Ampharou’s library: diciembre

Pues nada, a dos meses de haber retomado los Ampharou’s library y ya me he saltado el tercero… y es que noviembre se ha pasado en un suspiro, que todavía estábamos recogiendo las telarañas y monstruos varios de Halloween y ya nos estaban bombardeando con el black Friday, como si un Friday pudiera ser black, cuando todo el mundo sabe que son felices y luminosas antesalas del fin de semana. En fin, que me lo he saltado y no tengo perdón de Dior. Por no hacerle un feo, os diré que mi almanaque en noviembre pertenecía a Camille Pissarro, con su preciosa Vista del  Boulevard de Montmartre de noche. Importante matizar, ya que Pissarro pintó hasta catorce vistas del bulevar, a distintas horas y con distintos climas, a modo de ensayo de luz. Siempre os lo digo, si queréis saber más de esta pintura, visitad la página de la National Gallery.

Como tendréis que visitarla para conocer más de The Thames belows Westminster, el cuadro de diciembre y último del calendario (no os preocupéis, ya tenemos preparado el del año que viene), de Claude Monet, que es el que ilustra este post. Yo podría quedarme a vivir perfectamente en este cuadro, en esa luz de amanecer, en la niebla que le da al Parlamento un aire casi fantasmal, en ese paseo junto al embarcadero y el puente de fondo.

Y vamos con lo que ha dado de sí el mes: películas pocas, ya os dije que me entrego más a las series, aunque ha caído el Frankenstein de Guillermo del Toro. Dos veces. Óscar Isaak también es bien en todo lo que haga, sobre todo si va de la mano de Totoro-san, y Jacob Elordi compone un monstruo más que digno (aunque yo, por pura nostalgia, me sigo quedando con Boris Karloff). Quizá caiga una tercera vez antes de que termine el año, porque, te puede gustar más o menos, pero hay que reconocer que visualmente es una delicia.

También vi La Ballena, de Darren Aronofsky. Vi que la daban un día en TVE, y luego la dejaban colgada en TVEPlay, así que aproveché una de estas tardes tontas de domingo para verla, que le tenía ganas. Ahora comprendo todos los elogios a Brendan Fraser en todos los festivales por los que iba pasando, aunque al amigo Darren no termino yo de pillarle el punto…

Y este fin de semana ha caído la tercera entrega de Puñales por la espalda. Ya habíamos visto las dos anteriores y, bueno, son entretenidas. Me recuerdan a esas antiguas películas de Poirot llena de estrellas. En ésta, el habitual Daniel Craig (¡qué bien le sientan los trajes a este señor!), Josh O’Connor, Andrew Scott, Mila Kunis, Josh Brolin, Kerry Washington y la magnífica Glenn Close

Series. Tanto presumir y creo que he empezado unas cuantas y no he terminado ni una temporada de ninguna. Y no siempre la culpa es mía, sino de esta moda que ha vuelto de ir colgando los capítulos a uno por semana y en que yo no tengo la paciencia suficiente como para esperar a que estén todos para empezarlas. Bueno, culpa a medias.

Empecé (y ésta sí que terminé, al menos la primera temporada, que el final es una pequeña bandeja de plata para una segunda) El misterio de Cementery Road, basada también en los libros de Mick Herron, como Slow Horses. Sale Emma Thompson, así que no hay nada más que decir, se ve sí o sí.

También empecé Pluribus. De ésta decir que es de Vince Gillian, el señor detrás de Breaking Bad o Better Call Saul. Así que también se ve sí o sí. Es un poco extraña, pero engancha desde el principio. Cuando la termine os contaré más de ella.

Otra que también terminé fue Bookish: una delicia de la mano de Mark Gattis. El hombre debió quedarse con una espinita clavada después de interpretar a Mycroft en la serie Sherlock de que no le dejaron investigar ni un caso pequeñito y se ha montado una serie de detective aficionado para él solito. Promete más temporadas, así que ya estamos a la espera

Vi también Muerte por un rayo. Entera, aunque no tiene mucho mérito, son solo cuatro capítulos, pero más que recomendable. Michael Shannon interpreta al efímero presidente de los Estados Unidos James Garfield (que no solo de Lincoln o Kennedy vive el hombre). Una historia curiosa. Y Matthew Macfadyen.

