Perros, cigüeñas, estorninos y demás.

Desde que empecé mi vida laboral, hace ya unos cuantos años (y los que me quedan), siempre he trabajado en el mismo barrio de Cádiz: el barrio pudiente, el que huele, como decía alguna chirigota, a Chanel nº 5, el barrio de la gente bien, el del pedigrí y las marcas, en el que cuando hay elecciones no es necesario hacer ni recuento de votos.

Hasta hace poco, trabajaba en un edificio que linda con la frontera oeste y casi con la norte de este barrio. Llegaba en autobús cada mañana, y desde la parada tenía dos entradas naturales para acceder al Barrio (sí, con mayúsculas, porque él lo vale). Me daba igual una que otra, ya que había la misma distancia hasta mi oficina, pero entrara por donde entrara, me sentía como una pequeña Dorothy saltando por el camino de baldosas amarillas, claro que más que Judy Garland cantando el We’re off to see the Wizard, parecía una cigueña en celo, ya que mis zapatitos rojos caminaban sobre un acerado crotorante del que el adjudicatario de la obra debió pensar que en ese tramo tampoco hacía falta tanto cemento, que era un derroche y que estaría mejor empleado si lo utilizaba para terminar su chalecito en la sierra.

Si entraba por el acceso norte, además, debía poner mayor cuidado todavía en dónde ponía el pie: rodeaba por este camino el chalé de uno de los principales de esta ciudad. Más que el chalé, sus jardines. Y por una de las paredes que lo delimitaban, sobresalía hacia la calle un ficus que era residencia habitual de estorninos en otoño e invierno. Los bajos del ficus se convertían entonces en una pista de patinaje, acrecentada cuando caía cuatro gotas, debido a la dieta de aceitunas y acebuchinas de cientos de pajaritos.

Hace un año cambié de trabajo. Sigo en el mismo barrio, ahora en su frontera sur, más cerca de casa, por lo que voy y vengo dando paseítos. A medida que me voy acercando va aumentando la cantidad de árboles y, en estas fechas, basta que haga una ligera brisa para que el espectáculo esté servido: de las melias y las acacias van cayendo flores que, tras describir un breve baile en el aire, forman una tupida alfomba blanca y violeta por todo el camino. Sería mi gusto pasar por debajo de esos árboles mirando hacia el cielo, para ver caer las flores, como una CandyCandy de tres al cuarto. Y sin embargo, tengo que hacer todo el recorrido con los ojos puestos en el suelo, a fin de no llevarme ningún «regalito» y acordándome de lo que cierta vez le oí decir a Alejandro: en este barrio hay muchas «perras», pero también hay muchos perros.Y es cierto. Y aunque sé que Alejandro lo decía con todo el retintín del mundo, añadiría, por si alguien no se entera, que además de muchos perros, hay muchos animales bípedos con una notable disfunción en la columna vertebral que les impide agacharse cuando sacan a sus perritos a pasear. O eso, o es que son todos unos guarros.

La imagen, de Rubén González Galera.

Atila.

Lo he conseguido. Me he superado a mí misma, y eso que parecía imposible. Ya no soy Terminatrix. He evolucionado a Atila, el rey de los hunos. De los unos y los ceros soy yo la reina, no se me resiste ninguno: me he cargado, yo solita, el disco duro del ordenador del trabajo (y van…). Seis meses me ha durado, que era nuevecito del paquete. Ahí, con un par.

El informático me ha dicho que puede ser por los fallos eléctricos que hemos tenido en los últimos días. Y es que el jueves pasado se fue la luz a última hora de la mañana. Luego volvió, pero el viernes, desde temprano (los que llegaron temprano me lo contaron) ya no teníamos suministro. A media mañana volvíó, pudimos leer la prensa, el correo y los blogs trabajar, pero no duró mucho. A última hora, cuando ya estábamos desesperados, más que nada porque tampoco teníamos aire acondicionado, volvió otra vez. Pero mi pc ya había muerto. Sólo el mío, de todos los que hay en el edificio. Así que sospecho que echarle la culpa a los cortes de luz es sólo es una excusa, ganas de quitarme méritos conseguidos por mí misma con muchísimo esfuerzo.

