Pequeños relatos

Pero…

Por fin, allí estaba. Hacía un cuarto de hora que estaba sentado en aquella oficina, en el sillón de cuero enfrente de su jefe. Y éste llevaba ese mismo tiempo cantando el buen hacer y la profesionalidad de Felipe durante todos los años que hacía que trabajaba allí. Felipe sabía que tanta cera no podía ser buena, y que en algún momento de aquel discurso terminaría por llegar el ‘pero’. De todas formas, hacía días que lo esperaba, aquello no podía durar, su fantasía tenía los días contados desde el principio.

Felipe se esforzaba en mirar a la cara de su jefe mientras éste le iba diciendo que no podía seguir así, que ya habían recibido muchas quejas, que las comunidades de propietarios de la calle Alborán estaban dispuestas a llegar a mayores si no se ponía remedio. Y de veras que miraba aquel rostro familiar, pero lo que veía, a través de él, no era sino esa callecita, el paso entre dos avenidas, demasiado estrecha para ser una vía importante. Si ni siquiera había un solo comercio, sólo un par de despachos profesionales y tres o cuatro entradas a viviendas. Pero era una hermosura de calle, en la que sólo entraba el sol oblicuo de las primeras horas de la mañana. Una calle fresca, expuesta a la brisa del mar, pero, y eso es lo que la hacía especial, cuajada de lilos.

El jefe seguía con su sermón, que no era más que una llamada de atención disfrazada de disculpas encadenadas a las que le llevaba el aprecio que le tenía a Felipe. Quería solucionar esto con él sin tener que tomar una determinación drástica. Quería que comprendiera que no estaba bien lo que estaba haciendo, que fuera él mismo el que desistiese de su fútil empeño.

Felipe escuchaba pero no atendía. Sólo oía el rumor de las hojas de los árboles mecidas por la brisa constante en Alborán. Podía sentir la sombra en su piel, ver la lluvia de pequeñas flores que desencadenaba cada soplo de aire, oler la fragancia intensa de las diminutas lilas que formaban una espesa alfombra por toda la calle, llenando los alcorques, dibujando las aceras e inundando los capós de los coches aparcados. Un suelo cuajado de flores. Poco le importaban a él los envoltorios arrugados, las colillas y hasta las cacas de perro. Poco le importaba la suciedad de los humanos, si quitarla significaba hacer desaparecer también las flores y el aroma que emanaban.

El jefe había ido dejando atrás la voluntad de entendimiento y había atajado hacia la suspensión de empleo y sueldo si Felipe no recobraba la razón y dejaba, al día siguiente, la calle Alborán tan limpia como las demás de su zona.

Felipe se levantó, abrió la puerta y, ahora sí, mirando a su jefe, se despidió hasta el fin de la primavera.

Pequeños relatos

Pero…

Por fin, allí estaba. Hacía un cuarto de hora que estaba sentado en aquella oficina, en el sillón de cuero enfrente de su jefe. Y éste llevaba ese mismo tiempo cantando el buen hacer y la profesionalidad de Felipe durante todos los años que hacía que trabajaba allí. Felipe sabía que tanta cera no podía ser buena, y que en algún momento de aquel discurso terminaría por llegar el ‘pero’. De todas formas, hacía días que lo esperaba, aquello no podía durar, su fantasía tenía los días contados desde el principio.

Felipe se esforzaba en mirar a la cara de su jefe mientras éste le iba diciendo que no podía seguir así, que ya habían recibido muchas quejas, que las comunidades de propietarios de la calle Alborán estaban dispuestas a llegar a mayores si no se ponía remedio. Y de veras que miraba aquel rostro familiar, pero lo que veía, a través de él, no era sino esa callecita, el paso entre dos avenidas, demasiado estrecha para ser una vía importante. Si ni siquiera había un solo comercio, sólo un par de despachos profesionales y tres o cuatro entradas a viviendas. Pero era una hermosura de calle, en la que sólo entraba el sol oblicuo de las primeras horas de la mañana. Una calle fresca, expuesta a la brisa del mar, pero, y eso es lo que la hacía especial, cuajada de lilos.

El jefe seguía con su sermón, que no era más que una llamada de atención disfrazada de disculpas encadenadas a las que le llevaba el aprecio que le tenía a Felipe. Quería solucionar esto con él sin tener que tomar una determinación drástica. Quería que comprendiera que no estaba bien lo que estaba haciendo, que fuera él mismo el que desistiese de su fútil empeño.