Ahora estoy también con The Great, la historia (ocasionalmente cierta, como reza el subtítulo) de Catalina de Rusia. Es divertida, exagerada a veces, poco seria y tremendamente imprecisa, en fin, estupenda y entretenida.

Y hasta aquí diciembre. Al menos en el blog, que en la vida real todavía nos queda la lotería de Navidad, ponernos cucos a base del pavo asado que nos durará hasta Reyes, que salga en el telediario el señor que pone a punto el reloj de la Puerta del Sol con su chaqueta de mezclilla y las vacaciones, sobre todo las vacaciones. Así que sed felices, porque sí, no porque toque, disfrutad mucho, gastad lo necesario, que tampoco hace falta tanto y os espero por aquí el año que viene.

Ampharou’s library: octubre

Seguimos con octubre, que ya casi acaba, coronado en el almanaque por Las bailarinas de ballet, de Hilaire-Germain-Edgar Degas. Degas y sus famosas bailarinas, aquí casi se puede oír el frufrú de los tules y el rasgado de las zapatillas en el suelo de madera. La más cercana parece estar aún estirando mientras las demás ya empiezan a realizar los ejercicios y ensayar las posiciones, una y otra vez, una y otra vez hasta alcanzar la perfección, quizá como el mismo Degas con sus pinceles.

Siempre os lo digo: si queréis saber más de la pintura, o de otras de Degas que están en la National Gallery, daos una vueltecita por su página web. O mejor aún, una vuelta por sus salones, auténtica delicia que ya voy echando de menos.

No ha sido en la National, pero este mes pasado sí que he estado en el Prado y en el Thyssen de Madrid. En el primero, para revisitar la exposición sobre Veronés que han tenido todo el verano, una preciosura de exposición que no terminé de disfrutar las dos veces que la he visto por culpa del serio problema que tiene el Prado en cuanto al concepto de “aforo”, tanto para las exposiciones temporales como para las permanentes, que lo hace competir en buena lid con cualquier estación de metro del centro en hora punta.

En el Thyssen, al que sí es un gustazo ir, además de la colección permanente vimos la exposición de Anna Weyant, una jovencísima pintora canadiense. Pinchad el enlace y echadle un vistazo, seguro que no os deja indiferentes.

Sigo sin poder hablaros de libros, no tengo vergüenza ninguna, y apenas leí unas páginas de Cien años de soledad el día que fuimos a Madrid, excursión de ida y vuelta en el día. Como os decía el mes pasado, tengo un montón de libros empezados y nada, que no encuentro la forma de ponerme con ellos. Y también tengo otro montón de libros por empezar, que a pesar de mi estado de sequía, no han dejado de regalarme ni yo he dejado de comprar libros en todo este tiempo. A ver si para el mes que viene os puedo dar mejores noticias en cuanto a mis rutinas lectoras.

Películas, bueno, me doy más a las series últimamente, pero este fin de semana vi El sacrificio de un ciervo sagrado, de Yorgos Lánthimos. Le tenía ganas a esta película después de haber visto The Lobster y descubrí que estaba en el catálogo de Filmin (bendita sea esta plataforma). La verdad es que no me decepcionó nada, Colin Farrell cada día me cae mejor y Barry Keoghan me tiene convencida de que es un actorazo como la copa de un pino.

En cuanto a series sí que han caído unas cuantas: por fin me vi Fleabag. Había visto el primer capítulo dos veces y no me enganchaba nada. Es más, la actriz se me hacía un poco insoportable. Pero tanto me insistió mi hija que le di una tercera oportunidad. Al final, me la vi en un pispás y terminé llorando a moco tendido. Y es que Andrew Scott siempre es bien, salga donde salga y haga lo que haga.

