Mariposas

Hace siete años, en un día tan luminoso como el de hoy, un tren llegaba, después de atravesar vastos territorios, a una estación terminal. De él descendía un chico, cargado de nervios y regalos. Lo esperaba una chica, con los mismos nervios desbocados y un centenar y medio de mariposas amarillas revoloteándole por dentro.

Hoy, siete años después, en un día tan luminoso como aquél, los nervios hace mucho que desaparecieron. Sin embargo, las mariposas amarillas siguen vivas, más fuertes, más grandes, más hermosas que nunca.

 

Cinco tonterías por minuto

Esta mañana me han reñido por tener abandonado el blog. Sí, sí, Malatesta, no mires a otro lado que has sido tú. El caso es que me ha dado penita. No es que nunca haya escrito mucho (menos de seiscientas entradas en casi siete años no es un record del que sentirse orgullosa), pero pocas épocas ha habido (viruses, males y cosas por el estilo aparte) en que esto haya estado tan solito. Y la verdad es que me apetece escribir, pero pocas veces encuentro el momento y la calma para hacerlo. Así que esta tarde, que a priori no debería ser complicada, me lío y hasta donde llegue (por que esa es otra, soy así de pejiguera: si no acabo un texto del tirón, sé que posiblemente sea desterrado al olvido en este bendito google docs). Por lo de pronto, ya tengo el primer párrafo escrito, tal que si me lo hubiese mandado hacer Violante.

Os he hablado muchas veces del sitio donde tomo café cuando estoy trabajando. Lo dirige una pareja de hermanos ucranianos, rubios como las candelas. Llevan mucho tiempo en España, de hecho, la chica, antes de dirigir la cafetería, estuvo trabajando como empleada del anterior dueño. Lo que me llama la atención (y ya sé que es una tontería), es que entre ellos hablen en castellano. Quizá es por verse más integrados, aunque os puedo asegurar que lo están. Tanto que, cuando hablan de los chicos extranjeros que estudian español en la academia de al lado, porque se tengan que indicar a quién va un café o quién ha pedido el bocadillo, se  refieren a ellos como ‘los guiris’.

En los últimos días utilizo bastante el autobús. Antes iba más veces caminando a la oficina, pero, entre que por la mañana me acompaña Lorah y a esas horas se niega a ir andando y el frío que hace, tiro más de bonobús esperando a la primavera. Y todas esas veces que lo tomo, sobre todo por las mañanas temprano, cuando coincidimos con la mitad de los adolescentes de cuatro colegios a la redonda más cantidad ingente de trabajadores apretujados unos a otros me han hecho llegar a una conclusión: en verano porque se suda más, y en invierno porque hace frío y la gente se ducha menos, la gente parece no tener pudor en oler mal convirtiendo el transporte público en el horror.

Muchas veces, cuando me acuesto, al apagar la luz y cerrar los ojos, veo colores. No un fondo de color, sino escenas borrosas (normal, soy miope como un topo y duermo sin gafas) como vistas con un visor nocturno. Unas veces en rojo, otras en verde. Un efecto curioso que dura lo que tardo en quedarme dormida, es decir, menos que nada. Pero el otro día, al cerrar los ojos (sin apagar la luz, que estaba Beaumont liado con su Kindler), lo que veía era un remanso de agua quieta, que lamía con calma lo que parecía ser el casco de un pequeño barco. No estaba dormida, porque oía la tele que estaba viendo Lorah en la habitación de al lado, al abuelo del piso de abajo toser y sentía a B. leyendo a mi lado, pero cada golpe del agua me iba meciendo, y cada vez se hacía más oscura, más densa, y ya no distinguía los reflejos del sol sobre ella, sino que era como si me hubiese sumergido completamente… Entonces sonó el despertador.

Ahora la tontería más tonta: el lunes pasado, a la salida del cafetal, cuando fiché en el pecé que nos lleva el control horario, la pantalla me dio como resultado siete horas, siete minutos y siete segundos. Soy la nueva agente cerosiete, con licencia para no llegar tarde. Lo advertí, es la tontería más tonta, pero a mí me hizo sonreír.

Y por cierto, esto sí que no es una tontería, y por eso no va incluido en el título: hoy es el cumple de mi santa madre y de mi santo varón, así que, en terminando y en publicando, me voy a celebrarlo, que la ocasión lo merece!

Cinco tonterías por minuto

Esta mañana me han reñido por tener abandonado el blog. Sí, sí, Malatesta, no mires a otro lado que has sido tú. El caso es que me ha dado penita. No es que nunca haya escrito mucho (menos de seiscientas entradas en casi siete años no es un record del que sentirse orgullosa), pero pocas épocas ha habido (viruses, males y cosas por el estilo aparte) en que esto haya estado tan solito. Y la verdad es que me apetece escribir, pero pocas veces encuentro el momento y la calma para hacerlo. Así que esta tarde, que a priori no debería ser complicada, me lío y hasta donde llegue (por que esa es otra, soy así de pejiguera: si no acabo un texto del tirón, sé que posiblemente sea desterrado al olvido en este bendito google docs). Por lo de pronto, ya tengo el primer párrafo escrito, tal que si me lo hubiese mandado hacer Violante.

