Damián.

Después de más de veinte años trabajando en el hospital, Damián R. por fin había conseguido el puesto de su vida, el que le hacía feliz, con el que sin duda se iba a sentir completamente realizado. El tiempo que estuvo destinado en la UCI había estado bien, pero aquéllo era infinitamente mejor. Además, todavía le quedaban bastantes años para disfrutarlo, seguro. Sus jefes estaban encantados con él. No iban a estarlo, si después de una semana allí se había presentado en el departamento de recursos humanos para pedir una ampliación de horario y cuando le dijeron que no podía ser y que además las horas extras no estaban contempladas en el convenio, se había ofrecido a trabajar más horas, a doblar turno si hacía falta aún sin cobrar. Aún sonreía cuando recordaba la cara de estupefacción de Maripili, la administrativa, cuando hizo ese ofrecimiento. ¡Qué sabría ella! Lo peor es que le dieron las gracias por su generosidad y su abnegación, pero declinaron la oferta. Eso sí, consiguió la promesa de que lo mantendrían fijo en el turno de noche.

Damián R. se conformó. Llegando mucho más temprano de la hora en la que debiera relevar al compañero del turno anterior, y remoloneando un poco cuando terminara el suyo, conseguiría arañar una hora más. Quizá hora y media. Cualquier cosa por estar allí. Cualquier cosa por no estar fuera de allí. Fuera había demasiado ruido. ¡Pero si ni en su propia casa podía estar tranquilo! Por eso amaba aquel lugar que, aunque lleno de gente, era tan tranquilo y silencioso. Sí, definitivamente, Damián R. había encontrado su lugar en el mundo como auxiliar del turno de noche en el depósito de cadáveres del hospital comarcal.

Dedicado, con todo el cariño, al vecino que amablemente nos hace saber que no le dejamos dormir la siesta… a las diez de la mañana.

Enero.

Hace nada estábamos todavía comiendo polvorones y ya se nos está terminando enero, así que es tiempo ya de que retome el post mensual en el que, aprovechando los calendarios que me caen cada navidad, cortesía de Beaumont, cuelgo un cuadro (sin espiches) y os cuento sobre los libros que voy leyendo.

Este año, el artista escogido para uno de los almanaques, y del que voy a ir mostrando mes a mes sus obras, aprovechando también que los reyes este año han estado más que organizados y también me han obsequiado con un libro y una película del mismo, es Amedeo Modigliani, pintor y escultor italiano, de vida tormentosa, marcada por la enfermedad y la pobreza, ya que sólo alcanzó la fama después de su muerte, a los treinta y seis años.

Enero se presenta así con Madame Georges van Muyden, pintado en 1.917, tres años antes de su muerte, y que aúna todos los elementos característicos de la pintura de este autor, y que la hacen absolutamete única: el trazo fluido, las líneas simples, los miembros alargados, la ausencia de mirada.

En cuanto a lecturas, no ha dado demasiado de sí este mes. Me he terminado El ruido y la furia, de William Faulkner, eso sí, y con ello me doy por satisfecha. Porque posiblemente sea el libro más complicado (quitando el de microeconomía de segundo) que ha caído en mis manos. En él, Faulkner, en cuatro capítulos que son cuatro días, nos desvela todas las miserias y la decadencia de la familia Compson a través de sus cuatro hijos. Pero lo que hace tan compleja esta obra es el fascinante estilo del escritor, capaz de introducirse en sus personajes a fin de mostrarnos su interior: sus temores, sus sensaciones, sus pensamientos. Encontraréis un fragmento pinchando en la pestaña «Libros» justo en la cabecera.

Para febrero prometo más.

Felicidades

A la India inquieta, la India curiosa, la India supermamá, a la India enamorada.

A la India comprometida, la India solidaria, la India leal, a la India valiente y a la voluntariosa.

A la India divagadora, la India preocupada, a la noble India, a la India justa.

A la India que siempre está, la India detallista, la India cariñosa, a la India golosa.

A la India sensible y a la sentimental. A la India sarcástica y a la gamberra. A la India de las risas

A la India generosa. A la India achuchadora. A la India divertida. A la reguapa India.

A la India espontánea. A la fuerte India.

A la India que es todo esto y mucho más, pero sobre todo, a la India amiga.

Evidentemente, la tarta no es mía, que yo para estas cosas tengo dos manos que parecen los pies de otro. Se la he tomado prestada para la ocasión a Tartas provocativas.

