Zapatero

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Un jueves que tuve la tarde libre en marzo  cogí un par de pares de botas y las llevé al zapatero. Tenían las tapas de los tacones nuevas, esas tapas de plasticucho que en cuanto se desgastan un poco te da igual llevar esos zapatos o unos patines para el hielo. Y una, aficionada a las caídas en la calle, desde la última que tuve en mi casa, le ha cogido un miedo horroroso a perder la verticalidad abruptamente. Mis botas altas de serraje y tacón cubano y los botines camel preciosos, ambos regalos de mi él.

El señor zapatero es un señor amabilísimo que me reconoce en cuanto llego aunque no soy muy asidua. Tengo el honor de llevar el mismo nombre (nombre y apellido)  que su madre, así que es un tema más sentimental que de fisonomía. Me dijo que no sabía si podría tenérmelos para el sábado por la mañana y yo le dije que no se preocupara, que ya me pasaría el lunes. El plan era salir de trabajar por la tarde y alargar el paseo hasta allí para recogerlos. Ese domingo, claro, ya estábamos confinados. Así es que allí tienen que estar los cuatro, entre olores a betún y pegamento. No se me ocurriría mejor sitio para estar si yo fuese zapato.

Tampoco es que me hagan mucha falta ahora. El otro día le leí a una chica que decía que sus zapatos debían pensar que había muerto. Mis zapatos también, y mis sujetadores ni os cuento.

En fin, que me parece que el día que vaya a recogerlos, llevaré unas sandalias monísimas que tengo con tiras de strass para que les haga lo mismo. Y cuando vuelva a casa, guardaré, con mucho cariño, mis botas hasta la próxima temporada.

La imagen es de una exhibición de Manolo Blanik que hubo el año pasado en la Wallace Gallery de Londres y que nos encontramos totalmente por sorpresa en nuestro viaje.

Ampharou’s library: marzo

 

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Son tiempos de congoja. Empezó la primavera y ni siquiera nos hemos dado cuenta (tampoco ha acompañado el tiempo y menos mal). A estas alturas no os voy a hablar de la pandemia, ni de lo mal que estamos, ni de lo difícil que es quedarse en casa… De la pandemia y sus consecuencias mejor que hablen los que saben. De lo de quedarse en casa, pues eso, qué os voy a contar que no sepáis. Pero es lo que toca. Es responsabilidad.

Hoy solo os quiero traer el mes de marzo a este Ampharou’s library. Quizá saquéis ideas para pasar el rato.

Marzo en mi calendario es El Temerario remolcado a su último atraque para el desguace, de William Turner. Es uno de mis favoritos del artista, tanto es así que nos trajimos de Londres una reproducción para ponerla en casa.

La luz de los cuadros de Turner, el estilo romántico con que impregnaba sus creaciones con ese apasionamiento por la naturaleza… rebuscad también en sus acuarelas y podréis disfrutar de la obra magnífica de este autor.  Para acercaros a él, hay una película de 2014, Mr. Turner, dirigida por Mike Leight. Es un poco larga, pero seguro que os hace enamoraros un poco de él.

De lecturas sigo tan vaga como el mes pasado. No he terminado ninguno de los que tenía empezados, y aún así, por no llevar ninguno de los dos a una escapada que hicimos a Madrid aprovechando el puente del Día de Andalucía -¡justo a tiempo! (el de Joan Didion es una edición demasiado bonita para aventurarme a que se estropeara en el viaje, y Solenoide podría haberme provocado una escoliosis al cargar con él), me empecé Sur, de Antonio Soler que, sí, adivinad, tampoco he terminado ¡Madre mía, cuánta faena acumulada!

De series, terminamos The New Pope, altamente recomendable y empezamos la quinta temporada de Better call Saul. Está siendo muy grande esta serie. Empezó siendo un spin off de Breaking Bad y para mi gusto, ya la ha superado con creces.

También hemos empezado La conjura contra América, lo nuevo de David Simons (sí, el de The Wire) sobre un libro de Philip Roth. Hasta ahora sólo hemos visto el primer capítulo, pero tiene muuuy buena pinta.

Al cine, evidentemente no hemos ido. Sí fuimos, como he comentado más arriba, a Madrid cuatro días a principios de mes. Exceptuando un ‘pequeño’ inconveniente, el viaje fue estupendo: estuvimos del Prado al Thyssen y del Thyssen al Prado. No había estado nunca en ninguno de los dos, y el Prado… bueno, es El Prado. Aprovechad ahora las visitas virtuales que hacen, con las explicaciones a algunos cuadros (esto lo podéis ver en su Instagram, no sé si en su página también, para volver. Todas las visitas que podáis hacerle nunca serán demasiadas.