Felipe escuchaba pero no atendía. Sólo oía el rumor de las hojas de los árboles mecidas por la brisa constante en Alborán. Podía sentir la sombra en su piel, ver la lluvia de pequeñas flores que desencadenaba cada soplo de aire, oler la fragancia intensa de las diminutas lilas que formaban una espesa alfombra por toda la calle, llenando los alcorques, dibujando las aceras e inundando los capós de los coches aparcados. Un suelo cuajado de flores. Poco le importaban a él los envoltorios arrugados, las colillas y hasta las cacas de perro. Poco le importaba la suciedad de los humanos, si quitarla significaba hacer desaparecer también las flores y el aroma que emanaban.

El jefe había ido dejando atrás la voluntad de entendimiento y había atajado hacia la suspensión de empleo y sueldo si Felipe no recobraba la razón y dejaba, al día siguiente, la calle Alborán tan limpia como las demás de su zona.

Felipe se levantó, abrió la puerta y, ahora sí, mirando a su jefe, se despidió hasta el fin de la primavera.

Lola

Lola paseaba alrededor de la urbanización con Truco, el viejo cocker spaniel que había muerto cuando ella tenía trece años. Más valía que se diese prisa si quería llegar a tiempo, pero es que así, de noche, todas las casas le parecían iguales. Bueno, no las casas, que no llegaba a verlas detrás de aquellas tapias tan altas y esa profusión de adelfas, jazmines y buganvillas. Acertó a pasar por una que tenía el portón abierto. Dentro, parecía que se celebraba una verbena: un chozo al fondo a modo de barra de bar, adornado con mil lamparillas de colores, y hasta él, un camino bordeado de velas. Al cruzarlo, tuvo que poner cuidado en no tropezarse con las mesas altas de aquella improvisada terraza veraniega, porque podría hacer caer las damajuanas que llenaban cada una de ellas y tendría que volver al principio del camino. Decidió entonces que sería mejor hacerlo por la acequia que pasaba por detrás de ellas, aunque estuviera llena de hojas secas.

Así, consiguió llegar hasta la casa. Cruzó el zaguán y subió las desvencijadas escaleras de la casa de su abuela, con su pasamanos de hierro pintado de verde. En uno de los rellanos, tuvo que dejar pasar a un bebé que bajaba bailando. Siguió hasta el último tramo y abrió la puerta. Por fin, la azotea, tan inundada de sol que tuvo que ponerse la mano sobre los ojos por un momento. Salió a ella, reconoció el lavadero, y siguió los tendederos hasta llegar al jardín de la vieja casona donde, a la sombra de las palmeras estaría más a gusto.

Allí, dentro, detrás de una pesada cortina encontró el vestido, rojo y largo, como de época, que habría de ponerse. Con él levantado hasta las rodillas, porque de otra forma no hubiese podido caminar, subió la calle empinada del centro de la ciudad por la que tantas veces había pasado. Lola se vió desde el escaparate de la tienda de enfrente y se gustó enfundada en aquellas telas de un verde esmeralda. Pero no podía entretenerse: quería llegar a la conferencia de su querido profesor de filosofía, y todo aquel gentío en la calle no hacía sino entorpecerla. Aún así, llegó de una punta a otra de la calle en un momento, y lo vio en medio de la plaza, detrás de su atril, con las gafas caladas y extrañamente parecido a Héctor Alterio. Aprobó la conferencia leyendo por encima de su hombro mientras el público aplaudía y el profesor se volvía hacia ella para recriminarle que no estuviera sentada en su pupitre. Alrededor la gente empezó a correr, y de detrás de una columna de aquel precioso atrio salió un enorme oso que caminaba olisqueando el suelo. Lola se le puso delante y el oso se alzó sobre las dos patas traseras abriendo la bocaza y…

.. fue tal el rugido que se despertó de un salto con el corazón queriéndosele salir del pecho. A su lado, Bruno dormía plácidamente, ajeno al susto que le acababa de dar, otra vez, boca arriba, justo en la postura en la que más fuertes eran. Lola ya no sabía que hacer. Lo había probado todo: desde las bandas nasales, a esconder una llave hueca debajo de la almohada. Desde el sonido típico con la lengua que su madre, sufridora como ella, le había enseñado, hasta empujarlo suavemente hasta que conseguía que cambiase de postura. Estaba considerando seriamente lo de mudarse a la habitación de Dani, ahora que se había ido a estudiar a otra ciudad. Tendría que hacerlo, aunque a Bruno le molestase, si no quería terminar comida por los osos.