Con mi hija también me enganché a You. Nos hemos visto las cinco temporadas en tres o cuatro fines de semana. No seáis memos y no hagáis lo que nosotras. Si empezáis a verla, la podéis dejar perfectamente en la tercera. Ya estáis advertidos.

También empecé a ver Animal, con Luis Zahera. Divertida. No la he terminado, pero lo haré. Y no la he terminado porque me puse con La historia de Ed Gein: después de haber visto Hannibal y The Knick, ya soy como el Selu en Los lacios, pero reconozco que no es una serie para ver cenando.

También vi La casa Guinness. La han planteado como la sucesora de Peaky Blinders, pero, aún siendo correcta, no llega a lo buena que es la historia de los Shelby. Para pasar el rato.

Ayer también me terminé La novia, que está en Amazon. Totalmente prescindible, a pesar de que es obra de mi queridísima Robin Wright, que actúa, produce y dirige algunos capítulos. Entretenida, pero no esperéis mucho de ella.

Y a la que nos hemos entregado en cuerpo y alma, desde hace cinco temporadas, es a Slow Horses. Basada en las novelas de Mick Herron, cuenta la historia de los desechos del MI5, los agentes caídos en desgracia por meter la pata en algún momento. Con un Gary Oldman en estado de gracia (¿cuándo no lo está?), no deberíais dejar de verla.

Y hasta aquí ha llegado octubre. Sed felices, nos seguimos viendo.

Clementina

O cómo recibes una llamada un miércoles a las ocho y media de la tarde y a las doce del medio día siguiente tienes una gata viviendo en tu cuarto de baño.

Porque esa es la historia de Clementina, la historia conocida al menos. Unas chicas la encontraron debajo de un coche y acudieron a mi él por si se podía hacer cargo de ella. Una llamada, la condición de que se quedaran con ella hasta el día siguiente para que pudiéramos llevarla al veterinario antes de que entrara en casa (no sabíamos en qué condiciones estaba y tampoco había necesidad de poner en peligro la salud de Aris y Loki).

El veterinario (Germán, de Canymar, el dios de los michis le pague con creces la maravillosa persona que es) nos dice que, aparte de las pulgas que le corrían por el cuerpecillo, está estupenda. Que es una chica, que no tiene ni la cuarentena y que la mantengamos aislada para evitar contagio de parásitos si los tuviera (y que tiene todas las papeletas de tener). Y en esas estamos, con una gatera improvisada en el baño hasta dentro de diez días y una chiquitilla que ya ha sufrido varios cambios de nombre: de Maricruz a Catalina y de ahí al definitivo, Clementina, en cuanto pudimos bañarla y salió ese maravilloso naranja encendido de debajo de toda la roña que la cubría.

Como veis es preciosa. Tranquila, solo dio un concierto que ni la Callas la mañana que la trajimos. Ahora pasa los días entre juegos y siestas, con el vigilante Loki al otro lado de la puerta. Es juguetona y es un amorcillo de escaso medio kilo.

Estamos deseando que termine esta medio cuarentena y podamos hacer las debidas presentaciones con los que serán sus hermanos de vida. Rezamos a todos los michis santos para que la acojan bien y la adopten como a alguien a quien proteger y no la vean como una amenaza.

En ca’Ampharou se ha equilibrado la balanza humanos-felinos y creo que esto nos va a hacer más felices todavía.

Ampharou’s library: septiembre

Como algunos ya sabréis, hace casi un año, y tras unos meses con su “mijita” de mobbing, me “invitaron” amablemente a salir del cafetal molón, que por aquel entonces ya se había convertido en el cafetal mojón, pero mojón con mayúsculas. Desde entonces paso mis mañanas en otro cafetal que, sin llegar a ser molón, se le acerca bastante y en el que, al menos, no tengo que pasar las tardes  y noches ni los fines de semana y vacaciones pendiente del correo y estupideces varias al móvil.