Y el Thyssen… bueno, fuimos más que nada por la exposición temporal que tienen ahora Rembrandt y el retrato en Ámsterdam, donde me reencontré con mi querida Hendrickje (quédate con quien te pinte como Rembrandt pintaba a Hendrickje). Cada vez que pienso en esa exposición, magnífica por otra parte, allí cerradita y sin nadie que pueda verla… También disfrutamos, claro, de la exposición permanente (¡madre, ese Chagall, cuánto me hizo llorar!) y de la colección Carmen Thyssen. Aprovechad que tienen también visitas virtuales, incluso de la exposición de Rembrandt.

Y recordad: llegará un día de primavera (da igual el mes que sea) en que todos volveremos a la calle y volveremos a abrazarnos y volveremos a besarnos.

Ampharou’s library: febrero

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He estado estos días repasando el blog (o lo que queda de él) para ver qué había quedado y también un poco por nostalgia, así que me he encontrado con aquellos Ampharou’s library que mantuve unos cuantos años. Para los que no sepáis  qué era, o no os acordéis, era un post que escribía (más o menos. En las últimas épocas más menos que más) mensualmente. Aprovechaba el almanaque que todos los años compramos en la Ca’Ampharou real, cada año de un pintor distinto, os enseñaba el cuadro que tocaba cada mes y aprovechaba para contaros los libros que había leído y las películas y series que había visto durante ese tiempo.

Así que los he estado repasando y me ha dado penilla. Más que nada porque este año tengo un almanaque divino, que nos trajimos mi él y yo de la National Gallery cuando estuvimos el año pasado en Londres y sería una lástima que quedara para nosotros solos. Así que he decidido retomar la serie (tarde, que ya me he saltado enero) y aquí tenéis la primera entrega.

Febrero se corresponde con La Venus del espejo, de Diego Velázquez. Si os digo la verdad, conocía la obra pero no había reparado mucho en ella… hasta que la he tenido delante. Es de agradecer que los señores de la National hayan tenido el buen gusto de repartir bancos o sillones Chester por sus salas, y que uno de ellos haya caído casi enfrente de esta obra. Te sientas delante y el tiempo no pasa. O sí que pasa, mientras intentas descifrar qué quiere decirte el rostro que se esconde en el espejo, que es el centro físico y vital de la obra, allí donde se dirige la mirada, más allá del quiebro delicado de la cintura de la Venus, más allá de la pose juguetona del Cupido  (¿sujeta el espejo o está atado a él?).

En cuanto a lectura… bueno, pues estoy un poco vaga, todo hay que decirlo. Sigo con Solenoide, de Mircea Cӑrtӑrescu, desde (vergüenza suprema) Reyes del año pasado. Lo voy leyendo a ratos, es bastante denso y muchas de las imágenes que describe son complicadas de digerir.

El que sí me terminé fue Máquinas como yo, de Ian McEwan. Mi querido Ian nunca defrauda (bueno, sí, alguna vez me ha dejado picueta y con la cara torcida), siempre poniendo a los personajes y al lector en la situación más incómoda imaginable.

Y ahora dedico mi tiempo de desayuno a El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, con unas maravillosas ilustraciones de Paula Bonet. Un libro durísimo y tremendamente triste. Ya os hablaré más de él cuando lo termine.

En cuanto a lo visto, la tercera temporada de The Crown, que supera con creces las dos primeras (Olivia Corman está divina), la tercera de La maravillosa señora Maisel, un poquito más floja que las dos primeras, pero descacharrante también. Vimos Drácula: atención aquí. Son tres capítulos de hora y media cada uno. Los dos primeros son estupendos, Drácula y Van Helsing se comen el uno al otro en la pantalla… pero ¡ay, madre mía el tercero! Os lo podéis ahorrar, directamente. Quedaos con el buen gusto de los dos primeros y decid que habéis visto una buena serie.

También intenté ver The Witcher. Mira que sale Henry Cavill y mira que está rico. Mira que incluso me tragué su infumable Superman y el horror aquél donde Ben Affleck hace de Batman. Mira que vi dos capítulos, pero de ahí no pude pasar, así que hasta aquí llega mi crónica de El brujero.

Otra con la que tampoco pude fue Carnival Row. Cara Delevigne poniendo morritos de hada  todo el rato me producía sarpullidos.

