Bad day.

El día empezó raruno. Más que nada, porque no podía abrir los ojos y me fui dando treguas de cinco minutos hasta que me levanté cuarenta más allá del primer toque de diana. Y he ido dando trompicones toda la mañana: la taza que tropieza con el filo del microondas y derrama todo el agua en el interior de éste, el gato que decide que es buen momento para vomitar en medio del pasillo (bola de pelo), un chaparrón magnífico justo antes de salir de casa que hace que la colada que tendí anoche y que debe estar ya seca deje de estarlo y que empuñe el paraguas para salir, aunque después no lo haya abierto en todo el día…

El autobús que se me escapa, el café que sale de la máquina sin cucharilla, la aplicación que no me deja entrar, el problema de última hora que hace que salga a desayunar a las tantas…

Menos mal que, cuando por fin lo consigo, y aunque vaya arrastrando de paraguas por si acaso, sale un rayito de sol. Y el día parece tomar otro color. Porque también hace menos frío. Y me cruzo con una compañera e intercambiamos un saludo y una coña. Y llego a la cafetería, y otro antiguo compañero me invita a café. Y me río porque el camarero se mete conmigo y yo con él. Y llega Alejandro, y me alegro de verlo, y él también se alegra. Y salgo pensando que voy a entrar en la boutique que me queda camino a la oficina, que tiene cosas preciosas en el escaparate. Y no llueve, pero el suelo está mojado. Y Alejandro hizo obras este verano y puso el suelo de mármol. Y yo llevo botas con suela de goma. Y me resbalo…

Y me caigo. Sí, tan larga soy, en la puerta del bar al que acudo cada mañana desde hace quince años. En la puerta del bar en el que conozco a todo el mundo, que está en la calle donde todo el mundo me conoce. Y yo estoy allí, en el suelo, con una pose de reina, eso sí, que una tiene estilo hasta para caerse. Y a pesar de que hace frío, mi temperatura corporal ha subido como quince grados. Bueno, la corporal no, sólo la de la cara y las orejas. Todo pasa a cámara lenta, pero en el mismo momento en que siento el suelo, ya tengo varias parejas de manos acudiendo en mi ayuda. Y me levantan en una especie de coreografía de diva. Gracias, no no me he hecho daño, sólo ha sufrido mi dignidad. Alejandro pide perdón, yo le quito hierro mientras noto que empieza a dolerme justo donde la espalda pierde su nombre y toma el de culo. El colofón a un día perfecto que todavía no ha terminado.

Cruzo los dedos.

La ilustración, de Moratha.

Negocio.

En vista del lamentable descenso de nuestra actividad, unido a que el año que viene vamos a ver irremediablemente casi congelados nuestros salarios, y aprovechando las condiciones más que favorables que en esta época del año se dan en nuestra oficina, hemos decidido que, para dejar de ser mileuristas de una vez por todas, vamos a diversificar el negocio y vamos a explotar los recursos naturales que el invierno nos ofrece y nos vamos a dedicar a la cría del pingüino.

Esperemos que no se nos hielen entre los archivadores.

Recaída.

Sí, así estoy, tal que la muchacha del dibujo… Ni el gato me falta, vamos. Los pañuelos, por arrobas, que me van a acusar ya de la desforestación del Amazonas, y la nariz como si la hubiera estado frotando con una lija del diez.

Lo bueno es que la tregua ha sido suficientemente larga como para poder disfrutar de mis chiquillos, poder achucharlos y comérmelos a besos tanto como para que les dure la ración de tiítis hasta navidad, cuando volverán y les daré otra ración intensiva.

Pero ahora he caído con todo el equipo. Tengo la cabeza que ojalá no fuera mía. Así que estaré un poco desaparecida unos días, no le vaya a pegar los viruses también al portátil y entonces para qué quiero más. Mientras tanto, me dedicaré a recibir todos los mimos que me den mis dos enfermeros profesionales, aderezados con sopitas y caramelos para la tos.

Recaída.

Sí, así estoy, tal que la muchacha del dibujo… Ni el gato me falta, vamos. Los pañuelos, por arrobas, que me van a acusar ya de la desforestación del Amazonas, y la nariz como si la hubiera estado frotando con una lija del diez.

Lo bueno es que la tregua ha sido suficientemente larga como para poder disfrutar de mis chiquillos, poder achucharlos y comérmelos a besos tanto como para que les dure la ración de tiítis hasta navidad, cuando volverán y les daré otra ración intensiva.