En fin, que dispongo ahora de muuuuuuucho tiempo (bueno, no tanto, que he aprovechado y me he metido en algún satisfactorio berenjenal) y he decidido volver a escribir y, después de cuatro años con el blog abandonado, volver a publicar. No sé cuánto durará este arrebato, pero para empezar, qué mejor que hacerlo con los Ampharou’s library.

Y aquí tenéis el primero. Del almanaque que compramos en nuestra visita a Londres del enero pasado. Septiembre corresponde al Valle de Kien con el macizo Bluemlisalp, del pintor suizo Ferdinand Hodler. Es una obra relativamente nueva en la National Gallery de Londres, puesto que la adquirieron en 2022. Reconozco que no conocía a este pintor hasta que la vi allí expuesta y me quedé enganchada a ese verde lima del valle. En mi almanaque sólo aparece el macizo del fondo, pero la obra, como podéis ver en la foto, es una maravilla. He buscado información sobre ella para poder transcribirla aquí, pero creo que es mejor que, si os interesa, acudáis directamente a la página de la National y, sobre todo, le deis al play a vídeo de Christopher Riopelle, conservador de obras a partir de 1800 de la National Gallery, que os lo va a explicar infinitamente mejor que yo.

Habitualmente, cuando las escribía, estas Ampharou’s library seguían con los libros que había leído durante el mes. Ahora podía poneros los que he leído en estos cuatro años de abandono, porque han sido poquísimos. A decir verdad, he empezado un montón, pero pocos han sido los que he terminado. Debo tener un trombo importante en la vena lectora y debo encontrar urgentemente la heparina que la haga desaparecer, pero mientras tanto, os contaré los dos últimos a los que le he hincado el diente: uno ha sido Cien años de soledad. Lo he leído mil veces, pero la última fue hace demasiado tiempo y quería ver, con mucho reparo, eso sí, la serie que el señor Netflix había hecho sobre ella. He hecho trampa y solo me he leído hasta donde llega la primera temporada, pero me he prometido que antes de que acabe el mes acabo también con la familia Buendía. El otro ha sido Un caballero en Moscú, de Amor Towles. También por culpa de una serie, del mismo nombre y protagonizada por Ewan McGregor. Ewan siempre es bien, pero es que la serie es además deliciosa. Casi tanto como el libro, así que haceos un favor y dadles una oportunidad a los dos.

De series sí que he estado bien surtida. No os voy a torturar poniéndolas aquí todas, que tampoco es plan de aburrir al personal y que salgáis huyendo en el primer post desde hace tanto. Os hablaré de Cien años de soledad ya que la he nombrado antes: si estáis totalmente enamorados del libro, huid de ella. Está bien hecha, los actores están bien y hacen lo que pueden, pero le falta la magia y la fuerza que tiene la obra de Gabo. Y para desilusiones, ya tenéis la vida real.

Quizá algún día de estos os recomiende alguna, pero por ahora ya está. Ha quedado un post un poco largo y tampoco os quiero cansar. No prometo nada, pero mi intención es volver aquí cada poco a contaros las cosas que se me van pasando por la cabeza, si es que todavía queda alguien por ahí.

Besines a todos.

Conversaciones con mi padre #1

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La frase que más me repite mi padre últimamente es ¡Cuánta ilusión le hizo a mi madre comprarse este campiño, y cuánto le gustaba, en sus ratos libres, venirse ella sola a plantar sus habichuelillas y sus coles! Entonces yo le pregunto por todas las cosas que tenía aquel huerto, si también había árboles frutales, si tenían animales, o si siempre iba ella sola o también iban  él y sus hermanos a ayudarla. Él me lo explica todo, emocionado, y cómo su madre después cubrió todo el campo y solo dejó los arriates que lo rodean donde plantó sólo cosas bonitas ¡¿Y no van a ser bonitas, si las plantó mi madre?!

