¿Quieres?

 

Quiero sol para estar al sol y no encerrada entre estas cuatro paredes.

Quiero un día luminoso de invierno para abrigarnos hasta las orejas y salir a pasear. Y pararnos en cada esquina soleada y estirarnos como gatos, sentir el calor débil en la cara y lamernos y besarnos.

Quiero una noche estrellada de risas y copas, de calles iluminadas que retumben a nuestro paso, de plazas sin viento donde me consueles de la tiritera de la madrugada con un abrazo. Quiero trasnoches y mañanas para dormir, para escondernos bajo el edredón y jugar a los dormidos y a los despertares dulces.

Quiero tardes de estufa y sofá, en las que cualquier película sea solo el eco de nuestros besos, tardes de beber un buen vino en tus labios y contarte de cuando era niña y que tú me cuentes…

Quiero tus días de invierno, tus noches, juntarlos con los míos y quedarnos en ellos.

La imagen es Tendresse, de Claude Theberge.

¿Quieres?

 

Quiero sol para estar al sol y no encerrada entre estas cuatro paredes.

Quiero un día luminoso de invierno para abrigarnos hasta las orejas y salir a pasear. Y pararnos en cada esquina soleada y estirarnos como gatos, sentir el calor débil en la cara y lamernos y besarnos.

Quiero una noche estrellada de risas y copas, de calles iluminadas que retumben a nuestro paso, de plazas sin viento donde me consueles de la tiritera de la madrugada con un abrazo. Quiero trasnoches y mañanas para dormir, para escondernos bajo el edredón y jugar a los dormidos y a los despertares dulces.

Quiero tardes de estufa y sofá, en las que cualquier película sea solo el eco de nuestros besos, tardes de beber un buen vino en tus labios y contarte de cuando era niña y que tú me cuentes…

Quiero tus días de invierno, tus noches, juntarlos con los míos y quedarnos en ellos.

La imagen es Tendresse, de Claude Theberge.

Regalos.

Hace unos días me hicieron un precioso regalo: un hermoso portafolios, lleno de hojas color crema, que viene a ser el mejor complemento a otro presente recibido de las mismas manos este verano.

Para recibir este regalo, una única condición: seguir haciendo esto que estáis leyendo, seguir dibujando en esas elegantes cuartillas las historias que luego os iré contando a todos los que queráis leerlas.

Para recibirlo, yo también puse las mías: una, para mí misma, que la primera página de ese portafolios no estuviera llena de palabras manuscritas, sino de otros trazos en los que llevo empeñada hace algún tiempo. La segunda, ya la sabes. Ahora te toca a ti mover y no te valdrá ninguna excusa.

Y ya sabes lo cabezota que puedo llegar a ser…

Horas.

Hay días en que las horas se me antojan

gotas de resina

que resbalan

sinuosas

surcando

la piel del árbol.

Hay otros días que son el relámpago repentino el instante fugaz el despertar sobresaltado el segundo precipitado.

Que hoy sean relámpago.

Que mañana sean más que resina.

Previsiones.


Hoy hizo sol y no, llovió y todo lo contrario. Hubo nubes blancas, nubes negras y ausencia de nubes, y el cielo pasó del azul celeste al gris plomizo y luego al contrario.

El viento sopló de levante, de poniente, y más tarde dejó de soplar. Llegó a hacer casi frío y casi calor.

Sólo faltaron rayos y centellas, su poquito de granizo y un eclipse parcial.

Por fuera.

Por dentro perdura la estabilidad atmosférica mientras se acerca un anticiclón que será más perceptible a medida que vaya llegando el próximo fin de semana.

 

Problema.

Hay cosas que suceden sólo porque tienen que suceder. Como aquellos coches que nos planteaban los problemas de niños, que circulando en la misma dirección y sentidos opuestos tenían que encontrarse en un punto sólo porque así estaba escrito. Así, como en estos ejercicios, nuestras acciones tienen también un resultado, que es ese cruce de coches, y da igual que la variable conocida sea una velocidad constante o un correo escrito en una tarde como esta. También da igual las operaciones que tengamos que realizar: al final los coches se cruzarán. Porque al fin y al cabo, la distancia que separa Cádiz de Barcelona tampoco es tanta, y el punto intermedio no tiene por que ser Albacete.

Eso sí, lo que ocurre después de que se produce el encuentro es otra historia. Otra historia que ya es la tuya y la mía.

Días de otoño.

Hay días en que el otoño se me instala en las venas y me amarillean los ánimos amenazando con caer.

Hay días que los kilómetros pesan más que los años y los kilos, y la paciencia es una especie en vías de extinción.

Hay días en que el horizonte está hecho de alquitrán, hay días en los que soy un caracol resbalando en un espejo.

Hay días grises y días negros, días de gato panza arriba, de cólera incontenida, de tristeza incontrolada.

Pero hay días en que el teléfono llama al orden y el ordenador me aquieta el alma. Hay días en que su voz me clama al cielo y me tiende una red sobre el vacío. Entonces soy capaz de pararme de puntas de pies y la esperanza vuelve a ser una joya verde engarzada a mi cuello.

 

Días de otoño.

