Historias de cafetería #63

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No era guapo, pero tampoco pasaba por un hombre feo. Se había instalado en esa edad indeterminada en los hombres que puede ir de los treinta y tantos a los cincuenta y pocos. Era extremadamente menudo y delgado, y las entradas en el pelo empezaban a ser más que considerables.

Ahora esperaba, sentado en un taburete al extremo de la barra, a que la dueña del bar terminara de atender a los clientes. La negociación se estaba haciendo larga, no porque no se pusieran de acuerdo, sino porque, a esa hora, no paraban de entrar parroquianos en busca de su desayuno. Él sólo quería preguntarle cuánto aceite necesitaba para el viernes, y proponerle un nuevo formato de botella dispensadora y ya llevaba allí sentado más de media hora. Además, el constipado que hacía días que arrastraba no ayudaba a su paciencia. M., la dueña, lo miraba apurada de vez en cuando. El dolor de cabeza que avanzaba decidió por él que sería mejor dejar para la semana siguiente la propuesta e ir directamente al pedido semanal; para ello sólo necesitaba que M. le dijera una cantidad y podría irse, así que se bajó del taburete y empezó a colocarse la bufanda con la parsimonia de los hombres atildados. Ahora, de pie, asomaba poco más que la cabeza por detrás de la barra. M. le buscó la mirada de nuevo para disculparse y lo descubrió oculto tras el expositor de las tapas del día. No podía quedarse sin aceite, así que para insistirle en que se quedara, y haciendo gala de su instinto maternal, le ofreció un colacao. Sólo medio vaso de agua para tomarme esto, contestó él, agitando en alto el sobre de un remedio catarral entre sus manitas de niña enfermiza. Mientras ella le servía el agua y le pasaba una cucharilla, consiguió, por fin, que le dijera una cantidad. Entre sorbo y sorbo de la medicina, le prometió que elviernessinfaltalotienesaquí. Dio las gracias educado y salió, elegante como un niño que, jugando, hubiese conseguido encoger la ropa de su padre hasta ajustarla a su cuerpo, y se la hubiese puesto para salir a la calle y hacerle burla al mundo.

La imagen, de aquí.

Cinco tonterías por minuto

En el cafetal molón somos muchos los que trabajamos y cada uno tiene su pelaje y sus cosas. En los últimos días he descubierto que un compañero está estudiando inglés. No me lo ha dicho (directamente), ni le he visto cargando los libros, pero cuando cree que nadie le escucha, hace ejercicios de lectura tal que si fuera sir Laurence Olivier declamando Hamlet, al volumen que lo haría para la última butaca del Old Vic.

Como digo, cada uno tenemos nuestras cosas. Hay, por ejemplo, quien piensa que los triangulitos enfrentados que hay en la regleta de la parte superior de la pantalla de word están ahí porque quedan monos. Y que a pesar de tener por oficio principal el de escribir, te coloca un texto en la mitad derecha de la pantalla ¡¡llevándolo hasta allí a base de barra espaciadora!! Ni siquiera al tabulador, no, esas flechas están ahí también para hacer bonito. ¿Habéis visto el primer capítulo de The IT crowd, donde contratan a Jenn?  Pues sí, queridos amigos, la realidad supera la ficción.

Los que tenemos gatos notamos cuando llega el frío primero, y como el resto de los mortales, porque lo sentimos en nuestras carnes, y segundo, porque vemos que los gatos pasan muuuuucho más tiempo durmiendo (sí, es posible), que buscan el lugar más cálido de la casa y que se acurrucan como una ensaimada para pasar las horas. Los míos, que además están viejunillos ya, se pasan el día metidos en su caseta para salir un ratín por las tardes (casualidad, a la hora en la que les pongo comida fresca). A Wey, además, le ha dado ahora por seguirme allá donde me muevo, parárseme delante, mirarme con ojillos arrebatados y soltarme maullidos lastimeros para que lo coja. Como ejemplo, sirva decir que esto lo estoy escribiendo con él cortándome la circulación de las piernas. Eso sí, pasan el día durmiendo, juntos, a ser posible, para darse más calor. Pero todo es que llegue la hora de acostarnos, apagar las luces y cerrar la puerta del dormitorio, para que formen unos pitotes que solo pueden ser despejados a base de remojones.

Con mi vecina de arriba no tengo demasiada relación. Llamadme espabilá, pero creo que es porque no le sentó demasiado bien que le ganásemos una demanda por inundar nuestra terraza. Y creo que tampoco le agradó mucho que le mandásemos a la policía una noche en la que hicieron fiesta y en la que, ya a las cinco de la mañana, cantaban el ‘Vaporcito’ dando saltos encima de nuestro dormitorio. Hace tres días encontré un calcetín suyo caído en mi tendedero. Como buena vecina, lo dejé ahí, enganchado con una pinza, para que pueda ver que lo tengo yo y que venga a buscarlo. Se aceptan apuestas.

