Septiembre.

“Mi ser, mi descomposición, trasplantado a valores permanentes, tiene que producir mi fuerza en otros seres más desarrollados (…) Soy tan rico que tengo que regalarme a otros”.

Es el Schiele narcisista, el que pintó multitud de autorretratos enfrentándose a un espejo, el Schiele más tenebroso, el más expresionista, el más trágico. Es Schiele «El poeta», pintado en 1911, el mismo año en el que terminó su poemario, Yo, eterno niño. El cuadro, mucho más oscuro de lo que nos tiene acostumbrados, pero sigue centrando la mirada del espectador justo donde a él le interesa: el rostro del autor, contraído en apenas una mueca, la postura imposible, las manos deformadas. El sexo apenas insinuado, a diferencia de otros autorretratos, mucho más claros, donde lo luce ostentosamente. El Schiele más introspectivo.

En cuanto a lecturas, septiembre ha dado bastante de sí. Por fin terminé El Imperio, de Ryszard Kapuściński, una crónica sobre el derrumbamiento de la Unión Soviética y el papel de Stalin en su historia, sucesos conocidos a veces a través de testigos, otras de primera mano, pero siempre contadas con la pasión que tienen los hombres comprometidos.

Después llegó el momento de John Ajvide Lindqvist y su Déjame entrar. Había visto la película hace un par de meses, y tenía muchas ganas de leerlo. Y no ha defraudado. Un libro sobre soledad, acoso escolar, amores adolescentes, sobre el bien y el mal, sobre egoísmo, sobre entrega… ah, y también sobre vampiros. Un consejo: si queréis leerlo, primero ved la película.

Luego fue el turno de Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar. ¿Qué os voy a contar a estas alturas que no sepáis ya?? Una absoluta maravilla. Después de haber leído Rayuela una y otra vez, al derecho y al revés, y Las armas secretas, era imperdonable no haberme acercado todavía a los cronopios, a las famas y a las esperanzas. Imprescindible y delicioso.

Y entonces sí, llegó, por fin, Deseo de ser punk, de Belén Gopegui. Desde que leí de esta mujer La escala de los mapas (gracias Kamenah), he devorado todo lo que ha publicado, y he esperado con anhelo sus nuevos libros. Y los he gozado, uno a uno, todos ellos. Éste no ha sido una excepción. La misma prosa brillante, en forma ahora de carta-confesión de una adolescente, con todo lo que conlleva serlo: la lealtad, la rebeldía, la rabia. La música.

Y, como siempre, si se ha retrasado un poco este post mensual, ha sido por incluir un último libro. Y este mes le ha tocado a El placer del viajero, de Ian McEwan. Me pasa con este autor como con Gopegui, salvando las distancias: en cuanto cayó en mis manos un libro suyo, he tratado de conseguir (voy a tener que dejar de pasar por delante de Quorum) toda obra suya que se me pusiera a tiro. Y me pasa igual que con Gopegui, salvando las distancias: cada obra logra sorprenderme, engancharme. Cada obra me deja dándole vueltas aún cerrada la última página. Cada obra estoy deseando terminarla para empezarla de nuevo.

El dentista.

Estoy tendida en el sillón de las torturas. Aparece detrás de mí, me pregunta cómo va todo. Quiere que me confíe. Cuando se sienta a mi lado, ya tiene la mascarilla puesta, tapándole la nariz y la boca, y se está poniendo unos guantes. Por higiene, quieren que pensemos, pero a mí no me engaña: es que no quiere dejar pruebas, no quiere que lo reconozca. Pero no le servirá de nada. Cuando se abalanza sobre mí, haciéndome abrir la boca, me fijo en sus ojos. No estás a salvo, podría reconocerte en cualquier lugar…

Al final no ha sido para tanto. Salgo de allí con el labio dormido y un gesto igual que si me hubiesen dado ¡zas!, un chancletazo en toda la boca. Y una cita para la siguiente semana, a la que iré, ya sí, más relajada. Es lo que tiene tener una dentadura como comprada de saldo, como esas bragas que se pueden comprar en el mercadillo y que lavas antes de estrenarlas, ahora sí, por higiene. Y que cuando abres la lavadora, aparece el elástico de la cintura por un lado, la braga por otro y la doble tela de los bajos (que antes eran de felpilla. ¿Dónde está la felpilla de nuestras braguitas de niña?) se ha desintegrado. Así han sido siempre mis dientes, de mala calidad. Y quizá eso es lo que me hace tener un miedo irracional a los dentistas, que afortunadamente consiguen desbaratarme tras la primera consulta.