Os he hablado muchas veces del sitio donde tomo café cuando estoy trabajando. Lo dirige una pareja de hermanos ucranianos, rubios como las candelas. Llevan mucho tiempo en España, de hecho, la chica, antes de dirigir la cafetería, estuvo trabajando como empleada del anterior dueño. Lo que me llama la atención (y ya sé que es una tontería), es que entre ellos hablen en castellano. Quizá es por verse más integrados, aunque os puedo asegurar que lo están. Tanto que, cuando hablan de los chicos extranjeros que estudian español en la academia de al lado, porque se tengan que indicar a quién va un café o quién ha pedido el bocadillo, se  refieren a ellos como ‘los guiris’.

En los últimos días utilizo bastante el autobús. Antes iba más veces caminando a la oficina, pero, entre que por la mañana me acompaña Lorah y a esas horas se niega a ir andando y el frío que hace, tiro más de bonobús esperando a la primavera. Y todas esas veces que lo tomo, sobre todo por las mañanas temprano, cuando coincidimos con la mitad de los adolescentes de cuatro colegios a la redonda más cantidad ingente de trabajadores apretujados unos a otros me han hecho llegar a una conclusión: en verano porque se suda más, y en invierno porque hace frío y la gente se ducha menos, la gente parece no tener pudor en oler mal convirtiendo el transporte público en el horror.

Muchas veces, cuando me acuesto, al apagar la luz y cerrar los ojos, veo colores. No un fondo de color, sino escenas borrosas (normal, soy miope como un topo y duermo sin gafas) como vistas con un visor nocturno. Unas veces en rojo, otras en verde. Un efecto curioso que dura lo que tardo en quedarme dormida, es decir, menos que nada. Pero el otro día, al cerrar los ojos (sin apagar la luz, que estaba Beaumont liado con su Kindler), lo que veía era un remanso de agua quieta, que lamía con calma lo que parecía ser el casco de un pequeño barco. No estaba dormida, porque oía la tele que estaba viendo Lorah en la habitación de al lado, al abuelo del piso de abajo toser y sentía a B. leyendo a mi lado, pero cada golpe del agua me iba meciendo, y cada vez se hacía más oscura, más densa, y ya no distinguía los reflejos del sol sobre ella, sino que era como si me hubiese sumergido completamente… Entonces sonó el despertador.

Ahora la tontería más tonta: el lunes pasado, a la salida del cafetal, cuando fiché en el pecé que nos lleva el control horario, la pantalla me dio como resultado siete horas, siete minutos y siete segundos. Soy la nueva agente cerosiete, con licencia para no llegar tarde. Lo advertí, es la tontería más tonta, pero a mí me hizo sonreír.

Y por cierto, esto sí que no es una tontería, y por eso no va incluido en el título: hoy es el cumple de mi santa madre y de mi santo varón, así que, en terminando y en publicando, me voy a celebrarlo, que la ocasión lo merece!

Estampas de verano (IV)

Días de playa. Una jam session en un mítico local en Cádiz. Huir de los conciertos en la playa llorando a moco tendido con Toy Story 3. Conocer nuevos locales de buen comercio y bebercio. Cerrar buenos restaurantes charlando con amigos. No poder ver Origen y a cambio terminar The Wire (sniff). Más playa. Sobrinear bien a gusto. Cervezas y buen vino. Un enorme cocinero cocinando sólo para mí (y lo mejor, también para él). La paz de la luna llena, la luna enorme y amarilla de agosto, dejando caer toda su luz esta mañana sobre nosotros dos.

El cuadro, de  William Hemmerling.

Prometido.

Nos lo teníamos prometido. Cuando dejásemos de perseguirnos por la geografía española, cuando nuestros viajes dejaran de ser el ir en busca el uno del otro, comenzarían a ser un viajar los dos en el mismo sentido, un disfrutar los dos del placer del viajero, un caminar en el mismo sentido.

Hoy empezamos. Dentro de un rato salimos con destino conocido, los dos juntos por fin, arrastrando nuestras maletas a la vez.

Nos lo teníamos prometido y nos lo debíamos. Ahora sí, nos vamos de parranda.

Despedidas.

Después de tanto tiempo regando con lágrimas y tristezas los suelos de aeropuertos y estaciones, de tardes de domingo que ni por asomo eran fiesta, de kilómetros y kilómetros recorridos en direcciones opuestas, de conjugaciones de transportes y robos a mano armada de minutos al reloj, de recibir un puente como una bendición y unas vacaciones como el paraíso absoluto. Después de meses y meses contando los días, de fines de semana santificando los minutos, de horas interminables de teléfono como sucedáneo de lo que debía ser, el martes pasado llegó la última despedida. Ni una más.

Hoy iré a buscarte. Y también será la última vez. A partir de hoy, nuestros viajes serán en la misma dirección.