Naufragio

Una chica camina por la calle. Va con los brazos demasiado separados del cuerpo, balanceándolos como un pajarillo que aprendiera a volar. Hacia delante, hacia atrás, a la vez que se contonea en su voluminoso ser, alternando brazos y piernas para sostener el precario equilibrio en su marcha. La acera es estrecha, y está adornada por unas farolas y unos árboles cuyos alcorques la reducen en un tercio. Además, está la parada del autobús, donde las personas que lo esperan no pueden hacerlo ordenadas y en fila, sino en corrillos que se adelantan impacientes oteando el autobús que de nuevo se retrasa.

Un señor camina detrás de nuestra chica. Tiene prisa, o al menos eso parece ya que su marcha es un poco más rápida que la de ella. Cuando la alcanza, entre árboles, paradas, alcorques y brazos balanceantes, apenas tiene sitio para pasar. Pero sigue teniendo prisa. Si se atreve a adelantarla sin tomar precauciones, lo más posible es que se lleve un manotazo en la entrepierna, así que tiende una mano hacia delante. El balanceo de brazos sigue su curso y las manos, irremediablemente, chocan con una fuerza producida por la velocidad de la extremidad femenina. Ella se vuelve, se queja y se revuelve. Se indigna por la agresión del hombre. Le increpa. Él le dice que sólo le ha parado la mano y que no se puede ir caminando como si se estuviera uno ahogando. Sigue su camino sin volverse, tan aprisa como antes. Y allí se queda, el pajarillo que comenzaba a volar, la funambulista sin red, náufraga en tierra convertida ahora en basilisco.

Klaus.

Nadie sabe cómo se llama en realidad, pero, sin lugar a dudas, Klaus debería ser su nombre, por esa pinta de Papá Noel de paisano que luce. Enorme, rubísimo, con unos ojos insultantemente azules y unas mejillas que, de puro coloradas, pareciera que están a punto de estallar, en la cara todo es de un color vivo menos esas barbas que de tan rubias casi son blancas y esos dientes, más blancos aún, que se obstina en enseñar en una eterna sonrisa.

Klaus (digamos que sí, que se llama así) vive en la zona de más boato de la ciudad, aunque no precisamente en un loft de gran lujo y primerísimas calidades, sino más bien en el hueco que dejan las escaleras cubiertas de un edificio oficial. Allí pasa las tardes y sus noches, con todas sus pertenencias -que no son pocas- metidas, en un orden extremo, en un carrito de supermercado. Por las mañanas, antes de que las oficinas abran y empiecen a llegar los empleados, Klaus recoge todas su cosas y, dejando el rincón donde ha dormido impecable, empuja su carrito hasta un par de manzanas más allá, donde el retranqueo de los edificios de la gran avenida han dejado un pequeño espacio acotado por unos bancos de cemento. Ahí se aposta, viendo pasar a la gente con sus prisas y sus caras largas, hasta que los funcionarios dejan la oficina. Entonces él vuelve a su rincón, acomoda las mantas perfectamente dobladas encima del murete que, adosado a la escalera, le sirve de trono, saca sus auriculares y su pequeña radio maltrecha y, sin perder la sonrisa que ha lucido toda la mañana, sestea beatífico hasta que llega la hora de volver a mudar su residencia.

Hojas.

Aquella mañana de noviembre,  Sebastián G. P., operario municipal de sesenta y cuatro años, once meses y veintinueve días de edad se dispuso a empezar su jornada laboral, casi aún de madrugada, como si fuese un día corriente. Ataviado con las botas de agua y la ropa reflectante que le hacían parecer una luciérnaga hasta que salía el sol, y empujando su carrito con la misma diligencia con la que lo había empujado los últimos treinta y cinco años (bueno, no tantos, que todavía recordaba los tiempos en los que tenía que cargar con un capazo), se dirigió al sector que tenía asignado. Le gustaba su zona, aunque en esta época del año el viento que nunca faltaba y las ocasionales lluvias le dieran bastante trabajo en ese trozo de avenida con su plazoleta llena de árboles. Desde luego, no tenía nada que ver con algunas zonas del centro, en las que, sobre todo en febrero, los compañeros trabajaban durante una semana más que todo el resto del año junto.