Y otra con la que me tenía que haber quedado con las ganas fue Years and years, pero me produjo curiosidad, y ya sabéis que la curiosidad mató al gato.

Ahora dedicamos nuestro tiempo libre a The new Pope, continuación de The Young Pope de Sorrentino. No solo no desmerece la primera parte, sino que John Malkovich añade un plus a lo que ya era muy bueno. Y Voiello, ese Voiello…

Me está quedando un poco largo el post, pero no quiero terminar sin contaros las veces que hemos ido al cine. La mayoría de ellas han sido para ver documentales de arte (¡bendita costumbre que están cogiendo los cines de diversificar la oferta!). Así, hemos disfrutado de Rembrandt, Van Gogh, Tintoretto, El Prado enterito, Las Meninas en particular. Os los recomiendo totalmente. Eso sí, debéis estar atento, normalmente sólo las pasan un par de veces, lunes y martes.

También vimos 1917 (y el Joker, pero de esa hace más rato). La de Sam Mendes, una película estupenda, que me mantuvo en vilo y acongojada toda la proyección. Vedla, pero vedla en el cine, merece la pena.

Y hasta aquí llegamos con febrero. Seguro que me dejo algo, intentaré hacer memoria. Para el mes que viene, más.

Conversaciones con mi padre #3: Futuro

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M.A comparte mesa con mi padre durante las comidas en Balmoral*. M.A. tiene noventa y dos años, una cara de puro melocotón, el porte de una duquesa rusa y, normalmente, los modos de una princesa Disney. Al menos, hasta la hora en la que los visitantes debemos marcharnos, que coincide, por las tardes, con la hora de la cena: entonces M.A. se enfada un poco porque su hijo no quiere quedarse a cenar con ella. Él unos días utiliza la táctica de decirle que no le dejan, otras, que no hay sitio en la mesa para él (error, M.A. termina echando a alguno de los residentes) y, últimamente la más socorrida, por ser también la más efectiva, es decirle que lleva toda la tarde sin fumar y que va a aprovechar que ella está cenando para echar un cigarro y enseguida vuelve. Yo, algunas tardes en las que lo veo más apurado, le ayudo reafirmando lo del cigarro y apuntándome al supuesto volver enseguida.

Hace algunas tardes, M.A. se convenció rápidamente y dejó ir al hijo al supuesto pitillo. Yo estaba despidiéndome de mi padre y ella, risueña y habladora como estaba, se disculpó con mi padre en nombre del hijo porque éste no le había invitado a que lo acompañara a fumar. Yo le dije que no se preocupara, que mi padre no fumaba ni había fumado nunca.

¿Pero nunca, nunca?

No, M.A. Nunca.

¡Ay, qué suerte tiene! ¡Si no ha fumado nunca, qué vejez más buena va a tener!

Noventa y dos años que tiene M.A. Ochenta y siete que tiene mi padre.  ¡Qué vejez más buena van a tener!

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*Lo de Balmoral es una pequeña broma familiar. Mi madre se parece tanto a la reina Isabel de Inglaterra que me extraña que todavía no la hayan llamado de la productora de The Crown para protagonizar la sexta o séptima temporada. Cuando vamos a su casa decimos que vamos a Buckingham, así que por ende, la residencia de mi padre es Balmoral.

2020

2020

Me las prometía muy felices yo empezando de nuevo un blog: voy a escribir todos los días, bueno, al menos una vez a la semana, y aquí estoy, a finales de enero y con la última entrada del 25 de septiembre.

Han pasado muchas cosas desde entonces. Para empezar, hemos cambiado de año (yo también he cambiado las unidades de todas mis decenas). Antes de eso, a mediados de octubre, nos fuimos de vacaciones. Una semana a Londres. Así que ya sé dónde quiero vivir: descartada la primera opción, porque el vigilante al que le preguntamos nos dijo que en la National Gallery no podíamos quedarnos y que, además, era very creepy at night, le hemos echado el ojo a algunos sitios en los alrededores del Victoria&Albert Museum y de la Wallace Gallery. Para ello nos hemos encomendado a San Ildefonso, que es el patrón de los niños que reparten dineritos en cantidad.

