, gozando de amables conversaciones y siendo cariñosamente saludados por la mañana y por la noche. Pero, ¡ah!, siempre es demasiado tarde cuando nos percatamos de que con todo ello el cuerno de la abundancia se volcó generosamente sobre nosotros.

Ernst Jünger, Sobre los acantilados de mármol.

Sobre los acantilados de mármol.

Todos vosotros conocéis la profunda melancolía que nos sobrecoge al recordar los tiempos felices. Esos tiempos que se han alejado para no volver más y de los cuales estamos más implacablemente separados que por cualquier distancia. Y las imágenes de la vida son más seductoras todavía vistas en el reflejo que nos dejan, y pensamos en ellas como en el cuerpo de una amada difunta que reposara bajo tierra y que de pronto se nos apareciera, como un luminoso espejismo. Una y otra vez nos entregamos a nuestros sedientos ensueños y tratamos de revivir el pasado, deteniéndonos ante cada uno de sus pormenores y de sus detalles. y cuando tal hacemos nos parece que nunca hemos sabido apurar las posibilidades de la vida y del amor, pero nuestro arrepentimiento no puede hacer emerger lo que en definitiva se ha hundido para siempre en la nada. ¡Ojalá que este sentimiento fuera una lección que pudiéramos tener presente en cada momento de felicidad!

Y el recuerdo es todavía más dulce cuando se refiere a unos años de felicidad que terminaron de una manera súbita, inopinadamente. Únicamente entonces nos percatamos de que para nosotros, los humanos, ya es una suerte vivir en nuestras pequeñas comunidades, bajo un techo apacible, gozando de amables conversaciones y siendo cariñosamente saludados por la mañana y por la noche. Pero, ¡ah!, siempre es demasiado tarde cuando nos percatamos de que con todo ello el cuerno de la abundancia se volcó generosamente sobre nosotros.

Ernst Jünger, Sobre los acantilados de mármol.