Sólo espero no terminar en la cárcel por destrozo de bienes públicos.

 

Actualización a 10 de julio:

Me han cambiado el disco duro y en este preciso instante está mi gurú informático (no el ¡oh! gran todopoderoso) instalándome todas las aplicaciones necesarias para que pueda trabajar (¡¡qué manía!!).

Me doy de plazo hasta final de año para volver a destruirlo.

Faraday.

Casi acabo de aterrizar. No, no he estado de vacaciones, que sólo ha sido el fin de semana (un poquito más largo, eso sí, que me he reservado este lunes para volver), pero podría haberlo parecido si no hubiese sido por lo corto. Pero he estado allí donde quiero estar, y eso siempre son un poco vacaciones. Y como donde quiero estar no es un lugar, sino unos brazos, unos labios y miles de risas y arrumacos, daría igual que el avión que cogí el viernes me hubiese llevado a Tudela, a Melbourne o a Sebastopol siempre que él estuviera allí esperándome.

Pero me esperaba en el Prat (no, tampoco he conocido la terminal nueva. Ya tengo bastante con perderme en la de toda la vida), y allí llegaba yo, cansada pero contenta, después de medio día de viaje.

El motivo de la escapada, aparte del obvio de regalarnos unos días juntos, fue que por fin íbamos a poder disfrutar de la actuación de The Divine Comedy en el Faraday Festival que se ha celebrado este fin de semana en Vilanova i la Geltrú. Y ha merecido mucho la pena. Primero, porque el lugar elegido para el festival es un sitio increíble, a pie de playa, lleno de árboles y plantas y lo suficientemente pequeño como para que las multitudes no lo estropearan. El sábado, día del concierto, lucía además una luna casi llena que rielaba en un mar sereno, así que el espectáculo estaba en el escenario y justo a nuestras espaldas. Segundo, el señor Neil Hannon se marcó un concierto que nos dejó a todos un dulcísimo sabor de boca y muchas ganas de más. Continuaremos siguiéndole la pista, que el caballero lo merece, y esperemos que vuelva pronto, aunque sea para que siga practicando el ‘mooooltes gràcies’ que decía cada vez que nosotros nos hinchábamos a aplaudirle, pero parece que por ahora nos tendremos que conformar con el nuevo disco que sacará a finales de año. Por lo de pronto, yo, al volver hoy de Barcelona, lo he hecho con mi mp3 y mis auriculares anatómico-forenses (es que me matan las orejas, sabéis?) escuchando esto una y otra vez.

Lo siento. WordPress no me deja poner vídeos, así que si queréis disfrutar un ratito con lo que yo disfruté el sábado, tendréis que pinchar en el enlace.

Junio.

De nuevo casi se acaba el mes sin que yo haya posteado mi hoja del calendario Schiele. Un mes con sus cosas malas, menos malas y alguna buena que hubo también. Un mes que se acaba y que nos deja más cerquita las vacaciones.

La chica que me ha acompañado las últimas semanas ha sido Wally con camisa roja. Con camisa roja y poco más, como nos tiene acostumbrados el artista en los últimos meses. Wally fue Valerie Neuzil, una joven de diecisiete años, amante de Schiele que le sirvió de modelo para algunas de sus mejores obras y con la que huyó de Viena para instalarse en el campo, en Krumau, lo que hizo que fuese acusado de corrupción de menores.

Y si Wally me acompañó, también lo hicieron Ryszard Kapuściński y Enric González. El primero, con sus Viajes con Heródoto, un maravilloso relato de viajes que comienza con un joven periodista en la década de los cincuenta, que sólo conocía su Polonia natal y que, tras plantearse la sensación que sentiría al cruzar la frontera, sólo cruzarla, es enviado a la India, con poco más que lo puesto y, en la maleta, un ejemplar de las Historias de Heródoto que lo acompañará, después de la India, a China y a África.