A este blog, aunque no lo veis (gracias a 3nity, master and commander de esta página), también llega spam. Y es curioso, porque va por tandas. Si hace un tiempo sólo llegaban mensajes de casinos virtuales, ahora sólo me llegan para que compre bolsos de Prada, de Louis Vuitton, Gucci, Burberry… Sin lugar a dudas, añadir a la guapísima Adela a los enlaces de recomendaciones encarecidas en la columnita de la derecha, le ha dado un plus de glamour a ca’Ampharou.

Cinco tonterías por minuto

En el cafetal molón somos muchos los que trabajamos y cada uno tiene su pelaje y sus cosas. En los últimos días he descubierto que un compañero está estudiando inglés. No me lo ha dicho (directamente), ni le he visto cargando los libros, pero cuando cree que nadie le escucha, hace ejercicios de lectura tal que si fuera sir Laurence Olivier declamando Hamlet, al volumen que lo haría para la última butaca del Old Vic.

Como digo, cada uno tenemos nuestras cosas. Hay, por ejemplo, quien piensa que los triangulitos enfrentados que hay en la regleta de la parte superior de la pantalla de word están ahí porque quedan monos. Y que a pesar de tener por oficio principal el de escribir, te coloca un texto en la mitad derecha de la pantalla ¡¡llevándolo hasta allí a base de barra espaciadora!! Ni siquiera al tabulador, no, esas flechas están ahí también para hacer bonito. ¿Habéis visto el primer capítulo de The IT crowd, donde contratan a Jenn?  Pues sí, queridos amigos, la realidad supera la ficción.

Los que tenemos gatos notamos cuando llega el frío primero, y como el resto de los mortales, porque lo sentimos en nuestras carnes, y segundo, porque vemos que los gatos pasan muuuuucho más tiempo durmiendo (sí, es posible), que buscan el lugar más cálido de la casa y que se acurrucan como una ensaimada para pasar las horas. Los míos, que además están viejunillos ya, se pasan el día metidos en su caseta para salir un ratín por las tardes (casualidad, a la hora en la que les pongo comida fresca). A Wey, además, le ha dado ahora por seguirme allá donde me muevo, parárseme delante, mirarme con ojillos arrebatados y soltarme maullidos lastimeros para que lo coja. Como ejemplo, sirva decir que esto lo estoy escribiendo con él cortándome la circulación de las piernas. Eso sí, pasan el día durmiendo, juntos, a ser posible, para darse más calor. Pero todo es que llegue la hora de acostarnos, apagar las luces y cerrar la puerta del dormitorio, para que formen unos pitotes que solo pueden ser despejados a base de remojones.

Con mi vecina de arriba no tengo demasiada relación. Llamadme espabilá, pero creo que es porque no le sentó demasiado bien que le ganásemos una demanda por inundar nuestra terraza. Y creo que tampoco le agradó mucho que le mandásemos a la policía una noche en la que hicieron fiesta y en la que, ya a las cinco de la mañana, cantaban el ‘Vaporcito’ dando saltos encima de nuestro dormitorio. Hace tres días encontré un calcetín suyo caído en mi tendedero. Como buena vecina, lo dejé ahí, enganchado con una pinza, para que pueda ver que lo tengo yo y que venga a buscarlo. Se aceptan apuestas.

A este blog, aunque no lo veis (gracias a 3nity, master and commander de esta página), también llega spam. Y es curioso, porque va por tandas. Si hace un tiempo sólo llegaban mensajes de casinos virtuales, ahora sólo me llegan para que compre bolsos de Prada, de Louis Vuitton, Gucci, Burberry… Sin lugar a dudas, añadir a la guapísima Adela a los enlaces de recomendaciones encarecidas en la columnita de la derecha, le ha dado un plus de glamour a ca’Ampharou.

Ampharou’s library: Enero.

Después del fracaso del año pasado con Hopper (fracaso mío, claro, que don Edward era un genio) en el que un virus malérrimo consiguió que sólo pusiera una entrada de su calendario, y atendiendo a la aclamación popular (al menos una persona lo ha pedido), vamos a continuar este año con las entregas mensuales de libros, películas y series aprovechando el nuevo calendario que ha caído en ca’Ampharo. Como todas las navidades, es un dilema enfrentarse al expositor de almanaque para decidir cuál es el que se viene a casa, pero este año fue un flechazo instantáneo. Y aquí tenéis la primera imagen, una ilustración de mi adoradísimo Alphonse Mucha, al que conocí en uno de mis viajes a Barcelona hace como cinco veranos, en una exposición de carteles modernistas en el MNAC, y del que me terminé de enamorar al año siguiente en Madrid, en una muestra sobre él que hizo el Caixaforum. Ya algunas veces, alguna obra suya ha ilustrado un post en esta humilde bitácora: pues bien, ahora tenemos un año completo por delante para ir desgranándolo mes a mes con su obra.