De pronto, Sebastián G.P. cayó en la cuenta de que aquella mañana sería la última que barrería todas aquellas hojas amarillas, la última que recogería aquella alfombra , la última vez que haría el vano esfuerzo de dejar la calle limpia. Se dio cuenta de que aquél sería el último día en que tendría que calzarse aquellas botas y ponerse ese chaleco reflectante que le hacían parecer una luciérnaga hasta que salía el sol. Y entonces barrió y barrió, pero en lugar de recoger las hojas cada vez, fue amontonándolas en medio de la placita. Se afanó en recoger cada hoja y volvió a pasar el cepillo otra vez para reunir también las que seguían cayendo de los árboles al son del aire frío de aquella mañana de noviembre. Sólo paró de barrer cuando el montón de hojas le pareció lo suficientemente alto y mullido.

Aquella mañana de noviembre, Pilar D. M. llegó al trabajo, antes de que saliera el sol, con una sonrisa pintada en la boca y la alegría que no había sentido en mucho tiempo. En el trayecto en autobús hacia la oficina le había parecido ver, a través de una de las ventanillas, en la plazoleta que había justo en medio de la avenida, a un hombre vestido de luciérnaga saltando dichoso sobre una montaña de hojas amarillas.

La imagen, de Adriana Quirós.

Noticiero.

El viernes cuatro de mayo, a las siete y treinta y cuatro de una mañana que se prometía soleada, Ramón J. C., dueño de la pescadería situada en el número once de la calle Azucena, descargaba las cajas del pescado que vendería a un precio más que razonable a lo largo de todo el día. Al coger la segunda caja de unas sardinas fresquísimas, una de ellas se deshizo del hielo que la cubría y aún con instinto natatorio, se deslizó hacia un charco que se había formado a base de riegos matutinos y que se encontraba entre el bordillo de la acera y el borde de la furgoneta de Ramón J. C.

En aquel preciso instante, Calixto, el gato blanco, negro y crápula que convivía con Mercedes G. M., septuagenaria vecina del número trece de la calle Azucena, volvía de su correspondiente incursión nocturna dedicada al acoso y derribo de gatitas de mal vivir. Al pasar por delante de la pescadería, donde le gustaba detenerse antes de entrar en casa y dedicarse el resto del día al noble oficio de dormitar al sol, se percató de aquella sardina huérfana y abandonada a su suerte. Sabedor de lo perverso de sus intenciones, prefirió esconderse bajo la furgoneta a fin de evitar ser descubierto y sortear las iras del pescadero. Sólo asomó una pata calzada de blanco, y tan rápidamente lo hizo, que sólo pudo ser visto por alguien que estuviera realmente atento a sus acciones, pero fue suficiente para alzarse con el plateado botín. Allí mismo dio buena cuenta del pez, justo antes de salir de su escondite para relamerse convenientemente, atusarse los bigotes y limpiar las minúsculas manchas que se camuflaban en su moteado pelaje.

El viernes cuatro de mayo, Calixto, acostumbrado a la comida de lata, durmió durante todo el día.

Ramón J. C., dueño de la pescadería situada en el número once de la calle Azucena, vendió todo el género que había comprado a buen precio antes de que amaneciera. Ni siquiera echó de menos una sardina que sirvió de desayuno a un gato blanco, negro y crápula.

La ilustración, de Amy Reges.

El hombre pequeño.

hombre.jpg

El hombre pequeño habita en el último taburete del fondo de la cafetería. Juguetea distraído con el azucarillo del café que humea entre sus brazos mientras sospecha, más que mira, por encima de sus gafas de concha, a los parroquianos de ida y vuelta del bar.

El hombre pequeño no tiene horas. Las pasa todas en ese rincón, junto a la máquina registradora que tintinea cada comanda cobrada. Lo puedes encontrar cada vez que te acerques a buscar un café mañanero que te despeje media neurona más, en el receso del bocadillo, a la hora del aperitivo, en la comida, el café, el puro y la copa. Estará ahí en el «mañana paella a partir de las dos» o en el «ven a ver el partido del plus». Estará ahí, como un convidado de piedra, o como una visita recién llegada a la que ofrecemos un café, un refresco o una cerveza, según nuestras propias preferencias y lo adecuado de la hora, que él acepta con un tímido «si tú también vas a tomar».