Porque viene a cuento…

…alguna que otra mañana:

Es curioso que te pase lo que te pase, siempre viene alguien a decirte que te vean los dientes o que te cases. Siempre es alguien que no sirve para nada quien te tiene que decir cómo llevar tus asuntos. Como esos profesores de universidad que no tienen donde caerse muertos y te dicen cómo puedes ganar un millón en diez años y esas mujeres que no consiguen pescar marido siempre diciéndote cómo cuidar de tu familia.

El ruido y la furia, de William Faulkner.

Despropósitos de nuevo año.

Estaba ayer tarde en casa, haciendo propósito de enmienda, que ya hace días que empezó el nuevo año y tan sólo he publicado una entrada desde entonces. Y casi prestada, para más inri. Si hasta Menda me reñía el otro día, y tiene razón, que hay autores fallecidos que publican más que yo. Yo le decía en mi descargo que he estado de vacaciones, que si las compras, la familia, el blablablá… así que me senté delante del portátil a poner remedio y comencé a escribir un post sobre los propósitos del nuevo año y de cómo éstos desaparecen en cuanto descolgamos el último brillante espumillón del árbol de navidad y guardamos el rebaño de plástico en una caja de zapatos rotulada ‘BELÉN’. En mi caso, que ni pongo árbol ni recojo el belén, ha sido poner un pie de nuevo en la oficina y olvidarme de esos propósitos. ¿Para qué, me he dicho, si todo sigue igual? Y es que llevaba media hora allí y era como si esos días de campanillas y buenos deseos no hubieran existido: las mismas quejas, el mismo frío, el mismo Kiss FM (este año, además, aderezado por el tarareo incesante de mi compañera a la que parece que están despellejando viva)…

Lo siento, ésta época del año no me sienta demasiado bien. El paso del tiempo y todos sus asquerosos delitos, que diría aquél y él también, y que a mí estas fechas me sumergen en un bucle tiempo x tiempo = ralladura de coco. Será que juntar la cuesta de enero y el síndrome postvacacional no es nada bueno (y gracias a Gaia que no se me ha unido también el premenstrual). Y sigo escribiendo y el bucle se convierte en tiempo2 + ralladura de coco = agobio supino.. y cuando amenaza a caer dentro la misma lluvia que cae fuera de la casa, me pongo de pie, me digo ¡Qué caramba! (en realidad dije qué cojones, pero no quería que pensarais que soy una lenguaraz barriobajera) y decido que basta de tonterías y que voy a sacar rendimiento a mis nuevas armas.

Así que me pongo un disco de Billie Holiday para fomentar el buenrrollismo y me dirijo a la cocina, que ya es hora de que estrene el regalo de mi Rey majo favorito: el acero con el que me batiré contra el desaliento, o en su defecto, montaré claras a punto de nieve. Porque no hay nada como tener una maxibatidora turbo ¡con varillas! para hacer un bizcocho rico rico en un pispás. Dicho y hecho: las claras quedan blanquitas y turgentes, la mezcla de yogurt, yemas, azúcar, aceite y harina queda igual que una suave mousse a la que la ralladura de limón (que no de coco: nunca más) le da un aroma casi espiritual.

Y es que no hay nada como el olor de un bizcocho horneándose impregnando la casa una triste tarde de un lunes de invierno para dejar atrás cualquier atisbo de melancolía.

PD: si vais a estrenar una batidora turbo, recordad, antes de meter las varillas en un bol lleno de harina, que el botón del turbo es justo el que NO hay que apretar si no queréis terminar rebozadas hasta más allá de donde una señorita estaría dispuesta a confesar.

Despropósitos de nuevo año.

Estaba ayer tarde en casa, haciendo propósito de enmienda, que ya hace días que empezó el nuevo año y tan sólo he publicado una entrada desde entonces. Y casi prestada, para más inri. Si hasta Menda me reñía el otro día, y tiene razón, que hay autores fallecidos que publican más que yo. Yo le decía en mi descargo que he estado de vacaciones, que si las compras, la familia, el blablablá… así que me senté delante del portátil a poner remedio y comencé a escribir un post sobre los propósitos del nuevo año y de cómo éstos desaparecen en cuanto descolgamos el último brillante espumillón del árbol de navidad y guardamos el rebaño de plástico en una caja de zapatos rotulada ‘BELÉN’. En mi caso, que ni pongo árbol ni recojo el belén, ha sido poner un pie de nuevo en la oficina y olvidarme de esos propósitos. ¿Para qué, me he dicho, si todo sigue igual? Y es que llevaba media hora allí y era como si esos días de campanillas y buenos deseos no hubieran existido: las mismas quejas, el mismo frío, el mismo Kiss FM (este año, además, aderezado por el tarareo incesante de mi compañera a la que parece que están despellejando viva)…

