
«Sigue sin parecerme tan feo». Desnuda, tumbada bocabajo en aquella cama improvisada, revoltillo de sábanas desparejadas, dejaba volar la mirada por el paisaje que le ofrecía el balcón de la atalaya rosa: una maraña de tejados rojizos en primer plano, los edificios más altos de la parte nueva, todo ello enmarcado por la montaña y envueltos como para regalo en los velos de la luz plomiza que daba un cielo a punto de derrumbarse.
Hacía poco que se había despertado de la siesta de un domingo que nació con vocación de sábado, y mezclaba el sopor del sueño con el humo del cigarro recién encendido. Había despertado y él no estaba a su lado, pero los ruidos que le llegaban desde la cocina le hacían presagiar, con sumo gusto, que aquella tarde de no hacer nada se iba a prolongar, entre risas, tés de bergamota y charlas de todos y nadas, hasta una noche de hacer menos sólo para dos.
Apoyó la cabeza contra la mano, ladeándola, en un intento de comprobar si el cambio de postura suponía una merma de dioptrías que le hicieran percibir la imagen de aquel pueblo como le contaban sus moradores. «Es el pueblo más feo del mundo», le había dicho él y le habían repetido entre risas, como haciendo frente común, aquéllos a los que había ido conociendo en los últimos meses. Sin embargo, a ella, a medida que lo iba conociendo más, a medida que iba aprendiéndose cada esquina y cada portal, le iba pareciendo más entrañable y más acogedor.
Llegó a una conclusión: debe ser cuestión de puntos de vista. Ella se había acercado a aquel lugar llena de ilusión, en el deseo de aprehenderse para sí misma todo lo que a él rodeaba, de instalarse un poco en su día a día. Ese era el lugar por donde él se movía, las calles y las personas que lo saludaban cada mañana, los olores que él olía, los colores que veía y la luz que hasta él llegaba. Y ella quería conocerlos, en una forma de hacer real su norte, de vivirlo desde su sur.
Todo depende del cristal con que se mire, sentenció con palabras tan manidas, y ella, que nunca se supo hermosa, podía dar clases sobre ello, porque ahora le bastaba sentir la mano de él apoyada en su cadera para que todo su cuerpo fuera pura piel de melocotón y con solo reflejarse en aquellos ojos pardos los suyos reflejaban todas las estrellas de una noche de verano.
Seguía así, bocabajo, desnuda, fumando y perdidos los pensamientos, como si fueran gatos, por aquellos tejados rojizos cuando él la sorprendió, dándole los buenos días en aquella inmensa tarde, apoyando su mano justo donde era más prominente la curva de su cadera. Ella, suave como un armiño, se volvió y sonriéndole le dijo «Pues a mí me parece hermoso».