Déjà vu.

Si el dueño del tiempo, ese viejo andrajoso con cara de niño viniera un día a proponerme un déjà vu eterno, quizá aceptaría con la única condición de poder escoger mi propio día de la marmota.

Así, para quedarme atrapada en el tiempo elegiría una tarde de sábado. Tendría que ser, eso sí, una tarde de risas, de patatas fritas y vino blanco. Una tarde de brisa fresca y tintineos en la ventana. Un sábado de sábanas de algodón e incienso, de camisas de seda, de canciones al oído. Una tarde de fotografías y cosquillas, de largas conversaciones a través de las miradas, rendidos a la piel. Tarde de calma y minutos infinitos, de olvidar todo lo demás y de ver caer la luz del sol con parsimonia de primavera.

Pero no creo que aceptara quedarme anclada en el tiempo. No quiero un solo sábado. Quiero muchos sábados. Todos tus sábados.

 

Durmiendo.

Uno cincuenta por dos. Cien por cien algodón. Cincuenta por ciento pluma, cincuenta por ciento plumón. Añil rebajado al cincuenta por ciento. Añil rebajado al setenta y cinco. Blanco. Veintiún grados. Aroma de canela. Ropa sobre una silla. Tintineo de alabastro blanco a la brisa de poniente. Dos espejos. Botellas azules, botellas ámbar. Libros. Luz de luna en cuarto creciente entrando por la ventana. Zapatos de tacón, zapatillas cómodas. Una bombilla fundida encerrada en cristal.

Sólo faltas tú.

Día.

Día extraño. Cansada, irascible. No es bueno despertarse pensando en que hoy no va a haber siesta. Menos si te espera una mañana de trabajo hasta las cejas, mil problemas por resolver y aguantar a un jefe con demasiadas ínfulas de tal. Volver a casa y volver a salir, esta vez para ir de compras con una preadolescente. Te acuerdas de cuando le decías de pequeña que te la ibas a comer. Te arrepientes como nunca de no haberlo hecho entonces. Larga caminata, ideal para el cansancio que llevas arrastrando todo el día. Aguantas colas, dependientas impertinentes, más preadolescentes a las que sus padres también debían haberse comido cuando estaban a tiempo. Llegas de nuevo a casa, cargada de bolsas y con el único pensamiento de deshacerte de esos zapatos que llevan martirizándote todo el santo día. Enciendes el ordenador y, et voilà, sin capuchino ni nada te hacen olvidar todo el cansancio, toda la mala leche que ha estado hirviendo todo el día. Con un solo gesto te pintan una sonrisa y te derriten el alma.

Y entonces sabes que nunca has sido tan feliz.

 

Día.

Día extraño. Cansada, irascible. No es bueno despertarse pensando en que hoy no va a haber siesta. Menos si te espera una mañana de trabajo hasta las cejas, mil problemas por resolver y aguantar a un jefe con demasiadas ínfulas de tal. Volver a casa y volver a salir, esta vez para ir de compras con una preadolescente. Te acuerdas de cuando le decías de pequeña que te la ibas a comer. Te arrepientes como nunca de no haberlo hecho entonces. Larga caminata, ideal para el cansancio que llevas arrastrando todo el día. Aguantas colas, dependientas impertinentes, más preadolescentes a las que sus padres también debían haberse comido cuando estaban a tiempo. Llegas de nuevo a casa, cargada de bolsas y con el único pensamiento de deshacerte de esos zapatos que llevan martirizándote todo el santo día. Enciendes el ordenador y, et voilà, sin capuchino ni nada te hacen olvidar todo el cansancio, toda la mala leche que ha estado hirviendo todo el día. Con un solo gesto te pintan una sonrisa y te derriten el alma.

Y entonces sabes que nunca has sido tan feliz.

 

Palabras.

Siempre se le dieron bien las palabras. Por puro afecto, leía y aprehendía de ellas su esencia más íntima como un recolector de miel.

Era hábil al pronunciarlas, jugando con sus significados hasta debajo del agua y, cuando las escribía, las hilvanaba con la maestría del mejor sastre. Siempre era capaz de encontrar la más adecuada, la más convincente cuando quería convencer, la más hilarante para hacer reír, la más tierna para conmover…

Adoraba las palabras desde que podía recordar, y por eso las mimaba y guardaba como un tesoro, con el anhelo de que ellas siempre le devolvieran sus atenciones y nunca se le mostraran huidizas.

Ahora, además, había conseguido dar otra vuelta de tuerca.

Por casualidad, como ocurren casi todas las cosas importantes, su preciada colección de palabras empezó a ser insuficiente. Y así, movido por la deliciosa obligación de cumplir con aquella primera promesa que le hiciera aún antes de conocerla, sucumbió al placer del alquimista y, aunque sin alambiques ni piedras filosofales, se dio al fecundo entretenimiento de inventar palabras para ella, que mezclaba con las ya conocidas en una suerte de glíglico que tan sólo ambos entendían.

 

 

Cuestión de fe.

 

Por fin un domingo con sabor a domingo, un domingo de fiesta, un domingo en el que mi alma no termina hecha jirones sobre el bruñido suelo de un aeropuerto, en el que no trago lágrima tras lágrima en el camino de vuelta a casa.

 

Los santos no ofrecen consuelo los domingos, así que tras la visita del viernes a Santa Justa y San Pablo, me salté la de ayer, y por ello, lejos de la pena de tener que purgar mis pecados, conseguí la gloria de un domingo que durará toda una semana.

 

«Sin título 3», acrílico de Nicoletta Tomas.

 

 

 

Cuestión de fe.

 

Por fin un domingo con sabor a domingo, un domingo de fiesta, un domingo en el que mi alma no termina hecha jirones sobre el bruñido suelo de un aeropuerto, en el que no trago lágrima tras lágrima en el camino de vuelta a casa.

 

Los santos no ofrecen consuelo los domingos, así que tras la visita del viernes a Santa Justa y San Pablo, me salté la de ayer, y por ello, lejos de la pena de tener que purgar mis pecados, conseguí la gloria de un domingo que durará toda una semana.

 

«Sin título 3», acrílico de Nicoletta Tomas.

 

 

 

Sabores.

Café, limón clandestino, piña y uva, tus besos.

Caña de azúcar y naranja, frambuesas, garnacha y syrah, tu piel.

Té y bergamota, la miel y tus labios.

Mar, final y principio, Channel nº 10. Tú.

Dulce y salado. Un toque ácido. Ninguno amargo. Tú.