Pero ahora he caído con todo el equipo. Tengo la cabeza que ojalá no fuera mía. Así que estaré un poco desaparecida unos días, no le vaya a pegar los viruses también al portátil y entonces para qué quiero más. Mientras tanto, me dedicaré a recibir todos los mimos que me den mis dos enfermeros profesionales, aderezados con sopitas y caramelos para la tos.

Batiburrillo.

Que no puede ser, que mi madre tiene razón. Resulta que me pinto la raya, me pongo mi máscara Telescopic clean definition porque Pe lo vale y su hermana Mo también y se me ponen unos ojitos preciosos como a la Betty Boop. Y claro, llega una embarazada, ahora que pasan desapercibidas debajo de capas y abrigos, se le antojan unos ojos como los míos y ya la tenemos liada. Que sí, que me ha salido otro orzuelo. Que con paciencia y a base de mascar mala leche y aplicar la crema adecuada va mermando, el puñetero, pero que hacía como treinta años que no me salían y, ¡premio!, este año ya llevo dos.

La semana pasada dos tercios de la población de ca’Ampharou (sin contar a los gatos) pasaron por un constipado de los que hacen historia, que tuvo los sofás acaparados a tiempo completo, las mantas trabajando a destajo, a varias marcas de pañuelos de papel ofreciéndonos sus servicios y a mí haciendo horas extras entre pucheros y mimos. Y como a cada cochino le llega su san Martín, a ambos constipados les llegó su día. Eso sí, para que nos acordáramos de ellos, tuvieron a bien dejarme a mí un mal cuerpo y un ‘vivosinvivirenmí’ que voy llevando (todavía no sé a dónde) como mejor puedo.

Este verano vendieron el piso de encima del mío, y desde entonces ha estado vacío. Y nos habíamos acostumbrado demasiado bien… hasta que el lunes llegó el horror: los nuevos vecinos han decidido hacer obras. Y yo recuerdo cuando los anteriores vecinos decidieron levantar tooooda la casa, hace como seis años, y recuerdo que la obra duró un añito justo, y recuerdo que a causa de esa obra se me vino abajo el techo del baño… y se me ponen los vellos como escarpias y me pongo a llorar acurrucada en un rincón. Eso sí, todavía no han empezado en serio y esta tarde los obreros me han arrancado una sonrisa cuando uno de ellos se ha puesto a cantar a voz en grito (que supongo que el piso vacío habrá ayudado a magnificar y a que llegase con total claridad a mis oídos ese lamento más que canto) el ‘no llores por mí Argentina’. Ya os contaré dentro de un par de semanas si me sigue haciendo tanta gracia…

Y por fin algo que merezca la pena: mañana aterriza en tierras gaditanas Valiada, trayendo con ella a mis churumbeles, a los que no veo desde hace más de tres meses, para que yo ejerza y haga efectivo mi madrinazgo con el pequeñísimo Marco, el próximo barítono de la ópera de Moscú. Así que me voy a ir retirando, que tengo tarea: ponerme bien urgentemente, que como no pueda yo darle un achuchón a los pequeñajos, me voy a estar dando cabezazos hasta el día de reyes.

Noviembre.

A lo justo, como va siendo ya tradición, llega el post de Schiele y los libros. El penúltimo, que ya mismo estamos cantando villancicos y comiendo polvorones. Pero mientras tanto, aquí llega Mujer con el pelo negro. Y eso es, precisamente, sin más añadiduras, lo que presenta este dibujo de 1914, realizado con lápiz, tiza y pinturas opacas.

Livy, India, aquí la modelo no aparece mutilada, sino que directamente se obvia el cuerpo para dar todo el énfasis y dirigir la mirada a esa arquitectura de rizos negros que enmarcan la infinita tristeza de los ojos.

En cuanto a lecturas, terminé por fin Suave es la noche, de Francis S. Fitzgerald, en el que me había atascado un poco, no por falta de interés, sino más bien por falta de tiempo. Un relato sobre la opulencia y la destrucción que me tuvo en vilo ante sus cambios de registro. Deseando estoy leer El curioso caso de Benjamin Button, del mismo autor y que me espera pacientemente sobre la estantería.

El segundo libro, leído en pleno viaje a Córdoba, fue La hermana, de Sándor Márai. Ya había leído de este autor La mujer justa, y tanto me había impresionado su prosa que anduve buscando otra novela sin éxito alguno… hasta que Beaumont tuvo a bien regalarme ésta. Infinitamente agradecida, porque no hace más que reafimarme en la impresión que ya tenía. Una historia que son dos en ella, ambas sobre el dolor y las formas de acabar con él, redimiéndose o sucumbiendo a él.