Estará ahí, hasta que el camarero, acostumbrado a su presencia como un día se acostumbró a la máquina de tabaco parlanchina o a la recreativa de las cerezas, empiece a ordenar los taburetes y a barrer el serrín mezclado con colillas. Entonces el hombre pequeño bajará de su pedestal de un salto, enfilará sus pasos hacia la puerta caminando hacia la nada y, sin siquiera volver la cabeza, voceará un «hasta mañana» para quién quiera escucharlo.

El hombre pequeño es también un hombre antiguo. Dejó de preocuparse por la moda hace al menos treinta años, cuando todavía no se había replegado sobre sí mismo y necesitaba ropa tres tallas mayor, la misma que luce ahora, pulcra, impoluta, muestrario de pliegues y cuellos holgados, hombros que parecen codos y codos demasiado cercanos a los puños. El peinado también quedó anclado en un pasado que apenas puede recordar, e intenta emular, a través de un ingenio de arquitectura impasible a los vientos, una cabellera frondosa que dejó de ser lo que era mucho tiempo atrás.

El hombre pequeño no tiene amigos. Las pocas palabras que cruza con otras personas no pasan de ser breves fórmulas de cortesía, porque el hombre pequeño también es un hombre invisible. Él vigila, estudia puntillosamente a cada cliente, asintiendo o negando con la cabeza a una conversación secreta consigo mismo sobre las actitudes o apariencias de los observados. Sin embargo, si preguntásemos a alguno de éstos, casi ninguno sería capaz de recordarlo y alguno, incluso, se atrevería a jurar que nunca jamás hubo nadie sentado en el último taburete del fondo del bar.

La imagen, de Miguel Covarrubias.

El hombre pequeño.

hombre.jpg

El hombre pequeño habita en el último taburete del fondo de la cafetería. Juguetea distraído con el azucarillo del café que humea entre sus brazos mientras sospecha, más que mira, por encima de sus gafas de concha, a los parroquianos de ida y vuelta del bar.

El hombre pequeño no tiene horas. Las pasa todas en ese rincón, junto a la máquina registradora que tintinea cada comanda cobrada. Lo puedes encontrar cada vez que te acerques a buscar un café mañanero que te despeje media neurona más, en el receso del bocadillo, a la hora del aperitivo, en la comida, el café, el puro y la copa. Estará ahí en el «mañana paella a partir de las dos» o en el «ven a ver el partido del plus». Estará ahí, como un convidado de piedra, o como una visita recién llegada a la que ofrecemos un café, un refresco o una cerveza, según nuestras propias preferencias y lo adecuado de la hora, que él acepta con un tímido «si tú también vas a tomar».

Estará ahí, hasta que el camarero, acostumbrado a su presencia como un día se acostumbró a la máquina de tabaco parlanchina o a la recreativa de las cerezas, empiece a ordenar los taburetes y a barrer el serrín mezclado con colillas. Entonces el hombre pequeño bajará de su pedestal de un salto, enfilará sus pasos hacia la puerta caminando hacia la nada y, sin siquiera volver la cabeza, voceará un «hasta mañana» para quién quiera escucharlo.

El hombre pequeño es también un hombre antiguo. Dejó de preocuparse por la moda hace al menos treinta años, cuando todavía no se había replegado sobre sí mismo y necesitaba ropa tres tallas mayor, la misma que luce ahora, pulcra, impoluta, muestrario de pliegues y cuellos holgados, hombros que parecen codos y codos demasiado cercanos a los puños. El peinado también quedó anclado en un pasado que apenas puede recordar, e intenta emular, a través de un ingenio de arquitectura impasible a los vientos, una cabellera frondosa que dejó de ser lo que era mucho tiempo atrás.

El hombre pequeño no tiene amigos. Las pocas palabras que cruza con otras personas no pasan de ser breves fórmulas de cortesía, porque el hombre pequeño también es un hombre invisible. Él vigila, estudia puntillosamente a cada cliente, asintiendo o negando con la cabeza a una conversación secreta consigo mismo sobre las actitudes o apariencias de los observados. Sin embargo, si preguntásemos a alguno de éstos, casi ninguno sería capaz de recordarlo y alguno, incluso, se atrevería a jurar que nunca jamás hubo nadie sentado en el último taburete del fondo del bar.

La imagen, de Miguel Covarrubias.