La de este mes es Verano (tengo que mirarlo, pero el calendario debe imprimirse en algún lugar del cono sur, porque si no, no lo entiendo), correspondiente a la serie de Las Estaciones. Mucha era muy dado a hacer series de un mismo tema, como supongo que ya veremos a lo largo de los meses (digo supongo porque no he visto más que la página correspondiente a este mes. Quiero ir descubriéndolo poco a poco). Ya os iré contando más cosas del autor y de su obra.

Enero, por lo demás, podría llamarse también mes Sherlock Holmes, porque mis ratos libres los estoy dedicando prácticamente a él, en múltiples formatos.

Hasta ahora había sido un personaje que me había caído bien, aunque no le había prestado demasiada atención. Sí que había visto alguna película (mi Sherlock favorito hasta ahora había sido Basil Rathbone), pero no había ido más allá. Y de pronto, el año pasado, gracias a mi sobrino, descubrimos la serie de la BBC, una trasposición del universo del detective a nuestros días. En fin, que nos enganchamos a ella y, como ya he explicado otras veces, vimos cada uno de los tres capítulos varias veces en espera de que se estrenara la segunda temporada.

Y eso ocurrió el día de año nuevo. Y claro, por la magia de la navidad, el día dos, después de la resaca, ya tenía en mi disco duro el capítulo con sus correspondientes subtítulos. A día de hoy, esa magia navideña ha seguido funcionando y el pasado lunes nos vimos -todavía calentito- el último episodio.

Entre uno y otros, también se estrenó la segunda película sobre el detective de Guy Ritchie. Habíamos visto la primera, nos pareció entretenida (a Beaumont le pareció entretenida. Yo disfruté de lo lindo viendo a Jude Law y a Robert Downey Jr.. Debilidades que tiene una…). Así que nos fuimos al cine a ver esta segunda parte. Igual de entretenida y el mismo disfrute.

Y ya, como me sabía a poco, y no había leído ninguna de las novelas ni de los relatos, pensé que estaría bien enfrentarse al siguiente capítulo de la serie (el pensamiento me llegó antes de que emitiesen el segundo) conociendo lo que Conan Doyle había imaginado para ese sabueso de los Baskerville y ver cómo los guionistas se las ingeniaban para adaptar la historia a nuestros días. Claro que me leí El Sabueso y dos o tres relatos más. Lo mismo que me pasó cuando supe que el tercero sería sobre las cataratas de Reichenbach, que cayó ese y los cinco siguientes… No os preocupéis: ya me he castigado a no volver a coger el Todo Sherlock hasta que no me termine el libro que tengo entre manos, que voy a tardar más en acabármelo que Hans Castorp en salir del Sanatorio Internacional Berghof. Que me conozco.

Jo!!

La semana pasada una llamada y un mensaje (gracias, A.) nos advertía de ello. Estábamos esperando volver a verlo desde que salimos de aquel maravilloso concierto. En seguida se puso en marcha la maquinaria: ver precios de las entradas, horarios, dónde dormimos, distancias, tendremos que tirar de taxis, y qué más da, como si tenemos que ir a gatas, este hotel tiene buena pinta, pues mira éste, salimos el viernes o el mismo sábado, y el sitio también es precioso, seguro que no tiene nada que envidiar al molino, uy, no es noche de luna llena por poquito…

En ese ir y venir estábamos cuando, tres días después, viendo las noticias del medio día, caí en la cuenta de que el día del concierto es la víspera de uno de los dos únicos domingos en los que me toca trabajar cada cuatro años. Que ya hay que ser ceniza, oigausté.

Para que vosotros lo disfrutéis y para que yo me consuele un poco, aquí le podéis ver.

La imagen, de aquí.

Periódicos.

FEDERICO. Bueno, di… ¿Dónde te metes?

– ¿Dónde voy a meterme? En el periódico. Me tiene preso. Ya sabes tú lo que es un periódico… Un vampiro de la inteligencia, un calabozo bien iluminado… Palanca de la edad moderna, altavoz de las acciones humanas…

– … multicopista del pensamiento, trampolín de la gloria…

– … espuela de las actividades ajenas, faro de la cultura…

– … Kodak de la casualidad…

– … opinión de los que no la tienen…

– … desesperación del gramático…

– … apóstol de la mentira, cristalización del medio ambiente, palacio de la errata…

La tournée de Dios.
Enrique Jardiel Poncela.
Edit. Blackie Books

Periódicos.

FEDERICO. Bueno, di… ¿Dónde te metes?

– ¿Dónde voy a meterme? En el periódico. Me tiene preso. Ya sabes tú lo que es un periódico… Un vampiro de la inteligencia, un calabozo bien iluminado… Palanca de la edad moderna, altavoz de las acciones humanas…

– … multicopista del pensamiento, trampolín de la gloria…

– … espuela de las actividades ajenas, faro de la cultura…

– … Kodak de la casualidad…

– … opinión de los que no la tienen…

– … desesperación del gramático…

– … apóstol de la mentira, cristalización del medio ambiente, palacio de la errata…

La tournée de Dios.
Enrique Jardiel Poncela.
Edit. Blackie Books