El tercero de los libros era ya un viejo conocido. Pero muy viejo, porque no sé cuantísimos años hace que lo leí por primera vez: El Extranjero, de Albert Camus, la historia del desafecto elevado al máximo exponente, el reflejo del desencanto por la vida y todo lo que ella conlleva.

Otra vez, otro mes, recomiendo estos libros uno por uno. Podéis ver un fragmento de cada uno de ellos en el menú Libros, justo abajo de la cabecera.

Concurso de Cuentos en El Blog de Cabo.

A ver, niños y niñas, tenemos tarea de fin de trimestre, a ver si nos dan buenas notas, los reyes se dan cuenta de lo buenos que somos y nos dejan preciosos regalos.

Resulta que en El Blog de Cabo se han sacado de la manga otro concurso. Me consta que varios de vosotros participasteis en el de fotografía que se celebró este verano, y que algunos esperáis con gusto los fotogramas del concurso de cine. Pues bien, ahora nos proponen uno de cuentos navideños. Eso sí, no nos lo ponen demasiado fácil, que entre las bases hay algunas condiciones que seguro que hacen de este concurso un reto.

Copio y pego el resumen de las bases. Para verlas completas, ya sabéis, en El Blog de Cabo:

¿Cómo participo?

Mandando tu cuento a concurso@decabo.com

¿De qué tiene que tratar el cuento y qué limitaciones tengo?

Cómo no podía ser de otra forma en estas fechas, la temática elegida es La Navidad, pero no esperamos el típico cuento que todo el mundo escribe por estas fechas. Para que esto no pase, vamos a complicarlo un poco más y hacerlo más divertido:

  • El cuento no puede exceder de 1000 palabras incluyendo título y frase inicial.
  • A pesar de la temática navideña, hay 5 palabras que no pueden aparecer en ninguna parte del texto. Estas son:
    • Navidad
    • Belén
    • Papá Noel
    • Reyes Magos
    • Regalos
  • El cuento tiene que comenzar al igual que el libro “Cuento de Navidad”, de Dickens, aunque podéis cambiar el nombre de Marley por el que vosotros prefiráis. El comienzo sería entonces:
    Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda.”

¿Hasta cuándo puedo participar?

  • Manda tu cuento hasta el domingo 27 de Diciembre de 2009.
  • El Jurado valorará los cuentos del 28 de Diciembre de 2009 al 2 de Enero de 2010.
  • Los cuentos aparecerán de la siguiente forma:
    • 4 de Enero de 2010 – 3º finalista
    • 5 de Enero de 2010 – 2º finalista
    • 6 de Enero de 2010 – GANADOR

¿Y el Premio?

Y ya que coincide con la llegada de los Reyes Magos… ¿gano algo?

Claro, el ganador conseguirá un cheque regalo de FNAC para que pueda comprarse el libro que más le guste (o lo que quiera…).

Ea, tenéis un mes para presentarlo, jovencitos. Que cuenta para nota, eh?

La fotografía, de Simón Fernández Rodríguez.

Córdoba.

El destino sí, era conocido: Córdoba, lejana y sola. Hasta allí arrastramos las maletas, que no a nosotros, que íbamos con toda la ilusión. Viaje en tren, llegada a la habitación más minúscula en la que haya estado del hotel mejor situado que pudiésemos esperar, y de nuevo a la calle, que nos esperaban cuatro días de una primavera en pleno otoño para recorrernos la ciudad.

Córdoba es preciosa, y preciosa nos la encontramos, a Córdoba y a una amiga del alma, de esas de las que por mucho tiempo que pase (¡que veinte años no son nada, Pepa!), y aunque no sepas de continuo de ella, siempre está ahí, y celebras poder regalarte con ella unos buenos ratos de charla, hermosas risas, sabrosas viandas y buenas copas.

Córdoba ha sido sol, ha sido calle, ha sido una Mezquita que me precipitó a lo más cerca del síndrome de Stendhal que he estado nunca, judería hermosa, calles intrincadas y aroma de flores. Ha sido preciosos jardines en el Palacio de Viana, plazas en las que quedarse a vivir, un barrio que clamaba por su virgen, horas marcadas por soleares, agua cascabeleando en fuentes y el acento característico de su gente.