Ahora estaré una temporada visitándolo, a ver si le pone remedio a lo que la naturaleza dejó a medias. Trabajo tiene, la criatura, que ya me decía mi madre: todo el mundo tiene una caja de dientes y tú, mi niña, tienes un baúl.

Pelayo

Un día del mes de abril del año cuarenta y tres del siglo pasado, la señora de P. de L., de soltera Merceditas S. de P., tras un parto que se alargó durante dos días, trajo al mundo a su primogénito, al que se le impuso en la pila bautismal el nombre de Pelayo. Fueron tantas las penalidades sufridas por la joven madre en el heróico acto de traer a su retoño al mundo que, incluso antes de verle la cara ya había decidido que aquél sería su único hijo y que a partir de entonces, su amante marido y ella dormirían en habitaciones separadas.

Y no fue lo único que decidió. Aquel mismo día se movieron todas las influencias y conocimientos de la familia para que, al día siguiente, un ama de cría se hiciera cargo del pequeño Pelayo.

La elegida resultó ser una muchacha del norte, de familia pobre pero honrada que habiendo parido hacía poco, no había tenido más remedio que dejar a su vástago al recaudo de la familia del pueblo para ir a buscarse un futuro a la capital.

El ama, bien dispuesta y llena de nostalgias, acogió al calor de sus alimenticios senos al pequeño, que respondió vorazmente y con gran regocijo.

Pasaron los años y el ama de cría pasó a ser ama seca. Lo único que no cambió fue la circustancia de tener a Pelayín pegado a sus faldas día y noche, que ni durante la corta hora en que el niño disfrutaba de la compañía de sus padres, siempre que se portara bien y no hubiera visitas, conseguía soltarlo de su abrazo. Ya hacía tiempo que no lo amamantaba, pero el mejor momento de los días del niño era cuando el ama lo cogía entre sus brazos y lo acunaba, y aspiraba aquel aroma de magadalenas y miel que lo alimentó antaño. Y siguió haciéndolo cuando ya los pies no le colgaban sentado sobre las enaguas del ama, sino que le descansaban tranquilamente sobre el suelo e incluso ayudaba a acunarse. Y así continuó, hasta que al cumplir los dieciséis años fue enviado a un internado a fin de que se hiciera un hombre de pro. Grande fue la tristeza del ama al separarse de su pequeño, pero nada comparada con la de éste al abandonar el regazo. El ama, acabado su trabajo, volvió a encontrarse con su propio hijo, hecho ya un mozalbete. Pelayo, sin embargo, no volvió a encontrar en nadie aquel abrazo cálido y amoroso que le acompañó durante su niñez.

Don Pelayo P. de L., honorable anciano, acompañado de su chófer, acude cada mañana a una vieja panadería del centro de la ciudad, a la hora en la que la panadera saca las magdalenas del horno, y permanece allí, aspirando aromas antiguos, aromas dulces de magdalenas y miel.

El sol del membrillo.

Cambian los días camino del otoño. Se vuelven más cortos, más perezosos. El sol, después del esfuerzo del verano, juega al escondite. Empieza a costarle calentar y los grados comienzan ya a caer, esperando el desplome sin remedio del invierno. Invierno. Sólo con pensarlo ya se me ponen los vellos como estalactitas. ¿O eran estalagmitas? Aunque presiento que no será más que cambiar el frío del aire acondicionado por el aire ambiente. Frío al fin y al cabo.