Ya en diciembre, el primer día para ser exactos, decidí comprobar la dureza del suelo de mi cocina. Con la nariz. Y la frente. Que me parecía a mí que la baldosa del centro no estaba bien ajustada, mirusté. Y sí que lo estaba. Porque resulta que tengo dos manos, pero ¿para qué voy a ponerlas por delante si veo que me he resbalado y me estoy cayendo? Resultado: nariz maltrecha y brecha en la frente, postillas en ambas y una sombra de ojos que fue pasando del morado al amarillo en el lapso de dos semanas.  La opinión médica la reservo más que nada porque, salvo la sangre y el dolor, yo estaba bien y no fui. Así puedo agarrarme a la excusa de un puente desviado para operarme la nariz y que me la dejen como la de Amy Adams, como si fuera yo una reina cualquiera.

Después de un mes de diciembre hasta arriba de trabajo, empecé el año de vacaciones, que es la mejor forma de empezarlo: comer, beber, reír, dormir. Libros, cine, juegos, series. La falta de prisas. Lo mejor para recargar fuerzas. Lo malo es que en cuanto empiezas a trabajar, al par de horas más o menos, ya las has vuelto a perder todas.

Y hasta aquí más o menos el resumen.  No soy yo de hacer buenos propósitos para el año nuevo, ni de hacer promesas que no sé si voy a poder cumplir, pero procuraré pasarme por aquí más a menudo, aunque sea solo a saludar.

Vacaciones

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El primer año que pasé en el cafetal al dueño se le ocurrió jubilarse en verano y su sucesor le pidió a mi querido compañero de cuarto que, si no le importaba, retrasase sus vacaciones al menos quince días (se ve que al hombre no le daba mucha confianza quedarse solo conmigo. Un señor inteligente). Mi compañero siempre se ha pillado de quince de julio a quince de agosto. Al atrasar las suyas, obviamente, se atrasaron también las mías, que me quedé con septiembre enterito. Y mira por donde, no estuvo ni medio mal eso de retrasarlas.

Para el año siguiente, había cambiado al compañero por una compañera. Dicha compañera (el dios de la flojera la tenga en su gloria. Ahora, jubilada, además de no trabajar, no tiene ni que ir) es de una provincia de esas en las que en verano no se bajan del rojo en los mapas del tiempo ni un ratito por la tarde, y claro, ella veranea en el pueblo. Como para ir el cuatro de agosto. Así que ese año retrasé mis vacaciones un poquito más. Y mira por donde, no estuvo ni medio mal eso de retrasarlas.

Llevo en el cafetal ocho años, y he ido comprobando, año tras año, que en verano, más que un cafetal, es un oasis: ni gente ni líos (eso sí, cuando llega uno, es de agárrate y no te menees), y que no merece la pena, viviendo donde vivo, en esta esquinita al sur del sur, tomar las vacaciones en esa época. Tanto es así que todavía me queda algo más de un mes antes de irme, y que volveré bien entrado noviembre, y eso que sólo me cojo parte de las que me corresponden.

Eso sí, tengo que aguantar que toooooda la plantilla, a medida que van llegando de las suyas, invariablemente encadenen un ¿Y las tuyas? ¿Pero todavía no te has ido? ¡Qué suerte tienes, esa es la mejor época para estar de vacaciones!

Gatos

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¿Os acordáis de mis gatos? Pues ahí siguen. Viejitos, que uno tiene diecisiete años  y el otro dieciséis. El mayor, Nano, está casi ciego, va por los pasillos de casa jugando al pinball, pobriño, pero aun así se maneja bastante bien: tiene perfectamente controlado dónde está el comedero, el arenero y el sofá. Lo demás, realmente no importa. El pequeño, Wey, está gordo. Gordo en plan mirarlo desde arriba cuando está echado en su cojín y no saber si es un gato o un butacón. Tal cual.

Son gatos caseros, no tienen ningún jardincillo donde jugar y si alguna vez hemos hecho el intento de sacarlos al descansillo del piso, tienen un resorte en las patas de atrás que los devuelve inmediatamente dentro. Los gatos del ángel exterminador, los llama mi él.

Este año hemos hecho varias visitas al veterinario: primero con Wey, que se empeñó en que tenían que corregirle las bolsas de los ojos que tanto lo envejecían y ya aprovechó para una liposucción en el culete (es lo que tienen las divas cuando se hacen mayores), y ahora llevamos mes y medio llevando a Nano cada semana, porque no termina de decidir de qué color quiere las lentillas que le corrijan la miopía.