Han sido cuatro días de olvidarnos de todo (que sí, mamá, que llegamos bien) en los que hemos disfrutado con todos los sentidos de lo que allí nos encontramos. Hemos prometido volver, y nosotros, que somos hombres de honor (yo un poco menos. Hombre, digo, que de honor sí que soy) cumpliremos nuestra palabra. Para no faltar a nuestra promesa y, sobre todo, porque nos han quedado varias cosas que averiguar, a saber, ¿son el resto de los cordobeses y cordobesas tan guapos como los que hemos visto? ¿sobrevivirá el perrillo de la plaza San Agustín al vicio de corretear a los coches en marcha? y, sobre todo, ¿cómo es el recipiente donde Santos hace sus exquisitas tortillas?

Córdoba.

El destino sí, era conocido: Córdoba, lejana y sola. Hasta allí arrastramos las maletas, que no a nosotros, que íbamos con toda la ilusión. Viaje en tren, llegada a la habitación más minúscula en la que haya estado del hotel mejor situado que pudiésemos esperar, y de nuevo a la calle, que nos esperaban cuatro días de una primavera en pleno otoño para recorrernos la ciudad.

Córdoba es preciosa, y preciosa nos la encontramos, a Córdoba y a una amiga del alma, de esas de las que por mucho tiempo que pase (¡que veinte años no son nada, Pepa!), y aunque no sepas de continuo de ella, siempre está ahí, y celebras poder regalarte con ella unos buenos ratos de charla, hermosas risas, sabrosas viandas y buenas copas.

Córdoba ha sido sol, ha sido calle, ha sido una Mezquita que me precipitó a lo más cerca del síndrome de Stendhal que he estado nunca, judería hermosa, calles intrincadas y aroma de flores. Ha sido preciosos jardines en el Palacio de Viana, plazas en las que quedarse a vivir, un barrio que clamaba por su virgen, horas marcadas por soleares, agua cascabeleando en fuentes y el acento característico de su gente.

Han sido cuatro días de olvidarnos de todo (que sí, mamá, que llegamos bien) en los que hemos disfrutado con todos los sentidos de lo que allí nos encontramos. Hemos prometido volver, y nosotros, que somos hombres de honor (yo un poco menos. Hombre, digo, que de honor sí que soy) cumpliremos nuestra palabra. Para no faltar a nuestra promesa y, sobre todo, porque nos han quedado varias cosas que averiguar, a saber, ¿son el resto de los cordobeses y cordobesas tan guapos como los que hemos visto? ¿sobrevivirá el perrillo de la plaza San Agustín al vicio de corretear a los coches en marcha? y, sobre todo, ¿cómo es el recipiente donde Santos hace sus exquisitas tortillas?

No estaba muerta…

… ni estaba de parranda: me tenían secuestrada en un curso que me dejaba cada día fané y descangayá, y a mi pobre media neurona en estado catatónico hasta que se ponía a duras penas en marcha otra vez para una nueva sesión del curso. Un curso que nos han dado, cómo no, para en un momento de necesidad (todos lo son), poder tirar de los efectivos que ya tienen y no tener que contratar a nadie más. Un curso de una semana con unos contenidos, cómo no, que hubieran necesitado cuatro meses al menos. Un curso que han impartido, cómo no, nuestros propios compañeros, sirviéndose de su experiencia, que sí, es un grado y todos ellos saben mucho y tal, pero una cosa es lo que saben y otra muy distinta cómo hacen saber lo que saben.

Un curso que se empezó con unas ganas que hicieron que los primero fallos (uish, que al ordenador que han puesto para las demostraciones no le funcionaba el F5, tecla imprescindible para las aplicaciones que utilizamos. Uish, que a nadie se le ocurre cambiarlo. Uish, que tampoco podemos abrir otra de las aplicaciones, porque si no, el personal que está trabajando no podrá hacerlo…) nos los tomásemos medio a broma, pero que el viernes a última hora nos llegaban al ras de los tacones, y eso, cuando se inflaban con los bostezos… Menos mal que el último ponente tuvo a bien hacernos una magnífica imitación de Faemino… ah, no, es que el hombre habla así, pensé, mientras trataba de ahogar las carcajadas no fuera que el señor me enviase ‘ah’kalabosso deh’cuhsso’.

En fin, una semana que me he librado de estar en la segunda planta del algodonal para estar en la primera, asimilando conceptos a base de calzador. Lo bueno, que al menos allí no podían poner la radio y reblandecerme la sesera (más todavía) a ritmo de Kiss FM. Lo malo, cuando compruebas las pocas ganas que tienen de aprender ciertas personas, o las pocas que tienen otras de simplemente parecer bien educados, por ejemplo, apagando un móvil durante unas clases o intentando ser puntuales…

No estaba de parranda, pero lo estaré, ¡vaya si lo estaré!