Siesta.

La luz de la tarde tamizada por las persianas a medio bajar, y como única banda sonora, la que componen los gritos de los chicos que juegan en el patio al balón mezclados con el ronroneo del ventilador y la parsimonia de tu respiración queda.

En la esquina de la cama finge dormir el gato, aunque el movimiento de sus orejas a cada balonazo de los chiquillos delata su vigilia.

Hasta que te has quedado dormido, te he estado trazando dibujos imposibles por toda la piel con las yemas de los dedos. He seguido la línea de tus ojos y la de tus labios, la sombra de tu barba y la curva de tus orejas. Me he deslizado por tu cuello abajo y he cubierto tu espalda de círculos imaginarios. Me he ido enredando sobre tu pecho y he bajado por tus piernas para volver a subir.

Y mientras, te dejabas vencer por el sueño, acunado por la suavidad de mis manos disfrazada de caricias y cosquillas, sin imaginar siquiera que con cada roce se me antoja aprenderte: saber que tu mano es para mi mano. Que mis dedos saben dibujar de memoria la línea de tu hombro y que un beso mío cabe perfectamente en el hueco de tu cuello.

El sol sigue su camino y tú aún duermes. Mientras escribo, te veo reflejado en el espejo de esta habitación azul. Mañana esta cama estará vacía, pero en mis manos será tu huella la que permanezca.

 

Escrito el sábado 26 de agosto de 2006.

Felicidad.

Hay quien es tan pobre que mide su felicidad en los metros cuadrados de una casa, de un jardín. Hay quien lo hace en los caballos de motor de un coche, en los metros de eslora de un barco o en los kilómetros que lo separan del país de donde procede la chica que cuida su casa.

Hay quien es tan pobre que su felicidad cabe en lo que cuesta una botella de un buen reserva, o la cena en un restaurante de moda, cena para uno, una sola copa.

Otros son tan pobres que para ellos la felicidad reside en el título de una renombrada universidad, en un número determinado de masters. En la totalidad de casos ganados, en la cantidad de clientes reclutados.

Mi felicidad también tiene medida: en los te quiero mascullados por mi hija, porque una chica de doce años ya no le dice a su mamá que la quiere. En sus abrazos espontáneos por la misma razón, en sus besos de buenas noches. Y en su risa, siempre su risa.

Mi felicidad también la calculo en la música que él me enseña a escuchar, en horas al teléfono, en mariposas en un aeropuerto y lágrimas en un tren. Es su roce y su caricia. Su voz.

Mi felicidad es el abrazo de mis padres, la sonrisa de mis hermanas, las bromas con mis sobrinos. Son las felicitaciones en mi cumpleaños, las llamadas de los amigos. Horas de charla sin sentir, de risas hasta la madrugada.

Es decir lo que siento, besar a los que quiero, ver mi mar, oír mi canción, poder tocar a mi amor. Mi felicidad es una tarta de queso, un baño caliente en invierno, una cerveza helada en verano.

Mi felicidad es la luna llena, el olor del jazmín. Ella. Y tú.

La imagen: La Venus azul y el pájaro Picón, de Álvaro Mejías.

La tabla del nueve.

Normalmente el despertador tenía que desgañitarse a la hora convenida antes de que ella tuviera siquiera consciencia del día que era, pero aquella mañana, tan temprano aún que el sol todavía no tenía fuerzas para colarse a través de las persianas, abrió los ojos como los abriría alguien que ya no tiene nada más que dormir y se deslizó fuera de la cama.

Descalza y desnuda fue recorriendo el pasillo de la casa vagón. Aquella había sido su casa desde siempre. Allí había nacido y allí había sido niña. Luego, pasados muchos años, a ella había vuelto. Allí había nacido y allí estaba siendo niña ahora su propia hija.

En esa casa había sido feliz, en su infancia y tras su regreso, salvo en el transcurso de una o dos decepciones que no superaron su particular prueba del nueve. En eso era categórica: tenía que ser capaz de imaginarse envejeciendo al lado de alguien para permitirle permanecer a su lado por más tiempo del que concedía al mero capricho. Y hasta ahora sólo había sido capaz de entreverse como una viejecita alocada y feliz, pero sola.

