Me las prometía muy felices yo este fin de semana. No tenía ningún plan especial, quizá dormir más de la cuenta, ir al cine, con cenita después. Ayer me bastaba con que fuera viernes, que hiciera buen tiempo, que san Miguel nos regalara un trocito más de verano. El sol brillaba, era viernes y con eso bastaba.
Pero claro, volvía a tener cita con el dentista. Tranquilidad, no pasa nada. Sólo que salí de allí con el labio superior y la nariz como si no fueran míos. El ojo derecho tampoco lo era. Mientras me ponían la anestesia noté cómo ésta subía por mi cachete hasta el ojo. Es normal, me dijo él. No fue a mayores, menos mal, y no salí de allí con el ojo ‘chiguato’, como he visto alguna vez. Aún así, me coloqué mis gafas de sol hasta llegar a casa.
A medida que pasaba la tarde se fue pasando el efecto de la anestesia. Ya por la noche no podía abrir la boca con toda la naturalidad que hubiese querido. A la hora de dormir seguía sintiendo molestias en las ‘bisagras’. Esto se quita durmiendo, me dije, y caí como una piedra sobre la almohada.
Esta mañana apenas podía abrir los ojos. De tanto dormir, pensé. Hasta que me miré al espejo. Un hermosísimo orzuelo coronaba el párpado de mi ojo izquierdo. ¡Ea, que se note que en esta casa no nos privamos de nada! Ahora sí que tenía un ojo chiguato. Alguna embarazada a la que se le han antojado tus ojos, diría mi madre. Pues menos mal que me ha pegado el orzuelo y no la barriga, diría yo.
En fin, Beaumont me ha hecho llorar para que se me limpiara bien el ojo (es un solete, me ha hecho llorar de la mejor y más efectiva forma: me ha puesto esto. ¡Cómo me conoce el joío!) y luego ha ido a la farmacia a buscarme un remedio mejor que los ya conocidos de mi madre, léase frotarse un ajo cortado o un anillo de oro por el párpado.
A estas alturas del día el ojo ya está bastante mejor. Aunque puede ser que todavía no esté todo perdido: podría aprovechar para disfrazarme de Elle Driver.