A decir verdad, no sabemos lo que incita al hombe a recorrer el mundo. ¿Curiosidad? ¿Anhelo irrefrenable de aventura? ¿Necesidad de ir de asombro en asombro? Tal vez: la persona que deja de asombrarse está vacía por dentro; tiene el corazón quemado. En aquéllos que lo consideran todo déjà vu y creen que no hay nada que pueda asombrarlos ha muerto lo más hermoso: la plenitud de la vida. Heródoto se sitúa en el  polo opuesto. Con su continuo ir y venir, es un nómada infatigable, ocupado en mil cosas, rebosante de planes, ideas, hipótesis… Siempre de viaje. Incluso cuando está en casa (pero, ¿dónde está su casa?), es porque o acaba de volver de un viaje o está preparando el siguiente, el cual ha de ser entendido como un esfuerzo e indagación, como un intento de conocerlo todo: la vida, el mundo, a sí mismo.

El segundo libro, Historias de Nueva York, de Enric González. Ya he contado muchas veces que en los desayunos de mis jornadas laborales lo único que me acompaña es un libro. Mucha gente en la cafetería me mira, todavía hay quien no concibe ver a alguien tomando café y leyendo algo que no sea el periódico. Alguna vez, algún conocido con el que he coincidido ha llegado a preguntarme ‘¿tan temprano y ya leyendo?’. Así que debo ser la rara de la cafetería. Y supongo que el hecho de que me hayan visto los días que me ha durado el libro de Enric González soltando alguna que otra carcajada no ha debido mejorar precisamente mi fama.

Los forasteros en Nueva York somos reconocibles porque vamos por la calle mirando hacia el cielo con la boca abierta. A algunos se les pasa en unos días. Otros llevamos la nuca encajada entre los omóplatos durante meses. Soy de los que se emboban con los rascacielos, quizá porque me producen vértigo, o porque son las catedrales contemporáneas y están para eso, para embobar a gente como yo.

Este mes, además, quiero hacer otra recomendación. No se trata de otro libro, sino de una película, la sueca Déjame entrar, de Tomas Alfredson. No os diré de ella nada más que por favor, por favor, hagáis por verla. Dejaré que hable de ella quien realmente sabe.

Carne.

Es muy inquietante que, queriendo buscar el convenio colectivo de carnicerías, ponga en el buscador ‘carne’ y la primera entrada que aparezca sea ‘Transportes de viajeros’ y la segunda ‘Trasporte de mercancías por carretera’.

Pero lo que da escalofríos de verdad es que la tercera sea ‘Pompas fúnebres’.

Luz de gas.

Ya os he hablado de mi phalaenopsis anteriormente (que por cierto, todavía tiene esas flores y unas cuantas más). Es la sensación de mi oficina. Todos los que están allí, o los que por allí pasan no pueden evitar admirarla. Y la que más enamorada está de ella es mi compañera E. Desde el principio le encantó, decía que le inspiraba serenidad. Desde que perdió las flores el año pasado ha estado controlando cada cambio de la planta hasta que le han vuelto a salir. Le gusta, pero le parece tan delicada que no se atrevía a tener una en su casa, por miedo a que no resista. Pero el otro día descubrió en la floristería de al lado de la oficina que vendían unas en miniatura. Ni corta ni perezosa, se compró una blanca, que decidió dejaría en su mesa de trabajo porque le transmitía buenas vibraciones. La planta no debía pensar lo mismo, o igual es que las emitía pero no las recibía, así que a los pocos días empezó a mustiarse a una velocidad preocupante. E. preguntaba, la miraba, la remiraba, la requebraba y la mimaba, pero empezaron a caérsele las flores. Así que no me extrañé nada cuando un viernes a última hora, al salir del baño, vi a E. deslizarse por las escaleras con su orquídea en la mano. No me extrañé nada hasta que volví a mi sitio para recoger mis cosas y me encontré a E. sentada en su silla y hablando por teléfono.

