
El primer recuerdo que tengo no sé si es real o es inducido. En verdad no estoy segura de que pasara ciertamente, pero creo que la primera vez que pisé una sala de cine la cosa no terminó demasiado bien: en mi flashback aparecemos mi hermana mayor (la buena) y yo, de vuelta a casa, a oscuras debido a un apagón en todo el barrio, comentando con una vecina que nos habíamos quedado sin ver La bella durmiente.
Mis siguientes encuentros con algo parecido al cine sucedieron en algunos domingos de invierno, cuando íbamos toda la familia a casa de mi abuela Ana y un primo de mi misma edad y yo aprovechábamos la tarde para ir al cine que ponían los curas de la Merced, en una pequeña sala atestada de sillas propias de un cuarto de torturas y bancos suecos donde nos apiñábamos una multitud de críos que debía cuadriplicar el aforo. Once pesetas valía ver la película de turno (trece al año siguiente), y aquel tumulto nos apiñábamos en una escalera estrecha para pagar nuestra entrada y entrar en tropel a la sala. Sé que fui varias veces, cayeron algunas de Bud Spencer y Terence Hill, pero recuerdo sobre todo un Kim de la India de unos colores casi tan desvaídos como yo, a punto del desmayo por el calor (humano, debíamos ser unos siete millones de niños gritones), el olor a azúcar (y lo que no era azúcar) y la postura para ver la película sentada en uno de los bancos suecos en primera fila.
Mis padres nunca fueron mucho de cine. Entre eso y las largas temporadas que mi padre pasaba fuera de casa, dejando a mi madre con sus tres retoñas y sus ramalazos de postguerra en los que una señora decente no iba sola al cine ni para llevar a sus hijos, tengo contados los momentos compartidos con ellos en una sala, y las películas, precisamente, no brillaban por su calidad: Puño contra puño, en la que un monje shaolín se dedicaba a dar matarile a los villanos que se le ponían por delante con unas cuchillas instaladas en la punta de la trenza kilométrica que lucía y que manejaba con suma destreza; Tiburón, en el cine Municipal: ésta no es que sea mala, pero es que me dio tanto susto que se me rompió la butaca del salto que di cuando aparece el ahogado con el ojo un poquito demasiado abierto.
Otro recuerdo relacionado con el cine es cuando mis padres nos dejaron en casa de mi vecina ¡de noche! porque ellos iban al cine. Eso se me quedó grabado, porque mis padres nunca nos dejaban con nadie. Que me dejaran abandonada de esa forma sólo recuerdo aquella vez y cuando mi madre fue a dar a luz. También se me quedó marcado porque la película que vimos nosotras en casa de mi vecina fue Canción de cuna para un cadáver, que desde entonces no he vuelto a poder entrar en un baño en el que la bañera tenga las cortinas corridas. Y la tercera cosa por la que recuerdo aquel día, aunque de ello me di cuenta años más tarde, cuando me enteré qué película fue la que vieron (Carne apaleada: toma ya!) es que si mi madre vio esa peli, por qué todavía sigue haciendo aspavientos y llevándose la mano a la boca asustada cuando hago rimas con cebolla y badajo o hago referencia al verbo de echar aire con un fuelle.
Como veis, todas las películas que nombro eran altamente recomendable para mis tiernos años. No puedo asegurar qué edad tenía en cada una de ellas, pero seguro que no había cumplido los nueve años. Curiosamente sí los tenía ya (y un par más, por lo menos) cuando ellos, aprovechando que yo ya era ‘mayorcita’ y que mi hermana menor era buenísima, nos abandonaron a las dos en una sala en la que ponían La bruja novata (¡ya teníamos multicines en Cádiz! ¡En el Reina Victoria!) mientras ellos veían al Sylvester Stallone de mis amores (sí, qué pasa. Entonces me gustaba. Que todos tenemos un pasado, hombreya!) en Evasión o Victoria. Desde ese día, es ver a Angela Lansbury y entrarme un dolor de cabeza de acostarme.
El resto de mis experiencias casi siempre fueron con mi hermana mayor, primero con sus amigas o con la prima con la que luego se dedicaba a torturarme poniéndome cintas de Perales o Camilo Sesto: Jesucristo Superstar y Amor al primer mordisco en el cine Gaditano, Superman en el Imperial, Caimán en el Falla… y luego ya con su novio, que creo que yo era la aguantavelas oficial de la familia, que algunos domingos también venía a recogerme mi primo con su novia, para llevarme a darle de comer a los perros del taller en el que él trabajaba.. aunque yo nunca vi perro alguno… En fin, con mi hermana la buena y su novio (hoy marido y réplica exacta de Orson Wells) vi Blade Runner en el Teatro Andalucía, En el estanque dorado..
En fin, que esos fueron mis comienzos en el cine (como si fuera yo Katherine Hepburn escribiendo sus memorias, vamos). Pensaba seguir, pero me ha quedado un post demasiado largo… quizá otro día.