La casa vagón había cambiado. Aunque podía percibir casi el mismo aire que respiraba de pequeña cuando jugaba de puntillas con los rayos de sol, mantenía sólo en parte su estructura original. Habían mudado los colores, los muebles. Ahora había menos puertas y por supuesto ninguna estaba cerrada. Había ido cambiando esa casa a través de los años, haciéndola más suya, acomodándola, al fin y al cabo, a ella misma. Y más que cambiará, pensó mientras sonreía y pasaba levemente los dedos por aquellas estanterías atestadas de libros.

Apagó el cigarro, desanduvo sus pasos y volvió, sigilosa como una gata, al dormitorio. Allí estaba él. Seguía con el abrazo suspendido, como guardándole el espacio. Se acurrucó contra su cuerpo tibio. Por un momento, creyó ver cómo él le guiñaba, a pesar de que estaba sumido en un pacifico sueño. Cerró sus ojos también. Las cuentas le salían. Nueve por nueve por fin eran ochenta y uno.

Camino.

Despacio, pero con paso seguro.

Un pie, otro pie.

Mis pasos me llevan a donde quiero.

Ya no quiebra el cansancio y persiste la paciencia.

Porque sé a dónde voy.

Porque caminas conmigo.

 

 

 

Cuento de verano.

Tumbada al sol, calor de justicia y todos los rayos pegándose a mi piel. Sopor de mediodía. Quiero mantener los ojos abiertos, pero la luz y el sueño pueden más que ellos. La barbilla a ras del suelo, las figuras que entreveo tiemblan por culpa del calor que desprende la arena. Yo también siento ese calor a través de la toalla sobre la que estoy tendida. Pero no tiemblo. No tiemblo pero doy un respingo. Bendita costumbre que tienes de hacerme saber que has salido del agua poniendo tus manos por sorpresa sobre mi espalda. Cambio brusco de temperatura. Para ponerle remedio, me levanto entre tus risas y me dirijo a la orilla. Ya no ríes. Sólo miras. El estampado de la parte de atrás de mi bikini tiene ese efecto sobre ti.

Entro despacio en el mar, dejando que las olas tontas de este mar en calma me vayan enfriando la piel. Cuando la profundidad es suficiente y de un grácil salto, me sumerjo entre las estrellas que el sol le pinta a la superficie del mar.

Cuando salgo del agua, con el frío del Atlántico marcando el bikini y el agua que ha retenido mi cabellera ya deslizándose por mi espalda, sigues sentado en la arena, esperando, todavía, un beso salado.

Verbos.

Me miras, me llamas, me hablas, me observas.

Me dices, me adulas, me tocas, te beso.

Me abrazas, me cantas, me trenzas, me ves.

Me esperas, me oyes, me ríes, me tienes.

Me atas, me mimas, me nublas, me turbas.

Me fumas, me bebes, me hueles, te como.

Me acaricias, me inventas, me buscas, me encuentras.

Me aniñas, me haces, me naces y me creces.

Me aflojas, me animas, me estudias, me sabes.

Me bailas, me vuelas, me sueñas, me piensas.

Me traes, me llevas, me haces, me voy.

T’estimo.

 

Déjà vu.

Si el dueño del tiempo, ese viejo andrajoso con cara de niño viniera un día a proponerme un déjà vu eterno, quizá aceptaría con la única condición de poder escoger mi propio día de la marmota.

Así, para quedarme atrapada en el tiempo elegiría una tarde de sábado. Tendría que ser, eso sí, una tarde de risas, de patatas fritas y vino blanco. Una tarde de brisa fresca y tintineos en la ventana. Un sábado de sábanas de algodón e incienso, de camisas de seda, de canciones al oído. Una tarde de fotografías y cosquillas, de largas conversaciones a través de las miradas, rendidos a la piel. Tarde de calma y minutos infinitos, de olvidar todo lo demás y de ver caer la luz del sol con parsimonia de primavera.

Pero no creo que aceptara quedarme anclada en el tiempo. No quiero un solo sábado. Quiero muchos sábados. Todos tus sábados.