Cuando terminamos de trabajar con los expedientes los vamos metiendo en esos archivadores definitivos de cartón a los que algún cachondo le puso el nombre de ‘nichos’. Los tenemos clasificados por meses. A medida que vamos terminando con los expedientes de un nuevo mes, se abre la caja correspondiente que se etiqueta. La semana pasada me tocó archivar. Un encantador y ameno trabajo que me gusta tanto como ‘archivar’ la ropa en mi casa. Primero los ordeno por fechas y luego me voy al estante. Voy sacando el nicho de cada mes y dentro de él, ordeno los expedientes con los que ya están. Algunos de finales del año pasado, unos cuantos de marzo, bastantes de abril, un par de ellos de junio para los que hay que abrir un nuevo archivador y el ciento y la madre de mayo. ¿Dónde está la caja de mayo? Le pregunto a las compañeras, por si alguna la ha cogido para consultar algo. Busco en el archivo requetedefinitivo, en otro despacho. Rebusco por otros estantes. Llevo un mes mecanizando archivos de mayo y estoy segura de que los he guardado. No aparece. ‘No habrás abierto el nicho’, me dice una de las compañeras. Las demás asienten. Yo no me conformo, sigo buscando. Cuando he removido media oficina, y sin mucho convencimiento, monto una nueva caja y le pongo la fecha. Todavía sigo buscando la anterior.

Tengo sustico.

 

Relatos II.

Hoy martes se han publicado los nuevos ganadores de Relatos en cadena, el concurso de relatos de la Cadena Ser. Tampoco esta vez ha sonado la flauta, así que paso a dejaros el que más me gusta de los que envié.

Por si alguno se anima a participar, aquí tenéis el boletín de participación y las bases. La frase para esta semana, era mi diluvio, pero no mi barca.

Llovía afuera y yo sin paraguas. Desde donde estaba no llegaba a ver esa lluvia, pero se adivinaba recia por el repiqueteo en la madera. Espero que Maribel y los niños sí se hubiesen traído los suyos, al menos así no se mojarían durante la ceremonia. El resto me da igual, al fin y al cabo, la mayoría de ellos sólo se había acercado a este campo como mero trámite para cubrir el expediente, aunque no puedo quejarme, no me he hecho querer lo suficiente como para esperar lo contrario. A final el chaparrón se convirtió en diluvio. Definitivamente, no fue un buen día para morir.

Mayo.

Casi se me pasa mayo y todavía no había posteado mi Schiele del mes. Pues bien, nunca es tarde si la dicha llega, así que aquí lo tenéis. Como decía Livy el mes pasado, este chico dejaba poco para la imaginación. Como le contestaba yo, tiene dibujos mucho más explícitos que éste o el anterior. Tanto es así que cuentan que el Archiduque de Austria Francisco Fernando, cuando en diciembre del 1909 asistió a la Galería Pisko, en Viena, donde se inauguraba una exposición del pintor, exclamó “Nadie debe saber que he visto esta porquería”.

Gazmoñerías como ésta aparte, poco más queda por decir del artista, del que el mismísimo Gustav Klimt llegó a decir que tenía “demasiado talento” (curiosamente, para Schiele, Klimt era un maestro y modelo de admiración del que necesitaba la constante aprobación).

En cuanto a lectura, he de confesar que este mes he estado un poco vaga y sólo me ha dado para leer un par de libros. De hecho, este post llega tan tarde porque estaba esperando terminar el segundo para incluirlo.