Dos gatos, dos caracteres: mientras que Wey es un gato zen, al que toooooodo le da igual, que tú lo metes en su transportín y él se acomoda y se queda tan ancho (nunca mejor dicho) y sin decir ni miau, al que el veterinario ha llegado a sacarle sangre sólo estirándole la patita y clavándole la aguja, sin la más mínima queja por su parte, Nano es una drama queen de mucho cuidado: meterlo en el transportín es como una emboscada de los SEAL y desde que salimos de casa hasta que volvemos a entrar, es un maullido constante, fuerte, MUY FUERTE, en un tono que se va haciendo cada vez más grave. Que es salir del portal y la gente nos mira de tal modo que para la próxima cita con el veterinario creo que vamos a tener una pareja del SEPRONA esperándonos. Ya nos conocen la mitad de los taxistas de Cádiz y no me extrañaría nada que nos saquen alguna letra en el próximo carnaval. Una vecina que lo escuchó el otro día decía que parecía un bebé llorando: si yo tuviera un bebé que llorase de esa forma, estaría buscando de inmediato un cura y una garrafa de agua bendita, os lo puedo asegurar.

El método

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Fregando (momento de meditación intensa) los cacharros el otro día, recordaba  cuando era una niña,  no sé exactamente con qué edad, y  mi madre  consideró que era lo suficientemente mayor como para tener responsabilidades en la casa, aparte de los pequeños recados que ya hacía (bajar a por el pan, comprar La Casera, ir a entregar alguna prenda que ella había cosido a su dueña…). En fin, que durante el curso nos teníamos que dedicar a estudiar y nos liberaba de esos quehaceres, pero en vacaciones los distribuía según las capacidades y las edades. En esos tiempos que digo que recordaba, a  mí me tocaba limpiar el polvo por las mañanas y fregar después del almuerzo entre semana. Lo de limpiar el polvo lo llevaba bien, porque lo que más hacía era monear con todos los adornos, repasar los libros una y otra vez, mirarme al espejo durante horas, bailar con las cortinas y seiscientas payasadas más… Pero el fregao… el fregao era una auténtica tortura. Primero porque remoloneaba hasta lo imposible, con lo cual sufría el antes y el durante; y después, porque, una vez puestas las manos a la obra, quería quitármelo cuanto antes de encima y fregaba de aquella manera. Con lo que no contaba era con la afición de mi madre a pasar revista, y con que a poco que encontrara un poco de pringue en algún cacharro, todos volvían a la pila a la voz de ‘¡esto está llorando por Granada!’, hermosa metáfora, emuladora de Aixa, de los chorreones que la grasa deja en los cacharros mojados. Así, tenía que volver a fregarlos… total, que yo pensaba que mi madre era una explotadora de menores, lloraba y moqueaba, muy dickensiana yo, con el estropajo en la mano, me compadecía de mí misma en la preadolescente que era. Me enfadaba con ella, prometía dejar de hablarle, imaginaba que me ponía en huelga, o que me escapaba, o yo que sé cuántas cosas más mientras me afanaba con la sartén de turno y los cuatro platos (porque pocos tiestos a fregar eran más que esos, seguro). Y así día tras día de aquellos veranos que tienen color de polaroid.

Pues sí, en eso se entretenían mis pensamientos el otro día, mientras terminaba de fregar mis brillantísimas cacerolas…

 

 

Conversaciones increíbles

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Abre el paquete que le han dejado sobre la mesa. ¡Bien, los dos últimos libros que había pedido han llegado! Los mira, los abre… lee la contraportada ¡Qué ganas tenía de recibirlos! En la oficina, cuando llega un paquete con forma de libro, ya no tienen ni que mirar el destinatario, se lo suben directamente.

Vas a tener que salirte de tu casa para meter tanto libro. Esa es la voz de su compañera, que la mira atónita ante el ritual del libro nuevo que lleva a cabo.

Un día de éstos, contesta a la vez que sonríe.

O poner una estantería en cada hueco de pared que tengas.

Pues no pienses que me quedan muchos…

Además, os habéis juntado dos lectores empedernidos…

¡Uy, ya quisiéramos leer todo lo que nos gustaría!

Anda hija, no digas eso. ¡Con la de libros que lees! ¿Y no te compras uno de esos electrónicos?

Pues no, yo prefiero mis libros. Tocarlos, achucharlos, olerlos. Cerrarlos y saber cuánto he leído por dónde está el punto de lectura. Sobarlos, abrirlos. Anotar algo en ellos incluso. Y cuando ha pasado ya algún tiempo, volver a cogerlos y descubrir entre sus páginas cachitos de mi vida de cuando lo leí la vez anterior.

Ay, sí. A mí también me gustan más los libros de papel. ¡Quedan tan bonitos bien colocados en las estanterías!