Un año.

Hace justito un año, tal día como hoy, comenzó la andadura de este blog. De su nueva versión, en wordpress y con dominio propio, que no es sino la continuación de aquél que comencé una primavera hace ya… tres años!!

Ampharou.com llegó como un regalo. Literalmente. A la media noche de un domingo el chico guapo y gamberro que me tiene totalmente engatusada me puso delante de la pantalla y me pidió que tecleara esta dirección. Aparecieron el Gato con botas en la pantalla y una sonrisa enorme en mi cara. Luego me enteré de que había dos compinches que lo habían hecho posible, que habían guardado el secreto y que esperaban con impaciencia el desenlace.

La historia hasta hoy la conocéis. El blog ha seguido su curso, ha estado malito y mi webmistress favorita ha conseguido sacarlo a flote nosecuantas veces remozándolo, reparándolo y hasta cambiándole la decoración. Han sido ochenta y tres post en este año (que sí, que ya sé que son pocos. Prometo que para el año que viene serán más) y muchas, muchas visitas de todos vosotros (y de los señores Spam) que hacéis que esto continúe cada día.

Este regalo cumple un año. Su motivo, al que está íntimamente conectado, cumple tres. Y yo nunca he sido tan feliz.

Un año.

Hace justito un año, tal día como hoy, comenzó la andadura de este blog. De su nueva versión, en wordpress y con dominio propio, que no es sino la continuación de aquél que comencé una primavera hace ya… tres años!!

Ampharou.com llegó como un regalo. Literalmente. A la media noche de un domingo el chico guapo y gamberro que me tiene totalmente engatusada me puso delante de la pantalla y me pidió que tecleara esta dirección. Aparecieron el Gato con botas en la pantalla y una sonrisa enorme en mi cara. Luego me enteré de que había dos compinches que lo habían hecho posible, que habían guardado el secreto y que esperaban con impaciencia el desenlace.

La historia hasta hoy la conocéis. El blog ha seguido su curso, ha estado malito y mi webmistress favorita ha conseguido sacarlo a flote nosecuantas veces remozándolo, reparándolo y hasta cambiándole la decoración. Han sido ochenta y tres post en este año (que sí, que ya sé que son pocos. Prometo que para el año que viene serán más) y muchas, muchas visitas de todos vosotros (y de los señores Spam) que hacéis que esto continúe cada día.

Este regalo cumple un año. Su motivo, al que está íntimamente conectado, cumple tres. Y yo nunca he sido tan feliz.

Huecos.

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Déjame un hueco donde vivir.

Déjame, por ejemplo, tus manos cuenco, recipiente perfecto de mi pecho, o el triángulo invertido que enmarca tu sonrisa.

Déjame un espacio entre tus piernas donde deshacerme, donde volver como resaca de un mar de invierno.

Déjame el lugar entre tu pecho y tu espalda, ahí donde te habita el alma, para vestírtela de colores y que cada día a tu lado sea una fiesta.

Déjame tu cuello de hombre con aroma de niño, arca de besos, muro donde lamento las despedidas, jardín de bienvenidas.

Déjame aferrarme a tus caderas, con mis manos, con mis piernas.

Déjame un sitio entre tus palabras tiernas, bramante que hila mi deseo, y atesorarlas y aprenderlas y recitarlas.

Déjame ser el pan de tu hambre.

Déjame hacerte el guardián de mis días, tú, mi mitad, mi yo completo.

 

Etreinte.

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Mirad ahora. Nunca veréis nada tan hermoso como dos amantes dormidos. Desnudos, sobre la piel tan solo el sudor compartido. Los miembros entrelazados ahora lasos, después de la tensión del placer dado y recibido. Arrullándose recíprocamente con el rumor que sale de las gargantas de los que descansan una vez ahogados los gemidos.

Mirad ahora. No veréis nada más hermoso que este sublime acto de amor de entregarse entera y completamente al amado más allá de la vigilia, vulnerables como somos mientras dormimos, inconscientes y seguros entre sus brazos, entre sus piernas, sobre su pecho, el cuerpo y el sueño en sus manos.

Mirad ahora. Duermen. Se abrazan mientras duermen. Se aman los dormidos.

Memoria.

