Cuando era pequeña, una de las cosas que más me gustaban era ayudar a mi padre en las reparaciones que hacía en casa. Lo mismo una lámpara, que la lavadora o el grifo de la ducha, mi padre lo arreglaba todo (y si no podía arreglarlo, lo amarraba: los famosos amarrijos de Santiago, que quien marra, desmarra). Cuando pintaba el piso, yo insistía en pintar con él, con lo que, irremediablemente terminaba más pintura encima de mí que en las paredes. Él, santa paciencia, trataba de enseñarme. Yo, cabra loca, molestaba más que otra cosa.
Lo que más me gustaba era cuando cogía la caja de herramientas: era como el cofre del tesoro para mí. Tenazas, alicates, cuerdas (¡cómo no!), destornilladores, brocas, limas, un cincel… Tenía un pegamento que tenía que mezclar dos componentes, y ahí sí que procuraba tenerme alejada. Yo no entendía nada, con lo bien que se me daba a mí el pegamento, sobre todo lo de simular mocos pintándome de verde el dedo y dejando que el Imedio se secara encima haciendo una pelotilla…
Pero lo que me tenía absolutamente fascinada era una piedra amarilla, translúcida y suave, que olía maravillosamente. De hecho, toda la caja olía a esa piedra. Mi padre me decía que era ámbar y de él oí por primera vez esa palabra que suena a preciosura. Él la utilizaba para las pequeñas soldaduras de estaño con las que arreglaba los transistores, y, cuando la calentaba, todavía olía mejor.
El otro día me desperté pensando en esa piedra y lloré. Mi padre falleció el octubre pasado. Al menos, cosa que agradecer en esta época, tuve tiempo de despedirme de él, de pedirle perdón por todas las veces que lo decepcioné y de darle las gracias por toda la vida.