Hay días en que el otoño se me instala en las venas y me amarillean los ánimos amenazando con caer.

Hay días que los kilómetros pesan más que los años y los kilos, y la paciencia es una especie en vías de extinción.

Hay días en que el horizonte está hecho de alquitrán, hay días en los que soy un caracol resbalando en un espejo.

Hay días grises y días negros, días de gato panza arriba, de cólera incontenida, de tristeza incontrolada.

Pero hay días en que el teléfono llama al orden y el ordenador me aquieta el alma. Hay días en que su voz me clama al cielo y me tiende una red sobre el vacío. Entonces soy capaz de pararme de puntas de pies y la esperanza vuelve a ser una joya verde engarzada a mi cuello.

 

Puntos de vista.

«Sigue sin parecerme tan feo». Desnuda, tumbada bocabajo en aquella cama improvisada, revoltillo de sábanas desparejadas, dejaba volar la mirada por el paisaje que le ofrecía el balcón de la atalaya rosa: una maraña de tejados rojizos en primer plano, los edificios más altos de la parte nueva, todo ello enmarcado por la montaña y envueltos como para regalo en los velos de la luz plomiza que daba un cielo a punto de derrumbarse.

Hacía poco que se había despertado de la siesta de un domingo que nació con vocación de sábado, y mezclaba el sopor del sueño con el humo del cigarro recién encendido. Había despertado y él no estaba a su lado, pero los ruidos que le llegaban desde la cocina le hacían presagiar, con sumo gusto, que aquella tarde de no hacer nada se iba a prolongar, entre risas, tés de bergamota y charlas de todos y nadas, hasta una noche de hacer menos sólo para dos.

Apoyó la cabeza contra la mano, ladeándola, en un intento de comprobar si el cambio de postura suponía una merma de dioptrías que le hicieran percibir la imagen de aquel pueblo como le contaban sus moradores. «Es el pueblo más feo del mundo», le había dicho él y le habían repetido entre risas, como haciendo frente común, aquéllos a los que había ido conociendo en los últimos meses. Sin embargo, a ella, a medida que lo iba conociendo más, a medida que iba aprendiéndose cada esquina y cada portal, le iba pareciendo más entrañable y más acogedor.

Llegó a una conclusión: debe ser cuestión de puntos de vista. Ella se había acercado a aquel lugar llena de ilusión, en el deseo de aprehenderse para sí misma todo lo que a él rodeaba, de instalarse un poco en su día a día. Ese era el lugar por donde él se movía, las calles y las personas que lo saludaban cada mañana, los olores que él olía, los colores que veía y la luz que hasta él llegaba. Y ella quería conocerlos, en una forma de hacer real su norte, de vivirlo desde su sur.

Todo depende del cristal con que se mire, sentenció con palabras tan manidas, y ella, que nunca se supo hermosa, podía dar clases sobre ello, porque ahora le bastaba sentir la mano de él apoyada en su cadera para que todo su cuerpo fuera pura piel de melocotón y con solo reflejarse en aquellos ojos pardos los suyos reflejaban todas las estrellas de una noche de verano.

 

Seguía así, bocabajo, desnuda, fumando y perdidos los pensamientos, como si fueran gatos, por aquellos tejados rojizos cuando él la sorprendió, dándole los buenos días en aquella inmensa tarde, apoyando su mano justo donde era más prominente la curva de su cadera. Ella, suave como un armiño, se volvió y sonriéndole le dijo «Pues a mí me parece hermoso».

 

Cicatrices.


Hay heridas que matan y hay heridas que duelen. Hay heridas que son de puro trámite, molestan como el corte que produce un papel en un dedo, es decir, sólo el momento en el que te das cuenta de que te lo has hecho, en el que escuece un poco, pero nada más. No dejan siquiera una pequeña marca sobre la piel, ni el más mínimo recuerdo de dónde un día estuvieron.
Hay heridas un poco más profundas. Heridas que dejan una señal que se va atenuando con el tiempo. Incluso llega el día en que te la redescubres en ese trocito de piel al que no le echas cuenta y ni siquiera recuerdas cómo te lo hiciste.
También hay heridas grandes, profundas, que dejan cicatrices intensas. Cicatrices de las que has tenido que pasar un periodo de convalecencia y que vuelven a doler en cada tormenta. Son el rastro de lo vivido, de las guerras particulares. Si hurgas en ellas demasiado, nunca acabarán de desaparecer. Muy al contrario, enraizarán en nosotros como una terrible mueca que no hará más que recordarnos de por vida las lides que perdimos. No valdrá de nada maquillarlas: que no se vean no significa que no existan.
Pero si no les da el sol demasiado, con el tiempo quizá acaben por atenuarse, por volverse pálidas y planas, por casi desaparecer. Si cuidamos de que no vuelvan a abrirse, si le damos sólo la importancia que merecen, la cual irá disminuyendo con el tiempo, si las hacemos reposar lo necesario, lograremos que no duelan. Si dejamos que nos las curen, con mimo, con esmero, con el amor suficiente, por mucho que permanezcan, el recuerdo de lo sufrido llegará a ser sólo eso: un recuerdo.
Imagen: Les Cicatrices, de Fero Liptak.