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Cada noche al acostarme estiro mi brazo buscándote. Hay noches que te encuentro, y entonces estiro también el resto de mi cuerpo, enroscándome en torno a ti, pegándome a tus hechuras fundiéndome en tu propia piel, buscando tus huecos para respirar de ellos.

Otras veces no estás en ese trozo de cama donde te busco, te adivino en la tuya, y entonces estiro el brazo de la memoria, atrayendo un momento que me acerque más a ti mientras invoco tu nombre.

Hay miles de instantes para escoger, miles de momentos, todos ellos disfrutados a tu lado. Pero quizá mi favorito, el que más evoco, sea uno de nuestras primeras vacaciones juntos, cuando todavía nos mirábamos con el asombro de encontrar en el otro aquello que habíamos imaginado durante tanto tiempo. Una tarde demasiado perezosa para dejarnos salir al frío de la calle, una tarde cómplice de nuestros recién estrenados amores en la que la tele no era más que un sonido de fondo y un par de copas de buen vino respiraban medio olvidadas sobre la mesa del salón el aire que empezaba a faltarnos a nosotros mientras hablábamos de todos y de nadas y las palabras llevaban a los besos y la distancia entre los dos pasaba de ser mínima a ser inexistente, y unos pantalones de terciopelo se deslizaban tan suavemente sobre tus manos como sobre mis caderas y entonces tú te aprendías la esencia de mi piel y descubrías el secreto de mi ombligo mientras yo me quedaba prendida en tus labios y en las yemas de tus dedos, y el sofá se hacía tan grande que cabíamos tú, yo y nuestro deseo.

Hay veces que el brazo de mi memoria me trae estos recuerdos. Y suspiro y cuento los días. Dos. Todavía dos. Sólo dos.

 

Más felicidades!

Mayo es el mes del amor, cuando empieza el buen tiempo, cuando todo florece. Eso, más que saberlo, todos lo sentimos. Por eso en febrero tenemos que celebrar tantos cumpleaños.

Si ayer felicitaba a Malatesta, que se encontró favorecido en la foto, hoy se me juntan dos cumpleaños muy importantes. El primero, el de la mujer que me inauguró en el papel de hija cuando ella ya tenía un máster en el de madre. La mujer que es el espejo en el que me quiero mirar. La más fuerte y la más tierna. La mejor sin duda alguna.

El segundo, el de mi otra mitad. El del hombre que me hace feliz todos los días, que es el lugar en el que quiero perderme, en el que quiero estar, el aire que quiero respirar y la piel que quiero sentir.

Felicidades a los dos. Que sean muchos más. Que siempre sean así de felices, como hoy.

 

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Más felicidades!

Mayo es el mes del amor, cuando empieza el buen tiempo, cuando todo florece. Eso, más que saberlo, todos lo sentimos. Por eso en febrero tenemos que celebrar tantos cumpleaños.

Si ayer felicitaba a Malatesta, que se encontró favorecido en la foto, hoy se me juntan dos cumpleaños muy importantes. El primero, el de la mujer que me inauguró en el papel de hija cuando ella ya tenía un máster en el de madre. La mujer que es el espejo en el que me quiero mirar. La más fuerte y la más tierna. La mejor sin duda alguna.

El segundo, el de mi otra mitad. El del hombre que me hace feliz todos los días, que es el lugar en el que quiero perderme, en el que quiero estar, el aire que quiero respirar y la piel que quiero sentir.

Felicidades a los dos. Que sean muchos más. Que siempre sean así de felices, como hoy.

 

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Déjame en paz.

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Déjame en la paz de tu sonrisa cuando te acercas, en la paz de tus ojos cuando me miras.

Déjame en la paz de tu abrazo ciñéndome la cintura, la paz de tus manos bajando por mi espalda.

Déjame en la paz de rodearte con mis piernas, del gemido que me provocas, la paz del ansia de tu boca.

Déjame en la paz de tus mimos, de la caricia en mi pelo, en la paz de mi cabeza en tu regazo.

Déjame en la paz de tu voz, en la calma de tus besos largos.

Déjame en la paz que quererte.

Déjame la paz de que me quieras.

La imagen, Adan y Eva, de Tamara Lempicka.