Mi padre tiene Alzheimer. Ese campiño es la azotea de la residencia donde vive desde hace algo más de un año. Una azotea bonita, rodeada de arriates con rosales, pequeños manzanos, jazmines y muchas plantas aromáticas donde los familiares pasamos las tardes con los residentes cuando el tiempo acompaña (¡bendito verano!). Mi padre se quedó huérfano muy pequeño. De lo único de lo que le he oído quejarse en toda mi vida es de eso, de lo pronto que se le fue su madre y la faltiña que le hacía.

Mi padre es un hombre fuerte y valiente. Marinero, ha recorrido medio mundo y un poco más. Así que nunca supo rendirse y ahora tampoco. Cuando le pido que me cuente algún cuento, me dice que no sabe dónde los ha puesto, pero en lugar de rendirse al olvido, se inventa nuevos recuerdos. Hoy cumple ochenta y siete años.

Como decíamos ayer…

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Bien, aquí estamos de nuevo. Después de una serie de catastróficas desdichas que me llevaron a perder el blog (desahucio por olvido en el pago, más que nada), una pereza terrible de volver a escribir nada y una falta de tiempo más que considerable, me ha vuelto a apetecer escribir (¡a ver lo que me dura!) y me he mudado a este pequeño apartamento. He conseguido rescatar parte del antiguo blog (sólo hasta 2015. Eso de hacer copias de seguridad lo dejo para los devotos de santa Bárbara), sin imágenes, eso sí, y con algún que otro fallo en la fuente, pero me hacía ilusión mantener al menos algunos de mis escritos. Al apartamento, como veis, le falta alguna capa de pintura y dos o tres muebles, pero todo irá llegando a medida que me vaya haciendo con los mandos y desempolve mis rudimentarios conocimientos de fontanería y electricidad.

En fin, que bienvenidos. Espero veros por aquí. Espero seguir yo también por aquí.

Empezamos.

Libros.

Ya he comentado alguna vez, aquí y en vuestros blogs, que si hay algo que nunca falla en mi bolso es un libro. Da igual que sean libros de bolsillo, novelas cortas o cuentos de ciento y pico de páginas o volúmenes extraordinarios de más de mil (Montaigne estuvo a punto de causarme una escoliosis): si sé que mientras esté fuera de casa voy a tener aunque sean dos minutos de espera (llámese autobús, un café a solas, el turno en el médico o la cola para comprar unas entradas), el libro está ahí, esperando a ser abierto y deleitarme aunque sea con dos líneas cada vez. Si preveo que la espera será más larga, puede que lleve hasta dos ejemplares, no sea que se me acabe uno y me quede sin palabras impresas y sin magia que llevarme a los ojos. Aunque realmente da igual que sepa si voy a poder disfrutar de esos ratos: no salgo de casa sin libro.

Todo esto que os cuento (u os repito) viene a por algo en lo que caí estas pasadas vacaciones. Un viaje a Barcelona, con trayecto en tren y avión incluido, pronosticaba más de medio día sin otra cosa que hacer que estar sentada y esperar llegar. A ello se le unió un retraso (¡cómo no!) en el vuelo, con lo que el libro que llevaba en el bolso llegó a su fin y, en medio de la sala de embarque del aeropuerto, tuve que abrir la maleta y sacar el que tenía guardado para la vuelta. Al entrar en el avión, arrastrando la maleta, con el bolso colgado, el abrigo en un brazo, la tarjeta de embarque y la identificación en la mano, luchando por no llevarme la rodilla de nadie con el trollei, sudando por alcanzárselo a Beaumont sin que la auxiliar lo cogiese para ayudarme y me diese una patada que me hiciese cruzar el finger sin poner el pie en el suelo, a mí y a mi superexcedida de peso maleta, me hice un barullo que conseguí desliar cuando me senté, saqué el nuevo libro de nuevo, guardé el deneí en la cartera y doblé la tarjeta de embarque para guardarla entre las páginas del libro. Pensé entonces en cuántas tarjetas de embarque, cuántos tickets de tren, de metro, había entre las páginas de los libros que duermen en mis estanterías. Cuántas direcciones o teléfonos, anotados en servilletas o post-it, reposaban entre sus hojas. Acudir a los libros que voy leyendo es como hacer un esquema de mis pasos: en éste una cita para el médico, en aquél, el resguardo de unas clases de inglés. En el que leí la semana pasada, la hora y la consulta a la que debía acompañar a mi madre, en el que me entretuvo y me enseñó en los primeros días de mayo, el recordatorio de una cita con el dentista. En uno de Vian, la hoja arrancada de un almanaque con una dirección web que me interesó, en el de McEwan, la receta de un bizcocho de chocolate. En todos ellos, un bonobús gastado (que utilizo como marcapáginas) con anotaciones de las páginas que más me han gustado de cada uno, o con las palabras que he de buscar en el diccionario.