El primero fue Cosecha Roja, de Dashiell Hammett, el detective privado reconvertido en escritor de novela negra (sólo este dato podría haber dado para la trama de una de sus novelas). Ya había leído de él La llave de cristal y El halcón maltés, y esta Cosecha roja se sitúa al mismo nivel de las anteriores, retrotrayendo al lector a épocas en las que los gangsters se regían por códigos de honor. Recomendable, mucho, para los que, como yo, no habíamos sido nunca devotos de este tipo de relatos.  Os dejo una frase que el Agente de la Continental le dice a la protagonista femenina: “Alguien tendrá que quedarse a contar los muertos”. Sólo por ella, ya merece la pena leer el libro.

El segundo ha sido Entre las sábanas, de Ian McEwan, conjunto de relatos, siete para ser exactos, que aparecieron en distintas publicaciones y que se reúnen bajo este mismo título. Relatos dispares que enganchan desde la primera página y que sólo tienen un punto en común: la magnífica prosa de este autor, que ya me conmovió en Expiación, me enamoró en Sábado y terminó de cautivarme en Chesil Beach y Amsterdam. Y no os voy a decir nada más, por si alguno se anima a leerla. Espero que si alguno lo hace, me diga si le ha sorprendido tanto como a mí.

Relatos.

Hace unos cuantos días 3nity me comentaba en un correo que en la Cadena Ser (ya sabéis que yo sólo escucho la KissFM, así que era imposible que me hubiese enterado) había en marcha un concurso de microrrelatos. Le agradecí la información, por supuesto, que es de bien nacidas ser agradecidas y me puse a bichear por la red y a buscar información (era más fácil que encender la radio y escucharla, ante el riesgo de que mis compañeras me cortaran las manos si intentaba tocar el dial). Y la encontré. Resumiendo en qué consiste el concurso (el que quiera más información que pinche el enlace, coñe, que para eso lo he puesto), os diré que los únicos requisitos que piden es que el relato no sobrepase las cien palabras y que comience con la frase con la que acaba el cuento ganador de la semana anterior. De ahí el nombre del concurso, Relatos en cadena, en juego de palabras también con el nombre de la emisora.

Pues bien, esta semana he enviado dos minicuentos. Evidentemente, no ha ganado ninguno de ellos el concurso semanal (hay otro mensual con los ganadores de cada semana), así que ya puedo dejaros aquí el que más me gustaba de los dos. Del concurso no ganaré nada, pero me parece que voy a tener un post resuelto cada semana.

¿Te acuerdas de mí?

Pedro miró a la mujer que acababa de pronunciar aquellas palabras mientras le acariciaba la cara y sonrió divertido. ¡Qué cosas tiene esta mujer! Mira que preguntarme si me acuerdo de ella, pensó, admirando la piel suave y los labios que le besaban en ambas mejillas. No podía recordar desde cuándo la amaba, pero sabía que era el hombre más afortunado del mundo por tenerla como esposa.

Marta le hacía cada día la misma pregunta a su anciano padre cuando llegaba al centro. Esta vez, entendiendo su sonrisa, agradeció de nuevo ser la viva imagen de su madre.  

Cumpleaños.

¿Veis la foto de arriba? El muñeco de ventrílocuo con los ojos espantados soy yo. Sí, ya lo sé, pero todos tenemos un pasado. La chica de cara dulce y melena larga es mi hermana mayor. Su melena ya no es tan larga, y además, en algún momento posterior a la foto, se rizó, pero su gesto sigue siendo tan dulce como aparece ahí, tal y como es ella, ni más ni menos. Y hoy además es su cumpleaños, así que quiero felicitarla desde aquí (luego ya lo haré en persona, delante de una deliciosa tarta) y decirle que es un auténtico lujo tenerla como hermana.

Y hablando de personas dulces, también es el cumpleaños hoy de 3nity, una de mis blogueras favoritas, una de las primeras que me visitaron y visité y a la que he seguido por todos los blogs que ha tenido. 3nity, además, es la santa hacedora de este blog,  la que lo puso así de bonito para que todos os sintáis en él como en casa, a la que doy la lata interminablemente cuando tengo algún problema con él. Felicidades también, preciosa. Pásalo bien, que ya toca.