Déjame en paz.

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Déjame en la paz de tu sonrisa cuando te acercas, en la paz de tus ojos cuando me miras.

Déjame en la paz de tu abrazo ciñéndome la cintura, la paz de tus manos bajando por mi espalda.

Déjame en la paz de rodearte con mis piernas, del gemido que me provocas, la paz del ansia de tu boca.

Déjame en la paz de tus mimos, de la caricia en mi pelo, en la paz de mi cabeza en tu regazo.

Déjame en la paz de tu voz, en la calma de tus besos largos.

Déjame en la paz que quererte.

Déjame la paz de que me quieras.

La imagen, Adan y Eva, de Tamara Lempicka.

	

Círculos.

La vida son círculos. Círculos concéntricos por los que vamos deambulando desde que nacemos. Primero son círculos pequeños, como pistas en las que nos movemos y que están formadas por lo que conocemos. A medida que crecemos, los círculos se van ensanchando, porque a ellos vamos incorporando todo lo que vamos adquiriendo en el devenir de los años. Así vamos saltando de círculo en círculo conforme el anterior se nos va quedando pequeño.

Algunas veces, algún hecho aislado, sorpresivo, dibuja otro pequeño círculo dentro de la línea del que seguíamos en ese momento, nos incorporamos a él, como a una pequeña rotonda, y terminamos por seguir nuestro camino, por completar nuestro círculo una y otra vez hasta el próximo salto.

Otras veces, el hecho aislado no es tan insignificante como para que solo lo rodeemos. En esas ocasiones, el hecho aislado viene disfrazado de aire fresco y al pasar por entre los círculos concéntricos que forman nuestra vida, como si estos estuvieran impregnados de materia jabonosa, forma una especie de burbuja o pompa que nos rodea junto a nuestros círculos concéntricos. Y como todas las pompas de jabón, reflejan los colores y parece que nada hubiera fuera. Y exhalamos aire en forma de suspiros para que esa burbuja crezca, para que no le salgan manchas que son las que terminan explotándolas. Y construimos nuevos círculos concéntricos, en distintas direcciones, una especie de ovillo que forme los pilares de esa burbuja.

El aire fresco que construye mis burbujas llega del noreste.

La imagen, de aquí


Círculos.

La vida son círculos. Círculos concéntricos por los que vamos deambulando desde que nacemos. Primero son círculos pequeños, como pistas en las que nos movemos y que están formadas por lo que conocemos. A medida que crecemos, los círculos se van ensanchando, porque a ellos vamos incorporando todo lo que vamos adquiriendo en el devenir de los años. Así vamos saltando de círculo en círculo conforme el anterior se nos va quedando pequeño.

Algunas veces, algún hecho aislado, sorpresivo, dibuja otro pequeño círculo dentro de la línea del que seguíamos en ese momento, nos incorporamos a él, como a una pequeña rotonda, y terminamos por seguir nuestro camino, por completar nuestro círculo una y otra vez hasta el próximo salto.

Otras veces, el hecho aislado no es tan insignificante como para que solo lo rodeemos. En esas ocasiones, el hecho aislado viene disfrazado de aire fresco y al pasar por entre los círculos concéntricos que forman nuestra vida, como si estos estuvieran impregnados de materia jabonosa, forma una especie de burbuja o pompa que nos rodea junto a nuestros círculos concéntricos. Y como todas las pompas de jabón, reflejan los colores y parece que nada hubiera fuera. Y exhalamos aire en forma de suspiros para que esa burbuja crezca, para que no le salgan manchas que son las que terminan explotándolas. Y construimos nuevos círculos concéntricos, en distintas direcciones, una especie de ovillo que forme los pilares de esa burbuja.

El aire fresco que construye mis burbujas llega del noreste.

La imagen, de aquí


A través del espejo.

El espejo de Alicia que ahora es de Ana atesora imágenes. En este instante sólo devuelve el reflejo del escorzo perfecto de dos cuerpos sobre los que se derrama la luz de ópalo del atardecer, dos pares de pies entrelazados, respiraciones dormidas, unas caderas erguidas y cóncavas que acogen en su molde perfecto a otras caderas erguidas y convexas, espalda contra pecho y brazos que abrazan y manos que esquivan obstáculos para asirse a otras manos de las que no son más que el eco inverso.

El espejo de Alicia que ahora es de Ana atesora imágenes. En este momento, generoso, nos devuelve ésta, estampa del sopor del placer satisfecho. Pero si se mira a través, un poco más lejos, tanto como unas cuantas decenas de minutos, algunos meses antes o incluso dos segundos atrás, se pueden distinguir, trozo a trozo, la vida de los dormidos, sus quehaceres y sus amores, sus luces y sus sombras, cada minuto de piel recorrida y cada centímetro de tiempo apurado, todos ellos grabados en la retina de azogue del espejo de Ana, el que una vez, ya hace tiempo, fue de Alicia.

A través del espejo.

El espejo de Alicia que ahora es de Ana atesora imágenes. En este instante sólo devuelve el reflejo del escorzo perfecto de dos cuerpos sobre los que se derrama la luz de ópalo del atardecer, dos pares de pies entrelazados, respiraciones dormidas, unas caderas erguidas y cóncavas que acogen en su molde perfecto a otras caderas erguidas y convexas, espalda contra pecho y brazos que abrazan y manos que esquivan obstáculos para asirse a otras manos de las que no son más que el eco inverso.

El espejo de Alicia que ahora es de Ana atesora imágenes. En este momento, generoso, nos devuelve ésta, estampa del sopor del placer satisfecho. Pero si se mira a través, un poco más lejos, tanto como unas cuantas decenas de minutos, algunos meses antes o incluso dos segundos atrás, se pueden distinguir, trozo a trozo, la vida de los dormidos, sus quehaceres y sus amores, sus luces y sus sombras, cada minuto de piel recorrida y cada centímetro de tiempo apurado, todos ellos grabados en la retina de azogue del espejo de Ana, el que una vez, ya hace tiempo, fue de Alicia.

Memoria de vacaciones: Tormenta.

O de cómo un rayo cruzando el cielo de lado a lado te puede estremecer el alma y hacerte temblar sin que sientas frío ni miedo.

 

Una tormenta en la comarca del Maresme. De las más impresionantes que he visto en mi vida. Los rayos siempre me han hipnotizado (suerte de no haberlos tenido nunca demasiado cerca). Después de sufrir el viento y la lluvia aún estando a cubierto, cuando amainó un poco y la tormenta se alejaba, el espectáculo que ofrecían los rayos saliendo de entre las nubes y cayendo al mar era, simplemente, maravilloso.

Calendario.

Veintisiete y dieciocho. Uno y veintidós.
Maderas en medio del temporal, islas contra la desidia, aire que hincha las velas en un mar calmo.
Días de sol en pleno invierno, abrazo en la fatiga, vacaciones.
Tú y yo.