La luz de la tarde tamizada por las persianas a medio bajar, y como única banda sonora, la que componen los gritos de los chicos que juegan en el patio al balón mezclados con el ronroneo del ventilador y la parsimonia de tu respiración queda.
En la esquina de la cama finge dormir el gato, aunque el movimiento de sus orejas a cada balonazo de los chiquillos delata su vigilia.
Hasta que te has quedado dormido, te he estado trazando dibujos imposibles por toda la piel con las yemas de los dedos. He seguido la línea de tus ojos y la de tus labios, la sombra de tu barba y la curva de tus orejas. Me he deslizado por tu cuello abajo y he cubierto tu espalda de círculos imaginarios. Me he ido enredando sobre tu pecho y he bajado por tus piernas para volver a subir.
Y mientras, te dejabas vencer por el sueño, acunado por la suavidad de mis manos disfrazada de caricias y cosquillas, sin imaginar siquiera que con cada roce se me antoja aprenderte: saber que tu mano es para mi mano. Que mis dedos saben dibujar de memoria la línea de tu hombro y que un beso mío cabe perfectamente en el hueco de tu cuello.
El sol sigue su camino y tú aún duermes. Mientras escribo, te veo reflejado en el espejo de esta habitación azul. Mañana esta cama estará vacía, pero en mis manos será tu huella la que permanezca.
Escrito el sábado 26 de agosto de 2006.