Vuelve a salir el sol y parece que todavía hay esperanza. Y el consuelo del membrillo.

El cuadro, Membrillero, de Antonio López.

Cotilleo!

Algo que no entiendo ni nunca entenderé es el afán de la gente por saber la vida y milagro de los demás. Y no me refiero ya al ‘salsarroseo’ ni al resto de circos que cada vez son más frecuentes a poco que enciendas la tele. Me refiero al día a día, a la gente a la que conoces, con la que te tienes que relacionar quieras o no.

Tengo una vecina que está pendiente a la hora a la que salgo o a la que entro. Lo sé porque después se lo cuenta a mi madre. Tengo otra que si oye a mucha gente entrar o salir de mi casa (más de dos, quiero decir), abre la puerta poniendo cualquier excusa. Y otra que te cuenta hasta los más recónditos detalles de cualquier vecino, aunque éste se haya mudado al piso hace dos días.

En el trabajo pasa lo mismo. Ahora comparto área con otras ocho personas. Ocho personas que lo saben todo de todos. Yo ya llevo más de un año aquí. Saben que tengo una hija porque Lorah ha venido varias veces a recogerme. Saben de Beaumont porque las veces que viajaba a Barcelona tenía que traer la maleta a la oficina para poder salir directamente desde aquí e hicieron sus propias cábalas que acabé confirmando a base de dar largas, y que tengo una hermana en Valiadalandia porque me pedí vacaciones cuando nació Marco. Así que soy la rara. Desde el principio de estar aquí he desayunado sola, a pesar de que me han invitado a integrarme en varios grupos. No entro en la ‘puesta en común’ de los temas de actualidad que se celebran invariablemente cada mañana.

Y toda esta retahila viene por algo que me ha pasado esta mañana que me ha dejado patitiesa. Estaban las compañeras que me quedan a la derecha charlando de sus cosas (tema favorito en estas fechas: comienzo de curso y gripe A). Los compañeros que me quedan a la izquierda tienen la bendita costumbre de hablar entre ellos a grito pelao, sea de trabajo o no. Y en esas estábamos hoy, yo concentradísima visitando blogs en mi trabajo, y tanto jaleo a mi alrededor que hubo un momento que me tuve que levantar e ir a la vaquita del agua sólo para volver a centrar los pensamientos. Cuando volví seguían a lo mismo. Recordé entonces que tenía que llamar a casa (nunca hago llamadas personales desde el trabajo si no es por una urgencia y ésta lo era). Descolgué, marqué, esperé los tonos. Alrededor seguían las voces. A los tonos sucedió la voz que esperaba. Contesté a mi vez con un ‘hola guapo’ casi susurrado. Y entonces se produjo el milagro: el silencio se hizo a mi alrededor y duró lo que duró mi conversación. Y diréis que soy una malpensada, pero no creo que lo hicieran precisamente para que pudiera hablar tranquila.

Cada vez estoy más convencida de estar trabajando en una plaza de pueblo.

Agosto.

Se me acaban las vacaciones, se acaba el mes, y como prometí a la promotora de esta serie y mi Pepito Grillo particular cuando los días van pasando sin que haya colgado este post mensual, la inestimable India, aquí tenéis el Schiele que ha estado decorando una de las paredes de mi, aún todavía en proceso de remodelación, despacho.

Es Dos muchachas acostadas, de 1911, aguada, acuarela y lápiz perteneciente a una colección particular, con las que volvemos a los desnudos típicos de Schiele de cuerpos extremadamente delgados y trazos apenas insinuados, llevando la mirada del espectador a las partes que quiere destacar por medio del color.

Y si casi todo el mundo aprovecha las vacaciones para leer, para mí este año ha sido todo lo contrario: abandoné a Kapuściński en la Siberia de El Imperio cuando las comencé y ahí se ha quedado el pobre hombre. Ni media página, vamos. Pero vamos, como lo de volver el lunes al tajo no tiene remedio, me consuelo pensando que al menos lo haré de la mano del polaco y volviendo a tomar café en mi cafetería favorita.