Lo siento, ésta época del año no me sienta demasiado bien. El paso del tiempo y todos sus asquerosos delitos, que diría aquél y él también, y que a mí estas fechas me sumergen en un bucle tiempo x tiempo = ralladura de coco. Será que juntar la cuesta de enero y el síndrome postvacacional no es nada bueno (y gracias a Gaia que no se me ha unido también el premenstrual). Y sigo escribiendo y el bucle se convierte en tiempo2 + ralladura de coco = agobio supino.. y cuando amenaza a caer dentro la misma lluvia que cae fuera de la casa, me pongo de pie, me digo ¡Qué caramba! (en realidad dije qué cojones, pero no quería que pensarais que soy una lenguaraz barriobajera) y decido que basta de tonterías y que voy a sacar rendimiento a mis nuevas armas.

Así que me pongo un disco de Billie Holiday para fomentar el buenrrollismo y me dirijo a la cocina, que ya es hora de que estrene el regalo de mi Rey majo favorito: el acero con el que me batiré contra el desaliento, o en su defecto, montaré claras a punto de nieve. Porque no hay nada como tener una maxibatidora turbo ¡con varillas! para hacer un bizcocho rico rico en un pispás. Dicho y hecho: las claras quedan blanquitas y turgentes, la mezcla de yogurt, yemas, azúcar, aceite y harina queda igual que una suave mousse a la que la ralladura de limón (que no de coco: nunca más) le da un aroma casi espiritual.

Y es que no hay nada como el olor de un bizcocho horneándose impregnando la casa una triste tarde de un lunes de invierno para dejar atrás cualquier atisbo de melancolía.

PD: si vais a estrenar una batidora turbo, recordad, antes de meter las varillas en un bol lleno de harina, que el botón del turbo es justo el que NO hay que apretar si no queréis terminar rebozadas hasta más allá de donde una señorita estaría dispuesta a confesar.

Concurso de cuentos en El Blog de Cabo (y II)

Como os contaba a finales de noviembre, en El Blog de Cabo organizaron un concurso de relatos con motivo de la navidad que prometían resolver el día de Reyes, como así ha sido. India ya ha publicado el resultado del concurso y desde ca’Ampharou sólo nos queda felicitar a Imaginario por su relato y, sobre todo, por el gesto de donar la cuantía del premio a Médicos sin fronteras.

También India, mi Pepito Grillo particular, me lanza el guante de la publicación de mi relato, guante que recojo encantada (lánzame el otro también, mujé, si es de cabretilla mejor, que con el frío que hace…) dejándoos el enlace de El Viejo Baltasar en el propio Blog de Cabo, donde podréis deleitaros con todos los relatos presentados.

¡Espero que los disfrutéis!

Diciembre.

¡¡Qué poquito queda ya!! Que ya estamos rizándonos las pestañas y subiéndonos en los tacones para despedir al año como se merece. Unas horas, y estaremos contando los cuartos para no equivocarnos con las campanas. Que por cierto, estoy preocupada, porque hoy en ningún informativo ha salido el señor encargado de poner a punto el reloj de la Puerta del Sol, con su chaqueta de mezclilla verde, diciéndonos cómo funciona y que todo va a ir bien…

Y para no perder la tradición de lo que ha sido todo el año, apuro el mes para colgar el cuadro de Schiele y hablaros de mis libros. El último cuadro, el que corona este post, se llama Madre e hijo, de 1912. En él, el rostro asustado del pequeño, que recalca con la manita extendida, se contrapone con la expresión serena de la madre, que lo acoge acurrucándolo sobre su pecho, para protegerlo de todo mal. Así, Schiele, el obsceno, se convierte en este cuadro en Schiele el tierno, poniendo todo el sentimiento en los rostros de los retratados.

Esta será la última obra que cuelgue de este autor. Si me decido a seguir esta serie de meses, cuadros y libros para el año que viene, será sobre uno de los dos almanaques que ya me han regalado. Como digo, si me decido, ya veréis cuáles son las nuevas obras.

En cuanto a lecturas, entono el mea culpa porque este mes no he sido capaz de terminar ningún libro. Entre los males, las vacaciones, las fiestas y lo vaga que soy, ahí está el que me empecé, muerto de risa en un rincón, pobrecillo. He decir en mi descargo, eso sí, que el elegido, El ruido y la furia de Faulkner, necesita algo más que algunos ratos muertos esperando el autobús. Y eso que tengo ganas de leerlo, y de entenderlo, y de terminarlo, que me llegaron el otro día un par por correos que me guiñan desde la estantería y a los que estoy deseando hincar el diente.

Así terminamos el año. Deseándoos a todos que el nuevo os cumpla todos vuestros deseos e ilusiones. Las mías se cumplieron este año que hoy acaba.