Ese vuelo y los viajes en tren de los días posteriores consiguieron terminar también el nuevo libro. Gracias a que en Barcelona conseguí otro para que fuera testigo material de mi vuelta a casa.

Diciembre.

El año Modigliani llega a su fin, y tras saltarme noviembre, lo despedimos con este Retrato de J. Borowski. Poco más puedo decir del pintor, salvo que me ha encantado traeros un trocito de su obra cada mes, que hacerlo me ha ayudado a saber más de él y que espero que vosotros hayáis disfrutado de su obra y de su vida tanto como yo.

En cuanto a las lecturas de estos dos meses, la verdad es que he estado un poco vaga. Noviembre lo ocupé casi por completo con La inmortalidad, de Milan Kundera. Maravilloso libro que me ha hecho reencontrarme con el autor checo al que abandoné hace mucho tras leer La insoportable levedad del ser. La inmortalidad son muchas historias dentro de una historia, una “novela que no se puede contar”, según las palabras del autor en el propio libro, pero que a mí me tuvo enganchada y extasiada durante casi un mes.

Diciembre fue el mes Vian. Boris Vian, para ser exactos. Obsesiva compulsiva que soy, desde que Endora me descubrió a este autor regalándome La espuma de los días (no pongo ningún adjetivo porque cualquiera que quiera decir lo increíble que es esta novela se queda corto. A Endora ya le eché en cara estas navidades su culpabilidad en mi obsesión por Vian), voy devorando su obra poco a poco. O mucho a mucho, que este mes han caído tres: Escupiré sobre vuestra tumba, Otoño en Pekín y Que se mueran los feos.

Tiene Vian dos vertientes en cuanto a escritor (en realidad tenía muchas más: fue ingeniero, trompetista, cantante, inventor, traductor, locutor, escenógrafo… un alma inquieta, sin duda). Las novelas que firmaba con su nombre, novelas irreales que se desarrollan en un mundo extraño en el que lo mismo un perro habla francés que el sol brilla en rayas concéntricas que alternan luz y oscuridad; y las novelas que firmaba con pseudónimo (y que normalmente prologaba con su nombre real), parodias de novela negra con un sentido del humor del mismo color que arranca no pocas carcajadas.

Otoño en Pekín pertenecería a la primera vertiente. Extraña, onírica, imposible. Tan imposible que no tiene nada que ver ni con el otoño ni con Pekín. Absolutamente encantadora.

Escupiré sobre vuestra tumba y Que se mueran los feos (¡qué títulos, dior mío! ¡Sólo por ellos ya hay que leerlas!) pertenecerían a la segunda. Bestias, muy bestias, sobre todo Escupiré… Vian no se anda con tonterías en ellas y pone en jaque modelos de sociedad falsamente puritanas, totalmente hipócritas y absolutamente superficiales.

De cine he tenido poco, y entre lo poco que he visto, destaca por méritos más que propios La red social. Además, tuvimos la suerte de que, aprovechando un fin de semana con boda incluida en Sevilla, pudimos verla en una sala de versión original (¡cuánto lo echo de menos en Cádiz!). Aparte de ella, el maratón de Harry Potter al que me sometieron en casa a fin de que me enterara de algo en la sexta entrega.

Y de series, cuentagotas de Treme para que no se nos termine y enganche absoluto a The Big Bang Theory. ¡Amo a Sheldon Cooper!!