Eran poco más de las once menos cuarto cuando entró en el bar. Llevaba levantado desde las cinco y media y sólo tenía un café en el estómago, así que empezaba a necesitar algo que le permitiese pasar el resto de la mañana al menos en el mismo nivel de concentración que había mantenido desde que llegó al despacho a eso de las siete y que la reunión de la que acababa de salir había conseguido pulverizar. Así que se plantó en la barra, impecable con su traje gris plomo que parecía recién sacado de la tienda. Aprovechó que el bar estaba medio vacío y dejó su maletín sobre un taburete a su lado. Él prefirió quedarse de pie. Tenía prisa, y sentarse, aunque fuera a la barra, le daba sensación de más tardanza. Pidió un cortado, en taza, por favor, y media tostada con jamón de york. Mientras esperaba que le sirvieran, consultó tres veces seguidas el móvil, se ajustó la corbata otras tres, se pasó la mano por el pelo, intentando ordenar algún remolino y fingió rebuscar algo en el interior del maletín, que volvió a dejar en el mismo taburete en vista de que nadie había que reclamara un asiento.
El camarero dejó delante de él una taza con un café oscuro y humeante. Preguntó si le podía cambiar el azucarillo por sacarina y el joven camarero, de mala gana, cambió un sobre por otro. Volvió a la cocina y apareció con media viena tostada sobre un plato, y sobre ella, un par de lonchas de ese jamon de york artificial y parafinado que venden en formato cuadrado para que se amolden al pan de ídem. El enchaquetado pensó que sería quizá un poco difícil tragar aquéllo sin algo que lo suavizara. Atreviéndose a hacer perder la paciencia al acneico camarero, que ya rumiaba su propio desayuno al fondo de la barra, le preguntó qué tenía para untar. De la letanía sólo pudo entresacar ‘sobrasada’ y ‘mantequilla salada’. Como quiera que la primera opción no le parecía complemento demasiado acertado a lo que ya tenía en el plato, se inclinó por la segunda, que el camarero le trajo, en un bote de acero inoxidable, con su aire cansino y resignado.
Le parecía que todo ocurría demasiado despacio, aunque apenas llevaba cinco minutos en el bar. Abrió el bote de la mantequilla de malos modos, pensando en todo lo que le quedaba por hacer en el despacho cuando volviera, en lo inútil que había sido la reunión anterior y en la madre que parió a aquél aspirante a camarero que le hacía perder tanto tiempo.
Pero entonces sucedió. Reconoció enseguida el olor. Vio aquellas tres letras rojas sobre el fondo blanco y dorado. Vio el amarillo intenso. El rápido movimiento de una pronunciada nuez sobre la preciosa corbata de seda y la tensión manifiesta de los músculos de la mandíbula revelaban la velocidad con la que la saliva llenaba su boca. Y era lo único veloz, porque en una suerte de milagro, todas las tareas pendientes, la premura del reloj, la ineptitud del camarero, todo, dejaron de existir. Y el tiempo se ralentizó, aunque a su alrededor continuaron las prisas de los que en ese momento empezaban a llenar el bar reclamando un desayuno rápido con la mente, como él había tenido, puesta en todo lo que dejaban de hacer por aquella manía del deber de alimentarse. Fue como una película de esas en las que al protagonista le pasan las balas casi rozando a cámara lenta mientras que todo a su alrededor sigue su propio ritmo frenético. Aquella tostada, aquel bote recién descubierto cuyo olor lo transportaba a tardes de merienda de pan con manteca y azúcar eran su propio Mátrix.
Retiró las lonchas de jamón, tomó el pan con la mano izquierda e introdujo el cuchillo en aquella sustancia untuosa que le traía recuerdos a la mente y a la boca del estómago. Delicadamente, posó la porción recogida sobre la tostada, extendiéndola cuidadosamente por toda la superficie. Volvió a repetir la operación varias veces, con sumo celo, poniendo extremo cuidado en que todo el pan quedase cubierto de la margarina, que se iba derritiendo poco a poco al contacto de la masa tostada y caliente, provocando un festival de jugos gástricos en danza continua que empezaba a marear al hombre del traje gris. Ni para recoger una nueva ración del envase era capaz de separar los ojos del pan, embelesado como estaba en la transformación que se estaba produciendo allí mismo, la hereje transustanciación de la margarina convertida en aceite alimenticio. Puso especial empeño en un trozo de miga que se había desgajado, en que el hueco que había dejado quedara todo cubierto, utilizando el cuchillo a modo de pincel, trabajando a conciencia como si de un maestro puntillista se tratara.
Ladeando la cabeza, enfocando los ojos, comprobó satisfecho que había acabado su obra. Y vio que era buena. Depositó con cuidado la tostada sobre el plato y, prescindiendo del embutido que ahora se le antojaba más triste aún si cabía, cortó el pan en dos mitades en una simetría perfecta. Luego, acomodó una de las dos mitades sobre la otra, encarando las partes impregnadas y posó la palma de la mano sobre la superior, presionando el pan contra el plato, pegando una con la otra por efecto de la grasa, haciendo crujir la corteza y rebosar el aceite sobrante por entre las juntas tostadas. La nuez parecía trabajar a destajo, arriba y abajo y otra vez. Entonces sí, se limpió las manos con una servilleta de papel satinado que poco favor le hizo, retiró el maletín del taburete y tomó asiento ya que había decidido que tamaño festín merecía una posición más relajada. Se llevó el impovisado bocadillo a la boca, mordió y cerró los ojos mientras masticaba, lentamente, disfrutando del sabor, de la textura. De los recuerdos.








